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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

Categoría: otras

19 Noviembre 2009

Nada es verdad

 

Sabes la realidad de tu vida, la conoces perfectamente, a veces te engañas con ella, necesitas engañarte con ella para darle un poco de lógica a todo esto, darle contenido, darle explicación, una puta mierda cósmica eso es lo que eres, además sabes que existen cosas que soñaste y que tú nunca podrás hacer porque ya sabes que eres el hombre que nunca llegarás a ser, sabes que detrás de un día se esconde tu no existencia, tu no vida, tu sólo efímero recuerdo en las mentes de quien alguna vez te quisieron, el lúgubre y tétrico momento del silencio, el vacío existencial por excelencia, y por eso sabes que no hay situación que merezca la pena ser sufrida, sólo el propio sufrimiento de los tuyos -que no el propio- merece dedicarle las lágrimas de un sentimiento que a veces consideras extraño, sabes que las flores nacen cada día y en los verdes pastos de tu tierra día a día siguen saliendo las vacas a pastar, vacas que nunca son las mismas pero todas nos parecen iguales y cada día sigue naciendo un ternero y en él ves la ternura de la vida cuando alcanza la ubre de la madre y se pone a mamar, no sé por qué mamón es un insulto, también te enterneces con la carrera feliz y despreocupada de un corderillo balando y no sabes que sientes en tu interior cuando eclosiona un huevo y sale de él un pollito y empieza a dar vueltas sobre sí hasta encontrar algo que comer, somos porque comemos, a veces piensas qué pensaran todos esos bichos pero después te los comes sin pensar en el crimen cometido porque sabes que lo que realmente importa no tiene precio, que la mente son conexiones químicas, acetilcolina y algún que otro neurotransmisor más y punto, sinapsis arriba, sinapsis abajo, todos somos iguales, sabes que no hay colores, no hay sabores, no hay urgencias, no hay tensiones, no hay riñas, no hay hambrunas, no hay desesperos, no hay desarraigos, no hay odios, no hay desprecios, no hay horrores, sólo hay lo que somos capaces de provocar con el agravante de que creemos en la importancia de lo que hacemos y nos sentimos más fuertes por hacerlo, y debe ser por eso por lo que se mienten prisas, por lo que vives en mentiras, por lo que mientes caminos a seguir, y como consecuencia mientes a quien te miente y la rueda no para hasta el infinito, que es el finito de tu propia vida, y sabes que detrás del último día ya nada volverá a ser igual y todo quedará en el puesto que ocupaba antaño, las calles que tu paseaste y que creías tuyas seguirán ahí para que otros las sientan igual que tú, y no te reconforta pensarlo, no te alegra lo más mínimo, somos egoístas y queremos única y exclusivamente todo para nosotros, ya sabemos que nuestras vidas no valen nada y que detrás de ellas no viven nada más que un pálpito cardíaco con unas cuántas conexiones neuronales y unos músculos que desobedecen a la voluntad pero debe ser por eso mismo por lo que crees en la propia caducidad de tu vida y te empeñas en sacarle jugo a cada instante, aunque después cada instante te pesa y cada día se sucede sin pena ni gracia en tu calendario, te acuestas con la misma idea que el día anterior, sueñas que un milagro te hará salvar, sueñas que un día podrás hacer lo soñado, pero a la vez sabes que ese día no llegará nunca, pero hasta ese día que no llegará no te resignas a dejar de soñar, y de ese bucle no sales porque no te interesa, necesitas poder soñar aunque sea para poder engañarte, no sabes nada, no tienes idea de nada, sin embargo sabes lo que es el amor con mayúsculas porque lo has vivido, y también sabes que es el sexo porque los has disfrutado, y también sabes que es la pasión porque la has sufrido, y después de todo ello, lo único que te mueve a escribir esto es el saber que estás dispuesto a darlo todo por alguien en quien crees, the only true you know is you, así te sale, como en la canción, así te sientes como cada vez que la escuchas en las voces de esos dos, así merece la pena vivir, piensas mientras tu coche te lleva de un lado para otro buscando lo que sabes que no vas a encontrar, pero alquilándote para poder seguir durmiendo con tranquilidad, aunque en tus manos se cuelgue cada  noche el comisario Maigret en búsqueda de cualquier café de París que le sirva un aguardiente, con su pipa, su sombrero hongo y su gabardina con cuello de piel, y en el fondo te gustaría imaginar que allí estás tú compartiendo con él ese aguardiente, y le das gracia a la imaginación por permitirte vivir lo que nunca vivirás, no hay nada importante, sólo personas, no hay nada por lo que merezca la pena morir, y todo esto lo sabes porque cuando aparcaste el coche, viste a una señora mayor paseando un viejo carro que transportaba un hatillo de leña para sabe dios qué, y mirando para sus ojos, para sus manos, para su andar cansino y humillante, se te dio por escribir todas estas tonterías, y de paso se te dio por pensar que detrás de cada una de nuestras propias preocupaciones vive el único convencimiento de que nada es verdad.

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30 Octubre 2009

Dos incisivos superiores

 

A veces uno se encuentra en la terrible situación de vivir momentos repetidos con la misma angustia y tristeza que la primera vez, con las mismas tesituras que cuando sintió en el bautizo sentimental de lo que los cursis llamamos amor. Uno cree que aprende a educar los sentidos, a controlar las emociones, a sentirse por encima de ciertas situaciones que hace tiempo me hubiesen puesto muy nervioso pero que hoy pensaba superadas por repetidas y por años de experiencia,  sin embargo un mínimo roce de realidad me pone rápidamente en mi sitio para recordarme que no soy otra cosa que un animal de costumbres repetitivo y aburrido, un animal que por mucho que se busque, no se da encontrado. Está claro que en mi oráculo de Delfos, yo no me doy conocido.

 

Ella siempre tuvo los ojos más chispeantes que uno pueda ver en esta vida, cejas que no terminaban nunca, mirada de gata en celo en las noches en que los dos huíamos para encontrarnos y nos buscábamos y nos encontrábamos y agarrábamos la vida por los huevos, pero sobre todo ella tenía dos incisivos superiores que se montaban en su línea media y que yo me empeñaba una y otra vez (y con notable fracaso), en separarlos con mis labios y mi lengua.  Nunca nos dijimos un te quiero porque no tenía sitio, no cabía entre nosotros dos, sin embargo llegamos a sentir experiencias que iban más allá de la propia situación, situaciones que iban más allá de la propia lógica, y lógicas tan sencillas como no decirnos la verdad a la cara o callarnos para no mentir.

 Sin querer uno se distancia hasta de lo que le parece perfecto, sin saber muy bien el porqué los días pasan pero muchas personas van quedando atrás en tu currículo sin que lo merezcan, y así fue como los escuetos mensajes del móvil fueron el único destello de luz en un futuro que poco a poco lo fuimos apagando hasta que hoy se apagó del todo.

 

Hace un par de años a ella le llegó la maternidad y fue así como nuestros encuentros pasaron de ser de una cama a una cafetería, de un revolver de pasiones a una suave caricia en la mejilla,  de tórridas miradas cargadas de pasión a sonrisas medio forzadas, de mi lengua y mis labios intentando separar sus dientes  a un beso delicado y sutil como el de dos amigos,  pero aún en los momentos más tediosos, aún en los momentos más descargados de emociones, aun en los momentos en donde manteníamos la calma con el café de por medio, había algo dentro de nosotros que sabía que si el otro se arrancase, podría surgir la mayor de las tormentas amorosas, la sempiterna latencia de la pasión.

No puedo decir que no nos volvimos a acostar, ni tampoco que resultó mal la experiencia, pero lo cierto es que esa última vez ambos notamos como si un hielo del tamaño de un muro gigante se entrelazara entre nuestras antiguas pasiones. Rendimos en la cama como habíamos hecho siempre pero ambos sentimos que en aquellos forzados abrazos algo nos estaba arrastrando hacia el abismo del olvido, ambos supimos que aquel encuentro sabía a despedida.

 

No me dolió que no me cogiera el teléfono, ni que no contestara a mis mensajes de felicitación por el día de su cumpleaños (nunca me olvidaba porque era el mismo día que el de mi padre), ni siquiera me importó mucho cuando hoy me llamó para decirme (ante mis insistencias), entre risas nerviosas y entrecortadas, que se encontraba perfectamente pero que simplemente no le apetecía saber de mí, bueno, esto último no llegó a decírmelo, hay cosas en la vida que no se le debe decir ni al peor de los enemigos, se llama educación, pero lo cierto es que no le dejé hablar ni yo tampoco hablé mucho (por una vez en mi vida), llámame cuando te apetezca, creo que le dije, vale, creo que me contestó. Sin embargo reconozco que lo que realmente me dolió fue la propia circunstancia vivida, el choque brutal de realidad, la sensación de haber despertado de un sueño que quizás duró demasiado tiempo pero que no por ello resultó muy plácido y pasional, me dolió el propio dolor que sentí cuando colgué el teléfono y empecé a sentir como se me escapaban dos lágrimas sin ningún tipo de suspense ni de control, dos lágrimas que en su rodar llegaron a mis labios y a mi lengua y me recordaron que por mucho que me pese, que por muchas vidas que vuelva a vivir, jamás podré separar con mis besos, aquellos sus dos incisivos superiores.  

Tags: amor

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3 Octubre 2009

De aquellas hostias estos lodos (I)

 

A veces conoces a personas de la manera más tonta y absurda. Otras, es el trabajo que te impulsa al contacto con alguien que sería muy difícil que en tu vida normal coincidieras para compartir un café, son como los cuñados: te vienen impuestos. Lo normal es que entre personas  parecidas, el trabajo fortalezca vínculos, y por el contrario, cuando alguien te cae mal y tienes que trabajar con él, aprovechas cualquier excusa para ponerte en su contra. Somos demasiados complejos en buscar soluciones sencillas y la mayoría de las veces lo último que hacemos es despersonalizar los contextos. A Antonio y a mí nos unió una antigua empresa y un curso de formación en Barcelona. Antes nos habíamos visto un par de veces con la desconfianza que da ver a alguien de la competencia sonriéndote abiertamente mientras te pregunta que tal va todo. El curso de formación duraba dos semanas, y el segundo día yo acabé en la cama de alguien que no pienso mencionar pero que me tuvo entre sus piernas las dos semanas en cuestión (bueno, y mucho más, pero ya digo que eso da para otra historia) sin dejarme dormir no más de un par de horas al día. Ni que decir tiene que fue el curso más perdido de mi vida.

De esa manera surgió entre Antonio y yo la amistad que da la complicidad. Le agradezco la cantidad de veces que me cubrió delante de los jefes ante mis continuas ausencias o impuntualidades. Entre café y café (imprescindible para abrir un poco los párpados) yo le iba medio contando y él escuchando, y ya con unas cervezas, pues los dos nos fuimos contando sin reparos. A los dos años, la vida nos empujó a caminos distintos, pero nunca dejamos de llamarnos con cierta asiduidad. Ayer comimos juntos en un sitio en Santiago que antes era la créme de la créme y últimamente anda bastante decaído. Nos acompañó Manolo, pero este merece un capítulo aparte, o dos, o tres.

Hablamos de todo un poco, pero como padres imbéciles que somos, los hijos entraron a colación cuando yo dije que era absolutamente incapaz de pegarle un azote. Antonio me dijo que él no estaba de acuerdo, que un azote a tiempo es una bendición y que a su hijo pequeño es raro el día que no va para cama con un par de cachetes encima. Me vino a la memoria esas atribuciones que ahora se les quiere dar a los maestros en la escuela, dicen que la ley los tiene que dotar de autoridad, y yo me pregunto como se puede dotar por ley de autoridad, como se impone, donde se puede comprar. Y es que yo tuve profesores que gritaban como energúmenos, que zurraban de lo lindo y que nos castigaban como verdaderos sádicos a los cuales nunca les tuve (ni tendré) el mínimo de los respetos, su supuesta autoridad simplemente era miedo, y por eso sigo brindando con champán cada vez que uno de esos hijos de puta se muere. Fue en el Colegio Nacional Público de Prácticas, Masculino Aneja de Pontevedra . Fueron a finales de los años 70 y principio de los 80, y no fue ni uno, ni dos, ni tres, los que se enzarzaban con niños de 6 a 14 años con saña e instintos depravados...

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2 Octubre 2009

A ver cuanto dura

 

Empecé a escribir este blog por aburrimiento, por que no tenía otra cosa que hacer o porque simplemente me apetecía dejar constancia por escrito de las paridas mentales con las que se me da por matar el tiempo. Por las mismas causas dejé de escribir, sin más. Como no entiendo de casi nada tampoco me entiendo a mí, y aunque pensé varias veces en retornarlo no conseguía alquilar fuerzas que me permitiesen moverme con cierta soltura dentro de la páginita en cuestión y está claro que por lo que me pagan tampoco merecía la pena esforzarse un poquito.

 

Dicen que lo más difícil de escribir es ponerse a ello, que por mucho que uno pasee, observe, piense, recapacite, se concentre, estudie o reflexione como no se sienta delante del papel  nada consigue, o sea, como decía uno de esos sabios que lo saben todo: la inspiración existe pero te tiene que pillar trabajando. Y hete que aquí yo no estoy de acuerdo, me refiero en lo del trabajo porque está claro que soy un vago con pedigrí, un vago vocacional, un vago con avaricia. No estoy a favor del trabajo, no estoy a favor de esa forma de esclavitud con la que la sociedad de bien pensantes me quiere hacer pasar por el aro. Si me siento con papel y lápiz y en vez de ponerme a escribir estas payasadas hago cuentas sobre mi vida económica, me daría cuenta de que estoy perdiendo el precioso tiempo limitado que tengo para vivir en trabajar para poder pagarme las cosas que no necesito para ser feliz. Entre tanto, si me revelo ante esta cruda realidad, corro el riesgo de que me den la espalda la mayoría, que me tilden de antisociable, de antisolidario y de egoísta recalcitrante. Sinceramente, soy un animal social, así que reconozco que me importa lo que los demás piensen de mí, uno no sólo es quien es, sino quien cree que es y además como los demás piensan que eres, negarlo es negar la mayor. Si se mira mi tiempo en clave laboral, está claro que no soy un colmado de virtudes, pero si se mide mi tiempo en clave de actividad, ahí gano por goleada. Hago muchísimas cosas que en términos pecuniarios son un desastre (como dice mi padre, no te sirve para nada, es como hablar gallego) pero que a mí me divierten lo suficiente como para pasar el rato de una manera tranquila y sosegada. Sin más. Escribir fue uno de esos placeres a los que le dedicaba tiempo y dinero (más bien poco, para que negarlo) pero que nunca me han dado un duro aunque es cierto que me han proporcionado otros placeres que no digo por riesgo a ser más pedante de lo que soy.

 

Por otra parte ocurre que a mí todo me cansa, que lo que hoy me parece lo más sublime, al día siguiente me aburre completamente; lo que no conozco me parece perfecto pero lo que empiezo a entender, me cansa sólo con volver a pensarlo; lo que en un principio es un entretenimiento, al cabo de muy poco tiempo se acaba convirtiendo en una pesadez que soy incapaz de soportar.

Como me gusta bastante leer (igualmente de desordenado, empiezo todos los libros con una voracidad impresionante y poco a poco me van aburriendo hasta que miro más para las páginas que me faltan para terminar que las letras con las que están escritas) supuse que hay que ser a lo menos respetuoso con esas mismas letras, así que me imagino que en algún momento debí pensar que escribir por escribir no tenía sentido, además me sigue pareciendo una mala educación para conmigo mismo y mis gustos.

 

Creo que por todo eso dejé de escribir o a lo mejor no, pero creo que por todo eso empiezo hoy de nuevo.

A ver cuanto me dura.

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5 Abril 2009

Sin sentido en el mundo (o el preñe de las vacas)

 

Grande y fértil, la tierra, así se levanta, se ve, tu la puedes tocar, es visible, es palpable, mientras a tu alrededor todo es virtual y yo sigo sin entender en donde cuelgo todo esto que escribo, sigo sin saber a donde va y quien lo guarda, allá al fondo, hay un campesino que se levanta para mirar hacia el horizonte, la vida depende del tiempo, a ti te molesta si llueven los días que coges vacaciones, miro por el retrovisor y veo las hojas nuevas verdes que brotan en los plátanos, en los carballos, en los abedules, una primavera nueva, un año más, un año menos, crees que sabes algo, que tu vida tiene sentido cuando entras en la vorágine de la mentira y la manipulación, resultados y objetivos, dudas entre decir la verdad y ser señalado, o mentir para poder vivir en paz y sin problemas, miento como mecanismo de liberación, como mecanismo de necesidad, como algo que me puede hacer crecer y sobre todo que me evita dejar atrás a los que de verdad me quieren, no soy muy dado a grandes discursos pero suelo ser vehemente en las discusiones, me dicen que soy tan provocador que llego a ser muy maleducado, lo siento, de verdad que lo siento, no es mi intención, no suelo insultar a los que piensan de manera distinta a mí, pero no me gusta que me intente convencer venciendo, debe ser en esos momentos cuando sale lo peor de mí, es cuando mis actitudes rozan la falta de consideración con el que tengo en frente, soy implacable, no me gusto, intentaré cambiar, no me gusto, o a lo mejor ya es tarde para cambiar, a lo mejor lo único que puedo hacer es estar callado, a cierta edad es difícil cambiar, resulta más fácil callar y pensar sin que nadie tenga que saber tus opiniones, a nadie le interesan, los manzanos están en flor, preciosos, después darán unas manzanas bastante malas, para que mentir, aunque mi madre las aprovecha para hacer compota que va muy bien para el estómago, o por lo menos para el estómago de mi padre, que más que estómago es un tanque de fermentación, la barriga de mi padre es una despensa de productos caducados, hoy está acabando el turrón que sobró de navidad, y ahora vendrán las roscas de pascua y las desayunará hasta principios de mayo, como mínimo, sin embargo mi abuelo se cuida más y por eso mi madre le hace la compota con sacarina, que ya es rizar el rizo, entre las esperanzas que aún tengo en la vida habita alguna profesional que nada tiene que ver con el prestigio, sin embargo hay personas que lo ven como una necesidad, el prestigio social, otra vez la vanidad y sus primos, no soy de los que piensa que con el tesón y el esfuerzo se consigue todo, ni en la vida laboral ni mucho menos en la vida particular, para mí (nótese que anticipo el para mí en vez de afirmar sin remisión, mis primeros pasos para el cambio) es una solemne tontería, somos el resultado de múltiples factores siendo la suerte el dios que lo mueve todo, si por dedicación y esfuerzo fuese mis padres o mis abuelos tendrían que haber conseguido en la vida el doble de lo que yo tengo y para mi suerte y su desgracia ellos no tienen ni la mitad, así que nada me puede convencer, yo he decidido disfrutar de la vida de soslayo, mis placeres carnales los fui apartando porque ellos me fueron apartando a mí, para que mentir, hubo épocas en que despertaba con una mujer distinta a la que me había acostado, me creía importante, pero amé todo lo que pude sin dejar un resquicio de sentimiento y salí trasquilado, creció mi cinismo a la vez que perdía la timidez, ahora no echo de menos nada, un gintonic ya me parece un exceso y los libros de Bukowsky los desterré en el trastero, sólo me divierte conocer a gente a la que cuando le pregunto por su pasado no me contesta con títulos académicos ni con ascensos empresariales, sólo me gusta estar con gente que tiene sentido del humor y del honor, gente que se levanta a sabiendas que aquí está de prestado y que no pintamos nada, que la mejor compañía es la que comparte tu plato y tu vaso sin pensar que le puedes contagiar todas las enfermedades venéreas que pueblan por el mundo vírico y bacteriano, gente que aprecio y quiero, gente a la que no me importa explicarles que las vacas para que den leche primero hay que preñarlas.

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28 Marzo 2009

Un vago sin nada que contar.

 

No tengo nada que contar, así que escribo sin ganas, sin pasión, sin necesidad de sentirlo, como un autómata, podría estar durmiendo mientras escribo esto y no se notaría ningún cambio, si tuviese un par de buenos amigos y sobre todo, si follase mucho más de lo que follo seguro que no perdería el tiempo escribiendo estas pijadas, me imagino que de esa manera nadie tendría problemas, con esto no estoy diciendo que cuando no escribo o bien estoy de copas con un amigo o bien follando como un desgraciado, ya quisiera yo, lo que ocurre es que mi vagancia me supera una y otra vez y me dejo ir día sí, día también hasta que los comentarios de Sarah, la dulce Sarah, y de mi amigo Emilio golpean mi conciencia y me obligan a sentarme delante de la puta pantallita en cuestión, pero ya digo, estoy sin ganas y sobre todo sin tema, y digo que podría decir que a mi abuela le acaban de poner un marcapasos con 93 años y ella está empeñada en que Dios se olvidó de ella y no sabe que pinta en este mundo, sólo doy molestias y gastos, estoy pensando que lo de tener un par de buenos amigos no lo dejé claro, digo lo de tener un par de amigos por el hecho de salir de vez en cuando para tomarme unas cañas sin que me pregunten por el trabajo o por mi vida, simplemente por el hecho de ver pasar la vida agarrada a la cintura de cualquier mujer que se te cruce con la mirada y de paso poder tener a ese amigo a golpe de un fraternal abrazo para lo que se necesite, que no es mucho pero es todo, en cambio lo de follar lo digo porque creo que si se follase más se cerrarían la mayoría de consultorios psicológicos de este país, argentinos incluidos, y ya que me pongo a escribir sin ganas y sin temas que contar, me limitaré a decir que antes de ayer me fui a la bodega de Emilio Rojo, un paisano digno de conocer que hace un ribeiro buenísimo y que él tiene los santos huevos de venderlo a más de 30 euros la botella en cualquier restaurante y pobre de ti que el antojo te pille  EEUU porque entonces la gracia te va a salir en 150 dólares, bueno que hace bien, que hace de puta madre y ya digo que estuve dando una vuelta por su tierra y me enseñó su bodega y  me dio a probar la cosecha que embotellará en mayo y ya de paso nos pusimos a hablar de literatura sobre un plato de pulpo que eso en el Carballiño son palabras mayores, aunque a mí lo que me gustó de verdad fue la empanada de chocos, es curioso, coincidíamos en casi todo, tanto en los gustos políticos como en el de la empanada, pero el culmen resultó cuando a los dos se nos embraveció el alma al hablar de nuestro querido y admirado Alvite, y me pidió uno de sus libros y yo creo que debería vencer mi timidez, llamar a D. Jose Luis y pedirle que le firme uno a Emilio, y ya de paso y como imaginar es barato, me imaginé  juntar a los dos un día con un plato de pulpo en el medio y unas cuentas botellas del ribeiro de Emilio para acompañar, y mientras pensaba en todo eso Emilio me hablaba de su viaje por Mejico, y entonces de repente me acordé que le debo un mail a Jaz, que se va a enfadar conmigo por ser tan inconstante, se va a enfadar tanto como Octavia que me recordó que me olvidé del cumpleaños de Elena de Troya, y también me acordé de que le debo una llamada a Antonio que ayer lo dejé a medias, y no sé porque tengo este tipo de conexiones cerebrales pero admito que me las encuentro frecuentemente en los lugares más inverosímiles, bueno, lo cierto es que Antonio me habló de lo mal que lo pasó en los últimos quince días por culpa de su fístula anal, y por eso, después de ver la muerte tan cerca he decidido vivir la vida hasta el límite, me dijo con dos o tres copas entre pecho y espalda a altas horas de la madrugada, la vida es efímera y ese monstruoso grano en el culo me hizo ver la verdadera naturaleza de la condición humana, y te puedo asegurar amigo Nacho, que no somos nada, no somos absolutamente nada y tengo que confesar que después de tener el culo en pompa para medio hospital universitario de Santiago, ya nada podrá ser igual que antes, ahora sólo me queda el disfrute carnal como la muestra más eficaz y definitiva de que la vida es sólo cuestión de sexo. No fui yo quien le interrumpió semejante argumento sino la repentina e inesperada aparición de una voz femenina al otro lado de la línea telefónica que me hizo sospechar que tendría compañía para esa noche. Entre tanto me puse a plantar unas plantas porque esta es la época y como no estaba contento conmigo mismo se me dio por trasplantar unos camelios que casi me rompen el espinazo pero al final han quedado bastante presentables. El pequeño tiene varicela. Si no escribo es por vagancia y sobre todo porque no tengo nada que contar. Bonita primavera.

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3 Marzo 2009

El espacio en blanco

 

Ni siquiera sé si con las verdades puedo y debo andar por la vida con la mirada alta y altiva de quien no le debe nada a nadie y no tiene nada que perder. Por el contrario, nunca sé si la mentira me sirve realmente para poder vivir sin ningún tipo de reserva que me puedan hacer perder el sueño - ¿vale todo con tal de no hacer daño a quien deberías querer?  en las noches en que la luz de la Luna entra por mi ventana y me caricaturiza sin compasión. Nunca sé si todas y cada una de las varias personalidades de las que forman parte de mi todo no tengan razón de vivir por separado y no debieran hacerlo, pero sobre todo nunca sé si debo persistir manteniéndolas en mi vida como quien alimenta un hijo de dos cabezas, cinco bocas e insaciable apetito. A veces pienso que seguramente serán estas letras las únicas que analizadas por un profesional podrán decir algo de mí, de lo que digo y de lo que no digo, de lo que hablo y de lo que callo, de lo que presumo y de lo que carezco, seguramente alguien tuvo razón cuando me dijo que yo escribía como un condenado a muerte en un diván, alguien que tuviese que hablar y hablar sin para porque en caso de hacerlo su vida terminaría. A lo mejor es por eso por lo que mis letras no tienen ningún hilo argumental, o como diría mi amada Elena, lo mejor de tu escritura es cuando no escribes y te pones a vomitar. Creo sinceramente -y a mi edad juro que no caigo en el pecado de la vanidad ni el de la falsa modestia, tan asquerosa y aburrida como el peor de los males- que nada de lo que escribo aguantaría el mínimo juicio crítico de alguien con más de dos dedos de frente como para leer estas payasadas, pero también me reconozco en la escritura, me veo muchas veces reflejado en lo que escribo, y por otra parte y como es lógico, soy el único que es capaz de ver cierto orden en el desorden que aplico en cada uno de estos párrafos, al fin y al cabo todo es como mi vida, desordenada hasta la extenuación pero con un camino en la espesura de la niebla que se vislumbra como elegido, un camino de vivir del que sólo me aparté las veces en los que pensé que amar era morir, y por eso, en la tristeza que provoca el ataque solitario de melancolía, a veces me dejo vencer por las pocas cosas que el pasado ha hecho de mí y me lanzo a un teclado con la misma desgana con la que mañana me levantaré esperando encontrar otras caras en el desayuno, pero no hay solución, no hay remedio, mañana, en concreto, tendré enfrente de mí a unos cuantos imbéciles con sus imbecilidades y a tres o cuatro amigos de los cuales dos lo están pasando bastante mal, todo lo comido por lo servido, ¿como me puedo seguir prostituyendo por un sueldo? Mejor dejemos este tema que me aburre y no quiero aburrir, me da un retortijón en el estómago sólo pensar que estos cenutrios mañana se podrán a hablar de crisis, de ventas y de esas múltiples chorradas que a mí ni me van ni me vienen, pero que por el bien de la salud de mi cuenta corriente no me quedará otro remedio que participar en sus tertulias diciendo alguna que otra frase para que crean que me interesa, que juzguen mi interés como compromiso empresarial y que me dejen en paz un par de años más para poder seguir pagando mis hipotecas puntualmente, pero está claro que no podré seguir engañándolos por más tiempo, cada día esto me quema más y sólo me agarro al clavo ardiendo del día a día disfrutando de un café en solitario cuando me place y poder comer con mis amigos en donde ellos quieran, aunque aquí puedo reconocer que todos los días, de vuelta a casa, cuando cojo el ascensor y marco el número 5, me veo en el espejo de la caja mágica que me evita andar por las escaleras y me veo y no me reconozco, imagínate que hoy ni siquiera me reconocerías tú, porque yo ya no soy nada de aquello que fui, mírame a los ojos y dime si hoy te hubieses enamorado de mí, imposible, atrás han quedado los días salvajes de amor desgarrado, de locura pasional, de frases rotas por las lágrimas, se han enterrado en el legado del pasado nuestros cuerpos sudorosos buscándonos en los rincones por donde nos solíamos encontrar, todo se ha muerto, todo esto es tan pasado que hoy  ni siquiera  me reconozco y llegado a este punto no es que no quiera saber nada de mi pasado, es que ahora soy tan distinto que ni siquiera tiemblo cuando te pienso, hoy ya no moriría por ti, hoy no me hubieses matado tantas veces como me morí en tus brazos, hoy no hubiese destinado mis energías a poder respirar un poquito del aire que acompañaba tu andar como hacía antaño y por eso para ti yo ya no soy yo, lo que queda del mí que tu recuerdas -porque yo sé que por mucho que digas, tú me recuerdas- es sólo la imagen triste, patética y pantomímica de aquel ser que un día te dijo que tarde o temprano me hablarás con la crudeza de quien se arma de odio por todo el amor que ha dado y me mandarías lejos de tu vida porque en ella lo único que hacía era molestar.

Tags: amor

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14 Febrero 2009

Ojos eternos con matemáticas

 

Fueron días buscando, años quizás. No puedo hablar de error porque fueron errores y cuando la repetición es norma acaba convirtiéndose en vicio. La vanidad es un sentimiento muy peligroso y cuidar de ella y sobre todo frenarla se convierte a veces en un ejercicio prácticamente imposible, sobre todo a ciertas edades en las que el ego se mezcla fatal con los flujos hormonales. Esos años de vilipendio no fueron muchos, repito, pero fueron los suficientes como para que me quedaran marcados en algún pliegue de mi carácter, porque yo en aquellos días sólo vivía pensando en la oportunidad de agarrar unas piernas que me acompañaran a la cama más cercana. Como todo posible éxito venía siempre abonado de muchos fracasos pero estos en vez de retraerme, me alimentaban para seguir intentándolo con más fuerza y ganas, y a riesgo de parecer prepotente y arrogante, la realidad es que más temprano que tarde acababa triunfando en los brazos de más de una mujer. Tenía amigos que me jaleaban, que me animaban, que yo creía que me admiraban, y con el paso de los años y con la crudeza que dan los sentimientos analizados en frío, hoy creo que lo único que hicieron de mí fueron utilizarme para mejorar sus propias estadísticas, pero no los juzgo ni culpo, creo que en situaciones parecidas yo hubiese hecho lo mismo, pero bueno, ese ya es otro cantar.

Aunque parezca mentira, de todas aquellas noches no me quedan apenas un par de recuerdos y tres o cuatro teléfonos de unas mujeres que resultaron ser más amigas que amantes. Me enamoré pocas veces, estaba tan convencido de mí que no me permitía el lujo de poner sentimientos en todos aquellos revolcones con los que adorné mis primeros años universitarios. Eran días de sexo, vino y rosas (en realidad eran cervezas y gin-tonics, pero resulta menos poético y menos cinéfilo). Todo era fiesta y despreocupación hasta encontrar a Marisa que años más tarde me cambió la forma de mirar a una mujer.

 

Marisa y yo habíamos coincidido años atrás en unas clases particulares para aquellos que se nos quedaban atrasadas las matemáticas. Ella era buena en lengua y yo en hacer el imbécil. Nos encontrábamos los martes y jueves durante tres o cuatro meses y nunca osé decirle nada impertinente porque a la puerta de la academia siempre le esperaba un novio que tenía más espalda que una pantalla de cine. Marisa era alta, es alta, y tenía, y tiene, unos preciosos ojos negros que continuamente apuntan pero que nunca matan porque son ojos que perfilan el cuerpo de quien miran, ojos lascivos pero a la vez tiernos, ojos melancólicos y tímidos en presencia de los demás pero que encierran pasión en la intimidad más íntima. Tenía pero no tiene, un pelo largo y lacio que con el paso del tiempo se fue acortando y alborotando, y tengo que reconocer que a mí me gusta mucho más ahora que antes,  y no sólo su pelo sino ella entera. Hablaba poco pero me miraba mucho. Cada vez que yo decía una tontería, ella medio reía, así que yo no paraba de decir tonterías (hay cosas que no cambian, o como dicen los sabios: nuestro carácter es nuestro destino) y ella no paraba de medio reír que para mí era un reír a escondidas, un reír prohibido, un reír insinuante, un reír tímido, un reír de permiso concedido o eso era lo que yo pensaba porque, repito, en aquellos años yo era así. No aproveché el tiempo con ella aunque  la profesora sí que lo aprovecho conmigo y por eso aprobé las matemáticas con más pena que gloria pero aprobé y pasé de curso sin ninguna asignatura pendiente para el regocijo de mis padres e incomprensión mía. Me hubiese gustado volver a tener matemáticas en el curso siguiente y volver a suspenderla, evidente, para ver si así el destino académico jugase con nosotros y nos juntara otra vez,  pero el diseño curricular no sabe de amores y menos de los platónicos y así que terminó el curso y ella desapareció de mi vida con las matemáticas.

 

Pasaron los años (mejor no decir cuantos porque ya empiezan a ser demasiados) hasta que una noche nos juntó una cena sin querer, ella con su marido y yo con mi mujer. A esa cena, ella no quería ir y yo sabía que no debía (tenía una aguda gripe intestinal), pero a los dos nos convencieron nuestras respectivas parejas y nunca se lo agradecimos lo suficiente ya que gracias a ellos nos encontramos después de muchos años en un salón abarrotado de gente de nuestra edad. Estaba muchísimo más guapa, no había metido ni un kilo de grasa en su anatomía pero la maternidad de dos hijos le habían dibujado en el rostro un punto de picardía que en la juventud no tenía. Como siempre, le dije un par de tonterías pero esta vez ella no medio sonrió, sino que esta vez me regaló una sonrisa de oreja a oreja. Estás muy guapo, ¿por qué no me llamas un día y tomamos un café?

Hubo café y también hubo un beso, nada más, pero reconozco que me hizo más ilusión que si acabáramos desnudos y sudorosos esperando el sol en la cama de cualquier hotel. ¿Me volverás a llama? No lo sé. No soy infiel por naturaleza simplemente me gustas. ¿Te apetece escaparte conmigo? ¿A donde? No sé, a donde nadie nos encuentre. ¿Y cuando te canses de mí? Regresamos. Eres incorregible. Y me volvió a sonreír.

Tags: amor

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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