jose luis alvite.
Después de un año sumido en una depresión salvaje, vuelve Jose Luís Alvite a regalarnos su particular mundo, sus sórdidos amores, su música ásperamente sentimental y sus imposibles metáforas llenas de ingenio y genialidad. Que me perdone que lo publique en este blog, pero no todo el mundo puede leer El Faro de Vigo. Gracias D. Jose Luís por existir.
Creo haberlo visto claro durante los interminables meses de la maldita depresión. Comprendí, por ejemplo, que en la vida no hay que dar un solo paso sin disfrutar al máximo el suelo y el calzado, que sólo si estás bien despierto puedes dormir tranquilo, y que a cierta edad, muchacho, y aunque los libros digan otra cosa, no hay duda alguna de que has tenido suerte porque tu posteridad fue ayer. Todos sufrimos alguna vez el revés de un éxito y creímos haber tocado el cielo con una caricia, con una copa o con la paladar suavidad de un beso. Luego resultó que las cosas vinieron a su sitio y que en realidad se trató de una simple alucinación de la madrugada. Creímos en la posibilidad de colarnos en la biografía de aquella mujer distinta, muchacho, sin caer en la cuenta de que para ella sólo fuimos un sitio por el que doblar sus fotos y el bolsillo en el que metieron a cada rato las manos. La gente verdaderamente importante anda por otros raíles y sólo a veces nos tropezamos por casualidad en el cambio de agujas y ella nos mira como miran las señoras interesantes cuando su coche cama se cruza hipermétrope en la niebla con un tren de mercancías atestado de grava y fugitivos que chilla soprano en las vías como la cisterna de un retrete. Compartí en una ocasión mi cama con una interesante mujer de mundo y nos dimos semejante festín comiéndonos los dientes, que por la mañana el colchón con el pescado del pubis parecía una matanza de salmones. Después yo me marché al trabajo y ella se quedó un rato a pasar a limpio con rimel el pedigrí de sus ojos. Ya no estaba en casa cuando volví horas más tarde. Hoy no me habría decepcionado. La vida me enseñó que la Historia jamás le guardará un sitio al "caddy" de Jack Nicklaus. Nadie se acordará de nosotros cuando el enterrador retire de nuestra tumba el periscopio y las flores. A los difuntos importantes sus viudas les ponen un flexo y enfermeras pero nosotros somos otra clase de gente, muchacho, así que habremos de ir haciéndonos a la idea de que a nuestro maldito cadáver se le morirán en cuatro días las moscas. ¿Y qué podríamos haber hecho para evitar nuestro destino? ¿Cómo podríamos siquiera reproducir limpiamente al piano las manchas de una partitura con el Réquiem de Mozart? Todos tenemos billete para el mismo viaje, muchacho, el viaje de la vida, sólo que los buenos van sentados dentro, y el resto, nosotros, tú y yo, amigo mío, el resto vamos dando tumbos en las ruedas. Es cierto que me acosté aquella noche en mi casa con una mujer de mundo, pero, ¿qué quieres que te diga?, ella tendrá reservada en la Opera una tumba con acomodador y a mí nadie me creerá que aquella noche era sudor la melancólica sensación de bajamar en el interior de la vejiga. Por eso durante los largos meses de la depresión, me miraba en el baño y me parecía que mi sonrisa era la mecha con la que acabaría volándome la cabeza frente al espejo. Arrastré durante lustros la voluntaria decadencia de alguien que se creía capaz de jugar al billar en las escaleras del cadalso y un día descubrí que tenía el trágico aspecto de un pobre diablo que se hubiese pasado las noches durmiendo colgado en el gancho de la carne. Una tarde me encontré tan estreñido que estuve tentado de hacerme una cesárea con la cuchara de la mermelada. En la oscuridad de la depresión descubrí que jamás había visto tantas ventanas en casa. Una madrugada pensé en saltar tranquilamente al vacío con un cigarrillo en la boca. Me sentía tan poco importante que incluso se me metió en la cabeza que mi mujer me reprocharía que los niños perdiesen por mis exequias un día de colegio. Además, detesto el tedio. Y si no salté aquella madrugada al vacío, muchacho, seguramente fue porque no tuve la certeza de no aburrirme en el aire...

javier quejigal dijo
Sencillamente insuperable. Amigo, yo he visto esa mecha y he sabido lo que es descubrirse acechando las ventanas. Barrunté el tedio de que hablas incluso en mi proyectada caída. Ni siquiera lloré de saber que mi sepelio quedaría en una falta sin justificar en los boletines de notas de mis hijos.
Mi mujer se incomoda cuando siente que existo. Iba a dejarme morir; pero hoy he decidido aplazarlo. He recordado que en ocasiones sorprendí un brillo desechable en los ojos de las hembras a mi paso. Miraré en el estercolero. Voy a tirar de ahí. Puede que encuentre algo.
29 Noviembre 2005 | 12:35 PM