Categoría: ARTICULOS DE ALVITE
8 Enero 2008
Con la victoria de Barak Obama en los "caucus" de Iowa solo se pueden sorprender quienes todavía creen a pies juntillas que ser negro en Estados Unidos tiene sobre ser cerdo la desventaja de que por culpa de Lincoln ya no se permite su reproducción en granjas. Si los resultados electorales tuviesen que reflejar la estructura étnica del estado, Obama tendría que haber obtenido como máximo el 3 por ciento del respaldo en los "caucus". Su notable victoria se produjo con un apoyo generalizado de la población blanca, que supone el 92 por ciento del total. Lo que significa que en Estados Unidos ya no es imprescindible triunfar en la NBA para conseguir admiración, respeto y prosperidad. Obama se sobrepone al teórico handicap de su raza como en su día se sobrepuso John F. Kennedy a la adversidad confesional de ser católico. Naturalmente, los habituales detractores de la democracia norteamericana se encargarán de advertirnos que Barak Obama no es un estigmatizado negro de los de antes, sino un afroamericano interesadamente descafeinado a medias por los capitalistas y por la CIA para darle al espectáculo electoral una agradable apariencia navideña antes de desenchufarlo para siempre del tópico voltaje del sueño americano. Esos mismos analistas seguirán ignorando las históricas dificultades que tuvieron y tienen entre nosotros los gitanos para prosperar al margen del tablao y de la copla. ¿Cuántos Giménez Gabarri hay en nuestro Congreso de los Diputados? ¿Cuántos Montoya Salazar se sientan en los claustros de nuestras universidades y cuantos lograron situarse en las concejalías de los ayuntamientos? ¿Sabe alguien de una gitana que haya conseguido sustituir la bata de cola por la toga judicial? Condoleeza Rice es el último y brillante eslabón de una genealogía de negros que empezaron arrastrándose con grilletes en las plantaciones de algodón y llevan ahora las riendas de la Secretaría de Estado en un país en el que hace solo cuarenta años, había estados en los que los de su raza no solo no podían estudiar en las escuelas de los blancos o subirse a sus autobuses, sino que incluso tenían prohibido compartir sus canciones, sus retretes y sus muertos. Habrá quien diga que la victoria del negro Obama es una simple anécdota rebosante de irónica cordialidad popular y que el implacable e infame mercado electoral se encargará de devolverlo a su debido tiempo al corral. A muchos les cuesta todavía aceptar que el nivel cultural del pueblo norteamericano no es en absoluto inferior al nuestro y echarán mano de los tópicos habituales para hacernos ver que los ciudadanos de Iowa no saben donde diablos queda Austria ni quien fue Diderot. Ocultarán de paso que con una población ligeramente superior a la de Galicia, Iowa saca cada mañana a los quioscos cerca de cuarenta diarios y que en sus bibliotecas hay más afluencia que en nuestras tascas, igual que nos ocultan que son norteamericanas 17 de las veinte mejores universidades del mundo y que es de los Estados Unidos de donde procede el setenta por ciento de los galardonados cada año con el Premio Nobel. No les interesa en absoluto reconocer que desde que los sioux desistieron de escribir con humo, los estadounidenses han sido los renovadores de la narrativa, los verdaderos creadores del lenguaje cinematográfico y pueden presumir de ser tal vez uno de los pocos países en los que el desempleo no se considera un verdadero trabajo. Supongo que entre los detractores de siempre estará la buena de Pilar Bardem, que detesta el cine norteamericano de una manera instintiva y fisiológica, casi menstrual, probablemente porque por sus cualidades y por su aspecto, en una película de Hollywood solo podría disputarle a Anthony Hopkins su próximo papel de galán maduro. Ella y los suyos tienen razón en eso de que los ciudadanos de Iowa no saben donde queda Austria, ni quien fue Diderot. Pero también la tendrían si su demagógica soberbia no les impidiese reconocer que es muy elevado el porcentaje de ciudadanos españoles que desconocen quien era Sinclair Lewis y no pocos los que tendrían serias dificultades para encontrar el río Arlanza punteando grosso modo el mapa de España con un guante de boxeo. Si prestásemos atención a la Televisión de Galicia, descubriríamos con espanto que todavía hay gallegos convencidos de que el Miño desemboca a duras penas en el Cantábrico y que en un concurso en el que a un espectador le pidieron que escogiese un número entre el uno y el diez, no se anduvo con rodeos para elegir... ¡el doce!. Y ahora que andamos a vueltas con el revisionismo de la memoria histórico y la demolición de los vergonzantes símbolos del pasado, no estaría de más recordar que en doscientos años largos de democracia ininterrumpida, los norteamericanos no han tenido el menor motivo para demoler una sola estatua.
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Como somos un país obsesionado con el supuesto valor moral de las estadísticas, tenemos la costumbre de reprocharle a las autoridades norteamericanas el elevado porcentaje de soldados negros que mueren luchando por su país. Suponemos que ello es así porque los negros sólo les parecen útiles para dejarse la piel en defensa de un sistema que en el fondo los desprecia. Procuramos ignorar que el Pentágono se nutre de soldados voluntarios y que no hay un solo militar negro, blanco o amarillo, que sea reclutado por la fuerza. En realidad, no es la sociedad blanca, sino la pobreza, lo que determina el elevado porcentaje de muchachos negros al servicio de las fuerzas armadas, como sucede en España, donde también es desproporcionado el número de soldados hispanoamericanos muertos últimamente en acciones de combate vistiendo el uniforme de nuestro Ejército. Ocurre algo parecido respecto de los índices de criminalidad, determinantes de que sea tan desproporcionada la presencia de negros entre la población penitenciaria norteamericana, sin olvidar que también entre nosotros aumenta de manera alarmante el porcentaje de rumanos y albaneses recluidos en nuestras prisiones, donde han llegado a superar al contingente gitano, tan habituado durante siglos al riesgo de acabar entre rejas. Ni los albaneses ni los negros acaban en la cárcel por culpa del supuesto odio de los blancos hacia los de su raza, sino como consecuencia de algún delito a cuya comisión se vieron muy probablemente arrastrados por una precariedad económica insoportable. No son injustas las leyes penales, como dicen los demagogos, sino las circunstancias sociales. Muchos negros norteamericanos se redimieron socialmente dedicándose al atletismo o al jazz, escapismo a lo que no somos ajenos en España, donde miles de gitanos evadieron la tentación del crimen refugiándose a tiempo en la chatarra, en el tarot o en el folclore. Ya casi nadie discute que el verdadero racismo no se ejerce objetándole el color de su piel a las personas, sino mirándoles los bolsillos. En las mismas circunstancias de hambre y ostracismo, no hay una sola raza que no genere odio, resquemor o delincuencia. Es cierto que la cultura reduce mucho el racismo, pero en su contención es aun más determinante el dinero. Tenemos la prueba en Sammy Davis Jr., que como había amasado una fortuna, se casó con una sueca tan rubia que incluso era visible con la luz apagada. Leemos a veces en la prensa la desdichada historia de "una mujer blanca salvajemente violada por un individuo de raza negra" y aunque reaccionamos con el dolor natural en un caso semejante y con la consabida indignación, nos cuesta mucho pararnos a pensar que la agresividad de aquel odioso sujeto no le venía inculcada en sus genes, sino en su desarraigo social, en su pobreza cultural o en su miseria económica. No hay que descartar que en una sociedad más justa, tal vez el circunstancial delincuente negro habría sido un reputado ginecólogo en vez de un temible violador. Aquí nos escandaliza mucho que en algunos barrios elegantes de los Estados Unidos se mire aun con desconfianza la presencia inusual de un hombre negro, pero algo parecido ocurre en España cuando en cualquier selecta urbanización exclusiva el vigilante de seguridad detecta a un gitano, a un marroquí o a un rumano, cuya inesperada presencia se considera automáticamente "merodeo". Si el rumano que "merodea" fuese rico, tuviese un buen traje y un lugar donde ducharse a diario, se haría una reputación, se llamaría Valerio Lazarov y se le tendría por un artista, que es lo que sucede en Estados Unidos con Bill Cossby, a quien muchos norteamericanos consideran el primer blanco de raza negra que triunfó en la televisión sin aperecer esposado. Sin salir de nuestro país, tenemos el ejemplo de "El Lute", un "quinqui" que aprovechó la cárcel para estudiar y salió convertido en un señor que es abogado, da conferencias y puede presumir de haber convertido el hambre en apetito, el "parné" en honorarios, y la prisión, en caché.
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El creciente peso porcentual de la población hispana en los Estados Unidos ha dado lugar en los últimos años a un cambio de dirección en el recelo de la población negra, que se enfrentaría ahora al temor de que sean los latinoamericanos quienes les disputen el irónico privilegio de ser la principal minoría maltratada. Los grandes ghettos hispanos de Miami, Nueva York y Los Angeles tienen ahora un mayor atractivo electoral y es impensable que prospere en las urnas un candidato blanco y anglosajón que no se haya molestado en tomar unas mínimas clases de español. Sólo hay que echarle un vistazo a los títulos de crédito de las series de televisión para comprender el espectacular avance demográfico de la población de habla hispana, cuya presencia en los repartos cinematográficos reproduce sin duda el impulso social que se deriva de su exuberante natalidad. No dominan el deporte, la universidad o las finanzas, pero resultan ruidosamente imparables en la sociología, en el mercadillo y en las maternidades, habiéndole arrebatado a los negros el amargo regusto de ser la minoría marginal determinante para convertirse en interlocutores de peso frente al tradicional poder de los blancos. Era bien distinto el panorama hace treinta o cuarenta años, cuando la población negra autóctona representaba el 24 por ciento de la población total de los Estados Unidos y los hispanos se limitaban a una simbólica representación casi folclórica en el peor cine de Hollywood. El ghetto negro contaba con soberbios predicadores y con políticos de gran talento e indudable fuerza moral, pero cayeron en una desunión táctica de la que sólo salieron cuando ya era demasiado tarde y los hispanos se habían adueñado lentamente de su privilegiada posición demográfica gracias a que si bien no disponían de grandes lideres de opinión, tuvieron a su favor un factor determinante: la placenta. Frente a la nueva composición del electorado, es probable que los blancos tomen por su propio interés la decisión de votar al negro Barak Obama aunque solo sea para rebajarle sus ínfulas a los hispanos, que son ahora el "enemigo" electoral a batir porque suponen costumbres nuevas, un idioma distinto, y sobre todo, porque no son nada partidarios de la ligadura de trompas. Es distinto entre nosotros. Aquí los gitanos tienen acreditado un mayor crecimiento vegetativo que los payos, pero apenas han modificado su reconocida desgana electoral, esa actitud tal vez congénita que les sirvió para desentenderse históricamente del servicio militar, de la escuela y de la política, hasta convertir su marginalidad casi en una sagrada tradición tribal. Hay quien sostiene que así como los negros de Harlem son una raza y los hispanos de Miami son un pueblo, los gitanos en realidad sólo son una extraña e interesante patología en la que el paciente reaccionase frente a la tentación del progreso con el recelo de quien teme que sus heridas puedan empeorar con la penicilina. Puede que se trate de una actitud admirable y heroica, pero no deja de ser sorprendente, y tal vez preocupante, que los gitanos españoles ni siquiera hayan reaccionado contra el hambre con el recurso de la emigración y que sólo se movilicen geográficamente arrastrados al camino por el fervor colectivo de una boda o para acampar delante del hospital en el que operen de apendicitis a uno de los suyos. Así resulta que los negros norteamericanos se agruparon para prosperar en la "Mottown" y en la NBA y los hispanos se unen aunque sólo sea para ganar puestos en el listín telefónico de Los Angeles, y en cambio, nuestros queridos gitanos sólo se juntan para abaratar el hambre, la vivienda y las fotos. Por eso no representan para nosotros ningún problema insoluble. Al fin y al cabo aquí todos sabemos que los gitanos son unos "negros" apáticos y complacientes que en muchos casos sólo aspiran a que la Policía no les perjudique por culpa de haberles echado una mano.
servido por ignacio
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4 Enero 2008
Estos días de ausencia por culpa de un problema de salud me han servido para darle un repaso a mi biografía y comprender que en la vida de un hombre llega un momento en el que daría lo que fuese por haber sido más afectuoso, más cordial y menos solitario, también por haber llevado la existencia honorable y tranquila de un hombre menos marginal y más sociable, seguramente porque en la soledad de un servicio de urgencias incluso el tipo más hosco se da cuenta de lo inútil que fue vivir de una manera esteparia, evasiva y trepidante, por muy interesante que le hubiese parecido sobrevivir al límite de sus fuerzas, en el rocío del fuego, conforme a la temeraria idea de que una existencia es más apasionante cuando se afronta sin otro aliciente que el desesperado objetivo de avanzar hacia el cementerio con dos bares de ventaja sobre la muerte. Recordé, ¡Dios Santo!, la amarga confesión de una mujer a la que había amado: "Ya no creo en ti. He perdido la fe en lo nuestro. Cada vez que alrededor de ti se levanta una nube, deja al descubierto la bruma, y cuando se disipa la bruma, ¿sabes?, cuando se disipa la bruma, cariño, sé que lo más sólido que puedo esperar de ti es un banco de niebla. Ya no tengo fe en lo nuestro. Escucho tus planes para mañana y no siento emoción alguna. Y eso ocurre..., ¡joder!,... eso ocurre porque cometí el error de enamorarme de un hombre errático e inacabado que encuentra apasionante el estúpido esfuerzo de haber dejado para ayer el futuro". Encajé su decisión sin darle demasiada importancia, casi con la pasiva entereza con la que encaja el mármol el escoplo del escultor, persuadido de que sólo se vuelven inútil dolor los golpes triviales y superfluos que no se convierten en simple biografía. A mi cuerpo le sonreía la vida y me parecía que el cementerio sólo era el sitio en el que paría la muerte sus polluelos. Podía sobreponerme al fracaso con una mujer llorando quince segundos de inquilinato en el hombro de cualquier otra mujer despoblada que tuviese la caída de ojos del barman. Estaba acostumbrado a vivir con el cuerpo entre dos tallas, el corazón entre dos mujeres, un pie en el sepulcro, y el otro, maldita sea, en el calzado apócrifo del enterrador. Me creía capaz de hacer tres ramos de flores con una rosa, una abeja y media docena de cactus. Ninguna mujer cumplía mis expectativas, ni se parecía remotamente a la literaria chica de mis sueños. Tendido boca arriba en el servicio de urgencias del hospital, recordé mi vieja ilusión por partirle el corazón a una singular mujer del cine y que ella aceptase el descalabro de lo nuestro con una de esas frases que engrandecen la incalificable sordidez de la pasión más baja: "Te echaré de menos, aunque me hayas engañado tanto. Me habría gustado ser la mujer que acude a tus citas conmigo... ¿Sabes, cielo?, en el fondo, siendo como eres, creo que me decepcionaría que no me hubieses defraudado"... Habría sido una ruptura inteligente, un hermoso fracaso mitigado por la elegante resignación de una de esas mujeres de mundo que tienen de la vida una visión instintiva y a la vez heroica, dispuesta a compartir el despilfarro emocional de un tipo áspero y sentimental que sobrevive en el caos sin inmutarse, igual que una bacteria en una infección, como un soldado ciego que avanzase sobre los campos humeantes poseído por esa extraña mezcla de ginebra, temeridad y cinismo que vuelve anestésico el dolor...
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Aunque me duela reconocerlo, tengo claro que durante muchos años empleé en destruir mi vida el dinero que otros, tan tristes pero más sensatos, se gastaron en cambiar más a menudo de coche. Podría decirse, sin embargo, que me divertí de lo lindo, aunque no recuerde haber sido razonablemente feliz. Tuve la suerte de que mi cuerpo fuese capaz de funcionar ajeno a mi conciencia, de modo que hubo momentos de mi vida en los que no conocí otro techo moral que no fuese una falsa alarma atribuible al cansancio, aunque en aquella vorágine de fulgurantes sensaciones no creo haber afrontado un solo esfuerzo cuyo inefable placer me produjese verdadera fatiga. Sudé mucho durante aquellos viscerales años de amoralidad e inconsciencia, pero fue una pasiva sudoración casi sin esfuerzo, como si se tratase del recreativo sudor de un retórico atleta sedentario. No era por completo ajeno a la realidad, pero sabía que cualquier actitud responsable ante la vida habría resultado sin duda más aburrida que cualquier postura en cama. Que lo mío se tratase de una aparente pérdida de tiempo me preocupaba poco porque estaba en esa etapa rebosante de vitalidad en la que un hombre prefiere malgastar sus energías en cualquier mediocre placer antes que invertirlas en escribir una mala novela. Otros colegas de mi generación se retiraban a sus casas a estructurar su obra pensando en la eventualidad de conseguir un lugar en la Historia mientras yo me dejaba invadir por la serena pereza a la que conduce la certeza vital de que la posteridad es una cosa que, como los ahorros y como la fe, suele sobrevenir inexorablemente asociada, a veces, a la vejez, y casi siempre, a la muerte. Me decía a mí mismo: "Tarde o temprano seré sensato, pero me cuidaré mucho de que eso sólo ocurra cuando la salud me impida ser temerario". No quería conocer la vida por haberla leído en alguna parte. Pensaba que el espíritu de un hombre se enriquece de manera más expresiva a medida que su experiencia va minando su resistencia física, hasta alcanzar el máximo esplendor al borde de la muerte, en ese instante solemne, terminal e inenarrable en el que el moribundo comprende con elegante resignación que la muerte no es otra cosa que un tenaz exceso de la paciencia. Hay muchas maneras de afrontar la vida y todas ellas pueden ser igual de nobles, con independencia de que a unos los avise de sus errores su conciencia y otros, más insensatos, se enteren sólo cuando les fallan la liquidez, las erecciones o el hígado. Lo que cuenta es la actitud mental frente a los síntomas del fracaso y la capacidad de cada uno para resolver sus luchas interiores. Un condenado a muerte puede hundirse abrumado por la inminencia de su ejecución y por la insensibilidad del gobernador para el perdón, pero también hay una clase de hombre que lo que espera de la vida no es la piedad del indulto, sino la surrealista extravagancia de que para prolongar in extremis su amarga existencia de reo, el gobernador haya decido alargar cinco metros el corredor de la muerte. A diferencia de otros colegas de mi generación, he dedicado a mi destrucción los esfuerzos que tendría que haber empleado en mi obra. También aprovecharon el tiempo para ganar premios y para hacer amigos. He sido muy descuidado para esas cosas y no hay en mi biografía un solo detalle en el que lo más interesante no sean las contraindicaciones. Sinceramente, no es algo que me preocupe mucho. He empleado en mis sueños el mismo esfuerzo que para mantenerme despierto. Puede que mi mala vida no me haya sido de gran utilidad para ganarme a pulso el derecho a la posteridad, pero, ¡qué diablos!, empecé en esto con la intuitiva sospecha de que al cabo de muchos años, echado boca arriba en una cama de hospital, llegaría a la conclusión de haber llevado una existencia extravagante y algo inútil, en cualquier caso una vida destruida a la medida de mis posibilidades, y que podría culminarla con la agradable sensación de que tantos años de periodismo me servirían al menos para conseguir un descuento en la esquela. Reconozco haber hecho pocos esfuerzos en la vida. Pero eso importa poco cuando un hombre afronta su existencia como una carrera en la que sólo valiese la pena empezar a correr en la meta, a sabiendas de que para entonces en la tribuna vacía solo le aplaudirá sinceramente la muerte...
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Aunque parezca una simple frivolidad, lo cierto es que durante treinta años mis conversaciones de madrugada con el barman fueron lo más cerca que estuve de hablar con Dios. Cada vez que salía a la calle desde cualquier tugurio, mi gran preocupación no era dar con el paradero de mi alma, sino acertar con el sitio en el que hubiese aparcado el coche. Ya sé que resulta un pensamiento algo cruel, pero lo cierto es que cuando iba a casa de una mujer, mi mayor inquietud moral era no vomitarle en cama. He conocido de madrugada a gente muy distinta, pero la mayoría de las chicas con las que tuve algo íntimo habrían soportado que empobreciese su reputación pero habrían encontrado inadmisible que manchase sus sábanas. Yo creo que eso ocurría porque a ciertas horas y en determinadas circunstancias resulta más cómodo recomponer la reputación que poner en marcha la lavadora. Vivimos demasiado rápido para fijarnos en las consecuencias morales de nuestros actos y eso significa que en cierto modo las lavanderías hayan desbancado a los confesionarios y la higiene se haya impuesto a la reflexión. Como yo los he vivido, me consta que hay sórdidos momentos de obscena relajación en los que una buena ducha es moralmente más útil que cualquier penitencia. Cuando un hombre de provecho se relaciona íntimamente con una mujer de su mismo estilo, se pregunta qué emociones o que pensamientos se pueden intercambiar, pero si uno lleva una vida con pocos miramientos y casi sin jabón, se conforma con intuir qué clase de enfermedades se po- drían contagiar. Hay una evidente correlación entre la temeridad de la aventura y el riego del fracaso que sin embargo no desalienta al trasnochador e incluso puede que le sirva de aliciente, tanto como le sirve de acicate al tahúr la aleatoria y turbadora tentación del póquer. Como yo lo veía, evitar el riesgo del placer sólo era una extraña valentía muy parecida a la involuntaria proeza de un idiota que saliese de caza armado con un megáfono. Nunca entendí que un hombre tuviese que arrepentirse del placer, convertido por la religión en un pecado y por la sicología clínica en un remoto problema fetal, con lo cual el hombre acobardado por su conciencia se vería en el horrible dilema de alejarse de Dios con el riesgo de tropezarse inevitablemente con Freud. Cuando un lleva muchos años en el lodo social aprende que en lo que se fijan las mujeres no es en tu alma, amigo mío, sino en el tufo de los indiscretos calcetines con los que hayas amordazado los pies. No sé si hay estudios al respecto, pero yo creo que no es su personalidad, sino su olor corporal, lo que en la memoria de una mujer hace más perdurable el recuerdo de un hombre. He escrito muchas notas para muchas mujeres y creo haber tenido algunos aciertos con mis textos, pero tengo la firme convicción de que en general la mayoría de esas mujeres no me van a recordar por mis sutiles textos literarios, sino por mi penetrante olor a caza. Algo parecido siento yo al evocarlas a ellas. Puede que no sea muy justo, ni muy glamoroso, pero cada vez que escribo el nombre de alguna vieja amiga, no puedo evitar le sensación de haber presentido en el pescado azul de mi letra el expresivo maullido de un gato. Ahora atravieso un bache y el cuerpo me impide muchas de las placenteras bajezas que soportaría sin vacilaciones mi conciencia. Pero tampoco eso importa mucho. Digamos que la salud me ha obligado a tomarme un respiro mientras pongo en orden mis fracasos, mi hernia y mis notas. Después anochecerá como anochecía antes. Y entonces, muchacho, entonces me daré el capricho de un evocador viaje a los viejos e infernales lugares de entonces, aquellos sitios en los que maullaban como gatos las bisagras de los retretes y las fulanas iban y venían encaramadas en puntillas sobre la carambola de sus pisadas, taconeando sobre el terrazo cono una reata de calaveras, mientras con la lluvia goteaba en la puerta del antro, como un agradable pésame de flúor, como un anestésico dolor, la lava cenital e incandescente de la publicidad...
servido por ignacio
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28 Junio 2007
Todos hemos leído alguna vez un libro delicioso y conservamos de sus páginas el recuerdo literal de un párrafo memorable, la descripción emocionante de un personaje inimitable, tal vez la joyería de un simple detalle cuya sorprendente brillantez perdona generosamente que el resto sólo fuese una plomiza sucesión de rutinaria y odiosa vulgaridad. La prolífica industria editorial saca cada año al mercado varios miles de títulos que se pueden adquirir a un precio muy asequible, pero eso sólo sirve para que comprendamos lo caro que sale a veces gastarse tan poco dinero. Hay gente que lee mucho y retiene otro tanto, pero hay también personas que leen tanto o más y sin embargo la lectura sólo les sirve para demostrarse a sí mismos la cantidad de cosas que pueden olvidar justo en el instante de haberlas aprendido. También hay escritores que tocaron la gloria con solo alargar unas cuantas veces la mano y otros, en cambio, no consiguieron con sus saltos otra cosa que tomar impulso para enterrarse más en el suelo. El milagro de la literatura consiste en que el buen escritor encuentre a un lector a la altura de sus textos. Se puede tener talento de escritor, pero hay también abundantes casos en los que es la perspicacia del lector la que mejora con su inteligencia y con su imaginación la dudosa calidad de lo que lee. La misma gargantilla de brillantes luce de manera distinta según de quien sea el cuello en la que se envuelve. Todos sabemos de algún escritor cuya obra no hace sino demostrar lo mucho que ese tipo odia la literatura. Muchos supuestos talentos literarios no hacen otra cosa que engarzar de manera interminable un sinfín de brillantes frases ajenas. Parecen eruditos y hasta puede que lo sean, pero la erudición no garantiza en absoluto el talento, y desde luego, deja patente la falta de originalidad creativa. Es como copiar un Tiziano y añadirle luego de tu cosecha la carpintería del marco y el rebuscado anzuelo de la firma. A mi el erudito escritor de citas y transcripciones me dice poco y raras veces me detengo en él, por la misma razón que no me gustaría tener un loro que hubiese aprendido a hablar en un cementerio. En realidad casi no me detengo en escritor alguno. He leído muy poco a lo largo de mi vida, unas veces por temor al contagio estilístico, otras, simplemente, por pereza, y las más de las veces, porque para las cosas que he procurado hacer en mi tiempo libre, el condón y la toalla del bidé me ha sido siempre más útiles que la aburrida salud moral de cualquier novela. Hablamos sobre esto durante el almuerzo de anteayer en Padrón y me costó convencer a mi editor, Alejandro Diéguez, y al colega Perfecto Conde, de que a mí realmente quienes me influyeron de verdad fueron la música, las películas y los escritores que me resistí a leer. Cuando era un muchacho, caí en la tentación de leer las rimas de Bécquer. Como suele ocurrir, no tardé en acusar en mis frases la pegadiza influencia rítmica de aquel tipo que escribía las cosas para ser deletreadas con un piano de cola en el rincón más húmedo y floral del parque, sentado al lado de una mujer a la que el sexo sólo pudiese causarle virginidad. Algún tiempo después decidí prescindir de las rimas de Bécquer, pero tardé un par de años en hablarle a una chica sin que a mi respiración se le notasen la puntilla, el arpa y las alondras. Decidí entonces que Bécquer era un inocente escritor de lacitos y me dediqué a Galdós. Leí de un tirón "Trafalgar" y "Gerona". ¡Joder!, cuando acabé, pensé que haber caído en la tentación de leer a don Benito habría sido seguramente más terrible que sucumbir a la imperial ira de los franceses. Y salté al estante de la biblioteca familiar en el que mi padre había deslizado, como si fuese lencería con flujo, un ejemplar de "La Cópula", de Salvador Rueda, que tenía un exuberante estilo a medio camino entre el modernismo y la mercería. Descubrí entonces un mundo de carnes y de tules, un erotismo que me hizo temblar el alma y las piernas. No puedo decir que "La Cópula" afectase visiblemente a mi personalidad de entonces, y reconozco que si renuncié a aquella excitante novela, fue porque si bien mi alma seguía irreprochable en su sitio, a mi madre no le gustaba nada que cada dos por tres su hijo poeta saliese del retrete con ojeras. Aun ahora, tantos años después de aquello, no sabría decir si "La Cópula" fue para mí una buena novela o se trató únicamente de una sórdida e interesante cana al aire. El caso es que la última vez que cerré el libro de Salvador Rueda, el editorial aliento marrón del carpetazo me supo en los labios como si Marlene Dietrich me hubiese echado el humo a la cara. A partir de aquella experiencia, comprendí que por mucho que pudiese aprender leyendo libros, la luz de la vida entraría con más facilidad hasta el rincón más oscuro de mi alma si pudiese abrirse paso por el agujero que causase a traición en mi espalda un hipodérmico tacón de aguja. Y me aficioné a las mujeres. Y no es que todo esté escrito boca arriba en los catres, en la morgue o en la mala vida, pero, ¿sabes, colega Conde Muruais?, entre la literatura y la carne a mi me parecía ya entonces que había la misma diferencia que entre la artillería y el tenis. Mi última adquisición en la librería es por ahora una novela de un popular escritor gallego. La necesitaba para esconder entre sus páginas el teléfono de una mujer a la que no me apetece tener localizada. No tengo chimenea en casa. Si la tuviese, a lo mejor empleaba ese libro para joderle la respiración al humo, el tiro a la chimenea y la luz al fuego.
servido por ignacio
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19 Junio 2007
A José Luis Alvite no le pasa lo que a algunos de los personajes que pone en danza en el mítico Savoy de sus crónicas, que hasta la saliva de su boca la tienen postiza (el Savoy es un club en el que siempre se consideró una buena racha que entrasen dos personas y no saliesen más de tres). Alvite es una verdad extraña, un misterio andante pero cierto, una cabeza en permanente estado de tiovivo, un florilegio de metáforas en estado de alerta continua. Alvite es el mejor contador de historias imposibles, el mejor retratista de ambientes de humo y humedad, el mejor pintor de decadencias bajo el umbral de la realidad. No sé, Alvite es la hostia, si me permiten la licencia. Acaba de publicar un libro trascendental, titulado Almas del nueve largo (Ed. Ézaro), en el que desfilan en consabido y bellísimo desorden todos los habitantes del club más decente de todos en los que se alberga por igual el crimen y la danza. Ya está contado hasta la saciedad: lo descubrí tarde, cuando escribía la contra de Diario 16, allá por los noventa, y convertía una hoja de papel en la columna más monumental de la prensa española. Lo convencí para que lo verbalizara en la radio y en ésas estamos: graba cuando quiere y se pasa por la emisora cuando se acuerda –Alvite es así y no hay que gastar energías inútiles en pretender cambiarlo–, pero cuando lo hace deja un rastro de brillantez y un reguero de talento absolutamente desconcertantes. Siempre ha dicho que él mantiene a dos ex mujeres y a un barman –quizá de esos que te aconsejan que te tomes una copa para afrontar la situación y otra para olvidarla– y en esa afirmación va encerrado el retrato más fiel del personaje, un tipo capaz de escribir que el del matrimonio es uno de esos sueños de los que conviene despertar antes de que se te cumplan y que el amor consiste en dar con una boca en la que bostezar a gusto.
El propietario del Savoy es Ernie Loquasto, un viejo gánster amigo de Pavesse o Fiore, tipos tan desconfiados que incluso cacheaban a su madre antes de abrazarla. De cualquiera de los tres podría decirse, sin lugar a dudas, como asegura Alvite, que no han cruzado los brazos en los últimos veinte años, siempre alertas ante cualquier tiroteo. Lorraine Webster es la gran antigua artista del club, el gran amor de Al, una de esas mujeres que parecen haberse aseado el rostro con el agua de enjuagar el pubis, una mujer que, como Kate Sinclair, es de esas que después de una noche de lujuria se ponen las gafas de leer para buscar las bragas. Sublime descripción de Alvite. Por el relato pululan delincuentes de poca monta que, como el boxeador Sony Sullivan, se trasladaban reuniendo en un atraco apenas el dinero suficiente para trasladarse en autobús hasta el siguiente atraco; mafiosos de poca monta que parecen vestidos a bocajarro y que si cenasen langosta vomitarían repollo; coristas de películas de dudosa clasificación en la que la única prueba artística que les hicieron fue probarles una barra de labios y un bidé; cronistas del Clarion, como Chester Newman, natural de un pueblo en el que hasta el viento respetaba los semáforos, que escribió un día que lo malo de acariciar a una mujer es que corres el riesgo de que te mejore el carácter y se te joda la letra; hijos del infortunio, como Eddy Novaro, aquel que vivió durante años con arreglo a una frase que lo mantuvo todo el rato en vilo: «La vida de un tipo como yo consiste en huir a tiempo de los cuatro fulanos que te persiguen cuidando de no llegar al sitio donde te espera el resto»…
En fin, hay cientos de razones para leer este libro de perlas seleccionadas de Alvite. Tantas como metáforas. Tantas como retratos de perdedores. Tantas como apreciaciones de este jaez: «María Teresa Fernández de la Vega tiene una vacilante feminidad de mujer en cuya deshidratación van apareciendo, como marroquinería, los rasgos de Clint Eastwood». Inconmensurable.
servido por ignacio
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29 Marzo 2007
Supongo que reúno todos los requisitos para que en el momento menos pensado se me resienta la salud y sea demasiado tarde para el trámite de llamar una ambulancia. Aunque he moderado mis vicios, arrastro un largo historial de excesos y todavía vacío el cenicero cuatro o cinco veces mientras escribo. Con lo que mi barman de cabecera le lleva dado a los brazos para servirme copas, el bueno del muchacho podría haberse labrado un interesante porvenir como tenista. Calculo que habré fumado alrededor de un millón de cigarrillos, para lo cual he necesitado todo el día y buena parte de la noche, de modo que si mis cálculos no fallan, a lo largo de mi vida le habré quitado al cuerpo unas ochenta mil horas de sueño. En la ciudad en la que vivo, sólo algunas aceras pasaron en la calle más tiempo que yo. Por falta de descanso sufrí numerosas alucinaciones y puedo jurar que en varios centenares de ocasiones volví a casa y caí rendido en cama en la mitad de un sueño. Más de una noche dormí con los brazos cruzados sobre el pecho para ahorrarle trabajo a los muchachos de la funeraria. Practiqué el sexo con mujeres de todas las clases sociales y en las condiciones higiénicas más diversas, a veces en camas revueltas en las que al despertar me encontré un par de gatos, un señor con asma y las tazas del desayuno. El asiento trasero de mi viejo "Seat 124" tenía tantas manchas biológicas, que estuve tentado de llevarlo a tapizar al biólogo. A veces me presenté a trabajar llevando encima el mismo olor que si acabase de salir de un revolcón en la pescadería. Era un tipo afortunado. Cometía excesos y me reponía sin esfuerzo alguno, con la inmensa suerte de que a mí la tensión sólo me falló alguna vez en las ruedas del coche. En una ocasión estaba tan agotado por no haber dormido en varios días, que arrimé el coche a la acera camino de casa, entré en un hotel y pedí una habitación para dormir exactamente diez minutos. El recepcionista se compadeció de mí: "No le cobraré nada, amigo. Está usted tan tieso que ni creo que llegue a pisar la alfombra". Me desplomé en aquella cama y permanecí diez minutos en ella, dormido alerta con un pie en el suelo, como si me hubiese vencido un jodido sueño de carreras. Al retirar mi documentación, el recepcionista conservaba intacta su compasión: "No me importa que siga usted durmiendo, amigo. Si quiere, le sugiero a la gobernanta que alguien le repase la ropa con la plancha de las banderas...¿Es usted de lejos?". "No, vivo aquí cerca, dando la vuelta a la esquina". "¿Problemas en casa, tal vez...?". "No es de ahora, ¿sabe? Me gusta la sensación de haberme equivocado, el regusto de cierto fracaso, el ir y venir sin acomodo, vivir en doble fila, dormir poco y despertar con esa interesante incertidumbre de los fugitivos, que piden el periódico en la recepción de los moteles para saber en qué maldita ciudad se despertaron... de eso se trata... Jamás arropé a un niño en su cama, ni le eché pan en el parque a las palomas... A veces me arrepiento y compro flores para ganarme el perdón de alguien, pero luego no sé qué hacer con ellas y se las regalo a la florista... Anoche conocí a una fulana en un local de alterne y creí enamorarme de ella. Me hizo sudar la lengua. Luego la perdí de vista y ahora resulta que no recuerdo su cara y me angustia no saber de quien tendré que olvidarme... Tengo un viejo coche que cambia de color al lavarlo, y en el maletero, las medias de nailon de una fulana que se quitaba las bragas con los pantalones puestos y una rueda de recambio flácida como una bufanda...". "¿Por qué no moja un poco la cabeza y se pasa un peine? ¿Y un cafelito? Hay un salón al fondo. Habrá gente leyendo el periódico. No sea idiota. No he conocido a un solo hombre cuyo corazón no necesitase en algún momento descansar un rato los ojos". Le hice caso, paseé al salón, me senté y pedí un café. Al servírmelo, la camarera me preguntó si prefería que me lo anotase en la cuenta de la habitación. "Pagaré ahora. Este café es mi desayuno de hace tres días. Tengo el sueño muy atrasado, ¿sabe?, de modo que el café de hoy corresponde al lunes pasado... hoy he dormido diez minutos... y diez minutos, amiga mía, es justo lo que necesitaba para que pase de largo el camión contra el que podría haberme estrellado en sueños". Ocurrió en el Hotel México, hace muchos años, cuando mi cadáver todavía era novato y entre garito y garito sólo tocaba el freno para cambiarle la postura a las misteriosas medias del maletero, aquellas medias de nailon que me regaló de madrugada una de esas fulanas transeúntes que se quitan las bragas con los pantalones puestos y sólo sabes de ellas que cada tres ciudades se detienen un rato a dormir sin papeles en la lista de correos. Con el tiempo cambié dos veces de coche y ya no llevo medias de nailon en el maletero. Conservo mis viejas inclinaciones de entonces, es cierto, pero cuando estoy derrotado, procuro dormir en casa. A veces fallo. Pero eso me ocurre, maldita sea, porque por culpa del sueño, a veces mis pies caminan con tres portales de retraso... Por suerte para mí, cada vez que me tiene a su alcance, también la muerte se queda dormida.
servido por ignacio
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23 Marzo 2007
Hoy pensaba en escribir todo lo que me está pasando por la cabeza desde que este mediodía me llamó Jose Luis Alvite, pero sinceramente no se me ocurre nada mejor que copiar y pegar su ultima columna. Está claro que cualquier suspiro suyo vale más que mis mil palabras.
Gracias D. Jose Luis, gracias por ser exactamente como yo siempre loimaginé.
A Carlos Herrera. Jose Luís Alvite
Una mañana de 1999 me telefoneó José María de Juana y me preguntó si tendría inconveniente en ser entrevistado para Radio Nacional de España por Carlos Herrera, de cuyo programa él era el redactor jefe. Acepté. A la mañana siguiente me acerqué en los restos de mi coche a los estudios de RNE de Compostela, me senté frente a la pecera del técnico, me puse unos cascos, prendí un cigarrillo para cada mano y esperé la voz de Herrera. Supongo que habría estado más nervioso si no fuese porque estaba francamente cansado y casi ciego de tres noches sin ir a cama. Herrera me dio tres o cuatro capotazos con esa magnífica voz en la que incluso la prosa de los carraspeos parece tertulia. Respondí como pude. Carlos me conocía de leerme en la última página de "Diario 16" pero a mi pluma nadie en su equipo le había oído jamás la voz. Al cabo de diez o doce minutos, Herrera dio por zanjado el tema y pasó como si tal cosa a otro asunto en la escaleta del programa. Yo me quité los cascos de las orejas, apagué las brasas del cenicero con los restos de un café que perforaba el vaso, salí a la calle y regresé a la ciudad medio dormido, aprovechando que mi coche se sabía la carretera como si la hubiesen trazado en el bastidor de la costura con el dibujo de sus ruedas. Al día siguiente recibí una llamada personal de Carlos Herrera. "Ya sé que eres un tipo sin vanidad, sin ambición y sin codicia, pero me pregunto, Alvite, si te importaría colaborar en mi programa". Y añadió una explicación técnica y al mismo tiempo emocional: "Tienes exactamente la voz que te suponíamos, profunda, varonil y cansada, con ese ritmo algo desganado que hace tan interesantes a los hombres derrotados, de modo que te ofrezco mi programa por si te apetece fracasar con éxito". Reconozco que, dentro de mi natural escepticismo, me quedé atónito. No me lo esperaba. Herrera dirigía un programa de radio con más de un millón y medio de oyentes y yo estaba acostumbrado a hablar por escrito en los periódicos para las tertulias de los tanatorios y para los chicos malos de cada casa. Sinceramente, no aspiraba a otra cosa. Tenía cubiertas las necesidades básicas y mis padres me habían educado para que el primer plato me causase acidez, y el segundo, remordimiento. ¿Sabes?, llevaba una vida bastante disparatada, pero en lo que podía recordar, ni mi mierda había cambiado jamás de color, ni mis sueños de pesadilla. Mi pobre coche estaba en las últimas, pero me tranquilizaba que el óxido de su chapa aun no me hubiese pasado al pulmón. Carlos seguía al otro lado del teléfono. "Bien,... tú dirás, hijo". Sinceramente, no recuerdo cual fue aquel día mi respuesta. Solo sé que veinticuatro horas mas tarde era una de las voces diarias de su programa. Y también recuerdo que cuando ETA quiso matarlo y se fue de año sabático a los Estados Unidos, me quedé en el programa con Julio César Iglesias, antes de que con el natural relevo veraniego tuviese que vérmelas con Ely del Valle, una chica bella, banal y pretenciosa que en la radio perdía todo lo que pierde una mujer de cuyo talento la gente que la conoce de la televisión solo recuerda con entusiasmo las elocuentes nalgas del escote. El año americano de Carlos Herrera se me hizo interminable en RNE. Carlos regresó para incorporarse a las tardes de Onda Cero y he de confesar que crucé los dedos con la esperanza de que se acordase de aquel tipo áspero y sentimental cuyo coche hacía cada mañana en sueños la carretera hasta Radio Nacional como si las curvas fuesen la mecedora de un muerto. Una tarde a finales de verano me telefoneó al periódico Fernando Onega, presidente de Onda Cero. "Estoy sentado en mi despacho frente a un tipo que amenaza con no irse si no habla ahora mismo contigo"...Y se puso Carlos Herrera, aquel tipo tan cordial, tan cariñoso, tan buen compañero. "Oye, hijo, que llevo un año esperando por ti, conque prepara algo, fúmate media docena de cigarrillos y vuelve a demostrarme que hay ocasiones en las que el jodido fracaso no es otra cosa que un éxito sin suerte"...Aquel día la voz de mi querido Carlos Herrera no me cambió el color de la mierda, pero me demostró que no es necesario compartir la cama para compartir los sueños. Y también me demostró, maldita sea, que en lo más hondo del pozo hay ocasiones en las que incluso en el agua estancada se reflejan como putas medallas las estrellas...
Sería un estúpido y un soberbio si no reconociese los apoyos que recibí en el Periodismo y que me fueron de gran ayuda para levantarme del suelo cuando mi relación con Carlos Herrera ni siquiera estaba en la bruma del horizonte. El primero, el apoyo de mi inolvidable colega José Luis Gómez, al que me unen treinta años de sana amistad sin deudas ni favores, desde que le conocí en las postrimerías de su adolescencia, cuando él empezó en esto y yo llevaba un lustro dando tumbos por las calles y escribiendo en aquel viejo y romántico "Correo Gallego" en el que compartimos luego la ilusión, el retrete y los castigos. Fue José Luis quien retiró del concesionario mi primer coche porque yo llevaba días sin dormir, y le devolví el gesto años más tarde llevándole al aeropuerto de Lavacolla bombones de su parte a una bellísima novia mejicana a cuya cita él no podía acudir. Creo que fue José Luis Gómez el único compañero que me vio alguna vez dándole la mano a mi hija y el único también que apostó por mí cuando años más tarde él era director de "La Voz de Galicia" y a mí los jodidos altibajos de la vida me habían puesto prematuramente a la cola del ocaso. Jamás utilicé nuestra amistad para salvar el maldito escollo. Él era el director y yo un puto contratado al que algunos pedantes sin talento llevaban dos años sacándole hipócritamente a patadas con las palmas de sus manos. A José Luis jamás le dije nada. Al viejo amigo sólo recurrí para pedir audiencia y despedirme de él en su despacho antes de coger otro rumbo, aunque fuese el rumbo amargo de renunciar a mis sueños y volver derrotado a casa. ¿Y sabes, muchacho, sabes qué hizo el viejo colega? Me despachó en quince minutos, fiándose a medias de su corazón, de su experiencia y de su olfato, me firmó un contrato nuevo y me envió como columnista a la última página de "Diario 16", en cuya edición ponía cada mañana sus ojos el bueno de Carlos Herrera. Y entonces pensé que a veces en la vida surgen momentos así, y que entonces aparece un tipo como José Luis Gómez, alguien capaz de forrarle las manos a los verdugos y conseguir que el golpe de la jodida coz tenga el inesperado y feliz resultado que tendría en culo de Charlie Chaplin una patada de Adolf Hitler estilizada para la ocasión por el analgésico zapatero de Fred Astaire. Ahora José Luis y yo nos vemos poco. El anda por la televisión y por los periódicos, y yo sigo aquí, muchacho, ya sabes, colega, por si algún día me necesitas, aunque sólo sea para que le lleve de tu parte una caja de bombones a cualquier mujer hermosa que haga transbordo en Lavacolla y pregunte por ti en tres idiomas. Pero así es el periodismo, amigo mío, un mundo rebosante de vanidad y de talento, de rencores y de lavativas, un universo ocasionalmente engañoso en el que a veces las cosas ocurren como en un estanque al que alguien le repusiese los cisnes a tiempo de que no pasen hambre las ratas. Carlos Herrera es, como José Luis Gómez, uno de esos tipos que disfrutan espantándole a los cisnes las ratas del estanque. Y gracias a gente como ellos podemos sobresalir los tipos como yo, que tal vez no seamos nada del otro mundo, sólo un puñado de periodistas ásperos y sentimentales cuya única aspiración es que no les cobren el agua estancada en la que todavía flotan. Otros no tuvieron la suerte que tuve yo y permanecen cautivos en el tenaz y odioso anonimato. Es ahí donde los recluyeron esos tipos sin alma y sin talento de los que yo sé que cuando mueran, personalmente sólo encontraré emocionantes las moscas verdes y azules que vomitan al comerse sus cadáveres. Suelen vestir de Armani y en los almuerzos huelen mejor que el postre y las orquídeas, pero son pura apariencia. Debajo de tanto resplandor solo aletea medio muerta la luz del hielo. ¿Sabes, amigo?, a los tipos de su clase les ocurre como a esos horribles lugares polvorientos en los que, si bien lo miras, lo único verdaderamente atractivo es el folleto...
Me inquieta la adolescente soberbia de esos jóvenes periodistas que desdeñan los cometidos más humildes de la redacción porque en su ánimo solo está el voraz objetivo de ser columnista y la ilusoria pretensión de que en cualquier banco su firma sea dinero. A uno de esos tipos tan pretenciosos le dije hace algún tiempo: "En el periodismo se considera natural empezar por todo lo bajo, amigo mío, porque en lo más alto sólo empiezan de manera natural los precipicios y los accidentes de aviación". A mi padre se lo había dicho su padre y mi padre me lo dijo a mi, que soy la tercera generación de una humilde y honrosa manera de ejercer el periodismo a sabiendas de que a veces lo que cuenta no es ser el árbol, amigo mío, sino la sombra, asimismo enterado de que en caso de incendio, las escaleras conviene subirlas siempre dos peldaños detrás del fuego. Cuando yo empecé en esto, en los periódicos de provincias apenas había columnistas y si alguien de la redacción se convertía en eso, era porque para patear las calles habían empezado a fallarle juntas la curiosidad y las piernas. Claro, eran otros tiempos. La primera noche que me presenté a trabajar en un periódico, el mozo de la rotativa me dio un botijo y me mandó a la calle a buscar agua. No se trataba ciertamente de un cometido histórico, pero no me importó que apagar la sed de los muchachos del taller fuese mi primer éxito en la profesión. Lo cierto es que sigo escribiendo con el mismo espíritu accesorio de aquella noche, como si todas y cada una de mis palabras las encontrase haciendo gotear su tinta por la espita de aquel botijo. Muchos de los vanidosos columnistas de ahora se malograron precisamente porque al alejarse emocionalmente de sus botijos, perdieron el contacto con la sencillez, con la frescura, es decir, con la vida. No sé si les ocurre lo mismo a mis colegas, pero a mí los directores de periódico me parecen más humanos, más afectuosos y más respetables cuando se quedan a medianoche en mangas de camisa. Carlos Herrera es un líder radiofónico por muchas razones que no necesito detallar, pero sobre todo, porque habla como si llevase media vida en mangas de camisa. ¿No inspiran acaso más confianza los jueces cuando al final de la vista se quitan la toga? ¿Y no resultan acaso menos ortopédicas las mujeres cuando al irse a cama le suprimen con el cepillo la laca al pelo? Muchas figuras del periodismo no son otra cosa que obstétricas y vanidosas pompas de ropa, tipos vulgares y corrientes que en un "souflé" sólo merecerían ser el aire. Carlos Herrera me inculcó desde el principio su humilde idea del éxito: "Que te escuchen por la radio casi dos millones de personas, amigo Alvite, no es nada comparado con que te escuche a solas tu conciencia". No hace mucho mantuve por teléfono una conversación con el maestro Tico Medina, uno de esos tipos nobles e increíbles que es como si llevasen la camisa por encima del traje. Al cabo de un rato de hacer recuento de su vida y de sus experiencias, me dijo algo así como que cincuenta años de profesión es lo que tarda un periodista decente en ser de nuevo un aprendiz. Coincidí un año con Tico en el programa de Carlos Herrera y cada vez que le escuchaba he de reconocer que me entraban ganas de plantarle fuego a mi columna. Carlos Herrera, Tico Medina.... ¡Leguineche!... ¡Dios Santo!, Manu Leguineche me confesó una noche en Compostela su pasión por el periodismo y los viajes, pero también me dijo que tarde o temprano todo se acaba, y que entonces, amigo mío, entonces el viejo reportero descubre que el Periodismo sólo ha sido una hermosísima disculpa para haber vuelto tan tarde a casa. Al bueno de Alfonso Ussía le conocí en Madrid con motivo de la presentación de "Historias del Savoy" y me sorprendió su magnífico aspecto casi de atleta. Ussía y yo estamos muy distanciados ideológicamente pero reconozco su talento y sobre todo, me admira su filosofía del periodismo y de la vida. Me dijo: "Conservo la misma talla desde muchos años, pero no se trata de velar por la salud, colega, sino de que en el periodismo no siempre se tiene la certeza de ganar el dinero que uno va a necesitar para cambiar de ropa". No dije nada, pero pensé, "¡Que buen sastre es la humildad!". A tipos como Manu, como Tico, como Alfonso, les debo lo bien que me sienta siempre el ejemplo de su descollante sencillez. A Carlos Herrera, ¡Oh, Dios!, a Carlos Herrera le debo además la suerte de que se haya atrevido a apostar por un columnista que sólo aspira a conservar en su pluma el tacto de aquel botijo y a luchar por la supervivencia sin vanidad y sin odio, en mangas de camisa, también sin furia, como pelean los tipos que le plantan cara al fracaso llevando los puños en las palmas de las manos...
A partir del próximo viernes volverá a la radio de Carlos Herrera
servido por ignacio
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4 Septiembre 2006
Dura algo más de tres minutos y medio, se titula "Why should I care", la compuso Clint Eastwood y la canta Diana Krall mientras se arrastran los títulos de crédito al final de "Ejecución inminente". Tardé algún tiempo en descubrirla pero desde entonces la escucho cada vez que necesito un baño de melancolía. Jamás la bailé con nadie. Es una canción para esos momentos de sublime soledad sin esperanza y sin prisa en los que un hombre se desentiende de todo y no le importaría pagar para que le robasen el reloj. Suelo escucharle mientras escribo. Hace que me vengan a la cabeza las escenas más amargas y solitarias de mi existencia, los fracasos más sonados y más íntimos, el recuerdo de las personas que pasaron por el carrusel de mi vida y se apearon en marcha, el cadáver barnizado de mi hermano arrastrado en una camilla por un celador entre la paquetería de un hospital, aquel vómito en mitad del orgasmo, la saliva marrón de haber fumado una cajetilla con las brasas de la anterior, aquellos quince teléfonos de mujer anotados con poca fe en el revés de una multa, la gabardina por encima de una camisa de manga corta, los calzoncillos tiesos como una cazuela de barro, seis facturas sin pagar y el salario embargado, la falsa ilusión de conocer a alguien íntimo pero distante que fuese capaz de telefonearme por correo, el recuerdo de la chocante fortuna de haber conocido de madrugada a dos mujeres que me pareció que solo se pelearían por no bailar conmigo, una frase escrita sin mucha convicción sobre la letra de otra frase igual de afortunada, y aquella noche buscando pelea para tener con quien hablar, la desolada sensación de que mi cuerpo sería el último sitio en el que a un perro se le ocurriría enterrar mis huesos, la jodida mala suerte de que la lluvia me hubiese pinchado las cuatro ruedas del coche en la puerta de un garito, las uñas cortadas a oscuras con las tijeras del pescado, la mañana que lavé el coche con el agua que metía el maletero, el pulso paciente de aquella enfermera que me cosió al amanecer la comisura de la boca mientras le contaba lo de aquel tipo que me astilló contra la cara el vaso en el que bebía algo que me cambió la composición de la orina, lo sensato que habría sido casándome con una chica a la que le sentase bien el luto, aquella farmacéutica que tosía como si se le hubiese atragantado el doblaje de "Cayo Largo"...y el cansancio, el extremo y trágico cansancio que produce el fracaso cuando suena "Why should I care" y te planteas la posibilidad de tirar hacia cualquier parte porque cualquier sitio es igual que otro, porque tu suerte está echada, tus pulmones sesean como dos ruedas pinchadas, y porque como se han puesto las cosas, maldita sea, darías por bueno el fogonazo que precede al desprendimiento de retina, aunque sólo sea porque se trata de un puñado de luz, la luz que te perdiste durante tantos años de vida nocturna y solitaria, hoy aquí y mañana allí, volcado en el esfuerzo inútil de la pura contemplación, o complicándote a deshora la vida en lugares en los que la Policía solo habría entrado a robar, y todo, maldita sea, porque habías aborrecido la vida corriente, lo cotidiano, las cosas comunes, ya sabes, la vida social, las rebajas y el tocino bajo en calorías, y también, amigo mío, porque siempre aspiraste a un mundo de flores venéreas y poca luz en el que ni siquiera los niños fuese tolerados para menores... "Why should I care" es una hermosa canción para la gente que no se mira al espejo para no tener que darse explicaciones, y aunque es verdad que jamás la bailé con nadie, a veces, muchacho, a veces a mi desencanto le da un bajón y me tienta la idea de compartirla con una de esas mujeres de la que sólo sabes que se hizo una pulsera con las llaves de casa, una mujer desencantada y solitaria a la que jamás telefonearías por temor a que se te pusiese al teléfono el chico de la funeraria...
servido por ignacio
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14 Julio 2006
Antes de marcharme de vacaciones, me apetecía colgar un par de perlas de mi siempre querido y admirado Jose Luis Alvite.
1.- A los quince años el sexo me parecía pecado; a los cuarenta, me parecía un deber; ahora, sinceramente, me parece caro. La última vez que una desconocida me encontró encantador, me pidió para irse a casa una cantidad de dinero con la que casi podría haberse comprado el taxi. A eso se debe seguramente que haya extremados mis precauciones y que jamás aborde a una mujer sin antes haberme asegurado de que tiene cambio. "Lo siento, nena, pero por cien euros podría tener sexo oral con el busto de Wagner, que es de alabastro, encanto, pero no tiene dientes".
2.-Después de haber probado la mayor parte de los grandes placeres de la vida, he llegado a la conclusión de que pocas cosas hay tan divertidas como aburrirse
3.-Ami lo que me fascinaba de aquella chica tan intelectual era lo bien que le sentaba leer a Maquiavelo arropada hasta las axilas por la espuma del baño. Tenía vagas referencias de su esmerada preparación cultural pero confieso que lo que más me impresionó fue encontrar un albornoz en su biblioteca. Hay pocas cosas tan excitantes como dar con una de esas chicas que después de un revolcón, se ponen las gafas de leer para buscar las bragas.
4.-No sé si estuvo bien o estuvo mal, muchacho, pero de todos los obsequios que me hizo, ella, precisamente ella, fue el único regalo que no abrí. A veces pienso que si la conocí fue porque no había otra manera más apasionante de sufrir al romper con ella.
5.-A veces pienso que no hay mujeres feas, sino mujeres mal contadas. Nuestras vidas ganarían muchos si sustituyésemos el espejo por la máquina de escribir
servido por ignacio
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