Categoría: El día que dejé que me dejaras
2 Marzo 2006
El día que dejé que me dejaras, blandí mi corazón contra las cuerdas de una prisión. Apagué la televisión y me tumbé a oscuras en el sillón. Tenía hambre, todo el día igual. Los silentes nervios me creaban ansiedad despertándome un apetito voraz. Aún tenía el bocadillo de salchichas a medio camino entre el intestino delgado y el grueso, pero lo que realmente me apetecía era un buen plato de lacón con grelos. Pensé en levantarme del sillón y repasar por quinta vez la nevera para ver si la teoría de la generación espontánea era verídica, pero sabía que todo iba a seguir igual, así que permanecí tirado e impasible en el sofá una vez más. A veces el mundo sigue andando con tanta tranquilidad que desespera, todo transcurre exactamente igual, a un ritmo cansino y repetitivo, con la misma parsimonia con la que crecen los cactus, como el andar de un caracol, todo funciona como si nada ocurriese de verdad, como si hoy no fuese distinto a ayer, pero para mí, en aquel momento todo fluía rápidamente, la catarsis de mi espíritu se mezclaba con el sin sabor de tu huida, o de tu partida, o de aquella forma tan poco sutil por mi parte de despedirme, impasible, con la guitarra, en silencio y a oscuras.
Mi madre me decía que siempre fui muy vago, que para levantarme de la cama tardaba dios y ayuda. Mis amigos me esperaban en la puerta de la casa y yo corría a ellos con un balón debajo del brazo. A veces la cartera pesaba tanto que no podía levantarla del suelo. Mi madre nunca me ponía un bocadillo para el recreo, así que yo jugaba y jugaba hasta que se mezclaba el sudor de mi cabeza con el polvo áspero y seco del improvisado campo de fútbol. ¿Por qué nunca pensamos en tener hijos? A ambos nos gustaban, pero nunca lo hablamos. Cada vez que venía a casa tu hermana con tu sobrino, nos quedábamos mirándolo con extrañeza y después nos cruzábamos una mirada llena de dudas e interrogaciones que aplastaban cualquier intento de diálogo. Quizás teníamos miedo al pensamiento del otro, a una posible duda; las capas de silencio con las que nos solemos cubrir atrapan la tristeza e inmovilizan la sinceridad.
Cada día que pasa en nuestras vidas solemos tener más miedo a desnudarnos delante de los que más nos conocen, igual no somos tal y como ellos creen. A veces guardamos la sinceridad detrás del derecho a la intimidad, y creamos mentiras protectoras con el único fin de no hacer daño a la persona amada, sin embargo lo único que conseguimos es agrandar el espacio que nos separa, y así se termina cenando en un restaurante sin decir ni palabra. ¿Te acuerdas aquella primera cena? El restaurante era de los caros. Me invitaste sin complejos y cenamos canelones con almejas en trufa francesa y lubina al vapor de hierbas aromáticas. A mi abuelo le gustaba mucho ir a pescar y a mí ir con él. Un año me sacó la licencia. Al río no vamos que es muy peligroso, mejor iremos al muelle de Marín. Papá cuida del niño, no te vaya a caer. Mamá, no te preocupes que yo sé nadar muy bien. Mi abuelo me dejaba sacar la miñoca del cesto, venía mezclada entre las algas y yo las buscaba y las engarzarba al anzuelo, después él, la lanzaba lo más lejos posible. La lubina que nos pusieron aquella noche estaba deliciosa, se deshacía en la boca y me sabía y olía a mar. Salsa de erizos y grelos confitados para acompañar. Menuda mezcla. Los profesores nos llamaban con una campanilla y nos poníamos todos en fila para volver a entrar en clase, si te salías de ella te caía una buena hostia. Yo subía a toda prisa, con el balón pegado a mi cuerpo, poniendo cara de bueno cuando la mirada inquisitiva de un profesor aparecía midiendo la distancia entre nosotros. Tú me mirabas con tus ojos de pestañas tobogán, con las manos entrelazadas y apoyabas el mentón sobre ellas. Y yo, mientras cenaba, hablaba y hablaba sin parar. De repente, sin motivo aparente, la sangre se me heló cuando vi tus ojos totalmente humedecidos. Estabas a punto de llorar. ¿Qué te pasa? Nunca, prométeme que nunca seremos una de esas parejas que cenan sin hablarse, que comen a toda prisa y se van; prométeme que tampoco hablaremos de trabajo, ni estaremos viendo la tele, y que el único silencio que exista sea el que aprovechemos para besarnos. Prométeme que antes de caer en esa maldita rutina, nos dejaremos. Mi abuelo ponía las dos cañas enganchadas en las piedras y me mandaba vigilar la punta. Fíjate bien, si ves que se mueven, es que han picado. Vale, abuelo, me fijo. Durante el primer minuto, al mínimo movimiento yo ya imaginaba que habíamos pescado un tiburón. Abuelo, se mueve, se mueve. Que no, hombre, eso es el viento, tiene que moverse mucho más. Después me aburría de tanta monótona vigilia y empezaba mi bombardeo de preguntas.
Abuelo ¿a ti quién te enseñó a pescar? Nadie, yo iba viendo como hacían los otros. ¿Y te gusta? Claro, si no fuese así no vendría a la pesca. ¿Siempre hacemos lo que nos gusta? No, no siempre hacemos lo que nos gusta, por desgracia muchas veces hacemos lo que algunos dicen que debemos hacer. ¿Por qué? Ah, pues no lo sé, pero lo que está claro es que lo hacemos todos. ¿Y tú? ¿Yo qué? ¿Tú también haces lo que no te gusta? Pues sí, tristemente sí. ¿Y te gusta? No siempre o mejor dicho, casi nunca. Abuelo, pues cuando yo sea mayor, haré siempre lo que me gusta. Creo que pican, fíjate bien. Nunca supe como lo hacía, pero en su caña siempre venían lubinas y en la mía anguilas. Un día compré anguilas e hice una empanada como hacía mi abuela. No te gustó. La dejaste toda y se la tuvimos que dar a los perros del vecino. Aquel día los perros maullaron.
El día me había vencido. Había jugado con mis sentidos, con mis recuerdos, con mis pasiones. ¿Qué podía hacer ahora? Estaba tirado en el sillón, tenía una mentirosa hambre y en la casa reinaba un profuso y espeso silencio. Todo era silencio. Angustioso silencio. Me voy a dar una vuelta, no aguanto más. Afuera seguía lloviendo, y la noche, prematura invitada del mes de noviembre, había entrado con tanta fuerza en la ciudad que la cubrió con una indecorosa tristeza invernal. No sabía que hora era, tampoco me importaba, sólo me apetecía salir a la calle y mojarme a la lluvia. Por fin me levanté del sofá y fui al armario a coger mi gabardina. Abróchate bien, no vayas a coger frío, y cuida de tu hermana que siempre la dejas abandonada por culpa del dichoso fútbol. Que sí, mamá que yo cuido de ella. Abrí el armario y mientras buscaba la gabardina, de repente apareció un halo misterioso que me envolvió y me sumió en un profundo éxtasis. Temblé. Sudé. La piel se me puso de gallina. Me faltaba aire, no podía respirar bien. Tu aroma, tu sempiterno aroma, salió del armario y empezó a acorralar todos mis sentidos despertando cada uno de mis miedos más íntimos. Te acaba de encontrar. Por fin apareciste. Estabas allí, entre mi ropa, con mi abrigo y mis camisas, con mis pantalones y mis zapatos. Te podía ver, estaba temblando. Angustiado fui hacia el salón, y miré hacia los lados, confundido, aturdido, agarrándome la cabeza intentando razonar mientras negaba la evidencia. No puede ser. Pero también te encontré allí, entre los cojines del sillón, entre los archivos de mi trabajo, entre mis libros, entre los cuadros, entre mis discos. Entré en la cocina, y sentada en un taburete, estabas entre las tarteras, entre sartenes, entre vasos, entre platos; y en el baño, entre mis colonias, entre mi desodorante, entre las toallas; y en la ducha entre el agua cayéndote por la espalda e invitándome a entrar. Corrí hacia el dormitorio, poseído, enloquecido, y casi me muero al descubrir que también estabas allí, entre las sábanas, entre las mantas, entre mi ropa interior, dentro de mí, estabas dentro de mí. Lo comprendí. De repente lo comprendí todo. Até la gabardina fuertemente a mi cintura y salí a la calle. Corrí como un poseso en tu búsqueda, pero no sabía hacía donde debía correr, no sabía en donde podías estar. Pregunté a Gema si habías estado tomando café, llamé al piso de Luisa y Benigno por si te habías dejado caer por su casa, pasé por el restaurante de Arturo !en algún sitio tenías que haber comido! Busqué entre los bares que frecuentábamos, corriendo de un lado hacia el otro como un desequilibrado, como un demente. Nadie te había visto, nadie sabía nada de ti. Entonces pensé en tus padres, claro, esta claro, está en casa de sus padres, pero no me atreví a ir, así que les llamé por teléfono, pero nadie descolgó. ¿Y en casa de tu hermana? ¿Estarías en casa de tu hermana? Aurelio, por favor, dime que esta ahí. Cálmate, hombre, cálmate. Sí, sí estoy calmado, pero dime, ¿está ahí? No, no está, ya se ha ido ¿Cómo que se ha ido? ¿a dónde se ha ido? No lo sé, no nos lo dijo, solamente dijo que se quería marchar una temporada, creo que hablaba en serio. Mierda, pero dime, dio alguna pista, os dijo a donde pensaba ir. No, no dijo nada. Me estás mintiendo. No, no te estoy mintiendo, te estoy diciendo la verdad. Me estás mintiendo, eres un cabrón, no me lo quieres decir, ¿por qué me lo quieres ocultar? Mírate al espejo, y pregúntate de verdad quien es el cabrón, no cargues ahora tus culpas sobre los que no tenemos nada que ver.
Una solitaria calle. La lluvia me había empapado de arriba a bajo. No tenía fuerzas, aún me temblaban las piernas. La noche lo cubría todo, había vaciado la ciudad y sólamente había dejado, en el medio de la calle, un macetero con una pequeña palmera. Me senté en él. Todo se mezclaba. Todo había terminado. De mi pelo caían gotas que iban acompañando a mis lágrimas por mi cara. Así descubrí el sabor envenenado de las lágrimas del desamor mezcladas con la lluvia de noviembre. Nunca más te volvería a sentir, nunca más.
El día que dejé que me dejaras entendí lo que significaba la palabra eternidad.
servido por ignacio
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27 Enero 2006
El día que dejé que me dejaras me preparé un bocadillo de salchichas para merendar. Se agolpaban los recuerdos en mi memoria a ritmo de martillazos. Para beber un café con leche condensada y sacarina. La miserable melancolía con su constante tiranía me recordó que la peor de las nostalgias era recordar lo que nunca habíamos vivido. Aparté la guitarra y me tiré en el sillón. Afuera seguía lloviendo. La Hepburn rompía los palos de golf con un gesto de rabia delante de la cara perpleja de Cary Grant, y él, enfadado, le ponía la mano en la cara y la empujaba hacia atrás. Espero que hoy no lo denuncien por malos tratos con carácter retroactivo. Nos gustaba esa película y a mí me gustaba mucho la Hepburn porque tenía una belleza repleta de esperanzas, tenía un encanto tan provocador que cada vez que la veo me produce la sensación de que en cualquier momento puede aparecer por mi puerta y pedirme fuego; ella es de ese tipo de mujeres que emanaba la extraña sensación de que todavía no es tarde para enamorarse de ti. Katherine Hepburn siempre se parece a la vecina de enfrente que se acaba de mudar, a la nueva compañera de trabajo en la que sueñas todos los días o la hija que ayuda al frutero de la esquina. Como no tenía queso en lonchas, le puse queso de untar al bocadillo. A ti te gustaba más Cary Grant que James Stewart, porque era un falso patoso, y a James Stewart siempre lo veías sentado en la silla de La ventana indiscreta atado a unos prismáticos; que guapa estaba Grace Nelly, parecía de mentira, parecía de cristal. Cary Grant daba la sensación de que siempre se iba a caer, que podía incluso chocar con todos los muebles a la vez, pero después iba sorteando cada uno de los obstáculos con la elegancia de un gentleman inglés y la gracia de un bailarín de ballet. Un día iremos a Philadelphia, me decías envuelta en la manta del sillón y con la cabeza apoyada en mis piernas, buscaremos esa casa o una parecida y acabaremos casándonos en su jardín. ¿Te quieres casar conmigo? Y yo, callado, mientras miraba los finos labios de la Hepburn, te acariciaba el pelo y me acordaba de la obsesión que tenía mi madre con mi pelo y los piojos. Si yo me rascaba la cabeza lo más mínimo, ella aparecía como un águila depredadora en busca del insecto chupador. En ese momento me di cuenta que el queso de untar del bocadillo es de la marca Philadelphia, mira tú, como la película. Mi madre rastreaba centímetro a centímetro alrededor de mi cabeza como los indios de las películas de vaqueros. Mamáááááá, que no tengo piojos. ¡Que me dejes ver, que no me fío! Tú ponías tu cabeza encima de mis piernas y yo te acariciaba la cara muy suavemente, entonces a ti se te iban cerrando los ojitos a la vez que se dibujaba una pequeña sonrisa mientras te ibas quedando dormida en mi regazo. Yo me quedaba mirando para ti, y ese era el momento más dulce de nuestra relación, el momento en que me daba cuenta de lo feliz que era contigo, de lo mucho que te quería. En ese instante me decía a mi mismo que podría morir por ti. Yo a ti nunca te lo dije, pero una vez mientras te acariciaba, lloré de felicidad y dos de mis lágrimas fueron a caer justo en tu pelo. Creo que en ese momento te dije que te quería.
Mi madre había comprado un peine de hueso con millones y millones de púas a ambos lados, y aprovechaba el mínimo instante que me viera distraído, para peinarme con fuerza y sin pausa en busca del piojo perdido. No se frenaba ante nada, no se andaba con remilgos o miramientos a mis continuas muestras de dolor. No te acerques a los niños, y no te pegues a sus cabezas, seguro que más de uno tiene la cabeza infectada de piojos. Ayyyy, jo mamá, que me duele la cabeza, no me peines tan fuerte. Estate quieto, ¿quieres qué te corten el pelo al cero?, déjate de tonterías y venga vamos a lavar la cabeza otra vez con el ZZ que estoy viendo brillar las liendres. ¿Qué són las liendres? Los huevos de los piojos. ¡Qué asco! ¿y yo tengo liendres? Seguro. Seguro que Katherine Hepburn nunca tuvo ni piojos ni liendres. Bebía la pelirroja con James Stewart a la luz de la Luna. Yo bebía el café con el bocadillo de salchichas y el queso de untar Philadelphia. El periodista pobre y la alegre chica rica. De repente se cruzan las miradas y se quedan enganchados a los ojos y se besan. Me gusta mucho la Hepburn, me gusta como fuma. Tú fumabas como ella, con la elegancia natural de quien nació con un cigarrillo en la mano. Lo primero que hacías cuando abrías un paquete nuevo de tabaco, era sacar un cigarrillo, darle la vuelta, y volver a meterlo en su sitio. Ese era el último que te fumabas. Nunca te pregunté por qué lo hacías. Tampoco me lo dirías. Yo no sé ni coger un cigarro en la mano, lo cojo con asco, como si oliese mal, como las bolsas de la basura. De pequeño cuando mis amigos empezaron a fumar yo prefería comerme bocadillos sin parar, ahí cogí la afición por los bocadillos de salchichas y una incipiente barriga que no paró de crecer en mi vida. Es increíble lo que la piel da de si. Fue lo primero que supe cocinar, salchichas fritas. Venían en botes de cristal que mi madre aprovechaba para no sé qué, pero que te echaba una bronca de mil pares como se te ocurriese tirarlo a la basura. En mi casa nunca faltó de nada, pero tampoco sobró. Todo se aprovechaba. Mi madre era capaz de hacer croquetas con los restos de las uñas de los pies. Aún no se había inventado el plástico, o por lo menos aún no había aparecido en mi casa, y yo no recuerdo verlo anunciado en la Telefunken de mis abuelos, por lo tanto para mí eso no existía, así que las salchichas siempre en botes de cristal. Katherine Hepburn sucumbe de nuevo al amor de su ex marido. Ruth Hussey, la periodista, respira aliviada cuando comprueba que la rica heredera deja en paz al chico del que ella está totalmente enamorada. Cada oveja con su pareja. Veíamos muchas películas. Siempre de las antiguas porque eran las que a mí más me gustaban. Cuando te quedabas dormida respirabas profundamente, respirabas paz, y yo siempre me quedaba mirándote. Mi padre comía las salchichas crudas como si fuesen espárragos y entonces mi madre le reñía y yo me reía mucho, y él decía que ya venían cocidas que no había problemas y me guiñaba un ojo. Aprendí a encender la cocina, echar un poquito de aceite y dorar las salchichas un día que tenía hambre y mi madre no estaba en casa. No me acuerdo los años que tenía, pero de lo que sí me acuerdo es que tenía hambre. Se aprende mucho cuando se tiene hambre, sobre todo se aprende a buscar comida. Con los sentimientos es distinto, los sueles tener cuando te faltan con quien compartirlos y nunca aprendes a encontrarlos cuando realmente los necesitas. ¿Te acuerdas de las cenas que te preparaba con huevos fritos, arroz blanco y dos salchichas? Es curioso, me estoy comiéndome un bocadillo de salchichas, la Hepburn se está casando en una casa en donde todo desborda lujo, y a mí no se me ocurre otra cosa que acordarme de ti cuando le echabas la salsa de tomate encima del arroz, cortabas las salchichas en trocitos, lo mezclabas todo con los huevos fritos y después de comerlo te tumbabas en el sillón acurrucándote en mi regazo mientras veíamos otra película y justo antes de quedarte dormida me preguntabas: ¿te quieres casar conmigo?. Y yo te acariciaba el pelo. Y tú sonreías.
servido por ignacio
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23 Diciembre 2005
El día que dejé que me dejaras sólo el silencio despidió nuestras miradas. Cerraste la puerta muy despacio, como temiendo molestar. Yo murmuraba una canción. La menor. Re menor. Era muy temprano y a ti no te gustaba hacer ruido. Nada de gritos. Todo estaba hablado. Me quedé tirado en el sillón con la guitarra entre las manos. Sol mayor. Do mayor. Empecé a entonar pero no me acordaba que canción era. Mis padres me habían regalado una guitarra española y un manual para tocarla. Siempre busqué fortuna en los mismos sitios en donde después la fui perdiendo. Lógico. La cruda realidad y la falta de tenacidad y de ambición me fueron despertando poco a poco de todos mis sueños. Más lógica. Eran las siete y media de la mañana. Habías pedido un taxi. Esta vez no querías que yo te acompañase al aeropuerto. No me gustan las despedidas en sitios públicos, y como te conozco no quiero que me montes el numerito delante de todos. Llevabas una pequeña maleta de mano y entonces me acordé de las bolsas de agua caliente que mi madre me ponía en la cama para dormir. Vigila el agua y antes de que hierva apaga el fuego. Coge el embudo y un paño para agarrar el cazo del agua caliente. Fa mayor. Si menor. Me está saliendo, me está saliendo, !ah, claro! Fly me to the moon. La goma quemaba tanto que mis pies se iban chamuscando mientras avanzaba el interminable invierno. Me quedaban amarillos. Tirado en el sillón, agarraba la guitarra como única tabla de salvación. Eso es, enciérrate en tu silencio, agárrate a esa mierda de guitarra y no hagas nada, como siempre. Sé que lo pensaste. No la miré a los ojos porque la mirada se me había enganchado a un cuadro de la pared que estaba torcido. Antes de ponerle el tapón a la bolsa, quítale el aire que si no puede reventarte en la cama, y no quiero problemas. Apriétalo bien fuerte. Tengamos la fiesta en paz. Mi madre siempre decía eso, tengamos la fiesta en paz. Mi padre cambiaba a propósito la frase y cuando después de comer se iba a dormir, me decía: “tengamos la siesta en paz”. Lo desperté tantas veces a las tres y media, que aunque me mandase que lo despertara a otra hora yo siempre le decía que eran las tres y media.
Te fuiste muy despacio. Un simple click. Muchas veces pensé que hubiese preferido oir un sonoro portazo. Algo fuerte y turbador. ¡Me gustan tanto las excusas! Después vinieron las bolsas de agua caliente recubiertas de una especie de franela que protegía los pies de las quemaduras, aunque mi madre ya las había inventado mucho antes cuando las envolvía en un viejo trapo de cocina. Yo sólo asomaba la nariz de entre las mantas, y éstas pesaban tanto que solamente pensar que me tenía que girar en cama ya me cansaba. Mi mayor. La menor. Ya está, ya la tengo. Fly me to the moon, and let me play among the stars. Sentado en el sofá, mientras mis dedos buscaban los acordes, mis ojos iban repasando cada uno de los detalles que la casa había guardado de los dos. Un Papa Noel de Ámsterdam. Un yembé de Estambul. Las láminas que comprábamos en cada país que visitábamos y que después nunca enmarcábamos: el puente de Carlos de Praga, el barrio latino de París, los derviches de Konya, una palma hacia el cielo, otra palma hacia el infierno y a girar, a girar, a girar. Dos fotos de los dos. Sólo dos fotos en blanco y negro. Fa mayor y Si menor. Eso es. Let me see what spring is like. Mi mayor. La menor. on Jupiter and Mars. En la primera estabas subida a un caballo y yo sujetaba las riendas con la mano izquierda. La otra era en la boda de tu sobrina, los dos guapísimos, que es como decías tú que estábamos. Días después, en un arrebato de furia y rabia descontrolada, tiré todos nuestros recuerdos mientras maldecía tu nombre, mientras maldecía el día en que te conocí. Creo que no hace falta decirte que de paso, lloré. No había escuchado tus tacones andando hacia el ascensor, así que me imaginé que te habías quedado con la espalda apoyada en la puerta y los ojos cerrados, escuchando como yo estaba cantando una de nuestras canciones. ¡Qué mal bailas!. Sí, pero le pongo mucho sentimiento. Anda agárrame un poco más fuerte, tonto, que no me vas a lastimar. Sol mayor. Do mayor. In other words hold my hand. La menor. Sol mayor. In other words. Fa mayor. Do mayor. darling kiss me. Y te besaba. Y me besabas. Y nos besábamos. Cada vez yo iba cantando más alto, tenía claro que tú estabas al otro lado de la puerta escuchándome. Yo estaba dejando que tu te fueses, pero a la vez te quería retener. Tú me estabas dejando, pero a la vez no te querías marchar. La menor. Re menor. Fill my life with song. Sol mayor. Do mayor. and let me sing for evermore. De repente todo el salón se quedó preso de mi canción. Todo el mundo caía sobre mis dedos, sobre mi guitarra y sobre mi voz. Me creía Sinatra. Sabía que estabas al otro lado de la puerta esperando a que yo fuese a buscarte, como tantas y tantas veces había hecho. Fa mayor. Si menor. You are all I hope for. Mi mayor. La menor. all I worship and adore. Solo tenía que haberme levantado del sillón. Avanzar unos cuantos pasos, abrir la puerta y mirarte a los ojos. Sólo tenía que haber hecho eso y estas letras nunca hubiesen existido. Sé que estuviste esperándome pero también sé que yo no me moví. Después escuché el sonido de tus tacones. Al principio llevabas un ritmo muy cansino, pero después aceleraste. Llamaste al ascensor. Sol mayor. Do mayor. In other words please be true. Entraste en él. La menor. Sol mayor. In other words. Fa mayor. Do mayor. I love you. Y te fuiste.
servido por ignacio
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13 Diciembre 2005
El día que dejé que me dejaras una pátina de tristeza invadió mi rostro. Sabía que era lo mejor. Yo también lo deseaba. Nada venidero podría mejorar el pasado. Tendríamos que dejarnos porque ya era imposible querernos más. Eso me mentía yo. Eso no me lo dijiste tú. Preferiste mentar a alguien que te hizo mejor persona y pedías perdón con silencio, que es la forma que tienen los cobardes de pedir perdón. Con silencio. Mi madre me mandaba callar en misa y yo iba porque me gustaba cantar a grito pelado. Yo tengo un gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma y en mi ser alegría y gloria a Dios. Si estas Navidades nos toca la lotería le daremos unos millones a D. Manuel para que termine la iglesia, estas obras van a acabar con él. Yo crecí con la necesidad imperiosa de que nos tocara la lotería para D. Manuel. No entendía como Dios nos podía fallar en eso. Después me di cuenta de que dios siempre aparece a destiempo. Mi abuelo iba a misa con el reloj en la mano y cada minuto que pasaba de los treinta, sacaba de sus entrañas un continuo toser que sonaba a toque de queda al cura. Deberías dejar de fumar, te sienta fatal la nicotina en los pulmones. Cuando cogías mi guitarra y pasabas de Do a Sol, tardabas una eternidad y rasgabas peor que mal. Y yo me reía. Paso de fregar, paso de limpiar los baños, paso de recoger los pocillos del café de Pablo. Subo al coche y pongo el CD con lo mejor de Mocedades que ayer me bajé del emule. Me voy a casa de mis abuelos. Año 1973. Telefunken en blanco y negro. Juan Carlos Calderón y Eres tú, de Mocedades. Yo cantaba con mi madre y rezaba para que Amaya no se equivocara, ni para que no desafinara, decía mi madre. Eso, decía yo sin saber que era lo de desafinar. Como una promesa, eres tú, eres túúúúúú.
A mis abuelos les encanta que vaya afeitado, pero yo sólo me afeito los lunes. Hoy es lunes, así que estarán contentos de verme. Mi abuela me agarra la cara con los dedos entumecidos y retorcidos de la artrosis. Me enseña los juanetes. Cada día es más pequeña, cada día me tengo que agachar más. Tu y yo hacíamos el amor en cada rincón. Encima de tu moto, en el suelo de la cocina, sobre aquel billar, por delante y por detrás de los sillones, en las escaleras que llevan a tu dormitorio. Yo me ponía de rodillas y apretaba mi cara a tu vientre. Mis manos te agarraban con tanta fuerza que nunca entendí como algún día no te quedaste pegada a mí. ¡Qué milagro, ¿queres un cafeciño?. Sí, claro. Sabe distinto, sabe muy distinto. El café en casa de mis abuelos siempre sabe distinto. Tú en cambio me sabías a melocotón con nata y a peras con vino. Quiero que me comas hasta que me muera en ti. Como una mañana de veraaaaaaano. Como una sonrisa, eres tú, así, así eres tú. Está un poco nerviosa, pero vamos bien. Ahora mis abuelos ya no tienen la Telefunken, y todo se ve en color. Sin embargo mi niñez la recupero a golpes de fotografías en blanco y negro. Mi abuelo mata el tiempo haciendo crucigramas y mira de reojo cada reacción de mi abuela. Mi abuela me pregunta una y otra vez por ti. Le caíste bien. Debiste despedirte de ella, aunque no se iba a acordar. Toda mi esperanza eres tú, eres túúúúú. Como lluvia fresca en mis maaaaaanos. A veces le vienen ataques de lucidez y se pone a llorar. No quiero dar trabajo, no quiero dar trabajo. ¡Qué bien está cantando, pero que voz tiene Amaya!. Mi abuelo sigue hirviendo la leche. Abuelo, ahora no hace falta hervirla que ya viene uperisada. Tú, déjame a mí, déjame a mí que yo sé muy bien lo que me hago. La leche siempre se quería salir a borbotones por el cazo. Nacho, vigila la leche que no se salga, que después es muy difícil limpiarla de la cocina. No te preocupes si lleva nata, te la cuelo. No, abuelo, si a mi me da igual. Que no, que no, que te la cuelo. Mi madre colaba la leche y cogía la nata para los bizcochos. Después me mandaba fregar el colador. No lo soportaba. Nunca soporté los grumitos de la nata enganchados a los agujeritos del colador. En casa no había presión en el agua, así que yo lo limpiaba con el scot-brite en las manos y una mueca de asco en la cara. Un día me dijiste que si te podía lavar el colador que no lo soportabas. No te dije nada, pero mi corazón dió un vuelco. Te miré tan fuerte a los ojos que en medio de la cocina te desnudé, te amé tan dentro de ti que ni siquiera mi oíste respirar. Tú me enseñaste a disfrutar del segundo anterior a un beso, y yo me quedé prendado del lunar que tienes al lado de tu ojo, ahora sólo él vive en mí. Venga, Amaya, ahora viene el gorgorito final, no falles que este año ganamos, seguro que ganamos. Amaya no falló. Yo tampoco te fallé, pero a igual que España, quedé segundo.
servido por ignacio
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1 Diciembre 2005
El día que dejé que me dejaras, vino Pablo a tomar café. A mi me olía a pollo cocido en toda la casa y me daban fuertes y repugnantes arcadas. O limpio la cocina y los baños o me voy al cine. Quizás me vaya al cine. Ojalá pusiesen una película en blanco y negro, una de Fritz Lang: aceite hirviendo sobre la cara de Gloria Grahame. Me olías a libertad. Reconozco una ciudad según me huela. A ojos cerrados. Tu aroma se lo sabe mi memoria de memoria. Hace tiempo que no voy a casa de mis abuelos. Barcelona sólo me huele a tu colonia.
Mi abuelo le echa siempre una cucharadita de achicoria al café, dice que así le sabe mejor. Pablo, esta vez va en serio, esta vez se va de verdad. Bueno, no es la primera vez que me dices esto. Pero esta es la definitiva. La primera vez nos hicimos los fuertes, y nos despedimos de la cama en una cama. Yo lloraba, tú no parabas de hablar. Anímate, tienes tu vida, tienes tantas cosas por las que merece la pena vivir. ¡Qué forma de mentirnos!. Cada día tengo más claro que en la vida sólo somos lo que nos quieren, no hay más, el resto son sólo mentiras. Tengo todos los productos de limpieza del mundo: limpiacristales, limpiabaños, limpiasuelos, limpiaazulejos, limpiamuebles, limpiafregaderos…así que creo que me voy a pasar la tarde limpiando la cocina y los baños, paso de ir al cine. Tendría que ir a casa de mis padres o a casa de mis abuelos, hace ya bastante tiempo que no los veo. Pablo no para de hablar, intenta animarme exagerando nuestras aventuras pasadas. Sonrío pero no lo escucho. Siempre igual. No sé porque le llamé. Yo nunca me follé a esa que él dice. Mayonesa en los pezones. Me alimentaba de ti. El día que se mueran mis padres me arrepentiré por la cantidad de prisas que poblaron mi vida. Nunca tengo tiempo para estar con ellos. Me miento. Mi madre mataba gallinas en Navidad. Las agarraba entre las piernas y yo me ponía detrás de ella para sujetarle las patas. A mi madre no, a las gallinas. ¿Qué dices?. No, nada, hablaba sólo. Agarra bien fuerte y que no me arañe con las uñas. Sí mamá. Agarraba las patas y cerraba los ojos muy fuerte. Mi madre les doblaba el cuello, y con el cuchillo más grande de la cocina, les daba un tajo largo y profundo, los desangraba en un par de minutos. Después llenaba una pequeña taza blanca de desayuno con la sangre del pollo. Ahora cuando veo a un pollo me huele a sangre fresca. Santiago me huele a incienso con humedad. En cambio el café en casa de mis abuelos huele distinto, y sabe exactamente igual a cuando yo tenía diez años. Le echan la leche caliente. Yo prefiero la leche fría. Pienso en tu cuerpo frío, en tu cuerpo caliente. Lo describo con mis manos a ritmo frenético aterciopelado. El amor es voluntario, la pasión no. Número 29. Anónimo. Inevitable. ¿Cuánto tiempo hace que no le doy un beso a mi padre? . Un simple beso. Estoy pensando que hoy no voy a limpiar ni la cocina ni los baños. Así que Pablo se calle me voy a casa de mis abuelos. Va a llegar la Navidad. A lo mejor este año me toca a mí matar el pollo. Mi ropa todavía huele a ti y Pablo no para de hablar.
servido por ignacio
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22 Noviembre 2005
El día que dejé que me dejaras pensé en la sinceridad como derecho. ¿Quién tiene derecho a ser sincero? Tu y yo, eso creía. Ahora pienso que no. Llegué a casa y puse la lavadora. Me miré en el espejo como me había quedado el corte de pelo y como siempre lo desaprobé. Cogí la tijera de limpiar el pescado e igualé lo que yo siempre creo mal cortado. El día menos pensado me voy a pagar a mí. La cesta de la ropa tarda mucho en llenarse, así que también meto en la lavadora el bañador y la toalla de la piscina: para que hagan bulto. Me gusta echar mucho suavizante, para que las toallas huelan bien. Me gusta olerlas como hace la señora del anuncio. Ummmm! . De mayor quiero ser el osito de Mimosín. Mi abuela lavaba en el lavadero comunal y llevaba la ropa en una enorme tina que sujetaba con la cabeza. A las sábanas les echaba azulete, que era una especie de suavizante-lejía pero sin el olor de ésta. Mi madre dice que al llegar la primavera se ponía la ropa al clareo: se tiraba encima de la hierba (la ropa, no mi madre) para que todo e mundo viese que en nuestros armarios había sábanas nuevas. De Portugal, ¿no, mamá?. Y a ti que te importa!. El aceite que sea de oliva, antes sólo era de girasol, porque el de oliva era muy caro. Siempre había una lata de 5 litros que nos regalaban en Navidad. Un día hicimos el amor encima de la lavadora. Funcionando. Te hacía cosquillas en el culo. Nos reímos mucho juntos. Creo que lloramos mucho más, o por lo menos ahora así me lo parece. Mañana seguro que no. Antes de colgar la ropa en el tendal, lavé las pescadillas, las salé y las puse ordenadamente en un plato. A veces me da la sensación de que se me quedan mirando implorando compasión. Señor, señor no me fría. Debería echarle tres en uno a estas viejas poleas del tendal. Aquella mañana cuando encendí el ordenador y vi tu nombre en la primera lista del correo, ya sabía lo que me ibas a decir, ya sabía que esta vez te irías por siempre jamás. Después de tantos puntos seguidos, llego el punto final. No me dolió que no me lo dijeras a la cara, o por teléfono. El ordenador y sus letras nos habían unido, era lógico que él nos separara. Además escribiendo te da la oportunidad para corregir, pero tu no corregiste nada. No tengo dignidad. Mi abuelo lo dejaron abandonado en el hospicio, hijo de la flojedad, hijo del olvido. Sus compañeros siempre fueron sus hermanos. Pero que ruido hacen estas poleas!. Nunca tuvo una caricia de su madre cuando estaba enfermo, ni su padre le hizo un barquito de papel. Mi padre me hacía barquitos de papel con el periódico y mi abuelo me hacía las casas del nacimiento con las cajas de corcho de azafrán. Vete a junto el sr. Julio y pídele las cajas del azafrán y de paso compra una barra de pan y dos bolsas de leche, decía mi madre. Mi abuelo y yo le robábamos los alfileres a mi madre y así uníamos los trocitos de corcho con ellos para hacer unas preciosas casitas para el nacimiento, aunque después resultaba que los pastores eran más grandes que las casas. Si no rescatas ni la sombra, podías haberme mentido una vez más y dejar que se muriese lo que ya estaba irremediablemente enfermo. No te creas valiente y decidida por haber matado a un agonizante. Tampoco te vistas de falsa humanidad. Para comprobar si el aceite está lo suficientemente caliente, hay que introducir una cuchara de madera y ver si a su alrededor hacen burbujitas. !Qué tontería!. Que no, que es cierto. ¿La cuchara entera?. No seas bruto, hombre, sólo la puntita del mango. Echo los canónigos en una fuente. Corto por la mitad 7 u 8 tomatitos. Exprimo medio limón y mezclo todo. Añado tacos de queso fresco. Aceite y un poco de albahaca. De nuestro pasado no rescato ni la sombra. Yo no te pedí tanta sinceridad, joder!. Podías haberte ido sin dar semejante portazo o, ¿es que lo necesitabas?. ¿Por qué necesitabas demostrar que me odiabas, que me habías olvidado, que yo en ti era simplemente una mala y vieja historia? ¿a quien se lo tenías que demostrar?. ¿a ti? Venga, no me vengas con ese tipo de frases. Respuesta fallida. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii . Nada iba a cambiar, sin el portazo, digo. ¿Se puede cambiar con 32 años?.
Eso es lo que te dices a ti. Eso es como me mientes.
servido por ignacio
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17 Noviembre 2005
El día que dejé que me dejaras repasé cada uno de tus lunares. Lunar de al lado del ombligo. Insinuante. Tu cuerpo era moreno con aspecto dorado. Nos desnudamos en la playa. Yo boca abajo. Te reías y me acariciabas con tus uñas paseando por mi espalda. En la sauna hace mucho calor. Tengo que lavar bien las pescadillas y encajar bien la cola en sus dientes sino después se abren en la sartén. Enharinarlas bien y freírlas en aceite de oliva muy caliente. El de oliva es muy caro pero estas navidades nos regalaron una lata de 5 litros, pero sólo lo usaremos para las ensaladas, entendido?. ¿Compraste la barra de pan y la leche?. Tumbado en un asiento de madera miro para el techo también de madera. Sauna finlandesa. Las familias finlandesas la comparten, o eso dicen. Yo no me veo aquí en pelotas con mis abuelos y mis padres. A lo mejor con mis hijos sí, pero con mis padres no. Nunca vi a mis padres desnudos. No soy capaz de imaginármelos haciendo el amor. Sin embargo aquí estoy yo y ahora estoy totalmente desnudo y me toco sin miedo y sin pudor. Sudo. Me toco. Tu abuelo tocaba el acordeón y tú bailabas, pero sólo ibas a tu pueblo en verano. Y en Navidad. Castilla seca. Castilla amarilla. Castilla entró en mi el día que descubrí la sobriedad de su belleza. Y tú estabas a mi lado. Me enseñaste tu pueblín. Y entonces lo vi claro. Entendí tu alma. Entendí Castilla. Juro que la entendí. Lunar al lado de tu comisura labial izquierda. Provocador. Tu lengua no lo tocaba. La mía sí. En la playa nos miraban. Tu mano se dejaba caer por mi espalda y llegaba a mi culo, me abrías las piernas y yo me dejaba hacer. Tus ojos se reían y salían destellos de maldad. Deshazme en amor. 70º y subiendo. Si me quedo aquí encerrado, ¿Cuánto aguantaría antes de morir? ¿moriría delgado?. Sudo mucho. Me voy a desintegrar. Mi madre me compraba las botas dos números más para que me durasen para el año siguiente. Después la realidad era otra bien distinta. Las rompía por las patadas al balón y casi nunca aguantaban enteras el invierno. Al año siguiente otros dos números más. Así hasta el infinito. Mi infancia son dos números más en los pies, por eso ahora cuando ando arrastro los pies y todos dicen que soy un vago. Soy muy vago. No, no soy vago, soy cansino. Lunar detrás de la oreja. Ese te pertenece a ti, sólo a ti -me decías-, y te apartabas el pelo y me lo regalabas. El día que murió tu abuelo no llegaste al entierro. Lloraste en mi hombro. Aún no nos conocíamos pero ya sabíamos que uno era para el otro. No sabíamos como éramos pero ya nos amábamos. Yo marcaba muchos goles y siempre dormía con el balón, pero nunca llegué a nada así que no hay anécdota que contar a los periódicos. Nadie narrara mi biografía. Siempre hablan los mismos, los que se eligen triunfadores. ¿Quiénes se acuerdan de los que pierden?. Por eso ahora soy vago, ya sé que no llegaré a nada, así que no me esfuerzo. León. La catedral. Barrio húmedo. Te voy a llevar a comer a unas bodegas las mejores mollejas del mundo. Me ponías las manos en tus alas de ilion y te empujabas hacía mi, y entonces eran mis manos las que resbalaban por tu culo. Flaca, no me mires así, que te conozco. En la playa casi nos echan por escándalo púbico. Te echo una carrera nadando. Te ganaré con un solo brazo. Hacías trampas, pero aún así yo te ganaba. En la ducha el agua me caía muy caliente y creo que hubo un momento en que no pensé en nada. Tenía los ojos cerrados y la botella de gel en la mano. Tulipán negro. Me vestí con los dedos arrugados de tanta agua. Me costó abotonarme la camisa. Lunar del interior de tu muslo derecho. Bésalo. Bésalo. Si me afeitase ahora sería más fácil, y es que tengo mucha barba, pero seguro que si me corto no pararé de sangrar y eso es porque los poros están abiertos. Me imagino un poro que se abre. ¿Cuánto se puede abrir un poro? ¿Será como un volcán?. Paso. Me seguiré dejando barba. A lo mejor no pensé en nada cuando me estaba duchando, y si pensé no me acuerdo, aunque casi nunca me acuerdo de lo que pienso. Lunar de detrás de la rodilla izquierda. Camino de la perfección. Tenías un jersey naranja que te ponías con los vaqueros gastados. Andabas marcando los pasos y me mostrabas el culo. Las cuestas de Sanabria son muy empinadas pero tú las hacías más. Sé que te tengo que dejar, pero eres un capricho muy grande. Una vez nos deshicimos en amor en el callejón de delante de tu casa y al terminar, te agarraste a mi cuello y te pusiste a llorar.
¿Qué te pasa?. Nada, creo que soy féliz.
servido por ignacio
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16 Noviembre 2005
400 metros. 100 nadar normal, 100 pies, 100 brazos y 100 punto muerto. Cuando acabes otros 400 estilos. A tu ritmo pero sin parar, eh!. Y no hagas trampas que te vigilo!
El día que dejé que me dejaras me sentí feliz por ti. Mientras nadaba miraba los azulejos azules del fondo de la piscina. No quiero pensar, solo nadar. A mitad de la piscina veo que le faltan 6 ó 7 gresites azules en el fondo. Brazo derecho, brazo izquierdo. Mi abuelo y sus bronquitis. Una de estas me manda para el otro barrio. Mi abuela sin embargo ya perdió la cabeza y me pregunta cuatro veces seguidas por mi hermana. ¡Dale fuerte a las piernas que no te mueves!. Mi madre sigue cosiendo con la misma máquina Refrey de toda la vida. El día que le puso un motor fue un acontecimiento familiar. Los domingos mi padre le ayudaba a hacer reglas de 3 para las oposiciones. Mi hermana y yo andábamos en bicicleta y yo no entendía como mi madre no entendía. No quiero pensar en nada, por eso nado. Ella me enseñó las perspectivas en una pared de hotel. Estábamos desnudos, tirados en la cama, me enseñó como moviendo el punto de vista, la visión de la pared cambia totalmente: mira el espejo y ahora dime como ves la lámpara; mira la ventana y dime como ves el espejo. Todo cambia según al punto en donde fijes la mirada. Ahora aplícalo a la vida como quieras. No quiero pensar. La piscina me tendría que relajar. La mente tendría que quedarme en blanco. ¿Cómo se piensa en nada?. ¿Cómo se queda uno en blanco?. Yo no sé. Yo no puedo. Veo las pescadillas que acabo de comprar nadando a mi vera, verita, vera. Te gustaban las coplas y cuando subías a tu padre al coche, siempre le ponías El emigrante de Juanito Valderrama. Y entonces él lloraba, y tú y yo también lloramos mucho, sobre todo cuando decidíamos que esto tenía que acabar. Amores prohibidos. Amores imposibles. Con mi madre cantaba canciones de Sergio y Estíbaliz. Yo hacía de Estíbaliz. Te cantaba con mi guitarra después de deshacernos en amor, porque tú y yo nunca follamos, nunca hicimos el amor, tu y yo nos deshacíamos en amor. Te excitaba que te hablara al oído. ¿Por qué destruiste mi guitarra?. No quiero pensar. Si me excito con este bañador se me va a notar y yo soy muy vergonzoso. Me duele la espalda cuando nado a mariposa. ¿Por qué le llamaran a este estilo mariposa?.
Ahora repaso cada una de las prendas que dejaste en mi casa: un jersey negro, los vaqueros rotos que tanto me gustaban, el sujetador de encaje que compramos juntos. Nado, nado, nado, no quiero pensar. ¿Qué voy a hacer con esa ropa?. Igual se la doy a la iglesia. Que les den por culo a los curas. Se lo daré a mi sobrina. Respiro por la izquierda. Respiro por la derecha. Tres largos más a braza y me voy para la sauna. Me tengo que evadir de tus recuerdos. Aprenderé a no pensarte. Imagínate que estás sentado en una playa vacía. La playa de tu infancia. La tienes ahí, a menos de 5 km de tu casa. Huele a pinos. Huele a hamacas y bocadillo de Nocilla. Huele a las manos de mi madre echándome Nivea por la espalda. El balón azul de letras blancas. Mi padre buceaba mucho. Cogía aire y buceaba y buceaba y buceaba. Voy a bucear paso de la braza. ¿Te acuerdas en la bañera de tu casa?. Poníamos música de Leonard Cohen, que no canta, sólo insinúa y susurra. Nos sentábamos en la espuma. Tu espalda en mi pecho. Mis manos en tus pechos. Tu pelo goteaba en mis hombros. Mis piernas envolvían las tuyas. Hablábamos a susurros e insinuaciones, como Cohen. Y yo buceaba en ti. Y después tú buceabas en mí. Nunca nos mentimos, todo a la cara, ni cuando dolía. Y dolió mucho. Por eso dejé que me dejarás. Sabía que ese era el primer paso para que fueses feliz. Bésame una vez más. Bésame mil veces. Bésame, por favor. Bésame, como sólo tú sabes hacerlo. Bésame. Bésame. Bésame.
servido por ignacio
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