Categoría: ARTICULOS DE ALVITE
2 Noviembre 2009
Muchas veces esperé en vano a que una fulana me dijese de madrugada algo que sin embargo jamás pude escuchar: "No podemos seguir con lo nuestro sin ser contradictorios. Acabemos con esto de una vez. Sólo si rompemos yo volveré a ser la mujer desdichada que buscabas y tú serás de nuevo el perdedor que me sedujo. Sé que lo entenderás, cielo. ¿Recuerdas la noche en que nos conocimos? Me dijiste: "Las cosas que hagamos juntos nos parecerá que fueron sin duda más hermosas si pasado algún tiempo las recordamos por separado". Así fue como empezó lo nuestro. Sin preguntas, sin expectativas... seguros de que la pasión que pusiésemos en aquella historia sería exactamente la que íbamos a necesitar para que el sudor de sus llamas nos ayudase luego a extinguir el fuego. Ambos sabíamos que por muy sincera que pareciese, no había en nuestros labios una sola promesa que no fuese fingida o infundada. Era evidente que ni mis cálculos entraban en tus cálculos, ni entraban tus sueños en mis sueños. ¿Y qué me dices del futuro que nos esperaba? ¿No fuiste tú acaso quien dijo aquella misma noche que el amor eterno es aquel cuyo doloroso fracaso se recuerda eternamente? Me prometiste entonces amarme todo el rato y yo te pregunté qué harías el resto del tiempo. ¡Bobadas, cielo! Nada es para siempre. Fíjate en los creyentes. En el caso de los creyentes ni siquiera la muerte es para siempre. ¿Habría de serlo el amor? No, claro que no. Creemos que durará mientras no se nos acaben las promesas, pero tú y yo sabemos que entre un hombre como tú y una mujer como yo no hay una sola promesa que no acabe inevitablemente en una disculpa. Ya no somos adolescentes y dentro de pocos años incluso nos colgará la piel de los pies. Hicimos cuanto pudimos por prolongar esto, pero, sinceramente, llega un momento en el que ni la pasión produce tanto calor, ni sabe el sexo mejor que la comida. Dejemos los sueños para los adolescentes. Que sean ellos quienes crean en sus propias promesas y se juren solemnemente que seguirán unidos hasta que la muerte los separe, seguros de vencer el hambre a dentelladas, convencidos de que por muy mal que les vayan las cosas sobrevivirán gracias a haber comprado con sus miserables ahorros una estúpida plantación de polvo. No es así en este caso. Lo nuestro sólo fue unirnos persuadidos por la idea de que al construir algo así íbamos a necesitar cuatro brazos para destruirlo. Y también porque alguien me dijo en alguna parte que estabas deseando conocer a una fulana con la que pudieses romper a sabiendas de haber compartido con ella una de esas historias que sólo suenan bien gracias a que terminan mal"...
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
17 Octubre 2009
Recuerdo que la primera vez que me acosté con una fulana en el barrio chino, ella me preguntó qué tal lo había pasado. "Muy bien; lo he pasado muy bien", contesté un poco incómodo. Ella rehizo la cama estirando grosso modo la sábana, retiró de mi mano el dinero a pagar por el servicio y me tranquilizó con la rutina pedagógica con la que supuse que antes había tranquilizado a otros como yo: "Pues eso no es nada, ¿sabes?. Te lo pasarás mejor cuando aciertes con el agujero"... Entonces todo lo relacionado con el catre me parecía vergonzante y complicado, pero ahora que soy mayor y me he revolcado durante muchos años en los cocederos más sórdidos del orbe lupanar, sé que aquella señora había actuado al mismo tiempo con sinceridad y con delicadeza, dándome a entender que la ceremonia del sexo en cierto modo se redondeaba con la misma liturgia con la que resolvería un jugador neófito el golpe soñado con el que igualar por primera vez en el golf el dichoso par del campo. Conocí luego a muchas mujeres como aquella y compartí con ellas circunstancias como la de entonces, lo que pasa es que con el transcurso del tiempo la conversación se fue mezclando con el sexo, los sentimientos desplazaron a los impulsos y cuando quise darme cuenta resultó que la literatura había empezado a relegar a los instintos, de modo que ya no podía acostarme con una de aquellas chicas sin antes convencerme de que lo que hacían nuestros cuerpos al restregarse en la berrea del catre no era otra cosa que aprovechar el sudor para amasar a oscuras el pan ácimo y marrón con el que podrían haber comulgado a la salida de la escuela los niños ciegos. Es cierto que sus estudios no tenían mucho que ver con mis estudios y que sus expectativas eran más inciertas que las mías, pero yo estaba seguro de que la sordidez en cierto modo nos igualaba y que a efectos de sabiduría vital las cosas que yo pudiese enseñarle a ella no tendrían en absoluto más valor que las que ella pudiese contagiarme. Yo le recomendaría luego un libro de cabecera y ella a cambio me daría las señas de un urólogo de confianza. El uno se habría convertido de ese modo en el complemento del otro y dejaríamos correr el asunto sin importarnos que aquello desembocase en algo serio, tal vez en una de esas historias en las que el sexo es un sitio húmedo, pero agradable, en el que sentarse a envejecer. Veinte años después de aquella primera experiencia en el barrio chino me reencontré en los andurriales de Vigo con la mujer con la que había debutado tanto tiempo atrás en cama, me di a conocer, nos tomamos unas copas y me preguntó como me iba. Aunque creo recordar que me costó mostrarme convincente, le dije la verdad: "Sigo en las mismas, ya sabes, la furia, los instintos, las expectativas y todas esas cosas... pero ya nada es como entonces. Sé sobre este ambiente más de lo que imaginé que llegaría a saber si hubiese nacido en él. Casi ni recuerdo la decencia. Hace tanto tiempo de aquello... Los excesos sexuales están amenazando mi capacidad para la literatura porque, ¿sabes que te digo?, porque ya no soy capaz de soñar cosas que me impresionen más que la realidad. La esporádica suerte de dormir se me ha convertido en un verdadero desperdicio. En cierto modo diría que soy feliz, pero se trata de una felicidad como automática, algo trivial y aritmético, una alegría tan insatisfactoria como si la felicidad se me hubiese convertido en un deber. La lista de las cosas que de muchacho creía interesante aprender se ha convertido con el tiempo en la lista de las cosas que me convendría olvidar. A veces pienso que era más feliz cuando disfrutaba menos"... Yo estaba desencantado y ella estaba mayor. A punto de cerrar el garito en el que nos reencontramos, me dijo: "Siempre quise ser algo que valiese la pena, no sé, cualquier cosa que no oliese mal, pero dejé la escuela después de haber aprendido apenas a borrar el encerado. Ahora tengo cincuenta tacos, cielo, y no hay en la farmacia un solo medicamento que me haga en el hígado menos daño que el alcohol. A veces me miro al espejo y hasta me parece que se me haya subido a la cara el bajo vientre. Dices que estás desencantado. ¿Como supones que me siento yo? Te diré algo: En este oficio se empieza cuando por culpa del hambre te falla la conciencia; y se acaba, cariño, cuando por culpa de la edad te fallan los estrógenos". Rematada así, la historia queda algo coja, lo reconozco, pero eso se debe a que en el viaje de regreso a Compostela noté que mis recuerdos se resentían por culpa de que a mi sueño le renqueaba el coche...
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
20 Enero 2009
Jamás me interesó la vida privada de la gente y puedo asegurar que ya hace muchos años que la biografía de cualquier persona me parece menos interesante que sus planes para dentro de media hora. En mi relación con las mujeres siempre le di más importancia a sus ojos que a su documentación y por lo que se refiere a los hombres, su ocupación profesional, sus estudios o su genealogía, me dicen menos de ellos que su manera de fumar, su aplomo o sus sueños. Me gusta escuchar y participo en las conversaciones sóolo cuando estoy seguro de haber elegido bien la compañía. Mi olfato me dice que las personas más interesantes no son necesariamente aquellas que gozan de prestigio social, salen fotografiadas en los periódicos o tienen en el portal una reluciente placa de bronce en la que se mezclan con absoluto descaro su profesión de ginecólogo y el cinemascope de su soberbia. Siempre he procurado alejarme del hombre de éxito tanto como del hombre seguro de sí mismo, del primero, porque las vidas sin fisuras me aburren tanto como los coches automáticos, y del otro, porque la autoestima sólo tiene algún atractivo literario a medida que se pierde, del mismo modo que el dinero produce placer únicamente en el caso de que se gaste. También recelo del tipo que se presenta a si mismo como "un hombre de una sola pieza", entre otras razones, porque de una sola pieza son también los dictadores, los idiotas y las lápidas de los sepulcros. Encuentro más interesantes a los hombres indecisos, seguramente porque no hay una sola decisión cuyo acierto no sea el inteligente resultado de una duda, y también porque la vida me ha demostrado que la solución de un problema produce a menudo más insatisfacción que el problema mismo. He seguido ese criterio en mis viajes y no creo que me haya ido nada mal. No sé si os conté alguna vez que gracias a las confusas explicaciones que me dio un paisano al que le pregunté en Salamanca por donde se iba a Cuenca, perderme por el camino me supuso la suerte de conocer Lisboa. Nunca caí en la tentación de comprarme unas cadenas para el coche. Mi manera de viajar las hace innecesarias. Ruedo sin objetivos y sin planes, me detengo si me canso o tengo sed; y si es invierno y alta montaña, no me importa instalarme allí donde me haya detenido la nieve. En una ocasión me perdí al volante del coche en la lazada de carreteras casi intransitables de unas montañas en las que incluso se habría desorientado el mapa, pero no le di importancia porque me había echado al camino sin conocer mi destino. Siempre me hizo ilusión la idea de perderme de madrugada en cualquier paraje sin datos y no conocer mi paradero hasta comprar por la mañana en alguna ciudad el periódico local. Lo mismo me ocurre con las personas. Entablo conversación sin esperar nada, despreocupado de lo que pueda sobrevenir, y me conformo luego con lo que haya sucedido. Es muy agradable que te ocurran cosas buenas con las que no contabas, aún sabiendo que pueda tratarse de un éxito fortuito y efímero, acaso el premio incobrable de un sorteo sin fondos. No importa. Vale la pena volcarse a cambio de nada. Si te equivocas de mujer, lo que cuenta es que ella te abrace aunque sólo sea para consolarte de la desgracia de haberos conocido. Lo que puedas saber de una persona raras veces te resultará tan agradable como lo que supongas de ella. La imaginación me ha salvado de muchos chascos, sobre todo en mis relaciones sentimentales. Una interesada bruma literaria me ha ayudado siempre a encubrir mis errores. Me he llevado unos cuantos chascos por haber desmenuzado el alma de las mujeres. Ahora sé que si hubiese sido listo, me habría limitado a desabrocharles la blusa. Aquellos fracasos me sirvieron también para comprender que los seres humanos somos una mezcla de fisiología y de sueños, y que en consecuencia, con excepción de la última fila del cine, donde más se sabe de una mujer es en su autopsia.
servido por ignacio
8 comentarios
compártelo
3 Enero 2009
Mi relación íntima con algunas de las chicas que frecuentaban "Rahid" me sirvió para descubrir que lo que ellas esperaban de lo nuestro era que mi sincera amistad derivase cuanto antes en mala compañía. Podría servir como resumen lo que una de ellas me dijo en su lujoso dormitorio mientras fumábamos boca arriba en cama: "¿Sabes?, cuando te pusiste sentimental, temí que me respetases". Equivocarte en la seducción de una mujer así puede ser un doloroso fracaso; no haberlo intentado, sería sin duda un error imperdonable. A mí con las mujeres del "Rahid" me sonrió la suerte casi desde el principio y puede decirse que la sucesión de relaciones fue tan sorprendente como lo sería para un cazador encontrarse a las liebres haciendo cola frente a la escopeta. No me lo podía explicar. Mi mala fama se volvía en mi favor. No tenía ninguna de las cualidades para ser un buen marido, pero ese era precisamente el motivo de su acercamiento. A veces pienso que si lo hicieron conmigo fue porque desde su higiénica posición social el hecho de relacionarse con un tipo que salía del arroyo les resultaba moralmente tan soportable como si escupiesen en un suelo en el que una mancha nueva solo sirviese para mejorar la mierda. Si eso pensaron, no me importa en absoluto. Aunque me cuesta separar el sistema emocional y el aparato digestivo, puedo acostarme con una mujer sin reparar en sus pensamientos tanto como me permito comer un pollo sin pensar en como fue criado. No sé qué habrán sentido ellas en cada momento, pero no creo equivocarme mucho si supongo que aprovecharon mi descaro y mi falta de escrúpulos para dejar que su fisiología hiciesen cosas que no les permitía su educación, como que les relinchasen los labios mientras se agarraban con los ojos cerrados al cabezal de la cama o que en la laxitud del desenfreno los obstétricos gases del placer les hiciesen hablar la vagina igual que si fuesen a expulsar una camada de cachorros amnióticos o la serosa flema de un fibroma. Ese era mi objetivo y creo haberlo conseguido. Nunca esperé de ellas que fuesen sinceras al decirme "te amo", pero reconozco haber sentido legítimo orgullo cada vez que el temblor de las piernas les dificultaba acertar con la puerta del baño. Fui embustero y no sé si me habrán perdonado el cinismo de ensuciar sus almas, pero que yo recuerde, jamás me reprocharon que manchase sus camas, como no les eché nunca en cara que dejasen las plantas de sus pies marcadas en el parabrisa del coche. En el fondo éramos distintas maneras de vestir pero habernos reunido en cama trajo como consecuencia que compartiésemos las miserias, los sueños y las manchas. No sé si eran sinceras al decirme que esperaban otra cosa de mi, no sé, una historia duradera que acabase frente al escaparate de "Pronovias", aunque con el paso del tiempo creo haber descubierto que cada vez que nos revolcábamos sentíamos juntos el placer y el asco, acaso porque en las relaciones sexuales el uno no se entienden del todo sin el otro. De entre las toleradas para menores, "Me excita que me digas guarradas" es la frase más expresiva que recuerdo, probablemente también la más sincera. Mi semántica de burdel se enriqueció sin duda con aquellas confesiones. Sólo en el dentista eran antes peor habladas las fulanas. Cada vez que las chicas del "Rahid" se dejaban ir en el paroxismo del desenfreno, yo hacía cuantas cosas me pedían, sin reparar en esfuerzos, ansioso como un perro y entregado como un sirviente, hasta que su boca me devolvía la respiración a la mía envenenada con las mayores obscenidades que haya podido escuchar en mi vida y que solo leídas en francés resultarían comestibles. Después nos fumábamos unos cigarrillos como si nada hubiese ocurrido, por completo ajenos a tanta zoología, mientras su distendido cuerpo de fulana volvía a la recatada dimensión de su hábito de benedictina y el mío enfriaba sobre una corrosiva compota de "txangurro" en los detritus de aquel cocedero de marisco. Ella se ausentaba luego a la ducha cavilando sobre sus cuaresmales piernas temblorosas, dejando a su paso un delicada hilatura de esperma mezclada con una tenia de saliva, como una araña a la que se le hubiese soltado de las patas su ovillo de seda. "Te tienes que marchar; dentro de media hora viene la chica de la limpieza. Después me pasaré por el bufete antes de viajar a Sanxenxo", me advertía. Misión cumplida. Yo me vestía casi sin tiempo a saltar de cama y ella abría la ventana del dormitorio para que saliese a la calle aquel penetrante olor a caza y se esfumase confundido en la calzada con la litúrgica berrea de los coches. ¿Remordimientos? Por mi parte, ninguno. Por la de ellas, supongo que tampoco. Como me reconoció C. al final de una de aquellas monterías: "¿Sabes?, creo que tenías razón cuando me dijiste que a recuperar la dignidad por la mañana ayuda mucho saber donde diablos dejaste anoche las bragas".
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
29 Diciembre 2008
Ahora que vivo alejado de mi mala vida de entonces, podría renegar de ella, descalificarla y lamentar lo bajo que caí. Podría convertirme en el noble paradigma del arrepentimiento y prevenir de sus peligros a quien sienta alguna vez la tentación de llevar una vida de relativismo y excesos semejantes a la que llevé durante treinta años. La misma literatura que me arrastró hasta el fondo podría devolverme a un puesto de honor en la superficie, disimulando el mugre de mi existencia con una delicada capa de higiene que me igualase con quienes llevaron siempre una vida pulcra y ordenada, instalados en la antibiótica rutina de la decencia. Eso podría hacer, pero si eso hiciese, sería como consecuencia de haber fingido arrepentimiento por todas aquellas cosas que la gente no consideraría inmorales si no fuese por su descaro, por su placer o por su precio. Siempre tuve la certeza de que mi conciencia daba mucho más de sí que mi dinero y que no serían los remordimientos, sino la falta de liquidez, lo que me distanciase de aquel mundo delirante y amoral en el que descubrí que hay sueños que sólo te ocurren si mantienes bien abiertos los ojos. Al final ni siquiera fue la falta de liquidez lo que me apartó de aquel camino, sino la sensación de haber percibido ya todas las sensaciones que cabía esperar antes de que incluso el orgasmo se me convirtiese en una monotonía, en un trabajo o en una simple mancha que no afectase a mi alma, pero me endureciese los calzoncillos. Con la acumulación de experiencias llegó un momento en el que la decencia tenía más secretos para mi, y más alicientes, que la mala vida. Mi duda era si sabría acomodarme a una existencia ordinaria entre toda aquella gente normal y corriente que llevaba los niños al colegio, tenían motivos sencillos por los que llorar y los domingos se vestían de punta en blanco para hacer cola en los cementerios y en las panaderías. Visto desde la perspectiva de alguien que llevaba tantos años en el fango, la decencia resultaba ser una conquista sumamente difícil, además de un logro que a cambio de una indudable tranquilidad social sólo podría acarrear efemérides, profilaxis y aburrimiento. Por otra parte, mi conciencia me reprochaba cualquier reflexión que hiciese pensando en darle un giro a mi vida, zanjar mis cuentas en los burdeles y volver a la calle con la pobreza de un monje, el prestigio de un explorador y la nostalgia de aquel mundo carnal y fluorescente en el que los hombres se sinceraban al mentir y las mujeres meaban una trenza de esperma con lentejas por la que se descolgaban hasta el fondo del retrete, como mermelada de sarro, las babas de los clientes. Una madrugada hablé de esto con mi mentor del hampa. Y Pepe Bahana, que era un tipo muy curtido y muy objetivo que veía la vida con un ojo en un orinal y el otro ojo en un cáliz, me dijo: "No te apures, muchacho. Las diferencias entre esta vida y la otra vida no son tan grandes como parece a simple vista. En realidad son el mismo negocio y escaparates distintos. Lo que hace decente el sexo entre la buena sociedad son los impuestos. Y en cuanto a la moralidad, ¡que quieres que te diga!, el Dios que administra la comunión en las iglesias en realidad es el mismo que en el burdel reparte el gel y las toallas". Antes de que probase a dar mi opinión, añadió: "El ambiente del antro te permite conocer a fondo a las personas, amigo, y eso te da de la vida una visión más amplia y más sensible. Si llevas mucho tiempo en este ambiente, volver a la decencia no tiene misterios ni requiere una gran preparación. De madrugada uno se ve en el deber de respetar a los demás; de día, muchacho, es suficiente con respetar los semáforos. La gente decente arriesga su reputación. La diferencia con ellos es que nosotros nos jugamos la vida". Pepe Bahana se vino a este lado de la barra con una copa en cada mano y brindamos punteando con la suave dicción del vidrio su último comentario de aquella noche: "Si decides largarte y emerger en tu cama de casado, quiero que sepas que dejas aquí un buen recuerdo. ¿Sabes?, en el fondo creo que te ha venido bien malograrte un poco. Ahora sabes que la vida es un cuadro muy hermoso que al caerle la lluvia encima se descubre que estaba pintado sobre un áspero papel de lija"...
servido por ignacio
sin comentarios
compártelo
11 Diciembre 2008
Ha regresado, con el frío, con la lluvia, con la melancolía de los días de otoño, con la música de Sinatra y la bateria de Gene Krupa, con la tía Pepita y con esa forma tan sencilla que tiene el muy cabrón de alegrarme la vida. Gracias D. Jose Luis.
Soy quien soy como amarga consecuencia de no haber podido ser el hombre que algún día soñé que sería. A los nueve años de edad me creía llamado a grandes proezas deportivas acordes con mi temperamento inquieto, mi combatividad y mi resistencia al cansancio. Podía jugar al fútbol seis horas seguidas alineado en cuatro equipos distintos, regateando a mis propios pies, al balón y a los serenos, a pecho descubierto si era verano, con la gabardina abrochada alrededor de la bufanda en invierno, y ser capaz incluso de secar con el sudor de la cara la lluvia que me escurría del pelo, hasta conseguir en la frente la isobara emocional y biográfica en la que las niñas intuyen la pubertad y los césares presienten el laurel. Como estaba excesivamente delgado, abría mucho los ojos para que se me viese mejor en las fotos. Una mañana el doctor Amaro López Socas me echó un vistazo y le dijo a mi madre que no se preocupase, que el niño estaba bien de salud y que ese era precisamente el feliz motivo de que pudiese hacer aquellos esfuerzos deportivos que tanto me adelgazaban. "Tanta salud te va a matar", me advirtió una tarde mi padre. Seguí jugando al fútbol a pesar del sombrío pronóstico, pero al anochecer me senté en la pelota y reflexioné con una amargura primeriza sobre la paradoja de que el exceso de salud pudiese costarme en cualquier momento la vida. Toda aquella fogosidad... ¿Y si resultase que estaba malgastando en los exultantes derroches de la infancia las energías que iba a necesitar para arrostrar las fatigas de una vejez que acaso sólo conocería en sueños? ¡Dios Santo!, ¿podría ocurrir que tanta llama sólo sirviese para consumir antes la vela? A las pocas semanas enfermé de paperas y hube de convalecer algunos días encamado. Al principio me contrarió que fuese una patología, y no la la bronca del sereno, lo que me hubiese alejado del deporte. Una vez repuesto, yo recobré el ánimo y mis padres comprobaron que de sus tres hijos, yo era el único al que incluso le sentaba bien la mala salud, un tipo raro que engordaba en ayunas. De hecho, cuando mi cara recobró sus proporciones naturales y salté de cama, me di cuenta de que no sólo no estaba consumido por las dichosas paperas, sino que se me había quedado pequeña la ropa. Como no nadábamos en la abundancia y carecíamos de presupuesto para renovar el vestuario, acepté con una sonrisa el deber imperioso de adelgazar jugando al fútbol hasta que me sirviesen otra vez las camisas. Había crecido y tenía las espaldas más anchas. Pienso ahora que si aquella enfermedad había mejorado tanto mi aspecto físico, en el peor de los casos la muerte sólo habría sido la primera mujer que me pusiese cachondo. Como era un niño, el riesgo de morir me producía jovialidad y supongo que de haber ocurrido tres años más tarde, la alegórica intuición del óbito me habría causado una erección. ¿No consiste acaso la infancia en la agradable e indolora relatividad de las calamidades? Mi abuela paterna había muerto en casa de mis padres sólo cinco años antes y sin embargo yo tenía de aquel suceso la referencia analgésica y lejana de algo que mis ojos sólo pudiesen evocar por haberlo visto como de oídas en el cósmico caos de la sobremesa y el vago recuerdo del agradable frescor de cocotero que la brisa ácima de la muerte había dejado a comienzos del verano en aquella habitación de cuya atmósfera mortuoria lo que verdaderamente me quedó grabado para siempre fue una mítica mezcla de recogimiento y olor a sopa. No daban para otra cosa mis experiencias, ni mi cerebro. Carente de la trágica solemnidad que produce la perspectiva histórica, mi idea de la muerte era que se trataba de una simple avería atmosférica cuyas consecuencias inmediatas serían que alguien ventilase la alcoba con el aliento de la cena y que la brocha del albañil sustituyese por la mañana con el aroma petroleado de la pintura el rancio olor farmacéutico de la agonía, el metano transustancial y eucarístico en el que según los curas se sublimaba el alma al retirarle la sábana al difunto, airear sus flatulencias y vestirlo de aviador con el retórico paracaídas del sudario. Habrían de pasar muchos años antes de que, con motivo de la muerte de tía Pepita, descubriese que a veces los cadáveres se hinchan con una obstetricia como de caldereta y producen al moverlos una especie de gorjeo, una gárgara de embolias, un sonido gaseoso y palomar que se parece al de los radiadores cuando se los purga, y que uno podría recordarlo mejor si, además de escucharlo, lo hubiese recogido para la posteridad transcribiéndolo sobre el pan de la merienda con las misteriosas y arácnidas salpicaduras de la taquigrafía. Como si en la subacuática confusión del tiempo la memoria fuese un sonar y la muerte, el tambor de un buzo. (A Cristina Longa Arca, por desayunar conmigo).
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
31 Enero 2008
Estar de paso en la vida de las personas me produjo siempre la misma sensación que estar de paso en una ciudad de la que puedas salir a tiempo de no censarte en ella. Debo a esa permanente sensación de tránsito mi desarraigada manera de entender la vida. Siempre me pareció interesante la posibilidad de meter la cereza en la boca en una ciudad y escupir el hueso en la ciudad siguiente. Un tipo me dijo de madrugada en un garito que la emoción de la vida en pareja se esfuma tan pronto por culpa de la rutina aciertas a oscuras con el baño. Los seres humanos se emparejan arrastrados a ello por la necesidad de compartir un sueño, pero transcurrido algún tiempo, muchos se dan cuenta de que, por hermoso que sea, no hay un solo sueño que sobreviva sin cambiarle de vez en cuando la cama. Nos educaron para resistir los inconvenientes de la vida en familia y aprendemos a llamarle responsabilidad a lo que no es más que simple y dolorosa resignación. Somos el único animal que supedita los instintos a la reflexión, lo cual nos hace más razonables, pero también más cobardes. Cuando somos jóvenes soportamos una mala relación de pareja para no contrariar a nuestros padres, y al hacernos mayores, nos resignamos para no dañar a nuestros hijos. ¿Consiste en eso el amor?. No lo creo. Uno suele enamorarse de una mujer inexistente cuyos rasgos suele atribuir aleatoriamente a cualquier chica que se cruce en su vida, lo que convierte el amor en un fenómeno casi literario. Sacrificarse por algo que pertenece a nuestra imaginación carece de sentido. Es mejor desistir de una historia antes de que la realidad desbarate lo que esperabas de ella. Muchas películas se recuerdan con más agrado si tuviste al acierto de largarte del cine antes de que aquella historia tan apasionante las echase a perder su última secuencia. Desgraciadamente, el paso del tiempo merma nuestras expectativas y nos vuelve reacios a cualquier cambio, unas veces por temor al fracaso, otras, maldita sea, porque a cierta edad, incluso el hombre más díscolo e independiente necesita saber de quien serán las manos que cierren por última vez sus ojos. Hay personas que necesitan sentirse rodeadas de afecto social y temen no tener a su lado en la agonía a alguien que le sostenga la cabeza y le cambie el orinal antes de que se le llene de ratas la alfombra. En esas circunstancias, el amor se confunde a menudo con la enfermería, tal vez porque ese es su verdadero sentido, el sentido asistencial, la capacidad que tienen algunas personas para recoger en la vejez el vómito de la boca de la que en la juventud sorbieron alguna vez los besos. ¿Cuánto queda entonces de amor y cuánto hay de compasión? ¿No será que le llamamos amor a la simple abnegación? ¿Y si al final de la pasión fuese eso, y no otra cosa, el amor? ¿Y si la prolongada vida en pareja realmente sólo sirve de entrenamiento para vencer el asco? La pregunté una noche a una fulana en un burdel qué era para ella el amor. Y me dijo: "El amor es una hermosa sensación que dura el tiempo que un hombre y una mujer tardan en darse cuenta de que lo que tenían entre las piernas ya no se parece nada a lo que tienen en la cabeza". Así de explícita, así de cruel. Después pagué y me acosté con ella. No esperábamos grandes cosas el uno del otro. Estuve enamorado de ella durante media hora. Olvidé su nombre. No importa. Es natural. A fin de cuentas, de algunas mujeres recuerdo vagamente el precio, igual que de algunas ciudades recuerdo apenas las multas.
servido por ignacio
1 comentario
compártelo
10 Enero 2008
No deja de ser asombrosa la facilidad de los españoles para substraerse al imperio de la ley a partir de cierta hora de la noche. Normas cuyo cumplimiento se vigila escrupulosamente por el día, se convierten en simples anécdotas al caer la noche, que es cuando quedan en suspenso muchas de nuestras leyes cívicas más severas. Nadie duda de que le multarían si no recogiese con una bolsita las cagadas diurnas de su perro, pero la infracción quedará impune si se ha hecho tarde y quien caga en la calle a la luz de la luna no es el perro, sino su dueño. Se te acercará el policía y te recriminará si tocas con insistencia el claxon de tu coche a las tres de la tarde, pero no habrá un solo agente que te reproche los insistentes bocinazos a las tres de la madrugada. Los impuestos que los probos ciudadanos pagan de día, sirven a menudo para costear los desperfectos que los juerguistas causan por la moche, que es cuando resultan arrasadas las flores de los jardines, las cabinas telefónicas y los parques infantiles, donde los niños acabarán jugando protegidos de las infecciones con trajes de neopreno. En Compostela se persigue de manera implacable a quienes aparcan en zonas prohibidas, aunque no estorben la circulación, pero nadie te reprochará de madrugada que hayas estacionado tu automóvil encima de la acera o sobre los flamantes tulipanes en cualquier jardín. En una ciudad con tantos bares resulta pintoresco que el mayor consumo de alcohol tenga lugar en plena calle, a veces ocasionando incluso la interrupción del tráfico rodado y obligando a los automovilistas que van de de retirada a dejar sus vehículos fuera del garaje. Si un ciudadano telefonea a la Policía Local porque el ruido no le deja dormir, es muy probable que reciba una contestación tan amable como inútil, entre otras razones, porque los agentes no están seguros de salir ilesos de cualquier intervención para reponer el orden. Las hordas del botellón no causan tantas bajas como las que podría ocasionar una guerra, pero no estoy seguro de que no armen tanto ruido. Por culpa de semejante alboroto, Santiago de Compostela se ha convertido en una extraña e insomne ciudad en la que la gente que trabaja se levanta por la mañana .. ¡a las dos de la madrugada!. Es tal el ruido ambiental, que puede llegar a tener uno la sensación de que los sitios más tranquilos de la ciudad se encuentran irónicamente en el interior de algunas viejas discotecas a punto de quebrar. El espectáculo matutino después de una de las frecuentes noches de movida suele ser desolador y en algunas calles el servicio de limpieza recoge mas mierda por metro cuadrado que cuando las atravesaba hace cuarenta años el ganado camino del coto ferial de Santa Susana. Hay quien piensa que muchos de los jóvenes participantes en al masivo alboroto pasan en la calle mas tiempo que en sus pisos, de modo que las aceras, los jardines y los portales les son más familiares y más útiles que el retrete de casa. Viví durante quince años en una concurrida calle del Ensanche compostelano y puedo asegurar que por culpa de no poder dormir con tanto ruido, el pijama se convirtió para mí en algo tan simbólico como el esmoquin. Como era difícil conciliar el sueño, en casa nos dábamos los buenos días a las tres de la madrugada. Los vecinos menos resistentes a los devastadores efectos del insomnio tomaban en algunos casos la inteligente decisión de sacar el coche del garaje e irse a dormir en él a las afueras. Algunos probaron suerte duplicando el grosor de sus ventanas pero se dieron cuenta de que los resultados no les compensaban del gasto. El intento de insonorizar el piso resultaba en algunas calles de Compostela tan absurdo como que los bosnios se hubiesen defendido de los estruendosos bombardeos de Sarajevo con el ridículo recurso de la doble ventana. Puede que parezca increíble, pero todavía me pregunto como pudo ser que aquella madrugada del 97 algunos de los vómitos más díscolos y saltarines de la calle hubiesen trepado como si tal cosa por la fachada hasta la altura de un segundo piso sin haber utilizado el ascensor. Es fácil suponen que en circunstancias semejantes, Compostela presenta muchas mañanas el sórdido aspecto de una ciudad que hubiese sido arrasada de madrugada desde el aire por toneladas de excrementos lanzados a discreción por los bombarderos de la Fuerza Aérea. No se puede comparar el escarmiento con las bajas habidas en diciembre del 41 en el ataque japonés a Pearl Harbor, pero quienes hayan vivido en Compostela saben que a cambio de haberse vertido menos sangre que en aquel raid, la ciudad de Santiago despierta a manudo casi con el mismo olor que causarían los cadáveres de los alborotadores al descomponerse. Cerca de donde yo viví había una panadería. Al amanecer volaban hasta delante de la tahona las palomas y los gorriones de la Plaza de Vigo. Había tanta mierda alrededor de las callejeras migas del pan, que estoy convencido de que muchos de aquellos pájaros se volvieron ratas. Harto de no poder dormir, hace algunos años me marché de la ciudad. Ahora soy uno de esos miles de compostelanos del exilio que tienen de su ciudad natal la idea de que fue un sitio hermoso, ilustrado y tranquilo en cuyas calles parecía imposible que la orina sustituyese algún día a la lluvia.
servido por ignacio
1 comentario
compártelo