Categoría: ARTICULOS DE ALVITE
20 Enero 2009
Jamás me interesó la vida privada de la gente y puedo asegurar que ya hace muchos años que la biografía de cualquier persona me parece menos interesante que sus planes para dentro de media hora. En mi relación con las mujeres siempre le di más importancia a sus ojos que a su documentación y por lo que se refiere a los hombres, su ocupación profesional, sus estudios o su genealogía, me dicen menos de ellos que su manera de fumar, su aplomo o sus sueños. Me gusta escuchar y participo en las conversaciones sóolo cuando estoy seguro de haber elegido bien la compañía. Mi olfato me dice que las personas más interesantes no son necesariamente aquellas que gozan de prestigio social, salen fotografiadas en los periódicos o tienen en el portal una reluciente placa de bronce en la que se mezclan con absoluto descaro su profesión de ginecólogo y el cinemascope de su soberbia. Siempre he procurado alejarme del hombre de éxito tanto como del hombre seguro de sí mismo, del primero, porque las vidas sin fisuras me aburren tanto como los coches automáticos, y del otro, porque la autoestima sólo tiene algún atractivo literario a medida que se pierde, del mismo modo que el dinero produce placer únicamente en el caso de que se gaste. También recelo del tipo que se presenta a si mismo como "un hombre de una sola pieza", entre otras razones, porque de una sola pieza son también los dictadores, los idiotas y las lápidas de los sepulcros. Encuentro más interesantes a los hombres indecisos, seguramente porque no hay una sola decisión cuyo acierto no sea el inteligente resultado de una duda, y también porque la vida me ha demostrado que la solución de un problema produce a menudo más insatisfacción que el problema mismo. He seguido ese criterio en mis viajes y no creo que me haya ido nada mal. No sé si os conté alguna vez que gracias a las confusas explicaciones que me dio un paisano al que le pregunté en Salamanca por donde se iba a Cuenca, perderme por el camino me supuso la suerte de conocer Lisboa. Nunca caí en la tentación de comprarme unas cadenas para el coche. Mi manera de viajar las hace innecesarias. Ruedo sin objetivos y sin planes, me detengo si me canso o tengo sed; y si es invierno y alta montaña, no me importa instalarme allí donde me haya detenido la nieve. En una ocasión me perdí al volante del coche en la lazada de carreteras casi intransitables de unas montañas en las que incluso se habría desorientado el mapa, pero no le di importancia porque me había echado al camino sin conocer mi destino. Siempre me hizo ilusión la idea de perderme de madrugada en cualquier paraje sin datos y no conocer mi paradero hasta comprar por la mañana en alguna ciudad el periódico local. Lo mismo me ocurre con las personas. Entablo conversación sin esperar nada, despreocupado de lo que pueda sobrevenir, y me conformo luego con lo que haya sucedido. Es muy agradable que te ocurran cosas buenas con las que no contabas, aún sabiendo que pueda tratarse de un éxito fortuito y efímero, acaso el premio incobrable de un sorteo sin fondos. No importa. Vale la pena volcarse a cambio de nada. Si te equivocas de mujer, lo que cuenta es que ella te abrace aunque sólo sea para consolarte de la desgracia de haberos conocido. Lo que puedas saber de una persona raras veces te resultará tan agradable como lo que supongas de ella. La imaginación me ha salvado de muchos chascos, sobre todo en mis relaciones sentimentales. Una interesada bruma literaria me ha ayudado siempre a encubrir mis errores. Me he llevado unos cuantos chascos por haber desmenuzado el alma de las mujeres. Ahora sé que si hubiese sido listo, me habría limitado a desabrocharles la blusa. Aquellos fracasos me sirvieron también para comprender que los seres humanos somos una mezcla de fisiología y de sueños, y que en consecuencia, con excepción de la última fila del cine, donde más se sabe de una mujer es en su autopsia.
servido por ignacio
5 comentarios
compártelo
3 Enero 2009
Mi relación íntima con algunas de las chicas que frecuentaban "Rahid" me sirvió para descubrir que lo que ellas esperaban de lo nuestro era que mi sincera amistad derivase cuanto antes en mala compañía. Podría servir como resumen lo que una de ellas me dijo en su lujoso dormitorio mientras fumábamos boca arriba en cama: "¿Sabes?, cuando te pusiste sentimental, temí que me respetases". Equivocarte en la seducción de una mujer así puede ser un doloroso fracaso; no haberlo intentado, sería sin duda un error imperdonable. A mí con las mujeres del "Rahid" me sonrió la suerte casi desde el principio y puede decirse que la sucesión de relaciones fue tan sorprendente como lo sería para un cazador encontrarse a las liebres haciendo cola frente a la escopeta. No me lo podía explicar. Mi mala fama se volvía en mi favor. No tenía ninguna de las cualidades para ser un buen marido, pero ese era precisamente el motivo de su acercamiento. A veces pienso que si lo hicieron conmigo fue porque desde su higiénica posición social el hecho de relacionarse con un tipo que salía del arroyo les resultaba moralmente tan soportable como si escupiesen en un suelo en el que una mancha nueva solo sirviese para mejorar la mierda. Si eso pensaron, no me importa en absoluto. Aunque me cuesta separar el sistema emocional y el aparato digestivo, puedo acostarme con una mujer sin reparar en sus pensamientos tanto como me permito comer un pollo sin pensar en como fue criado. No sé qué habrán sentido ellas en cada momento, pero no creo equivocarme mucho si supongo que aprovecharon mi descaro y mi falta de escrúpulos para dejar que su fisiología hiciesen cosas que no les permitía su educación, como que les relinchasen los labios mientras se agarraban con los ojos cerrados al cabezal de la cama o que en la laxitud del desenfreno los obstétricos gases del placer les hiciesen hablar la vagina igual que si fuesen a expulsar una camada de cachorros amnióticos o la serosa flema de un fibroma. Ese era mi objetivo y creo haberlo conseguido. Nunca esperé de ellas que fuesen sinceras al decirme "te amo", pero reconozco haber sentido legítimo orgullo cada vez que el temblor de las piernas les dificultaba acertar con la puerta del baño. Fui embustero y no sé si me habrán perdonado el cinismo de ensuciar sus almas, pero que yo recuerde, jamás me reprocharon que manchase sus camas, como no les eché nunca en cara que dejasen las plantas de sus pies marcadas en el parabrisa del coche. En el fondo éramos distintas maneras de vestir pero habernos reunido en cama trajo como consecuencia que compartiésemos las miserias, los sueños y las manchas. No sé si eran sinceras al decirme que esperaban otra cosa de mi, no sé, una historia duradera que acabase frente al escaparate de "Pronovias", aunque con el paso del tiempo creo haber descubierto que cada vez que nos revolcábamos sentíamos juntos el placer y el asco, acaso porque en las relaciones sexuales el uno no se entienden del todo sin el otro. De entre las toleradas para menores, "Me excita que me digas guarradas" es la frase más expresiva que recuerdo, probablemente también la más sincera. Mi semántica de burdel se enriqueció sin duda con aquellas confesiones. Sólo en el dentista eran antes peor habladas las fulanas. Cada vez que las chicas del "Rahid" se dejaban ir en el paroxismo del desenfreno, yo hacía cuantas cosas me pedían, sin reparar en esfuerzos, ansioso como un perro y entregado como un sirviente, hasta que su boca me devolvía la respiración a la mía envenenada con las mayores obscenidades que haya podido escuchar en mi vida y que solo leídas en francés resultarían comestibles. Después nos fumábamos unos cigarrillos como si nada hubiese ocurrido, por completo ajenos a tanta zoología, mientras su distendido cuerpo de fulana volvía a la recatada dimensión de su hábito de benedictina y el mío enfriaba sobre una corrosiva compota de "txangurro" en los detritus de aquel cocedero de marisco. Ella se ausentaba luego a la ducha cavilando sobre sus cuaresmales piernas temblorosas, dejando a su paso un delicada hilatura de esperma mezclada con una tenia de saliva, como una araña a la que se le hubiese soltado de las patas su ovillo de seda. "Te tienes que marchar; dentro de media hora viene la chica de la limpieza. Después me pasaré por el bufete antes de viajar a Sanxenxo", me advertía. Misión cumplida. Yo me vestía casi sin tiempo a saltar de cama y ella abría la ventana del dormitorio para que saliese a la calle aquel penetrante olor a caza y se esfumase confundido en la calzada con la litúrgica berrea de los coches. ¿Remordimientos? Por mi parte, ninguno. Por la de ellas, supongo que tampoco. Como me reconoció C. al final de una de aquellas monterías: "¿Sabes?, creo que tenías razón cuando me dijiste que a recuperar la dignidad por la mañana ayuda mucho saber donde diablos dejaste anoche las bragas".
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
29 Diciembre 2008
Ahora que vivo alejado de mi mala vida de entonces, podría renegar de ella, descalificarla y lamentar lo bajo que caí. Podría convertirme en el noble paradigma del arrepentimiento y prevenir de sus peligros a quien sienta alguna vez la tentación de llevar una vida de relativismo y excesos semejantes a la que llevé durante treinta años. La misma literatura que me arrastró hasta el fondo podría devolverme a un puesto de honor en la superficie, disimulando el mugre de mi existencia con una delicada capa de higiene que me igualase con quienes llevaron siempre una vida pulcra y ordenada, instalados en la antibiótica rutina de la decencia. Eso podría hacer, pero si eso hiciese, sería como consecuencia de haber fingido arrepentimiento por todas aquellas cosas que la gente no consideraría inmorales si no fuese por su descaro, por su placer o por su precio. Siempre tuve la certeza de que mi conciencia daba mucho más de sí que mi dinero y que no serían los remordimientos, sino la falta de liquidez, lo que me distanciase de aquel mundo delirante y amoral en el que descubrí que hay sueños que sólo te ocurren si mantienes bien abiertos los ojos. Al final ni siquiera fue la falta de liquidez lo que me apartó de aquel camino, sino la sensación de haber percibido ya todas las sensaciones que cabía esperar antes de que incluso el orgasmo se me convirtiese en una monotonía, en un trabajo o en una simple mancha que no afectase a mi alma, pero me endureciese los calzoncillos. Con la acumulación de experiencias llegó un momento en el que la decencia tenía más secretos para mi, y más alicientes, que la mala vida. Mi duda era si sabría acomodarme a una existencia ordinaria entre toda aquella gente normal y corriente que llevaba los niños al colegio, tenían motivos sencillos por los que llorar y los domingos se vestían de punta en blanco para hacer cola en los cementerios y en las panaderías. Visto desde la perspectiva de alguien que llevaba tantos años en el fango, la decencia resultaba ser una conquista sumamente difícil, además de un logro que a cambio de una indudable tranquilidad social sólo podría acarrear efemérides, profilaxis y aburrimiento. Por otra parte, mi conciencia me reprochaba cualquier reflexión que hiciese pensando en darle un giro a mi vida, zanjar mis cuentas en los burdeles y volver a la calle con la pobreza de un monje, el prestigio de un explorador y la nostalgia de aquel mundo carnal y fluorescente en el que los hombres se sinceraban al mentir y las mujeres meaban una trenza de esperma con lentejas por la que se descolgaban hasta el fondo del retrete, como mermelada de sarro, las babas de los clientes. Una madrugada hablé de esto con mi mentor del hampa. Y Pepe Bahana, que era un tipo muy curtido y muy objetivo que veía la vida con un ojo en un orinal y el otro ojo en un cáliz, me dijo: "No te apures, muchacho. Las diferencias entre esta vida y la otra vida no son tan grandes como parece a simple vista. En realidad son el mismo negocio y escaparates distintos. Lo que hace decente el sexo entre la buena sociedad son los impuestos. Y en cuanto a la moralidad, ¡que quieres que te diga!, el Dios que administra la comunión en las iglesias en realidad es el mismo que en el burdel reparte el gel y las toallas". Antes de que probase a dar mi opinión, añadió: "El ambiente del antro te permite conocer a fondo a las personas, amigo, y eso te da de la vida una visión más amplia y más sensible. Si llevas mucho tiempo en este ambiente, volver a la decencia no tiene misterios ni requiere una gran preparación. De madrugada uno se ve en el deber de respetar a los demás; de día, muchacho, es suficiente con respetar los semáforos. La gente decente arriesga su reputación. La diferencia con ellos es que nosotros nos jugamos la vida". Pepe Bahana se vino a este lado de la barra con una copa en cada mano y brindamos punteando con la suave dicción del vidrio su último comentario de aquella noche: "Si decides largarte y emerger en tu cama de casado, quiero que sepas que dejas aquí un buen recuerdo. ¿Sabes?, en el fondo creo que te ha venido bien malograrte un poco. Ahora sabes que la vida es un cuadro muy hermoso que al caerle la lluvia encima se descubre que estaba pintado sobre un áspero papel de lija"...
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
11 Diciembre 2008
Ha regresado, con el frío, con la lluvia, con la melancolía de los días de otoño, con la música de Sinatra y la bateria de Gene Krupa, con la tía Pepita y con esa forma tan sencilla que tiene el muy cabrón de alegrarme la vida. Gracias D. Jose Luis.
Soy quien soy como amarga consecuencia de no haber podido ser el hombre que algún día soñé que sería. A los nueve años de edad me creía llamado a grandes proezas deportivas acordes con mi temperamento inquieto, mi combatividad y mi resistencia al cansancio. Podía jugar al fútbol seis horas seguidas alineado en cuatro equipos distintos, regateando a mis propios pies, al balón y a los serenos, a pecho descubierto si era verano, con la gabardina abrochada alrededor de la bufanda en invierno, y ser capaz incluso de secar con el sudor de la cara la lluvia que me escurría del pelo, hasta conseguir en la frente la isobara emocional y biográfica en la que las niñas intuyen la pubertad y los césares presienten el laurel. Como estaba excesivamente delgado, abría mucho los ojos para que se me viese mejor en las fotos. Una mañana el doctor Amaro López Socas me echó un vistazo y le dijo a mi madre que no se preocupase, que el niño estaba bien de salud y que ese era precisamente el feliz motivo de que pudiese hacer aquellos esfuerzos deportivos que tanto me adelgazaban. "Tanta salud te va a matar", me advirtió una tarde mi padre. Seguí jugando al fútbol a pesar del sombrío pronóstico, pero al anochecer me senté en la pelota y reflexioné con una amargura primeriza sobre la paradoja de que el exceso de salud pudiese costarme en cualquier momento la vida. Toda aquella fogosidad... ¿Y si resultase que estaba malgastando en los exultantes derroches de la infancia las energías que iba a necesitar para arrostrar las fatigas de una vejez que acaso sólo conocería en sueños? ¡Dios Santo!, ¿podría ocurrir que tanta llama sólo sirviese para consumir antes la vela? A las pocas semanas enfermé de paperas y hube de convalecer algunos días encamado. Al principio me contrarió que fuese una patología, y no la la bronca del sereno, lo que me hubiese alejado del deporte. Una vez repuesto, yo recobré el ánimo y mis padres comprobaron que de sus tres hijos, yo era el único al que incluso le sentaba bien la mala salud, un tipo raro que engordaba en ayunas. De hecho, cuando mi cara recobró sus proporciones naturales y salté de cama, me di cuenta de que no sólo no estaba consumido por las dichosas paperas, sino que se me había quedado pequeña la ropa. Como no nadábamos en la abundancia y carecíamos de presupuesto para renovar el vestuario, acepté con una sonrisa el deber imperioso de adelgazar jugando al fútbol hasta que me sirviesen otra vez las camisas. Había crecido y tenía las espaldas más anchas. Pienso ahora que si aquella enfermedad había mejorado tanto mi aspecto físico, en el peor de los casos la muerte sólo habría sido la primera mujer que me pusiese cachondo. Como era un niño, el riesgo de morir me producía jovialidad y supongo que de haber ocurrido tres años más tarde, la alegórica intuición del óbito me habría causado una erección. ¿No consiste acaso la infancia en la agradable e indolora relatividad de las calamidades? Mi abuela paterna había muerto en casa de mis padres sólo cinco años antes y sin embargo yo tenía de aquel suceso la referencia analgésica y lejana de algo que mis ojos sólo pudiesen evocar por haberlo visto como de oídas en el cósmico caos de la sobremesa y el vago recuerdo del agradable frescor de cocotero que la brisa ácima de la muerte había dejado a comienzos del verano en aquella habitación de cuya atmósfera mortuoria lo que verdaderamente me quedó grabado para siempre fue una mítica mezcla de recogimiento y olor a sopa. No daban para otra cosa mis experiencias, ni mi cerebro. Carente de la trágica solemnidad que produce la perspectiva histórica, mi idea de la muerte era que se trataba de una simple avería atmosférica cuyas consecuencias inmediatas serían que alguien ventilase la alcoba con el aliento de la cena y que la brocha del albañil sustituyese por la mañana con el aroma petroleado de la pintura el rancio olor farmacéutico de la agonía, el metano transustancial y eucarístico en el que según los curas se sublimaba el alma al retirarle la sábana al difunto, airear sus flatulencias y vestirlo de aviador con el retórico paracaídas del sudario. Habrían de pasar muchos años antes de que, con motivo de la muerte de tía Pepita, descubriese que a veces los cadáveres se hinchan con una obstetricia como de caldereta y producen al moverlos una especie de gorjeo, una gárgara de embolias, un sonido gaseoso y palomar que se parece al de los radiadores cuando se los purga, y que uno podría recordarlo mejor si, además de escucharlo, lo hubiese recogido para la posteridad transcribiéndolo sobre el pan de la merienda con las misteriosas y arácnidas salpicaduras de la taquigrafía. Como si en la subacuática confusión del tiempo la memoria fuese un sonar y la muerte, el tambor de un buzo. (A Cristina Longa Arca, por desayunar conmigo).
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
31 Enero 2008
Estar de paso en la vida de las personas me produjo siempre la misma sensación que estar de paso en una ciudad de la que puedas salir a tiempo de no censarte en ella. Debo a esa permanente sensación de tránsito mi desarraigada manera de entender la vida. Siempre me pareció interesante la posibilidad de meter la cereza en la boca en una ciudad y escupir el hueso en la ciudad siguiente. Un tipo me dijo de madrugada en un garito que la emoción de la vida en pareja se esfuma tan pronto por culpa de la rutina aciertas a oscuras con el baño. Los seres humanos se emparejan arrastrados a ello por la necesidad de compartir un sueño, pero transcurrido algún tiempo, muchos se dan cuenta de que, por hermoso que sea, no hay un solo sueño que sobreviva sin cambiarle de vez en cuando la cama. Nos educaron para resistir los inconvenientes de la vida en familia y aprendemos a llamarle responsabilidad a lo que no es más que simple y dolorosa resignación. Somos el único animal que supedita los instintos a la reflexión, lo cual nos hace más razonables, pero también más cobardes. Cuando somos jóvenes soportamos una mala relación de pareja para no contrariar a nuestros padres, y al hacernos mayores, nos resignamos para no dañar a nuestros hijos. ¿Consiste en eso el amor?. No lo creo. Uno suele enamorarse de una mujer inexistente cuyos rasgos suele atribuir aleatoriamente a cualquier chica que se cruce en su vida, lo que convierte el amor en un fenómeno casi literario. Sacrificarse por algo que pertenece a nuestra imaginación carece de sentido. Es mejor desistir de una historia antes de que la realidad desbarate lo que esperabas de ella. Muchas películas se recuerdan con más agrado si tuviste al acierto de largarte del cine antes de que aquella historia tan apasionante las echase a perder su última secuencia. Desgraciadamente, el paso del tiempo merma nuestras expectativas y nos vuelve reacios a cualquier cambio, unas veces por temor al fracaso, otras, maldita sea, porque a cierta edad, incluso el hombre más díscolo e independiente necesita saber de quien serán las manos que cierren por última vez sus ojos. Hay personas que necesitan sentirse rodeadas de afecto social y temen no tener a su lado en la agonía a alguien que le sostenga la cabeza y le cambie el orinal antes de que se le llene de ratas la alfombra. En esas circunstancias, el amor se confunde a menudo con la enfermería, tal vez porque ese es su verdadero sentido, el sentido asistencial, la capacidad que tienen algunas personas para recoger en la vejez el vómito de la boca de la que en la juventud sorbieron alguna vez los besos. ¿Cuánto queda entonces de amor y cuánto hay de compasión? ¿No será que le llamamos amor a la simple abnegación? ¿Y si al final de la pasión fuese eso, y no otra cosa, el amor? ¿Y si la prolongada vida en pareja realmente sólo sirve de entrenamiento para vencer el asco? La pregunté una noche a una fulana en un burdel qué era para ella el amor. Y me dijo: "El amor es una hermosa sensación que dura el tiempo que un hombre y una mujer tardan en darse cuenta de que lo que tenían entre las piernas ya no se parece nada a lo que tienen en la cabeza". Así de explícita, así de cruel. Después pagué y me acosté con ella. No esperábamos grandes cosas el uno del otro. Estuve enamorado de ella durante media hora. Olvidé su nombre. No importa. Es natural. A fin de cuentas, de algunas mujeres recuerdo vagamente el precio, igual que de algunas ciudades recuerdo apenas las multas.
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
10 Enero 2008
No deja de ser asombrosa la facilidad de los españoles para substraerse al imperio de la ley a partir de cierta hora de la noche. Normas cuyo cumplimiento se vigila escrupulosamente por el día, se convierten en simples anécdotas al caer la noche, que es cuando quedan en suspenso muchas de nuestras leyes cívicas más severas. Nadie duda de que le multarían si no recogiese con una bolsita las cagadas diurnas de su perro, pero la infracción quedará impune si se ha hecho tarde y quien caga en la calle a la luz de la luna no es el perro, sino su dueño. Se te acercará el policía y te recriminará si tocas con insistencia el claxon de tu coche a las tres de la tarde, pero no habrá un solo agente que te reproche los insistentes bocinazos a las tres de la madrugada. Los impuestos que los probos ciudadanos pagan de día, sirven a menudo para costear los desperfectos que los juerguistas causan por la moche, que es cuando resultan arrasadas las flores de los jardines, las cabinas telefónicas y los parques infantiles, donde los niños acabarán jugando protegidos de las infecciones con trajes de neopreno. En Compostela se persigue de manera implacable a quienes aparcan en zonas prohibidas, aunque no estorben la circulación, pero nadie te reprochará de madrugada que hayas estacionado tu automóvil encima de la acera o sobre los flamantes tulipanes en cualquier jardín. En una ciudad con tantos bares resulta pintoresco que el mayor consumo de alcohol tenga lugar en plena calle, a veces ocasionando incluso la interrupción del tráfico rodado y obligando a los automovilistas que van de de retirada a dejar sus vehículos fuera del garaje. Si un ciudadano telefonea a la Policía Local porque el ruido no le deja dormir, es muy probable que reciba una contestación tan amable como inútil, entre otras razones, porque los agentes no están seguros de salir ilesos de cualquier intervención para reponer el orden. Las hordas del botellón no causan tantas bajas como las que podría ocasionar una guerra, pero no estoy seguro de que no armen tanto ruido. Por culpa de semejante alboroto, Santiago de Compostela se ha convertido en una extraña e insomne ciudad en la que la gente que trabaja se levanta por la mañana .. ¡a las dos de la madrugada!. Es tal el ruido ambiental, que puede llegar a tener uno la sensación de que los sitios más tranquilos de la ciudad se encuentran irónicamente en el interior de algunas viejas discotecas a punto de quebrar. El espectáculo matutino después de una de las frecuentes noches de movida suele ser desolador y en algunas calles el servicio de limpieza recoge mas mierda por metro cuadrado que cuando las atravesaba hace cuarenta años el ganado camino del coto ferial de Santa Susana. Hay quien piensa que muchos de los jóvenes participantes en al masivo alboroto pasan en la calle mas tiempo que en sus pisos, de modo que las aceras, los jardines y los portales les son más familiares y más útiles que el retrete de casa. Viví durante quince años en una concurrida calle del Ensanche compostelano y puedo asegurar que por culpa de no poder dormir con tanto ruido, el pijama se convirtió para mí en algo tan simbólico como el esmoquin. Como era difícil conciliar el sueño, en casa nos dábamos los buenos días a las tres de la madrugada. Los vecinos menos resistentes a los devastadores efectos del insomnio tomaban en algunos casos la inteligente decisión de sacar el coche del garaje e irse a dormir en él a las afueras. Algunos probaron suerte duplicando el grosor de sus ventanas pero se dieron cuenta de que los resultados no les compensaban del gasto. El intento de insonorizar el piso resultaba en algunas calles de Compostela tan absurdo como que los bosnios se hubiesen defendido de los estruendosos bombardeos de Sarajevo con el ridículo recurso de la doble ventana. Puede que parezca increíble, pero todavía me pregunto como pudo ser que aquella madrugada del 97 algunos de los vómitos más díscolos y saltarines de la calle hubiesen trepado como si tal cosa por la fachada hasta la altura de un segundo piso sin haber utilizado el ascensor. Es fácil suponen que en circunstancias semejantes, Compostela presenta muchas mañanas el sórdido aspecto de una ciudad que hubiese sido arrasada de madrugada desde el aire por toneladas de excrementos lanzados a discreción por los bombarderos de la Fuerza Aérea. No se puede comparar el escarmiento con las bajas habidas en diciembre del 41 en el ataque japonés a Pearl Harbor, pero quienes hayan vivido en Compostela saben que a cambio de haberse vertido menos sangre que en aquel raid, la ciudad de Santiago despierta a manudo casi con el mismo olor que causarían los cadáveres de los alborotadores al descomponerse. Cerca de donde yo viví había una panadería. Al amanecer volaban hasta delante de la tahona las palomas y los gorriones de la Plaza de Vigo. Había tanta mierda alrededor de las callejeras migas del pan, que estoy convencido de que muchos de aquellos pájaros se volvieron ratas. Harto de no poder dormir, hace algunos años me marché de la ciudad. Ahora soy uno de esos miles de compostelanos del exilio que tienen de su ciudad natal la idea de que fue un sitio hermoso, ilustrado y tranquilo en cuyas calles parecía imposible que la orina sustituyese algún día a la lluvia.
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
8 Enero 2008
Con la victoria de Barak Obama en los "caucus" de Iowa solo se pueden sorprender quienes todavía creen a pies juntillas que ser negro en Estados Unidos tiene sobre ser cerdo la desventaja de que por culpa de Lincoln ya no se permite su reproducción en granjas. Si los resultados electorales tuviesen que reflejar la estructura étnica del estado, Obama tendría que haber obtenido como máximo el 3 por ciento del respaldo en los "caucus". Su notable victoria se produjo con un apoyo generalizado de la población blanca, que supone el 92 por ciento del total. Lo que significa que en Estados Unidos ya no es imprescindible triunfar en la NBA para conseguir admiración, respeto y prosperidad. Obama se sobrepone al teórico handicap de su raza como en su día se sobrepuso John F. Kennedy a la adversidad confesional de ser católico. Naturalmente, los habituales detractores de la democracia norteamericana se encargarán de advertirnos que Barak Obama no es un estigmatizado negro de los de antes, sino un afroamericano interesadamente descafeinado a medias por los capitalistas y por la CIA para darle al espectáculo electoral una agradable apariencia navideña antes de desenchufarlo para siempre del tópico voltaje del sueño americano. Esos mismos analistas seguirán ignorando las históricas dificultades que tuvieron y tienen entre nosotros los gitanos para prosperar al margen del tablao y de la copla. ¿Cuántos Giménez Gabarri hay en nuestro Congreso de los Diputados? ¿Cuántos Montoya Salazar se sientan en los claustros de nuestras universidades y cuantos lograron situarse en las concejalías de los ayuntamientos? ¿Sabe alguien de una gitana que haya conseguido sustituir la bata de cola por la toga judicial? Condoleeza Rice es el último y brillante eslabón de una genealogía de negros que empezaron arrastrándose con grilletes en las plantaciones de algodón y llevan ahora las riendas de la Secretaría de Estado en un país en el que hace solo cuarenta años, había estados en los que los de su raza no solo no podían estudiar en las escuelas de los blancos o subirse a sus autobuses, sino que incluso tenían prohibido compartir sus canciones, sus retretes y sus muertos. Habrá quien diga que la victoria del negro Obama es una simple anécdota rebosante de irónica cordialidad popular y que el implacable e infame mercado electoral se encargará de devolverlo a su debido tiempo al corral. A muchos les cuesta todavía aceptar que el nivel cultural del pueblo norteamericano no es en absoluto inferior al nuestro y echarán mano de los tópicos habituales para hacernos ver que los ciudadanos de Iowa no saben donde diablos queda Austria ni quien fue Diderot. Ocultarán de paso que con una población ligeramente superior a la de Galicia, Iowa saca cada mañana a los quioscos cerca de cuarenta diarios y que en sus bibliotecas hay más afluencia que en nuestras tascas, igual que nos ocultan que son norteamericanas 17 de las veinte mejores universidades del mundo y que es de los Estados Unidos de donde procede el setenta por ciento de los galardonados cada año con el Premio Nobel. No les interesa en absoluto reconocer que desde que los sioux desistieron de escribir con humo, los estadounidenses han sido los renovadores de la narrativa, los verdaderos creadores del lenguaje cinematográfico y pueden presumir de ser tal vez uno de los pocos países en los que el desempleo no se considera un verdadero trabajo. Supongo que entre los detractores de siempre estará la buena de Pilar Bardem, que detesta el cine norteamericano de una manera instintiva y fisiológica, casi menstrual, probablemente porque por sus cualidades y por su aspecto, en una película de Hollywood solo podría disputarle a Anthony Hopkins su próximo papel de galán maduro. Ella y los suyos tienen razón en eso de que los ciudadanos de Iowa no saben donde queda Austria, ni quien fue Diderot. Pero también la tendrían si su demagógica soberbia no les impidiese reconocer que es muy elevado el porcentaje de ciudadanos españoles que desconocen quien era Sinclair Lewis y no pocos los que tendrían serias dificultades para encontrar el río Arlanza punteando grosso modo el mapa de España con un guante de boxeo. Si prestásemos atención a la Televisión de Galicia, descubriríamos con espanto que todavía hay gallegos convencidos de que el Miño desemboca a duras penas en el Cantábrico y que en un concurso en el que a un espectador le pidieron que escogiese un número entre el uno y el diez, no se anduvo con rodeos para elegir... ¡el doce!. Y ahora que andamos a vueltas con el revisionismo de la memoria histórico y la demolición de los vergonzantes símbolos del pasado, no estaría de más recordar que en doscientos años largos de democracia ininterrumpida, los norteamericanos no han tenido el menor motivo para demoler una sola estatua.
2
Como somos un país obsesionado con el supuesto valor moral de las estadísticas, tenemos la costumbre de reprocharle a las autoridades norteamericanas el elevado porcentaje de soldados negros que mueren luchando por su país. Suponemos que ello es así porque los negros sólo les parecen útiles para dejarse la piel en defensa de un sistema que en el fondo los desprecia. Procuramos ignorar que el Pentágono se nutre de soldados voluntarios y que no hay un solo militar negro, blanco o amarillo, que sea reclutado por la fuerza. En realidad, no es la sociedad blanca, sino la pobreza, lo que determina el elevado porcentaje de muchachos negros al servicio de las fuerzas armadas, como sucede en España, donde también es desproporcionado el número de soldados hispanoamericanos muertos últimamente en acciones de combate vistiendo el uniforme de nuestro Ejército. Ocurre algo parecido respecto de los índices de criminalidad, determinantes de que sea tan desproporcionada la presencia de negros entre la población penitenciaria norteamericana, sin olvidar que también entre nosotros aumenta de manera alarmante el porcentaje de rumanos y albaneses recluidos en nuestras prisiones, donde han llegado a superar al contingente gitano, tan habituado durante siglos al riesgo de acabar entre rejas. Ni los albaneses ni los negros acaban en la cárcel por culpa del supuesto odio de los blancos hacia los de su raza, sino como consecuencia de algún delito a cuya comisión se vieron muy probablemente arrastrados por una precariedad económica insoportable. No son injustas las leyes penales, como dicen los demagogos, sino las circunstancias sociales. Muchos negros norteamericanos se redimieron socialmente dedicándose al atletismo o al jazz, escapismo a lo que no somos ajenos en España, donde miles de gitanos evadieron la tentación del crimen refugiándose a tiempo en la chatarra, en el tarot o en el folclore. Ya casi nadie discute que el verdadero racismo no se ejerce objetándole el color de su piel a las personas, sino mirándoles los bolsillos. En las mismas circunstancias de hambre y ostracismo, no hay una sola raza que no genere odio, resquemor o delincuencia. Es cierto que la cultura reduce mucho el racismo, pero en su contención es aun más determinante el dinero. Tenemos la prueba en Sammy Davis Jr., que como había amasado una fortuna, se casó con una sueca tan rubia que incluso era visible con la luz apagada. Leemos a veces en la prensa la desdichada historia de "una mujer blanca salvajemente violada por un individuo de raza negra" y aunque reaccionamos con el dolor natural en un caso semejante y con la consabida indignación, nos cuesta mucho pararnos a pensar que la agresividad de aquel odioso sujeto no le venía inculcada en sus genes, sino en su desarraigo social, en su pobreza cultural o en su miseria económica. No hay que descartar que en una sociedad más justa, tal vez el circunstancial delincuente negro habría sido un reputado ginecólogo en vez de un temible violador. Aquí nos escandaliza mucho que en algunos barrios elegantes de los Estados Unidos se mire aun con desconfianza la presencia inusual de un hombre negro, pero algo parecido ocurre en España cuando en cualquier selecta urbanización exclusiva el vigilante de seguridad detecta a un gitano, a un marroquí o a un rumano, cuya inesperada presencia se considera automáticamente "merodeo". Si el rumano que "merodea" fuese rico, tuviese un buen traje y un lugar donde ducharse a diario, se haría una reputación, se llamaría Valerio Lazarov y se le tendría por un artista, que es lo que sucede en Estados Unidos con Bill Cossby, a quien muchos norteamericanos consideran el primer blanco de raza negra que triunfó en la televisión sin aperecer esposado. Sin salir de nuestro país, tenemos el ejemplo de "El Lute", un "quinqui" que aprovechó la cárcel para estudiar y salió convertido en un señor que es abogado, da conferencias y puede presumir de haber convertido el hambre en apetito, el "parné" en honorarios, y la prisión, en caché.
3
El creciente peso porcentual de la población hispana en los Estados Unidos ha dado lugar en los últimos años a un cambio de dirección en el recelo de la población negra, que se enfrentaría ahora al temor de que sean los latinoamericanos quienes les disputen el irónico privilegio de ser la principal minoría maltratada. Los grandes ghettos hispanos de Miami, Nueva York y Los Angeles tienen ahora un mayor atractivo electoral y es impensable que prospere en las urnas un candidato blanco y anglosajón que no se haya molestado en tomar unas mínimas clases de español. Sólo hay que echarle un vistazo a los títulos de crédito de las series de televisión para comprender el espectacular avance demográfico de la población de habla hispana, cuya presencia en los repartos cinematográficos reproduce sin duda el impulso social que se deriva de su exuberante natalidad. No dominan el deporte, la universidad o las finanzas, pero resultan ruidosamente imparables en la sociología, en el mercadillo y en las maternidades, habiéndole arrebatado a los negros el amargo regusto de ser la minoría marginal determinante para convertirse en interlocutores de peso frente al tradicional poder de los blancos. Era bien distinto el panorama hace treinta o cuarenta años, cuando la población negra autóctona representaba el 24 por ciento de la población total de los Estados Unidos y los hispanos se limitaban a una simbólica representación casi folclórica en el peor cine de Hollywood. El ghetto negro contaba con soberbios predicadores y con políticos de gran talento e indudable fuerza moral, pero cayeron en una desunión táctica de la que sólo salieron cuando ya era demasiado tarde y los hispanos se habían adueñado lentamente de su privilegiada posición demográfica gracias a que si bien no disponían de grandes lideres de opinión, tuvieron a su favor un factor determinante: la placenta. Frente a la nueva composición del electorado, es probable que los blancos tomen por su propio interés la decisión de votar al negro Barak Obama aunque solo sea para rebajarle sus ínfulas a los hispanos, que son ahora el "enemigo" electoral a batir porque suponen costumbres nuevas, un idioma distinto, y sobre todo, porque no son nada partidarios de la ligadura de trompas. Es distinto entre nosotros. Aquí los gitanos tienen acreditado un mayor crecimiento vegetativo que los payos, pero apenas han modificado su reconocida desgana electoral, esa actitud tal vez congénita que les sirvió para desentenderse históricamente del servicio militar, de la escuela y de la política, hasta convertir su marginalidad casi en una sagrada tradición tribal. Hay quien sostiene que así como los negros de Harlem son una raza y los hispanos de Miami son un pueblo, los gitanos en realidad sólo son una extraña e interesante patología en la que el paciente reaccionase frente a la tentación del progreso con el recelo de quien teme que sus heridas puedan empeorar con la penicilina. Puede que se trate de una actitud admirable y heroica, pero no deja de ser sorprendente, y tal vez preocupante, que los gitanos españoles ni siquiera hayan reaccionado contra el hambre con el recurso de la emigración y que sólo se movilicen geográficamente arrastrados al camino por el fervor colectivo de una boda o para acampar delante del hospital en el que operen de apendicitis a uno de los suyos. Así resulta que los negros norteamericanos se agruparon para prosperar en la "Mottown" y en la NBA y los hispanos se unen aunque sólo sea para ganar puestos en el listín telefónico de Los Angeles, y en cambio, nuestros queridos gitanos sólo se juntan para abaratar el hambre, la vivienda y las fotos. Por eso no representan para nosotros ningún problema insoluble. Al fin y al cabo aquí todos sabemos que los gitanos son unos "negros" apáticos y complacientes que en muchos casos sólo aspiran a que la Policía no les perjudique por culpa de haberles echado una mano.
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
4 Enero 2008
Estos días de ausencia por culpa de un problema de salud me han servido para darle un repaso a mi biografía y comprender que en la vida de un hombre llega un momento en el que daría lo que fuese por haber sido más afectuoso, más cordial y menos solitario, también por haber llevado la existencia honorable y tranquila de un hombre menos marginal y más sociable, seguramente porque en la soledad de un servicio de urgencias incluso el tipo más hosco se da cuenta de lo inútil que fue vivir de una manera esteparia, evasiva y trepidante, por muy interesante que le hubiese parecido sobrevivir al límite de sus fuerzas, en el rocío del fuego, conforme a la temeraria idea de que una existencia es más apasionante cuando se afronta sin otro aliciente que el desesperado objetivo de avanzar hacia el cementerio con dos bares de ventaja sobre la muerte. Recordé, ¡Dios Santo!, la amarga confesión de una mujer a la que había amado: "Ya no creo en ti. He perdido la fe en lo nuestro. Cada vez que alrededor de ti se levanta una nube, deja al descubierto la bruma, y cuando se disipa la bruma, ¿sabes?, cuando se disipa la bruma, cariño, sé que lo más sólido que puedo esperar de ti es un banco de niebla. Ya no tengo fe en lo nuestro. Escucho tus planes para mañana y no siento emoción alguna. Y eso ocurre..., ¡joder!,... eso ocurre porque cometí el error de enamorarme de un hombre errático e inacabado que encuentra apasionante el estúpido esfuerzo de haber dejado para ayer el futuro". Encajé su decisión sin darle demasiada importancia, casi con la pasiva entereza con la que encaja el mármol el escoplo del escultor, persuadido de que sólo se vuelven inútil dolor los golpes triviales y superfluos que no se convierten en simple biografía. A mi cuerpo le sonreía la vida y me parecía que el cementerio sólo era el sitio en el que paría la muerte sus polluelos. Podía sobreponerme al fracaso con una mujer llorando quince segundos de inquilinato en el hombro de cualquier otra mujer despoblada que tuviese la caída de ojos del barman. Estaba acostumbrado a vivir con el cuerpo entre dos tallas, el corazón entre dos mujeres, un pie en el sepulcro, y el otro, maldita sea, en el calzado apócrifo del enterrador. Me creía capaz de hacer tres ramos de flores con una rosa, una abeja y media docena de cactus. Ninguna mujer cumplía mis expectativas, ni se parecía remotamente a la literaria chica de mis sueños. Tendido boca arriba en el servicio de urgencias del hospital, recordé mi vieja ilusión por partirle el corazón a una singular mujer del cine y que ella aceptase el descalabro de lo nuestro con una de esas frases que engrandecen la incalificable sordidez de la pasión más baja: "Te echaré de menos, aunque me hayas engañado tanto. Me habría gustado ser la mujer que acude a tus citas conmigo... ¿Sabes, cielo?, en el fondo, siendo como eres, creo que me decepcionaría que no me hubieses defraudado"... Habría sido una ruptura inteligente, un hermoso fracaso mitigado por la elegante resignación de una de esas mujeres de mundo que tienen de la vida una visión instintiva y a la vez heroica, dispuesta a compartir el despilfarro emocional de un tipo áspero y sentimental que sobrevive en el caos sin inmutarse, igual que una bacteria en una infección, como un soldado ciego que avanzase sobre los campos humeantes poseído por esa extraña mezcla de ginebra, temeridad y cinismo que vuelve anestésico el dolor...
2
Aunque me duela reconocerlo, tengo claro que durante muchos años empleé en destruir mi vida el dinero que otros, tan tristes pero más sensatos, se gastaron en cambiar más a menudo de coche. Podría decirse, sin embargo, que me divertí de lo lindo, aunque no recuerde haber sido razonablemente feliz. Tuve la suerte de que mi cuerpo fuese capaz de funcionar ajeno a mi conciencia, de modo que hubo momentos de mi vida en los que no conocí otro techo moral que no fuese una falsa alarma atribuible al cansancio, aunque en aquella vorágine de fulgurantes sensaciones no creo haber afrontado un solo esfuerzo cuyo inefable placer me produjese verdadera fatiga. Sudé mucho durante aquellos viscerales años de amoralidad e inconsciencia, pero fue una pasiva sudoración casi sin esfuerzo, como si se tratase del recreativo sudor de un retórico atleta sedentario. No era por completo ajeno a la realidad, pero sabía que cualquier actitud responsable ante la vida habría resultado sin duda más aburrida que cualquier postura en cama. Que lo mío se tratase de una aparente pérdida de tiempo me preocupaba poco porque estaba en esa etapa rebosante de vitalidad en la que un hombre prefiere malgastar sus energías en cualquier mediocre placer antes que invertirlas en escribir una mala novela. Otros colegas de mi generación se retiraban a sus casas a estructurar su obra pensando en la eventualidad de conseguir un lugar en la Historia mientras yo me dejaba invadir por la serena pereza a la que conduce la certeza vital de que la posteridad es una cosa que, como los ahorros y como la fe, suele sobrevenir inexorablemente asociada, a veces, a la vejez, y casi siempre, a la muerte. Me decía a mí mismo: "Tarde o temprano seré sensato, pero me cuidaré mucho de que eso sólo ocurra cuando la salud me impida ser temerario". No quería conocer la vida por haberla leído en alguna parte. Pensaba que el espíritu de un hombre se enriquece de manera más expresiva a medida que su experiencia va minando su resistencia física, hasta alcanzar el máximo esplendor al borde de la muerte, en ese instante solemne, terminal e inenarrable en el que el moribundo comprende con elegante resignación que la muerte no es otra cosa que un tenaz exceso de la paciencia. Hay muchas maneras de afrontar la vida y todas ellas pueden ser igual de nobles, con independencia de que a unos los avise de sus errores su conciencia y otros, más insensatos, se enteren sólo cuando les fallan la liquidez, las erecciones o el hígado. Lo que cuenta es la actitud mental frente a los síntomas del fracaso y la capacidad de cada uno para resolver sus luchas interiores. Un condenado a muerte puede hundirse abrumado por la inminencia de su ejecución y por la insensibilidad del gobernador para el perdón, pero también hay una clase de hombre que lo que espera de la vida no es la piedad del indulto, sino la surrealista extravagancia de que para prolongar in extremis su amarga existencia de reo, el gobernador haya decido alargar cinco metros el corredor de la muerte. A diferencia de otros colegas de mi generación, he dedicado a mi destrucción los esfuerzos que tendría que haber empleado en mi obra. También aprovecharon el tiempo para ganar premios y para hacer amigos. He sido muy descuidado para esas cosas y no hay en mi biografía un solo detalle en el que lo más interesante no sean las contraindicaciones. Sinceramente, no es algo que me preocupe mucho. He empleado en mis sueños el mismo esfuerzo que para mantenerme despierto. Puede que mi mala vida no me haya sido de gran utilidad para ganarme a pulso el derecho a la posteridad, pero, ¡qué diablos!, empecé en esto con la intuitiva sospecha de que al cabo de muchos años, echado boca arriba en una cama de hospital, llegaría a la conclusión de haber llevado una existencia extravagante y algo inútil, en cualquier caso una vida destruida a la medida de mis posibilidades, y que podría culminarla con la agradable sensación de que tantos años de periodismo me servirían al menos para conseguir un descuento en la esquela. Reconozco haber hecho pocos esfuerzos en la vida. Pero eso importa poco cuando un hombre afronta su existencia como una carrera en la que sólo valiese la pena empezar a correr en la meta, a sabiendas de que para entonces en la tribuna vacía solo le aplaudirá sinceramente la muerte...
3
Aunque parezca una simple frivolidad, lo cierto es que durante treinta años mis conversaciones de madrugada con el barman fueron lo más cerca que estuve de hablar con Dios. Cada vez que salía a la calle desde cualquier tugurio, mi gran preocupación no era dar con el paradero de mi alma, sino acertar con el sitio en el que hubiese aparcado el coche. Ya sé que resulta un pensamiento algo cruel, pero lo cierto es que cuando iba a casa de una mujer, mi mayor inquietud moral era no vomitarle en cama. He conocido de madrugada a gente muy distinta, pero la mayoría de las chicas con las que tuve algo íntimo habrían soportado que empobreciese su reputación pero habrían encontrado inadmisible que manchase sus sábanas. Yo creo que eso ocurría porque a ciertas horas y en determinadas circunstancias resulta más cómodo recomponer la reputación que poner en marcha la lavadora. Vivimos demasiado rápido para fijarnos en las consecuencias morales de nuestros actos y eso significa que en cierto modo las lavanderías hayan desbancado a los confesionarios y la higiene se haya impuesto a la reflexión. Como yo los he vivido, me consta que hay sórdidos momentos de obscena relajación en los que una buena ducha es moralmente más útil que cualquier penitencia. Cuando un hombre de provecho se relaciona íntimamente con una mujer de su mismo estilo, se pregunta qué emociones o que pensamientos se pueden intercambiar, pero si uno lleva una vida con pocos miramientos y casi sin jabón, se conforma con intuir qué clase de enfermedades se po- drían contagiar. Hay una evidente correlación entre la temeridad de la aventura y el riego del fracaso que sin embargo no desalienta al trasnochador e incluso puede que le sirva de aliciente, tanto como le sirve de acicate al tahúr la aleatoria y turbadora tentación del póquer. Como yo lo veía, evitar el riesgo del placer sólo era una extraña valentía muy parecida a la involuntaria proeza de un idiota que saliese de caza armado con un megáfono. Nunca entendí que un hombre tuviese que arrepentirse del placer, convertido por la religión en un pecado y por la sicología clínica en un remoto problema fetal, con lo cual el hombre acobardado por su conciencia se vería en el horrible dilema de alejarse de Dios con el riesgo de tropezarse inevitablemente con Freud. Cuando un lleva muchos años en el lodo social aprende que en lo que se fijan las mujeres no es en tu alma, amigo mío, sino en el tufo de los indiscretos calcetines con los que hayas amordazado los pies. No sé si hay estudios al respecto, pero yo creo que no es su personalidad, sino su olor corporal, lo que en la memoria de una mujer hace más perdurable el recuerdo de un hombre. He escrito muchas notas para muchas mujeres y creo haber tenido algunos aciertos con mis textos, pero tengo la firme convicción de que en general la mayoría de esas mujeres no me van a recordar por mis sutiles textos literarios, sino por mi penetrante olor a caza. Algo parecido siento yo al evocarlas a ellas. Puede que no sea muy justo, ni muy glamoroso, pero cada vez que escribo el nombre de alguna vieja amiga, no puedo evitar le sensación de haber presentido en el pescado azul de mi letra el expresivo maullido de un gato. Ahora atravieso un bache y el cuerpo me impide muchas de las placenteras bajezas que soportaría sin vacilaciones mi conciencia. Pero tampoco eso importa mucho. Digamos que la salud me ha obligado a tomarme un respiro mientras pongo en orden mis fracasos, mi hernia y mis notas. Después anochecerá como anochecía antes. Y entonces, muchacho, entonces me daré el capricho de un evocador viaje a los viejos e infernales lugares de entonces, aquellos sitios en los que maullaban como gatos las bisagras de los retretes y las fulanas iban y venían encaramadas en puntillas sobre la carambola de sus pisadas, taconeando sobre el terrazo cono una reata de calaveras, mientras con la lluvia goteaba en la puerta del antro, como un agradable pésame de flúor, como un anestésico dolor, la lava cenital e incandescente de la publicidad...
servido por ignacio
1 comentario
compártelo