Hoy es viernes y como todos los viernes, vendrá Adolfo, mi hermano menor. Está estudiando en Santiago. Dice que quiere ser periodista. La verdad es que nunca tuvimos una relación muy estrecha, tampoco es que nos llevásemos mal. Quizás mis padres pusieron demasiados años entre nosotros dos, quizás mis camisas cuando les tocaba heredarlas a él ya habían pasado de moda. Hoy haré huevos escalfados, mi madre siempre nos los hacía con guisantes y patatas guisadas. Adolfo nunca me endiosó, que es como mandan los cánones que se debe tratar a un hermano mayor, y yo, la verdad, es que nunca lo defendí ante situaciones adversas, que es como se debe tratar a un hermano pequeño. Mi padre, en cambio, siempre nos trató por igual. En eso tampoco hizo distinciones. ¿Vas a hacer huevos escalfados? Sí, hoy viene Adolfo. Nunca te saldrán como a tu madre. Cuando hablaba de mi madre yo nunca lo miraba a la cara y él no aguantaba mucho tiempo mi presencia a su lado.
Adolfo y yo nunca hablamos mucho, ni yo de mí, ni él de si. Desde pequeño él vivió la imprenta mucho más intensamente que yo, siempre pensé que acabaría trabajando en ella. Aún no levantaba un palmo del suelo y ya venía con mi padre a abrir antes de irse para el colegio, y por la tarde, cuando regresaba de clase, se sentaba a hacer los deberes en la mesa que tenía mi padre al lado de la ventana, la que después resultó ser la preferida de Quim. Empieza la temporada de grelos, podías hacer una empanada de grelos con chorizo. Pero no dices que no te gusta lo que cocino. Tu eres idiota, hijo, pero idiota del todo.
Mi hermano lee mucho y también escribe. Un día me puse a leer uno de aquellos cuadernos que él iba dejando a medio escribir por cualquier rincón de casa. Me encontré con unas cuantas poesías baratas de amor, y una especie de cuento en donde se imaginaba a todos los clientes del Madia Leva como seres mitológicos: todos y cada uno de los habituales tenían su correspondencia en el Olimpo de los dioses: Alfredo, el padre de Fredy, su mejor amigo, y dos jarras de medio litro de cerveza al día, era Saturno, tan grande y dominante como su figura, pero no más grande que Ven su Júpiter particular. Para mi hermano, Ven era su ídolo, su héroe, su hermano mayor. Ven entró en el Madia un día a última hora, cuando al pasar por la calle escuchó a Van Morrison cantando Someone like you. Tenía los ojos enrojecidos y la camisa ajada. Se acercó a la barra, me miró a los ojos y me pidió que por favor le pusiese otra vez la misma canción. En ese momento Adolfo le invitó a una cerveza y se ganó a un amigo. Yo le puse la canción y me gané un cliente. A veces no hay que dar lo que te piden y sí lo que necesitan.
Me extrañó que en su cuento yo también apareciese. Para mi hermano yo era Marte y he de reconocer que me disgustó. Sandra, la continua novia y ex-novia de Guillermo Cancela, y de la cual yo siempre sospeché que mi hermano estaba un poquito enamorado, era su Venus particular. Ahora Sandra ya no frecuenta mucho el Madia. Antes siempre venía a deshora y dejaba caer su fino cuerpo con gesto cansino y apagado esperando que llegase Guillermo. A Guillermo Cancela le encantaba emborracharse con música de Dylan y Sandra siempre odió al judío de Minesota. Cosas de las parejas. Discutían mucho, y lo solían hacer tanto en privado como en público. El Madia les aguantó varias discusiones que solían acabar con Sandra marchándose entre lágrimas y Guillermo pidiendo otra pinta de Guiness. Al día siguiente Guillermo no venía, ni al otro, ni al siguiente, pero pasados tres o cuatro días, ambos volvían a aparecer enganchados de la mano y tan felices como el primer día y entonces uno pensaba que era tonto por preocuparse sin motivo y listo por saber no meterse en líos de dos.
Los siguientes días a leer el cuaderno de mi hermano, me dediqué a vigilar a Sandra cada vez que entraba en el bar. Quería encontrar las miradas perdidas de Adolfo, quería descubrir alguna mirada de enamorado, algún desliz sentimental, pero no fui capaz, no pude ni siquiera intuir la más mínima insinuación por parte de mi hermano, ni un titubeo, ni un pequeño lapso, ni un traspiés. He de reconocer que en el fondo me hubiese gustado descubrir la aventurilla onanista de mi hermano, y más cuando la diana de sus sentimientos era Sandra, una mujer de un gran amigo, cierto, pero una mujer a la que no se podía discutir su atractivo y su encnanto. Solamente tuvo la desgracia de estar equivocadamente enamorada de Guillermo, un buen tipo que odiaba los huevos escalfados con guisantes
servido por ignacio
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Aquí todo lo que sucede es verdad, aunque nada merezca la pena ser recordado. Sigue lloviendo sin parar. Antes de abrir la puerta, me apoyé en el quicio y me fumé un cigarro muy despacio, el primero de la mañana. Observaba como la lluvia iba formando grandes charcos en toda la plaza, como empapaba las fachadas, como lo cubría todo con su gris aburrimiento. Quim hubiese fumado este cigarrillo conmigo. Se sentaría en el escalón inferior de la puerta y me acompañaría con un perfecto silencio, como hacía siempre. Me acuerdo mucho de él. Me acuerdo cuando éramos pequeños y en esta misma plaza los bancos de piedra eran las porterías de fútbol, las naranjas verdes de los árboles improvisadas pelotas, y la plaza nuestro continuo deambular por una infancia llena de goles, sudores y patadas. ¡Quien nos iba a decir que al final acabásemos así!
Antes de que me diese tiempo a terminar el pitillo, observé a lo lejos la figura de mi padre parapetado en su paraguas. Andaba tranquilo, sosegado, sin importarle en donde metía los zapatos pero resguardando los periódicos de la lluvia como si le fuese la vida en ello. Desde lejos me saludó con un leve movimiento de barbilla. Me imagino que tenía puestas muchas ilusiones en mí y por eso no le hizo gracia que acabase detrás de la barra de un bar. ¿Qué cojones haces en la puerta, no ves que te estás mojando? Veía llover, veía como andabas, cada vez caminas más despacio. Y entonces me volvió a mirar con esa cara de desgana y derrota mientras iba arrastrando sus años por cada centímetro de mi rostro. Vete a tomar por culo y abre la puerta de una puta vez que me estoy empapando.
La gente que se deja caer por el Madia Leva es normal, yo diría que es muy normal, es tan normal que muchas veces hasta se olvidan de pagar la última cerveza. Mi padre se enfada mucho conmigo y me dice que soy tonto por no decirles nada. Los clientes de verdad siempre pagan aunque sea a destiempo, y los que no pagan no son clientes, así que a éstos lo mejor que puedo hacer es dejar que se vayan por donde vinieron. ¿Para que compraste tantos huevos de codorniz? Voy a caramelizarlos, mezclarlos con mousse de chorizo y presentarlos dentro de patatas cocidas previamente vaciadas por ti. ¡Qué tontería, dios mío, pero que tonterías haces! ¿Cuándo vas a hacer comida de verdad? Quin se reía mucho con mi padre, se pasaban el día hablando de fútbol y de mujeres. De joven yo discutía con mi padre por casi todo, ni siquiera hacía falta que abriese la boca para que yo me opusiese. Era muy vehemente. Me encantaba discutir. Subía mi tono hasta apabullar, criticaba por criticar. Buscaba siempre una oportunidad para poder humillar, para poder vencer y si esta victoria era en público, mejor. Con el tiempo me fui dando cuenta de muchas de mis equivocaciones, las formas me hicieron perder muchas razones. Ahora prefiero escucharlo, oír como se expresa, como argumenta y sobre todo como se encoleriza con los políticos locales cuando se pone a leer el diario: estos cabrones van a joder la ciudad, no tienen puta idea de nada, sólo están ahí para chupar. Y yo me río, aunque no dejo que él me vea.
Laura me decía que si ahora no me enfado tanto con él es porque no quiero gastar el poco tiempo que nos queda juntos en discutir tonterías. Todo se puede interpretar. A veces lo que para mí es disfrute, para otros, entre los que incluyo a mi padre, es una absoluta creencia de que o bien soy un pasota o bien un tonto de remate. Seguramente será esto último o una mezcla de las dos cosas. Algo de razón llevará. Solemos agarrarnos a lo que más nos conviene en cada momento, defendiendo nuestras ideas con planteamientos tan absurdos como engreídos. Lo difícil en esta vida es tener que dar la razón a quien no te gustaría hacerlo. Por eso discutía tanto con mi padre. Pero después todo cambió. Siempre ocurre algo que nos hace cambiar. Cuando menos te lo esperas todo se pinta de gris. Como cuando la lluvía aparece en otoño y cubre toda la plaza. Como cuando Quim me contó todo.
servido por ignacio
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Últimamente estás bastante más serio, más triste, no sé que te pasa, a lo mejor es por este puto bar que ya te empieza a hartar. El que así me habla es mi padre. El nunca aprobó que lo dejase todo para ponerme detrás de una barra. Tanto estudiar para acabar así. Me imagino que siempre le hubiese gustado que su hijo llegase a más. Ayer hice una crema de calabacín, croquetas de conejo a la sanabresa y sushi de pulpo con aceite de soja y pimentón. El postre casi se lo comió todo mi padre, magdalenas de chocolate con helado de puré de castañas. Para no gustarte lo que cocino bien que te lo comes. Esto está bueno, pero ya sabes que prefiero las lentejas y las alubias a esas mierdas que haces tú.
No para de llover. Llueve y llueve y vuelve a llover. Nos van a salir branquias. Tengo clientes que odian la lluvia y a otros en cambio les encanta. Podía hacer una lista de los clientes de sol y clientes de lluvia, bueno, y después están los de siempre, los imprescindibles. 3 kilos de puré de castañas en la cámara, no creo que aguanten mucho tiempo, a ver que se me ocurre hacer con esto, porque la verdad es que no tengo ni idea. Cuando era profesor salía siempre con Sandra y nos íbamos a tomar una cerveza cuando acababan las clases. Nada de vino Carlos, que me emborracho y empiezo a decir tonterías. Seguramente fue en el bar de David, entre cerveza y cerveza jurando Sandra que esta sí que era la última, en donde empecé a darle vueltas a todo esto del bar. Mi padre quería jubilarse, y dejaba un local que estaba francamente bien situado y bien acondicionado. ¿Cuándo vas a hacer boquerones en vinagre, o calamares fritos? Ya han pasado tres años desde el día que abrí y yo mismo me sorprendo. No quería inauguraciones, antes había una imprenta y ahora hay un bar, pero aquel día se llenó de amigos. El nombre no dudé en ponérselo, Madia leva, lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo, desde aquel día en que Esther me lo dijo nada más conocerla. Sandra hizo toda la vajilla, excepto los vasos. Tiene un horno y siempre le gustó trabajar con arcilla. A veces echo de menos a los alumnos pero no la literatura, la odio desde que descubrí todas sus mentiras. Un profesor de literatura que odia la literatura era un mal ejemplo para los alumnos, demasiadas mentiras escritas. Me saturé. Aquí puedo poner la música que me da la gana pero el día empieza y termina con Van Morrison. Él me abre el camino, me lo enseña y al final del día, cierra la puerta con un soplo de aire en el ambiente reemplazándome para el día siguiente. Mi padre, con la excusa de que va a comprar el periódico, no sale de aquí. Nunca pensé que después de todo íbamos a disfrutar tanto uno del otro, aunque él lo niegue. Sólo abro tres horas por la mañana y tres horas por la tarde. Pese a quien pese y pase lo que pase. No hay excepciones, por eso Sandra me hizo un reloj que sólo tiene tres horas, y por eso lo situé entre las dos puertas de entrada. Cuando marca las tres, yo pongo la última de Van, apago casi todas las luces y empiezo a recoger. Así nunca vas a tener dinero; lo único que te salva es que no te cobro el alquiler sino ¡hostias ibas a cerrar a las tres horas! Hoy voy a hacer espuma de callos y tortellinis de grelos con chorizo. Espero que pare de llover, quiero sacar esa crema de castaña de la nevera antes de que mi padre le ponga gelatina. El día que descubrió las hojas de gelatina, las usa para todo, tengo que tener cuidado o las echa en la cerveza y la intenta vender como recién importada de algún país del norte. Mañana es el cumpleaños de ella, pero me imagino que este año tampoco la voy a llamar. A lo mejor mi padre lo sabe, es mucho más listo de lo que dice, a lo mejore es por eso por lo que dice que me ve más triste.
servido por ignacio
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