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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

Categoría: Cartas a Alvite

22 Junio 2007

Un señor sin sombrero (copia de la carta enviada a D. Carlos Herrera)

Estimado D. Carlos

Permítame usted mi osadía por escribirle estas cuatro letras pero como enseguida usted comprenderá y después de leer su artículo sobre D. José Luis Alvite, a uno no le queda otro remedio que sentarse y agradecer sus palabras pero aún así, ruego me permita puntualizar un par de detalles que creo yo justos y merecedores de conocer.

Hace unos pocos años, leía yo de vez en cuando a D. José Luis como lo hacemos todos, con la imaginación puesta en sus letras, con un mundo que nos entra a golpe de vidas no vividas pero tan cercanas a nuestros sueños que parecen como si las pudiésemos tocar, lo leía con la tenue esperanza de poder vivir, aunque fuesesólo de soslayo, en aquellos mundos que él tan magistralmente recrea. Lo leía en los periódicos de los bares que suelo frecuentar,a golpes irregulares, a golpes guiados por el azar cuando venía a mi verita, verita, vera en forma de grandiosas columnas ampulosamente perfectas, eternamente candentes, armoniosamente sublimes.

No tenía ni idea quien era ese señor, y ni siquiera se me pasaba por la idea de asociarla a esa melancólica voz que desde El Savoy y utilizando sus ondas como expresión, entraban en mi coche en mis avatares diarios al volante. Si le soy sincero, al principio lo confundí con D. Fernando Ónega, que también tiene esa afonía tan gallega que uno no sabe si te está besando o te está riñendo.

Después siguió jugando el azar (caprichosamente como siempre hace), y así un día, mejor dicho, una noche muy noche, con un Santiago espléndido de lluvia y frío, cuando unas cuantas copas de más y por lo tanto unos kilos de sentidos de menos campando por mis adentros, entré movido por un impulso extraño (como cuando un desconocido te regala flores) en un local de copas que al principio confundí con un puticlub venido a menos. Cosas de mi escasa edad para comprender el sabor auténtico de estos lugares. Así entré por vez primera en El Corzo, y así fue como me encontré en la barra a un orondo señor de pelo blanco y cigarro perpetuo que enseguida reconocí. Ni que decir tiene que aún dominado por los mismos nervios que me impulsan a escribir estas líneas, me acerqué a él y le dije todo lo que me gustaban sus escritos. ¿Y sabe usted qué ocurrió, D. Carlos, sabe usted qué ocurrió? Pues que D. José Luis me cogió la cara con esas poderosas y suaves manos que tiene y después de darme las gracias (él a mi, imagínese usted, el a mí!!!!) me invitó a un ginc tonic: el mío de Tanqueray y el suyo de Larios.

También fue esa noche cuando conocí al barman (que bonita palabra y que poco usada, seguramente por falta de profesionales de verdad) que D. Jose Luis mantiene honrosamente, el gran Susiño Oitaven. Y aquí viene, si usted me permite, mi primera aclaración hacia su escrito, y es que cuando D. Jose Luis habla de un barman, habla de Susiño, y si usted conociese a Susiño se daría cuenta no sólo lo buena persona que es sino lo que quiere a D. Jose Luis y las cosas que ha hecho por él. Susiño no es un barman cualquiera, así que cuando pueda, déjese caer por su bar y verá como a partir de ahí, cuando escuche la palabra barman le vendrá la cara de Susiño ¡Qué gran persona es Susiño y qué gran amistad tienen esos dos grandes señores!

Como podrá comprender, aquella noche acabamos tarde (o temprano según se vea, ya sabe, la realidad y sus dos caras), y le puedo asegurar que el que suscribe acabó levitando místicamente por las calles recién inauguradas de un viernes en Santiago con una sonrisa de oreja a oreja que acentuaba mi más que profunda cara de gilipollas. Quien me viese en esos momentos creería que acababa de levantarme de la cama de la mismísima Schiffer, ¡ por lo menos!

Vinieron más noches buscando a D. Jose Luis en El Corzo pero uno de los problemas del azar (quizás su problema mayor) es que no es nada constante, por ello nunca más conseguí coincidir con D. Jose Luis, pero sin embargo fui descubriendo muchos de los personajes de los que él escribe y poco a poco me fui acercando a D. Susiño, el barman por excelencia, listo, muy listo, gallego (gallego, gallego, gallego) con esa inteligencia tan natural que algunas personas tienen yque cualquiera puede apreciar sin necesidad de que tenga queabrir la boca, simplemente hay que fijarse como mira, yuno ya se da cuenta de como es.Resultó que D. Susiño había nacido en un pueblo desaparecido debajo de un embalse, justo en donde Jesucristo perdió las alpargatas y justo pegado a donde yo me acababa de mudar como agro-yuppie de primer año que en aquellos momentos era.Enseguida me descubrió como un semi-mitómano que escribía cosas sobre D. Jose Luis en un blog cualquiera de Internet. Me dijo que D. Jose Luis me había leído y que le gustaba, y yo que de tonto sólo tengo la cara, me di cuenta enseguida de lo que era la clase y la educación, y otra cosa no, pero a D. Jose Luis y a D. Susiño, esos atributos le rebosan a borbotones. Y aquí quería llegar yo, D. Carlos, aquí quería llegar yo, a la humanidad de D. Jose Luis, a su educación, a su tremenda clase, a él como persona y no tanto como personaje de él mismo.

Usted, mejor que nadie, conoce la vida errática y bamboleante que tiene D. Jose Luis, por eso me entenderá usted cuando le cuente que un día me llaman por teléfono y escucho al otro lado de la línea a un señor preguntando por mí y me dice que es D. José Luis Alvite. Me imagino que no hace falta decirle que pensé que algún amigo me estaba puteando, conociendo a mis amigos y conociendo mi querencia natural por D. José Luis, era una broma relativamente fácil de gastar, por eso tuvo que repetirlo varias veces hasta que me di cuenta de que era él de verdad, que el gran Alvite me estaba llamando a mi, pobre mortal, para darme las gracias por estas paridas que escribo en Internet. ¡D. Jose Luis Alvite me llamó para darme las gracias por estos escritos! Ese es un caballero, D. Carlos, ese es una persona como la copa de un pino, ese es un señor con clase, de los que todavía se quita el sombrero para pegarle dos tiros a uno en el medio de los huevos.

Y hasta aquí llegué. Eso era simplemente lo que le quería contar, muchacho. D. José Luis no solamente es un pedazo columnista, un escritor, maldita sea, con el alma atrapada en el Cotton Club de la época de la ley seca, no sólo es el mejor metaforista que uno se puede tirar a la cara, es ante todo, un caballero, un señor, una persona que el único fallo que tiene es que le falta vanidad y soberbia y le sobra clase, educación y sinceridad.

Suyo que le quiere.

n.

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14 Abril 2007

Cartas a Alvite. Mis gracias, las suyas.

Estimado D. Jose Luis

Pues no, no es así D. Jose Luis, las cosas no son así. A usted le puede parecer muy normal llamar a alguien, un inútil esférico como yo, para darle las gracias por cuatro pijadas que aquí cuelgo con su firma detrás y mi admiración por delante, a usted le puede parecer el principio de cualquier cordialidad, la educación en sus pilares más básicos, pero por mucho que se empeñe, yo creo que las cosas no son así.

Todo el mundo tiene su corazoncillo, todo el mundo tiene sus preocupaciones y sus sentimientos a flor de piel, y que de repente suene su voz en mi teléfono para decirme quien es y que muchas gracias, pues que quiere que le diga, que todo me suena a película de ciencia ficción para un menda que no sólo roza la inutilidad desde su aspecto más carnal sino que también la mitomanía cuando se habla de usted, ¡y ya sé que usted lo desaprueba!, que sí, que sí, que ya sé que ambos habíamos quedado que no admiramos a nadie, que todo el mundo es mortal, que hasta el mejor de los escritores es capaz de escribir mierda enlatada, sin ir más lejos fíjese usted en D. Eduardo Mendoza que últimamente roza el esperpento más absurdo en su creación literaria y de sus libros sólo se salva la firma, de lo que fue, claro, porque si hay que juzgarlo por lo que es ahora no tendríamos sogas suficientes para colgarlo por los cojones; lo mismo le podemos aplicar a un tal Serrat, un personaje atado a si mismo y que desde hace 20 años no compone una canción digna y sí unas tropelías manidas y deslucidas con pretensión edulcorante, y es que hay cosas que no se pueden mantener por mucho que nos pese, y a los 60 años querer ser un rockero duro como Miguel Ríos es lamentable, o llamarse poeta como hace Sabina en Interviú cada semana es lo más ridículo que parió madre desde el parto conflictivo y arisco de Aznar en Texas vendiendo fritoooous o como coño se diga.

Pero a lo que iba, que me pierdo con demasiada facilidad, quedamos en que ninguno de los dos somos mitómanos, aunque estaríamos encantados de que en una noche de pálida tiniebla, Gene Tierney nos pidiera fuego al borde del Sena, o que Ava Gadner desde el fondo de El Corzo nos invitara a que le invitáramos a una copa. ¿Se imagina, D. Jose Luis, se imagina los dos sentados en la barra con Susiño y de repente Ava Gadner, en un caer de párpados, nos movilizase los sentidos? Ahí sí que somos mitómanos, pero porque amamos locamente la melena desaforada y desmedidamente perfecta de ella en Forajidos, y porque en el fondo también nos hubiese gustado tener la delicada dulzura de la voz que tenía Frank Sinatra para cantarle a la luz de la Luna Blue moon y arrebatarle de los brazos de cualquier Cabrel que nos sacase más pelo y menos barriga.

Pero entre usted y yo ese no es el caso: yo no soy mitómano y usted es simplemente un excelente escritor de novelas de una cuartilla, para mí el mejor, por lo que dice, por como lo dice , por lo que deja que se intuya y por que me sale a mi de los huevos proclamarlo así, al fin y al cabo cada uno es muy libre de inventarse sus propias creencias, y a falta de dios que me lleve por los caminos del bien, le escojo a usted para que me lleve por los caminos del mal que son mucho más interesantes y divertidos que un domingo rezando a la luz de las tinieblas entre beatas ajadas y curas con tendencia a tocarle la pilila a los niños imberbes.

Por ello sería muy interesante que entre usted y yo dejemos las cosas claras desde el principio. Usted para mí es algo más que usted para usted. Cada uno se pone las barreras y los filtros que le interesa en el punto que más le convenga. Así de claro. Usted es terrenal, vale, lo acepto, y yo mortal, bueno eso está mucho más claro. Usted me invitó a tomar unas cuantas copas y yo me dejé invitar por su dinero y embelesar por su persona, pero a sabiendas que de vez en cuando iba al baño a hacer las mismas cosas que hacía yo. Hasta ahí todo lo normal que usted quiera, pero después viene el mito, y ahí ya no hay excusas posibles, por ahí no paso. Si para mí, desde esa noche, usted representa el mito literario y sublime para mis pensamientos más impuros, ¿a cuento de qué viene que usted se deje acariciar por mis expectativas, no se da cuenta que de esa manera, usted D. Jose Luis, estará al alcance de la mano y dejará de ser perfecto? Es como si cada vez que quisiera me pudiese acostar con la Jolie, Angelina para los amigos, pues al principio me imagino que la experiencia estaría bien, pero después de pasar unos cuantos polvos, seguro que ella me reprocharía los ronquidos y yo a ella el tiempo que tarda en vestirse para dejarme toda la cama, y entonces todo caería como los pechos de la duquesa de Alba, aunque eso es otro cantar y ya me vuelvo a perder, lo que realmente le quería decir es que no me vuelva a dar esos sustos telefónicos, aunque he de reconocer que a partir de ahora me pondré nervioso cada vez que alguien me llame porque siempre albergaré la esperanza de que sea usted para invitarme a un paseo por la mesa de Ava Gadner con el pensamiento, pero que prefiero no se repita no vaya a ser que necesite un marcapasos del tamaño de una pelota de baloncesto.

Le honra, el detalle de llamarme para darme las gracias, le honra, pero yo no pido tanto, yo me conformo con saber, desde la lectura de sus columnas, que usted sigue siendo el mismo tipo que aquella noche me abrió el mundo de la ilusión divina y mitológica, un Charlie Parker en estado final tocando para mí en cualquier habitación de hotel de mala muerte con una botella de bourbon y dos vasos encima de una vieja mesa de madera, y el sonido apagado y desorientado de los genios en estado final. Déjese de darme las gracias para que yo pueda seguir soñando en un viaje de ambos a NY, y de paso buscar el perfil lánguido y desconsolado de la melena de Ava Gadner bailando desde el fondo del último bar que nos quede abierto. Entretanto, siga ejerciendo de mito para este mortal que no merece sus gracias.

Sinceramente suyo

n.

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6 Abril 2006

Cartas a Alvite. Mi incondicionalidad y 2 (con afoto!)

Pues en eso consiste mi incondicionalidad (¡otro palabro que me acabo de inventar!), en eso consiste mi puesta en escena de rodillas, en eso consiste un segundo lleno de matices por los que se puede atacar el día, y es poor eso, por lo que a uno se le vuelven los dedos rápidos gusanos ante el teclado sin que por ello niegue la evidencia que la locura más descerebrada y desacerbada envuelve estas mis ridículas participaciones con lo imposible. Pero todo esto para mí no deja de ser un aire cargado de frescor que inunda los recodos más oscuros de mi siempre atormentada idea del amor, y ya le digo que con eso me llega para ir tirando una temporadilla.
Perdóneme usted está salida de tono sentimental y déjeme seguir susurrándole al ordenador. Había dejado a Susiño leyendo el periódico y yo supongo que cuando por fin lo cierre, y haya visto su retrato rodeado de gente importante, esos enseres vivientes que aparecen como los vampiros al mínimo fulgor de sangre fresca y al lado de los cuales usted pinta menos que una virgen de Murillo con liguero, se quedará pensando en la cantidad de noches que él se fue tarde para su casa por culpa de su sequía sin fin, por culpa de sus amores errantes que no se daban decidido, por culpa de sus cigarrillos inacabables que terminan antes de empezar, o por culpa de buscar interminablemente esos veinte segundos de saxofón de Coltrane en el Crazy que canta el tonto de Julio Iglesias, para al final de todo verle a usted ahí con esa cara de besugo degollado al lado del político de turno. A mí solo me puede reñir un poquito, soy de los que prefiere mirar sin ser visto, observar sin sacar conclusiones y sobre todo hablar sin decir nada. Con el paso de los años, está claro que uno va perfeccionando sus debilidades hasta un punto tan imprevisible como sublime, no hay nada más placentero que poder pensar en algo mientras se hace justo lo contrario. Cuestión de gustos y de sabores, digo yo.
Pero no quiero desviarme de lo que aquí me trajo, no quiero decirle nada que después me vaya a arrepentir, es tal la osadía crítica con la que me retumban sus escritos, que podría estar haciendo valoraciones de cada uno de sus renglones, de hecho, y para serle justo y sincero, no sabe hasta que punto me jode estar diciendo a la gente quien es usted, como escribe, como habla, como bebe y como escucha. Además, empiezo a estar harto de dar mil y una explicación cuando digo que usted es el alma gemela de Bukowski perdido (o atrapado) en Santiago. Por eso la carta de hoy no tiene ese fin, sino contarle dos o tres cosillas que me sucedieron.
La semana pasada me fui a los madriles a llevar a mi hermanito pequeño. Por lo que sé que pasó por el territorio nacional, debió ser el día internacional del hermano mayor, pero bueno eso ya es otra historia y tampoco le voy a contar toda mi vida y la de mi familia, que sé que aburro. Lo cierto es que después de su decaimiento post deje amatorio (joder, menudos palabros me estoy inventando hoy!) vino la realidad virtual galaica, o sea, como por estos parajes llueve y hace frío, como por estas latitudes no sabemos que es eso de la primavera de marzo, y como para aquí mi hermanito regresó sin apenas ropa en la mochila por culpa de esas prisas con las que las malas noticias empujan las decisiones, pues me cargué de paciencia y nos fuimos a la capital para coger ropa, zapatos y esas otras cosas con los que uno llena las maletas sin que sepa muy bien para que diablos las mete. Como se puede usted imaginar, 1230 kilómetros, tres cafés y una ligera comida da para mucho hablar, así que aprovechamos y hablamos. Pues de lo nuestro, ¡de que coño vamos a hablar!
Pero eso no es lo importante, eso son cosas de hermanos y ahí deben de quedar por mucho que ayer haya sido el día internacional del hermano mayor, repito. Lo que yo le quería decir es que ayer, cuando mi hermanito aprovechó para ir al INEM y hacer una serie de papeleos que tampoco vienen a cuento decir de qué, a mi la vida me preparó una sorpresa en forma de lección. ¡La muy japuta parece que lo tiene todo previsto! Yo, en mi suertuda vida, solamente visité un par de veces la oficina de paro: la primera para darme de alta y de paso ver la fotocopia de un anuncio de periódico en sus paneles (envié el C.V y me cogieron) y la otra a los quince días para darme de baja. Quizás por esa falta de adaptabilidad al medio, ayer me sorprendió y sobrecogió lo que en estos sitios se vive y respira.
Madrid y sobre todo la gente que lo puebla, es una cosa muy distinta a cualquiera de las ciudades de Galicia, eso está claro. Lo comprobé hace cosa de un par de meses cuando fui por el Registro Civil Central para pedir una partida de nacimiento para mi amigo Fernando (al ser venezolano lo tiene que pedir en Madrid) y en un cuartucho de menos de 30 metros cuadrados estábamos hacinados más de 50 personas de distintas nacionalidades (el único espanis era el menda). Yo vi en ese espacio más razas distintas que en toda mi vida de paseos cafeinados por Lugo. Si usted no frecuenta esos ambientes nunca sabrá lo que es una mirada de tristeza, de desesperación, de timidez o de sumisión. Estará de acuerdo conmigo que hay pocas cosas en esta vida que marcan más que las miradas, y normalmente son los niños los poseedores de casi todas las primeras marcas mundiales en el mundo de las miradas cargadas de matices. Por ejemplo y sin ir más lejos, a mi el año pasado me marcó la mirada de Alí, un muchacho nubio que mientras me dio una vuelta en faluca por el Nilo clavó sus ojos en los míos y ahora su mirada me lleva dando mil vueltas por el alma (le envío una afoto que le saqué para que también usted pueda ser testigo de excepción de ese embrujo del niño del Nilo). Pero no sólo de la mirada de Ali vive mi alma, sino también se me clavaron las miradas de cuatro niños de una familia de musulmanes mientras sus padres agilizaban los papeles en el Registro Central. Y la semana pasada, mi querido D. José Luís, volvió a suceder, pero esta vez fue en la cola del paro de la oficina que el INEM tiene en Alberto Aguilera. Un señor bien cumplidos los 40 con traje y corbata impecables (no así los zapatos, que ya llevaban millas de tristezas en sus pieles; los zapatos: eternos delatores!); una familia marroquí pidiendo el paro para su marido; un hombre que podía ser mi padre con la mirada perdida mirando el dichoso numerito dador de turnos no avanzaba, y en el medio de aquello un privilegiado y suertudo de excepción, el susodicho. ¿Y qué es lo que quería decirle? Pues que no me vuelvo a quejar, D. Jose Luís, este menda no se vuelve a quejar de por vida del trabajo, es lo mínimo que se le puede exigir a una media persona como yo, y si algún día se me escapa un improperio laboral, me autoimpongo una pena de dos días en las oficinas del INEM hasta que me empape bien de realidad y se me bajen los humos de señorito burgués mal criado. Ojala que nunca me acostumbre a ver la pobreza sin que se me retuerza el estómago.
Uy, creo que se me acaba de escapar una crítica justiciera, una mala manera de dañar el alma, espero que usted me sepa perdonar, y también espero que vuelva pronto a sus vicios más pregonados, para poder disfrutar aunque sea a cachitos de usted e ir tirando una temporadilla Que Dios y el Sergas (Servicio Galego de Salud) lo guarden a usted muchos años, que yo siempre lo esperaré. Palabrita de niño Jesús.
N.

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5 Abril 2006

Cartas a Alvite. Mi incondicionalidad

Querido D. José Luis:
Qué grato se le hacen a mis ojos ver su imparable subida al reino de los artitas de las letras, al limbo en donde reposan los más grandes recopiladores de las palabras, al lugar en donde la letra impresa es magia, al Olimpo de los sueños rotos, a ese punto en donde sólo llegan a sus oídos parabienes llenos de grandilocuencia por parte de los tejedores de oportunidades, esos momentos efimeramente eternos con los que se suele vestir y acompañar el éxito.
Qué grato se le hace ver a mis gafas su oronda estampa paseando por las hojas de periódicos que siempre pueblan otros ( los mismos, los de siempre), aunque también he de reconocer, aquí, en petit comité, que en mis entrañas habita un ligero miedo, porque me digo yo a mi mismo que semejante baño de multitud puede llegar a ser muy contraproducente para su mala salud, es más, mire bien lo que le digo, este tipo de halagos siempre acaban por enmierdar el alma, y tarde o temprano se tira a las cunetas del mentiroso reconocimiento social cualquier mala reputación ganada día a día, y me apuesto lo inapostable (ya le diré luego lo que me pienso apostar con usted!), que tarde o temprano lo dejarán triste y solo vagando por los caminos y dominios de la siempre tentadora fama, esa compañera de viaje de la soberbia y la pedantería.
Y por eso, y no por lo que algunos llaman envidia, rezo con encarecida fe al dios que no creo, para que no le ataque a usted el desprecio en su versión menos popular, el de las segundas nupcias, esas malas ganas cargadas de morbo que siempre llegan tarde al lugar de los hechos, y yo sé lo que me digo, porque de llegar siempre tarde yo soy un especialista. De todas formas también he de reconocer que mi miedo no es exacerbado porque no creo yo que a usted se le dé por alimentar más pecados que los propios, son tantos en los que ha caído su espíritu que dudo yo que haya sitio para alguno más, pero acepte usted un consejo de este simple mortal: !cuídese de las malas compañías!, esas gentes que lo idolatrarán, lo subirán a los altares (que gracia, usted en un altar, es lo que me faltaba por oír y ver ¡), le dirán que es un genio y le reirán todas y cada una de sus gracias con el fin de que usted se sienta bien en su compañía y les pague la siguiente ronda. Mire bien hacia los lados, porque me juego (ahora sí!) una rebanada de mi pilila (tranquilo que da para muchas más apuestas!) que ahora cuando mire hacia los lados no va a encontrar a ninguno de sus amigos de verdad. Es más, yo creo que los amigos de verdad son esos que en esos momentos se sientan en un discreto segundo plano para ver como uno se pega la gran hostia con su ego. Después, no lo dude usted, aparecerán, siempre lo hacen.
Y es que yo me imagino que en tantos años de noches sin final, de descartes que la realidad le va haciendo al ultrajado espíritu, de sorpresas agradables al final de la noche en una cama sin nombre, de pesadas cargas alcohólicas e interminables cigarros sin terminar, a un hombre como usted, los halagos se la traerán al pairo y se la sudarán por fases (¡qué vulgar me estoy volviendo, que dios me perdone, mañana un padrenuestro y 3 diostesalvemarías!). Ya sabe usted que la juventud peca de prepotencia a igual que las ansias por llegar pecan de desmesura. Y me imagino a su Susiño del alma leyendo estos días la prensa con el mismo ceño entrecortado que siempre, y al buscar -como hacemos unos cuantos cientos (mira que me jode que haya más personas buscándolo por las páginas de los periódicos, que quieran lo mismo que yo, que lo sitúen en los mismos lugares del alma en donde yo lo guardo a usted)-, su firma por los rincones de El Faro, se sorprenderá que usted siga sin aparecer con regularidad por El Corzo. Pero la tristeza siempre se desespera cuando la espera es más larga de lo habitual y por eso a veces se le da por acariciar el envés de las ganas y de paso hacer un poco más llevadero el plantón, y a lo mejor es por eso (y a lo mejor no, pero que más da!) por lo que el destino al final nos regala una pequeña entrevista con usted de protagonista, un panegírico en vida hecho por los que se llaman sus amigos, una afoto de usted como firmante de libros y con cara de circunstancias, una pequeña reseña en donde los pedantes de turno repiten sus frases más logradas (bueno, digamos las más difundidas por los periodistas de salón y los mequetrefes con carrera y máster en periodismo en la tarjeta de visita), y todo eso, pues que quiere que le diga, a sus incondicionales nos vale para ir tirando, ya que somos muchos los que pensamos que la vida hay que ir agarrándola a trocitos y según venga; es como ir a ver a Bob Dylan, uno sabe de antemano que el genio de Minesotta (uf, menuda frase me acaba de salir, no me diga usted a mi si yo no valdría para crítico de alguna revista importante de… lo que fuese!) pasará del resto de mortales que estamos ahí con cara de Bobos (= seguidores de Bob), y él hará lo que le venga en gana, y lo más seguro es que se le dé por cantar no más que un par de canciones y con las restantes que pone el contrato, hará el parias con el teclado y la armónica, mientras al son de la música, irá doblando su columna vertical cual Quasimodo detrás del culo de Esmeralda. Pero el que más o el que menos, sueña con que en cualquier momento se destape el genio y nos deje un segundo grandioso, o sin ir más lejos un espectáculo sobrio y lleno de talento en donde las canciones son las reinas y los interpretes los envases, como el que nos dio el años pasado en el Monte do Gozo, en donde el muy cabrón estaba de tequiero y nos regaló un buen número de guiños, y con eso, a sus incondicionales, nos llega para ir tirando una temporadilla.
A lo mejor usted no se está dando cuenta de lo que realmente le estoy diciendo, y mire, desde que mi jefe me odia con la misma intensidad que yo a él, me encuentro mucho más crecido y digo las cosas sin tantos circunloquios, o sea, que por si acaso no se entera, déjeme ponérselo más claro. Imagínese que una mañana cualquiera, enciendo el móvil y me encuentro 4 mensajes de ella. ¿Lo capta? pues eso. Imagínese que esas caricias sutiles y absurdas para el resto de los mortales, a mi me llegan para ir tirando una temporadilla como con Bob Dylan, y de paso consigo pasar por lo menos algún tiempo entrevistándome más que silenciándome, contestándome más que preguntándome y sobre todo soñando más que maldiciendo… (continuará)

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20 Marzo 2006

Cartas a Alvite. No falte.

Querido D. José Luís:

Con poco interés, así es como hoy me siento para escribirle estas mis cuatro letras. Frank Sinatra empieza a cantar “La chica de Ipanema” acompañado por Carlos Alberto Jobin, y cuando apenas son las seis de la tarde y el salón se empieza a cubrir de una penumbra que no es lo que parece, si no que es mucho peor, y que yo, mi querido D. José Luís, la traduzco e interpreto como una oscuridad perpetua que niega la visión propia de mi alma. Así, apagado y sumido en un terrible hastio, me pongo a escribirle sin saber a ciencia cierta porque lo hago, ni tampoco que es lo que le quiero decir.
Con poco interés, porque estoy tan desorientado en lo evidente, como certero en lo invisible.
De todas formas no quiero confundirle. Mi falta de interés radica en mí, en la forma que tengo de sentarme, en la forma que tengo de escoger música, en la postura que tomo para escribirte. Me conozco. Caigo en la apatía. Caigo en el hastío. Caigo en lo más asqueroso de mí, esa parte que sólo hay una persona que conoce un poquito, y prefiero no decirle quien es, porque después le va a resultar insoportable y me va a decir que ya vuelvo a las andadas.

No miento. Sus últimos escritos me llevan preocupando bastante. Algunos los llena usted de doble sentido, y otros los envía a la redacción para llenar el expediente, para quedar bien, como el que saluda por la calle y miente una sonrisa, y la mayoría los piensa (o quizás ni eso), pero a mi esos no me llegaron al alma, o sea, que me siento a escribirle huérfano de usted.

Como me conozco, y sé que soy muy dado a sacar mis propias conclusiones, prefiero ahorrarme el mal trago, prefiero mentirme, prefiero engañarme a mí mismo negándome el pensamiento. Pero, ¿que quiere? no siempre es posible dominar los sentidos, ni los sentimientos, aunque estos sean tan contradictorios como la vida misma o seguramente por eso mismo.
Cuando los silencios son las únicas respuestas que espero, me lleno de preguntas. Curioso, ¿no? La eterna canción, siempre añorando lo que no se tiene, siempre llorando por lo que se perdió. Y vuelta a empezar.
Así que este texto no deja de ser un mensaje largo que llega vía pensamiento a su ser, pero para hacerlo más cronológicamente correcto vamos a poner que se lo escribo antes de decirle que voy a respetar sus silencios, sus ganas de callar, sus pensamientos consigo mismo, en fin que voy a dejarle a solas consigo mismo. Y sin embargo toda esta retahíla debería ponerla en que he intentado llamarle y usted no haya podido o querido hablar conmigo. Sitúelo justo después de que dejase mi voz temblando palabras sin rumbo en su contestador.
Evidentemente que no ha sucedido así, pero me imagino que eso tampoco es muy importante.
El peor dolor es aquel que ves venir y no sabes como pararlo.

Quizás no sea una carta cargada de razones para vivir, ni siquiera creo que le anime un poco, igual se pone peor, no lo sé, pero digamos que antes de caer en las tristezas que rondan por mi interior, prefiero decirle que le echo de menos, que yo le acepto tal y como es, con sus apariciones y sus desapariciones, y por eso también acepto todas y cada una de tus decisiones, ya sea el silencio, ya sean los olvidos, ya sea conmigo, ya sea sin mi.

Pero por favor, no me falte.

n.

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27 Febrero 2006

Cartas a Alvite. Soltando lastre o carta de amor escondida

A su depresión mi desgana, a su silencio mis adentros, a sus pensamientos mi más sentido pésame.

Mi querido y añorado D. José Luís:

Así es como he querido empezar esta carta y así es como la empecé, y la verdad es que tampoco me ha sido tan difícil que es como de antemano siempre supongo que me va a resultar y para serle sincero, es como constantemente ocurre en mi vida, porque yo, mi querido D. Jose Luís, soy de los que se frena continuamente antes de ni siquiera haberlo intentado, a mí me cansa hasta la intención.

Y así lo he querido hacer porque así me salió, de golpe y de dentro, mientras subía en el ascensor de este hotel. Lo hice sin pensar, de sopetón, como quien no quiere la cosa, y ahora que ya estoy dentro de ella, me doy cuenta que si la empecé debió ser porque de esta manera ya tengo un principio que llevarme a la boca, un principio que es lo que al fin y al cabo me cuesta más, y claro, aprovechando que estoy aquí y que el Pisuerga no pasa por Zaragoza, pues me dejo llevar hasta el final de este espacio en blanco que de primeras siempre me acojona y al cual respeto hasta límites -se lo puedo jurar!-insospechados y desesperantes. Pero en estos momentos toca el medio, toca la paja de la carta, toca el meollo de la cuestión, y la única manera que se me ocurre para seguir llenando espacios en blanco es coger carrerilla y reconocer a tumba abierta y a los cuatro vientos, que para mi espíritu, emprendedor de tristezas, no es nada fácil quedarse huérfano de sus suspiros, de sus frases comprometedoras de placidez sentimental, de sus caricias despotricadoras de vómitos inguinales o de sus apariciones en el periódico como guiño a la oscuridad en la que habita el que suscribe.
Es cierto, no lo niego, que lo sigo echando de menos cada día (eso de que cada día te echo más de menos me parece una falsa y absurda frase y sobre todo una solemne tontería), que cada mañana cada vez que pido un café y enciendo el teléfono lo sigo buscando incesantemente por las páginas de El Faro, y aunque no me crea, me sigue sobrecogiendo una terrible congoja mezclada con una angustiosa pena que, con agudeza firme e incesante, no para de ejercer sobre mis miserias todas sus pretensiones, esas que me abocan al recuerdo del pasado en su expresión más placentera y cruel, ese pasado tan cargado de amarguras cuando descubre su cada vez más frecuente ausencia.
De todas formas tampoco me puedo quejar con lo que la vida me ha deparado con respecto a usted: lo he leído casi tanto como el que más, lo he escuchado a rodillas juntitas y pegadas al suelo, le he escrito en noches de insomnio, maldecido en kilómetros de soledad, querido al roce de su voz, vilipendiado por falta de escrúpulos existenciales, odiado porque nunca lo dejaré de querer, soñado (sobre todo soñado y no le pongo más rúbricas), mentido para poder protegerle, llorado a ritmos incesantes, y sobre todo, lo que he podido hacer por encima de todo ( y de todos, que cojones!) fue rozar sus palmas de las manos con mis mejillas, y a eso tampoco le pongo rúbrica.
Es por eso por lo que mi tristeza no puede ser completa ni mis lágrimas eternas, ya que su paso por mí, aunque sea tan efímero como las flores de los cerezos, como las lágrimas de los niños, como el primer beso de los enamorados, es (me niego el pasado, me niego el pasado, me niego el pasado) tan fuerte e intenso que no me pienso desprender de él por lo que me resta de mal vivir. Para otros quedan los suspiros y los lamentos y esas ataduras con los que juega la memoria por lo que pudo haber sido y no fue.

Mentiría si le dijese que hoy me he arrastrado hasta aquí con el único pensamiento de loar su profesionalidad, sus escritos, sus letras, su forma de ver e interpretar la realidad que nos rodea, ya sabe que mi fe por usted es fuerte (hasta en los momentos peores no fui capaz de negarlo y eso que lo intenté con todas mis fuerzas, que en aquellos momentos eran más bien pocas) pero mis continuos sentimientos y pensamientos hacia usted, pagan con creces mis ausencias más continuadas y significativas. No es así la suya (su ausencia, entiéndame), puesto que cada vez que aparece su foto al lado de sus letras, a mi se me hace más patente y evidente que su vuelta es mentira, y que si sigue surgiendo es porque tiene miedo a perder definitivamente un contacto con el que un día, su vida empezó a sentirse bien consigo misma aunque por el camino le diese un mal vivir y peor morir. Usted -y esta es una sensación que yo tengo-, sigue publicando porque este fue el único camino (tortuoso pero ilusionante) que le dejó aquellas horas en las que no solamente fue capaz de despegar, sino incluso llegó a volar. Pero ya le digo que hoy mi acercamiento no es para hablarle de usted, porque me imagino que estará harto de las mismas cantinelas de siempre, hoy mi acercamiento es simplemente una necesidad de soltar lastre, una forma como otra cualquiera de insultar a grito pelado con el mayor de mis desprecios al ser que no he podido llegar a ser, hoy simplemente quiero decirle que en el retorcimiento interno con el que se suelo acompañar el alma en lugares buscados por su soledad, escribir es lo que más me cuesta, a veces parezco una primeriza en parto (sin epidural, entiéndame!) y por si esto fuese poco, veo que todo lo que rodea a esta mi eterna huida del mundo no sentimental, me aburre cada día más.
Así que apriétese usted los machos y déjeme explayarme por mis incesantes y perpetuos males, que hoy hace un día precioso para llorar. Esta mañana mientras depositaba mis primeros desechos del día en el inodoro y leía una pequeña biografía de Borges (“Borges para principiantes”, si es lo que yo le digo a usted, que mi formación cultural avanza a un ritmo endiablado, lástima que me pilló con la edad un poco avanzada que si no...!), me he dado cuenta de varias realidades que me da hasta miedo recordar.
En primer lugar he llegado a la conclusión que no sé que cojones espero de esta vida. Sí, sí ya sé lo que me va a decir, que en eso estamos todos, pero como comprenderá a mí de poco me vale o como diría mi madre: mal de muchos consuelo de tontos. Hoy me he preguntado a mi mismo y muy seriamente a qué aspiro, qué es lo que busco, por qué sigo pensando en el mañana, qué ansío con desesperada ilusión, qué es lo que realmente me gustaría conseguir para poder estar a gusto conmigo mismo, en una palabra (bueno, en unas cuantas palabras ) ¿qué es lo que me mueve para seguir viviendo? Después, como usted podrá comprender, paré en seco todos estos malos pensamientos, ya que fueron tantas las respuesta vacías que me di miedo diciéndome a mi mismo que la única realidad es que no sirvo para nada, que mi paso por el planeta Tierra es totalmente superfluo, que mi patológica y patética falta de ambición me condenarán al mayor de los ostracismos conocidos, y que todo esto, lo quiera o no, desemboca en una clara y concisa solución, y es que la falta de mi en este mundo se puede definir con otra de las máximas favoritas de mi madre: menos bulto, más claridad.

!Oh, no ! no piense que me voy a suicidar o algo parecido, como mucho me cortaré el pelo delante del cristal del cuarto de baño hasta límites insospechados, porque si le soy sincero, tengo que reconocer que tengo tanta apatía por mi futuro como ganas para seguir viviendo en el presente, aunque solamente sea para cerciorarme con el paso de los años, que no me equivoqué en los juicios que hice de mi mismo tal día como hoy.
Después, mientras venía conduciendo me he dicho si no sería el vacío que quedó en mi interior en el momento de depositar mis excrementos, conjugado por los aforismos tan intelectuales y llenos de falsa vanidad con los que la biografía de Borges obsequió a mi intelecto, lo que provocó esta amalgama de preguntas adolescentes de imposible respuesta. A lo mejor lo de los excrementos tienen poco que ver, y sí en cambio el tal Borges, porque a riesgo de caerle ignorante, le diré algo al oído ahora que no nos escucha nadie: ese señor me gusta más bien poco.
Es cierto que la mayoría de la intelectualidad lo considera el no va más de la escritura contemporánea, uno de los mejores escritores del mundo que ni siquiera ha necesitado escribir una novela, pero es que para mí son tantos los agujeros de su personalidad para con la percepción del ser que este menda tiene ( y ya sé que yo siempre digo que hay que separar la obra de la persona, excepto claro está cuando los quiero atacar, entonces todo vale), que no puedo no más que saltarme a la torera sus absolutamente infumables e ilegibles cuentos fantásticos, sus pesadas cargas de soberbia, sus ejercicios despreciativos de todo lo popular, su áurea de intelectual engreído, sus continuos devaneos con la tristeza por imperativo maternal. Por otra parte, a mi me gusta escribir sin tener que darle ningún tipo de consideración a mis lecturas, no me gusta para nada estar mentando continuamente mis gustos ya sean literarios, musicales o sexuales. Allá cada uno lo que lee o lo que escucha (o con quien se pajea!), por mí como si se quiere negar desde Shakespeare hasta Cervantes, desde Mozart a Van Morrison (toma mezcla!), desde Ava Gadner hasta Jena Jameson (repito, toma mezcla!). Reconozco que hubo momentos en que he tenido pretensiones pedagógicas con el fin de demostrar mis propias limitaciones pero hoy por hoy, ese tipo de complejos los tengo más que olvidados (aunque tengo otros, no lo niego), por eso no creo que haga falta estar hablando continuamente de autores raros y extraños que no conocen nadie, o citar de carrerilla los mismos escritores endiosados de siempre, esos seres que se les suele regalar adjetivos grandilocuentes y epítetos repetitivos, esos gurús que siempre son nombrados por los más intelectuales de la zona y que a mí en su mayoría me aburren soberanamente. Además, me pregunto, ¿qué es lo que les mueve para estar escribiendo continuas alabanzas de los Faulkner, Proust, Borges o Joyce? ¿Es que tienen que demostrar a todo el mundo que ellos están por encima del bien y del mal, que sus gustos son por una parte esencial de su propia esencia y existencia, y que aquellos que no los siguen deben ser considerados fuera de los elegidos? ¿o es qué simplemente tienen miedo a decir lo que piensan? (ojo, después está los provocadores ignorantes, esos que niegan todo sin proponer nada y que dan rienda suelta a cada una de sus necedades con el único fin de auto vanagloriarse con sus propia falsa inteligencia, esos mi querido D. José Luís, suelen ser bastantes peores). A mí me sigue pareciendo patético los chascarrillos de los intelectuales, las continuas disputas falsamente educadas en donde compiten para ver quien tiene el gusto más uniforme o más vanguardista, más culto o más enrevesado, todo vale excepto lo que ellos llaman vulgar, popular, o cualquier cosa que guste a cualquier mayoría (a su juicio, siempre equivocada, por supuesto, pero después se quejarán de que no la gente no lee sus libros!). Esta people llega a despreciar a autores en el mismo momento que alcanzan el éxito, el mismo que desprecian pero, evidentemente, ellos merecen. Todo vale con tal de diferenciarme y no, no pienso hablar de los nacionalismos de este país. A mí, que me gusta tanto leer como escribir, odio casi tanto lo que leo como lo que escribo. Odio lo que leo si lo considero bueno, porque no entiendo como algo tan bueno no se me había ocurrido a mí, y odio lo que no me gusta por el simple hecho de haberme hecho perder el tiempo, ¡con la cantidad de masturbaciones que me hubiese podido hacer yo en todo ese tiempo y lo bien aprovechadas que estarían! Odio lo que escribo por dos motivos fundamentales: uno, porque no avanzo con el papel y el bolígrafo con un mínimo de claridad (¡ya me gustaría escribir calidad en vez de claridad!), y dos, porque me da la sensación que a donde quiero llegar ya es tarde, siempre tarde, que es la evidencia más palpable de mi vida. De hecho si le estoy escribiendo a usted y soltando toda esta retahíla de estupideces es porque simple y llanamente han nacido gracias a usted y a su bien conocida paciencia como lector receptor de mis escritos, y es por amor hacia usted por lo que yo me obligo a rematar mis escritos aunque sea solamente una carta (esta en concreto), porque en sus desapariciones de mi vida, todo se queda a la mitad, todo son relatos que empiezo a escribir a ritmo frenético hasta la aparición del dolor de espalda, y luego los dejo con la sana intención de proseguir en otro momento que después siempre tarda mucho en llegar, y cuando lo hace, siempre caigo en los mismos vicios, en los mismos errores, en la misma secuencia: repaso, rescribo, releo, me enredo, repaso, rescribo, releo y me vuelvo a enredar hasta casi llegar a conocer de memoria los primeros folios y por consiguiente abandonar a la buena de dios los restantes párrafos. De los finales, por inexistentes, mejor no hablar.
Tengo claro que esta carta está acabando, lo que no tengo nada claro es porqué la empecé, será que el lunes pasado, mientras veía un programa en televisión me entraron varias veces arcadas al ver como unos señores tertulianos se reían entre ellos de chistes sin gracia que se lanzaban de un lado para otro a base de citas y pedanterías. Y no le quiero contar cuando empastan la voz, y se ponen a regalarse citas y poesías de los unos hacia los otros y de sus caras salen rictus empalagosos soberbios y orgullosos por poseer una vida con tanta cultura, una vida llena de vida interior, una vida ganada a la batalla de la ignorancia y que en su rezume, dejaban caer pequeñas gotas de magisterio genial de compromiso solidario. Y yo me preguntaba con repetitiva inquina (je, je, je) ¿por qué cojones tengo que aguantar yo a estos con el sueño que tengo?

Perdóneme la ignorancia, D. José Luis, pero es que hoy no sé que me pasa.

Un abrazo.

Un alma en pena.

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10 Febrero 2006

Cartas a Alvite. Seguir respirando

Querido Don Jose Luís:

Creo que hace el mismo tiempo que no le escribo, como el que usted no para de regalarme geniales artículos diarios, inspirados relatillos que no sólo me alegran el día sino que de paso dan sentido a mi deambular cansino y errático por el que transcurre mi rutinaria vida. Entretanto, mi escaso intelecto se caga en su estampa imaginando y pensando de que vid beberá usted para sacar tantas ideas geniales, tantos temas vírgenes, tanta calidad sin despeinarse, para después decirme - el escaso intelecto, digo-, pero bueno, ¡ qué cantidad de cosas dice este señor que yo no sabía que yo pensaba exactamente igual! Algún día, ya lo verá, estoy convencido de que usted podrá vender sus ideas en una gran tienda para escritores frustrados, pintores sin musas, cantantes sin inspiración, escultores fracasados y gente en general banal y sin ideas pero con el interés de querer contar algo como interés secundario en sus vidas. ¿Se imagina?, yo ya estoy viendo un gran cartel luminoso en el medio de la Plaza del Obradoiro como el que tenía Rick en Casablanca – ¡con dos cojones!-, en donde se pueda leer:

SE VENDEN BRILLANTES IDEAS DEL PROFESOR D. JOSÉ LUÍS ALVITE.

Lo de profesor lo pongo porque me da la sensación de que así le da como un poco más de empaque e importancia a la cosa, y sobre todo porque estoy convencido de que de esta manera podrá vender las ideas un poquito más caras.
Yo, por mi parte, le repito que no ando sobrado con el tema de las letras, los párrafos cada me cuesta más juntarlos con un cierto acierto (¿he estado acertado en este juego de palabras?), cada día que pasa me resulta más difícil encontrar un hilillo de donde tirar y buscar algo que habite dentro de mí, de hecho ya no sé si realmente no existe o si es que prácticamente copio todo lo que se puede copiar en lo subtítulos que mis desordenadas lecturas han dejado en algún punto de mi subconsciente.
Y es que llevo unos días, D. Jose Luís, en los que no es que me cueste escribir, sino que lo que realmente me cuesta es simplemente sentarme a hacerlo. Me acerco al ordenador y lo miro de reojo, con cierto asco, y más de una vez me he sorprendido diciéndome, hijo de puta, cabrón, deja que mis dedos violen tu teclado para uso y disfrute de mis vómitos más internos. Y entonces, además del asco que me doy una vez escuchado mi propia voz, me miro en un hipotético espejo y me sincero conmigo mismo, pero vamos a ver, ¿a quién cojones le interesa que yo pierda el tiempo en pajearme mentalmente para cubrir este par de folios? Y claro, y me sigo contestando como solemos hacer todos los absurdamente engreídos, los soberbios enfermizos, los frustrados intelectuales, los idiotas que pensamos que el mundo debería girar entorno a nuestras ideas y que la gente no las conozca o no las comparta es un claro ejemplo de esta mierda de país (ponga usted cualquier país que en todos los sitios se piensa de igual forma) y que de esta manera no se va a ninguna parte en la cultura de este pueblo. Lo que nunca pensamos es que los que realmente no va a ninguna parte somos los cuatro mamarrachos con vocación indefinida, o mejor dicho con ansias de vivir de este absurdo cuento intelectual, y el no va más de la payasada general es que pretendemos que se nos pague por plasmar las imbecilidades que de repente se nos aparecen en forma de realidad onírica o estúpida, ¡qué más da, si todo es lo mismo!
Y para muestra, pásese usted estos días por el salón ese de Arco y verá que lo que le digo es un verdad como un templo. El día menos pensado alguno de estos “creadores” va a vomitar en un orinal, lo titulará Sociedad en decadencia y unos cuantos idiotas lo catalogarán de genial y le darán el premio al artista idiota (esto lo digo yo) del año y yo no pararé de reírme y a la vez de llorar por las imbecilidades que nos tenemos que tragar de unos cuantos cenutrios que dicen que su arte necesita más apoyo de las instituciones. Y como soy como soy, lo diré a los cuatro vientos y entonces vendrán unos cuantos intelectualoides a decirme que soy puto ignorante (¡vaya novedad!), y que no entiendo lo que el artista quería plasmar. Pero dentro de mi, -y aquí entra la vanidad envuelta de verdadera ignorancia- seguro que pensaré que todo eso es una mierda y que el verdadero arte es el que unos cuantos de nosotros realizamos diariamente desde el anonimato más absoluto, sin cobrar un duro y ni pedir subvención (aunque estoy convencido de que pronto llegará algún iluminado que buscará lucrarse de estos excrementos mentales que se escriben en forma de blogs!), sin que admitamos nunca que la mayoría de nuestros textos nunca soportarían la más mínima criba intelectual.

Comprenderá que si esto es lo que pienso de mí, pues no tenga ganas de escribir nada o casi nada, y es que en estos días o me sale todo de corrido y sin pensar ni corregir, o yo paso de trabajarme un texto para que la red se lo coma con patatas y no tenga ni siquiera la educación de brindarme un buen eructo. Según mi amigo Arturo, ese es el verdadero camino de la genialidad, el momento en el que el autor, agobiado por sus propias frustraciones, es capaz de escribir hacia adelante sin pausa que lo justifique, el sublime instante en el que todo lo que le salga de dentro vendrá en estado puro, porque no se ha parado a pensar, porque no ha dejado que su mente se contamine, y así, sin correcciones y sin frenos, dejando libre a la mente, es como sale lo esencial del ser, el sorprendente camino de la genialidad. Y yo, inconstante y manipulable como nadie, pues le hago caso y claro lo único que le surge a mi mente son cosas como tetas, coños y culos, y al releerme, me entra un no sé qué, aquí mismamente debajo del esternón, y una angustia social a que me tilden de cerdo salido y libidinoso del tres al cuarto, pajillero profesional y masturbador reprimido, que borro todas las tetas, los coños y los culos y me pongo a escribir cuatro malas frases manídas, dos mentiras calculadas y una pátina de misterio que nunca es tal, para envolver un amor o mejor dicho, un desamor con aire de película en blanco y negro, y me miento diciéndome que todo vale con tal de que mi intelecto salga libre del pecado crítico de los que me puedan llegar a leer y quieran hacer un ejercicio (masoquista, mire por donde se mire) de intentar comprenderme.
Y entonces es cuando aparece usted, D. Jose Luís, entonces es cuando usted aparece con una fuerza, un poderío, una claridad mental de tal magnitud, que leo cualquiera de sus metáforas sublimes y me digo, mierda, justamente esa era la que yo quería escribir, y entonces me deprimo hasta la extenuación, y borro y anulo todo lo escrito. Me pasa lo mismo si pongo una canción de Van Morrison, y al escuchar el primero de sus alaridos acompasado de armoniosa belleza, me digo, mierda, justo así es como a mí me hubiese gustado cantar. Ni que decir tengo si lo que me pongo a escuchar es a mi abuelo, lo primero que mi mente me dice es: mierda, justo así es como yo quería ser, es como yo debería hablar, es como yo debería sentir. Al final me doy cuenta de que mi vida está llena de una gran cantidad de “justos asís” envidiosos y rencorosos.
En resumidas cuentas, uno se queda consigo mismo, y se tiene que conformar como es, pero no se crea, muchas veces también pataleo y me enfado y entonces como remate final me digo, mierda, justo soy como no querría ser. Y por eso el único refugio posible que encuentra mi ánimo atropellado son otra vez sus escritos, y me siento como un polluelo al que le ha pillado la lluvia y busca desesperadamente el calor de su mamá. Parezco unas simples manos frías con necesidad de su lumbre para poder acariciar, soy, y me duele admitirlo, un puto inconstante con necesidad de respirar sus frases para poder sentirse un poquito vivo. Y es que a veces, mi querido y admirado Don Jose Luís, uno se ve tan patético, tan triste, tan tétrico y lúgubre, que hasta me miento diciéndome que la barriga que tengo me da personalidad. Mi madre, que en esto de ser persona sabe mucho, una vez me dijo que por mucho que salte, nunca llegaré a la altura del metro cincuenta de mi abuelo. Hasta ahora nunca la había entendido y siempre suspiraba por que entrase en mí la elegante y errática fantasía con la que rodean a los genios iconoclastas.
En fin, que hoy tampoco escribiré ninguna idea genial, que esta carta sólo es un resquebrajo de tripas, una solemne estupidez, un poco más de sal en mi herida, y sólo espero que un día las musas me encuentren trabajando en un texto y me regalen algo del que usted se sienta orgulloso, mientras tanto, por favor siga usted regalándome trocitos de su cielo, suculento maná para mis adentros que me permitan seguir respirando.

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12 Enero 2006

Cartas a Alvite. Mi desidia

Estimado D. José Luís:

Estos días ando con el ánimo un poco dividido. Por una parte estoy contento porque usted ha vuelto a escribir con la rotundidad de siempre, con la inteligencia desbordante que no sólo se le presume sino que usted hace gala de ella por cada uno de sus renglones, y con la tenue luz de un crepitar de sueños en mis retinas cada vez que lo leo; es más, le diría incluso que hasta cuando usted no tiene ganas de escribir le salen seis o siete frases dignas de derretir la mayor de las murallas del ingenio locuaz, conozco a muchos escritores que matarían para que al mes pudiesen escribir solamente una de esas perlas que a usted le caen de la boca cuando simplemente la abre para tomarse un trago de su gin-tonic. Pero no se preocupe que no será esta una carta de constante exaltación a su ego, ni a usted le hará gracia ni a mi me saldría con sinceridad, lo que realmente venía a decirle es que tengo el ánimo divido, muy dividido, porque mientras disfruto nuevamente con sus escritos, dentro de mí me encuentro apático, aburrido, triste, cansado, con ganas de nada, con lastre en mi conocido andar cansino, con la mirada perdida –a no ser que vea un buen culo por la calle-, con desidioso padecer del tiempo en mis carnes y con las tristezas abordándome el alma y forzando alegrías a ritmo de boleros lentos y desgarrados. No me apetece nada, absolutamente nada, me aburro solamente con pensar en levantarme de la cama y me dan ganas de mandar todo y a todos a paseo, y es que yo, mi querido D. José Luís, soy de los que se activa con la actividad, de los que le va la intranquilidad, la vorágine sentimental, soy un masoquista del corazón, un ansioso gozador de momentos mágicos. Disfruto más cuando robo minutos que cuando los tengo todos, y ahora que estoy en unos días de espera, me tiro por cada rincón de la casa aguardando encontrar algo que me despierte ligeramente las meninges, que catalice alguno de los sentimientos que sé que tengo, que aceleren el desasosiego para matarlo de una vez, que me motive aunque sea para cambiarme ligeramente la expresión, pero caigo como un bellaco en todos los vicios que usted conoce y que yo por estas lindes no me permito el lujo de citar, compréndame, puede haber niños leyéndonos.

Es cierto que dispongo de más tiempo libre del que soy capaz de administrar, y lejos de contentarme –como haría la mayoría- a mí me lleva por el camino del mayor de los tedios y fastidios. Intento leer, y me aburro a la cuarta página, y me digo que leer es una pérdida de tiempo, que no vale absolutamente para nada, que las letras son monótonas y aburridas y que la mayoría de las palabras irritan mis ojos como si en vez de lentillas me pusiese chinchetas. Así que me pongo un pantalón corto y me digo que me voy a hacer unos cuantos kilómetros por el monte, a ver si así suelto la adrenalina que dice mi amigo Pablo que a él le sobra, pero a los trescientos metros me vuelvo para casa porque me invento un dolor aquí en el costado que no me deja ni respirar, y me acuerdo que en mis últimos análisis de sangre no se citaba por ningún lado un exceso de adrenalina. Como última salida intento trabajar y sólo pensarlo me entra una disnea tan grande que tengo que sentarme rápidamente en el sillón a riesgo de padecer un ataque cardíaco o algo peor. En la cartelera no hay ni una sola película que me alimente el ánimo y no me apetece ver por quinta vez esta semana Historias de Philadelphia, por mucho que me guste le Hepburn hablándole a la Luna. La guitarra y el piano ayer me hicieron un corte de mangas, así que durante unos días es mejor que no vuelva a tocarlos, que yo los conozco. Me tiro entonces a la escritura, pensando y creyendo que será mi única tabla de salvación, pero sabiendo de antemano que este es el peor de los estados posibles para intentar escribir algo medianamente digerible. Aún así insisto pero la realidad me supera y sólo me salen historias planas, banalidades indecisas, enredos sin enredar, o sea, una puta mierda que borro antes de empezar a escribirlas. Hasta mi amiga Elena, alguien a quien usted no conoce pero que yo le puedo asegurar que es de ese tipo de mujeres que solamente imaginarla se le encienden a uno las algarabías internas desde las sensitivas hasta las hormonales, se me ha enfadado porque ve que yo me estoy desentusiasmando con ella y ella, claro, me responde desentusiasmando conmigo, y es lógico y yo no la critico, pero es que me resulta tan difícil explicarle que a mí, a veces, hasta el mínimo montículo en el horizonte se convierte en la mayor de las montañas del planeta, soy de esos seres repugnantes que viven la vida sin ninguna ambición, uno de esos individuos que nunca saldrá en un telediario a no ser que alguien me dispare al lado de un famoso y le salpique con mi sangre, uno de esos mequetrefes que se rinden antes de comenzar, un mamarracho que -aunque me duela admitirlo, porque ya me gustaría a mi ser un compendio de virtudes-, cuando veo lo alta que está la cima, me siento a que se me pasen las ganas de subirla. Y es que mi querido y admirado D. José Luís, yo no soy nada ambicioso, si por mí fuese la humanidad se hubiese quedado parada en su evolución hace muchos miles de años y seguiríamos todos en taparrabos con la única intención de comer y follar -¿cambiamos mucho?-, no tengo el mínimo sentimiento de lucha interna por superarme, no conozco nada que me apeteciese hacer o ser, no me motiva nada que no sea pasar un rato con un café y un periódico, una caña –que nunca es una- con los amigos, o el sonido apoteósico de la voz de Van Morrison cantándome al oído Moondance, mientras mis pies sueñan con sacarla a bailar y mis manos con poderla tocar ese punto en donde la cintura invita al placer.

Café?

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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