Cartas a Alvite. Las lágrimas del olvido (y2)
Le quería comentar que ayer (nada, que no me acostumbro con lo del tuteo), mientras me estaba lavando los dientes por la noche (siempre que me lavo los dientes por la noche lo hago desnudo, ! ya ve, manías!, como la de cortarme los mechones de pelo cuando en el peinar se me revolucionan lateralmente), me miré en el espejo y me dije sin pestañear y mirándome muy fijamente a los ojos: las lágrimas del olvido son siempre peores que las del abandono. Así a secas, sin más. No me sorprendí, porque hace ya bastante tiempo que no suelo hacerlo aunque sea capaz de decir este tipo de frases llenas de sentido, y la repetí un par de veces más para mis adentros, intentándola retener a la vez que analizarla. Reconozco que a veces digo alguna frase que creo ingeniosa, es más, por momentos he llegado a pensar en su
trascendentalidad (uy!, me colé, creo que esta palabra no existe, pero reconozco que me gusta porque suena como un trabalenguas, atención: tras-cen-den-ta-li-dad-, !uf, que difícil, dios que inteligente parezco!), pero cuando con el sosiego la analizo, me doy cuenta que aunque la musiquilla suene bien, la frase es una solemne e inmensa tontería.
Decidí por ello, continuar en mi proceso de higiene bucal antes de ir corriendo en busca de la libreta en donde últimamente suelo apuntar los pensamientos propios -los menos- y los copiados -los más-. Y si tengo que serle sincero, no fui porque por muy buena que fuese la frase (que tampoco era el caso), la proyección de mi propia imagen en mi mente paseándome desnudo por casa con un cepillo de dientes en la boca y la pasta pringándome los labios (Close-up dos sabores) mientras buscaba desesperadamente un bolígrafo (es curioso, tengo un sólo cuaderno que siempre sé en donde está, por contra tengo miles de bolígrafos y nunca encuentro uno cuando más lo necesito) no quedaba bien ni en mi imaginación. Cada día tengo más claro que la ética y la estética comienzan en la mente y a ella vuelven después de haberse dado un paseo por la realidad, pero yo procuro que la vuelta sea siempre con un mínimo de decoro. Así que escogí la opción más cuerda: acabé de cepillarme los dientes lo mejor que pude (lengua incluida, puesto que desde que Ángel me dijo que en su superficie se suelen acumular miles y miles de bacterias, la froto con tanta fuerza que a veces, además de dejármela totalmente enrojecida, me llego a provocar verdaderas arcadas), me sequé con mentirosa tranquilidad y me reí -poquito- al espejo para comprobar que no me faltaba ningún diente (ya digo, mi frotar es muy enérgico). Después llegué al cuaderno sin rubor, encontré un bolígrafo a la primera (simplemente apareció rápido porque yo no llevaba prisa!!) y apunté la frase en cuestión. A continuación me metí en cama. Cogí las memorias de G.G. Márquez (lo de llamarle Gabo me da casi tanta vergüenza como tutearle a usted) y me puse a dormir a la tercera página, más por cansancio que por las memorias en si.
Pasó algún tiempo (que importa cuanto si aquí sólo son renglones o como mucho una página) y el azar me volvió a llevar a ese cuaderno, al auto-ingenio ingenuo, al onanismo intelectual más ramplón y evidentemente, a la dichosa frase de lavadura dental: "las lágrimas del olvido son siempre peores que las del abandono"... y hete que así empecé su análisis.
Si la lees de un golpe, así de un tirón, la frase suena bien, no hay duda que en algún rincón de mi espíritu vive un poeta, aunque por mucho que últimamente busco, no lo doy encontrado. Cuando profundizas en ella y la empiezas a analizar te das cuenta que la frase es triste, porque la mayoría de las veces las lágrimas así lo son (algún día le contaré cuando ella se puso a llorar mientras hacíamos el amor y ante mis preguntas, dudas y miedos por semejante reacción, me contestó que lo hacía porque era feliz; coincidirá conmigo, D. José Luís, que eso es, con diferencia, lo mejor que le puede pasar a una persona, y yo, aunque de dudosa ética, lo soy!).
Después denotamos que el autor (o sea, yo) cita las lágrimas del olvido, es decir, limita el radio de acción de las lágrimas en general y nos lleva a ese tipo de lágrimas tan retorcidamente afligidas, para, sin descanso, presentar la comparativa que toda frase ingeniosa quiere y requiere, con un contundente "siempre peores" que suena a ajuste de cuentas, a final anticipado de una acción de felicidad en el pasado y a un avance claro y definido del sufrimiento interno más cruel. Llegados a este punto, lo lógico, lo normal, lo fácil, sería continuar la comparativa con una alegría que enfatizara la primera opción, y dejarse llevar por el ruido cascabelero de las campanas del amor. La cosa no sonaría mal del todo si el autor escogiera esa opción, y podría quedar tal que así: las lágrimas del olvido son siempre peores que las lágrimas de la felicidad (también se pueden comparar con las del amor, la ternura, la sensualidad, la emoción... cada uno puede elegir su propia comparativa y personalizar su frase; no me diga que no me sobra ingenio!).
No serían malas frases, no señor. A riesgo de caer en el flagrante pecado de la pedantería, tendré que reconocer que no estarían mal del todo. Pero la grandeza de la frase en sí es que el autor eleva la comparativa hacia el punto más ecléctico (no sé que significa esta palabra pero me suena bien) de la acción amorosa: dos piruetas en el aire con terrible tirabuzón de cadena descendente en la búsqueda incesante del límite del sufrimiento humano: la caída hacia el lugar más imposible de imaginar, el camino con destino a la parte más oscura de la tristeza (¿tendrá una cara aún más oscura la tristeza que la propia y visible?). El autor (repito, yo), compara las lágrimas del olvido con lo peor que se le puede hacer a un corazón en el momento de máxima sumisión provocado por el atontamiento tierno y emotivo que emana de eso que llaman amor: el abandono por sustitución.
Es en este momento cuando reparas que las lágrimas del abandono por sustitución ( es cierto, estoy enfatizando lo de sustitución porque me doy cuenta de su necesidad, y reconozco que hasta que no gasto tiempo en el análisis desmenuzado, suelo andar bastante perdido en los inicios textuales) tienen la virtud de al menos dejarte un resquicio al que aferrarte, una puerta abierta para desalojar la ira, una mínima oportunidad de soltar la bilis por la boca a base de exabruptos y sus circunloquios, porque el abandono, al menos, te permite aferrarte a uno de los sentimientos humanos más conocidos y practicados: el odio por antonomasia (es cierto que también existe un abandono por exceso de felicidad, pero ese lo vamos a dejar para el disfrute de los boleros).
Seamos claros, D. José Luís, mire por donde lo mire, el odio es un sentimiento humano (en la naturaleza, el odiar por odiar sólo habita en la especie humana, así que algo de humano tendrá, digo yo!), que cuando se produce por acción directa a un acto de sufrimiento descompensado que te llega de la manera menos esperada y sobre todo procedente de aquellos que creías mejor conocer, tu mundo se ahoga y todo se te apaga a tu alrededor.
Nada parece que tenga vida, es como si un eterno fuego arrasara el bosque que un día disfrutaste y sólo te deja el olor agrio y triste de la madera quemada, ese pútrido dolor a muerto que surge de la ceniza de lo que antes verdeaba y ahora pase a cubrirlo un negro y pestilente aroma que apaga cualquier pretexto de esperanza que lo intente combatir, y te deja como única compañía, el aire que bate en tu cara y al que te aferras preguntándole cada segundo el porqué de ese odio (y sin embargo es tal la ceguera que llegas a olvidarte de las causas que lo provocaron!) que brota y rebrota de lo más profundo de tu ser. Lo mejor (y lo peor!) de todo, es que el aire siempre contesta, pero lo suele hacer a su estilo: con ese
cabreante y desesperante puto silencio (ya ve, en usted lo admiro y en él me desespera, será una metáfora de algo? ¿querré decir algo sin saber lo que digo?), pero aún así, uno al menos tiene a donde agarrarse, porque aunque sea el más vil de los sentimientos, no deja de ser un sentimiento al fin y al cabo, y mucha gente es capaz de poder vivir para poder odiar, y aunque no es mi caso, reconozco que hay momentos en que puede ayudar.
Pero el autor, no contento con igualar el abandono por sustitución con el odio, no contento con demostrar hasta donde pueden llegar los absurdos de los planteamientos del abandonado, no contento con negar el orgullo y la dignidad que a toda persona se supone, los minimiza sin el menor atisbo de duda, los ningunea sin piedad, los entierra sin duelo, los machaca vilmente con el sentimiento que no tiene sentimientos, el efecto más duro de la cobardía, el valor moral que todo lo niega, que todo lo borra, que todo lo mata: el olvido.
Y aquí se acaba el análisis, hasta aquí he llegado. No tengo muchas ganas de más, así que permíteme D. José Luís (puedo llegar a tutearte, pero por favor no me pidas que abandone el uso del don), que hoy me retire a mis aposentos y a mis nuevas dedicaciones las cuales tengo muy abandonadas, pero no sin antes decirle, que su presencia en mí, sigue siendo una maldita bendición (¿o bendita maldición?).
Siempre suyo
