Cartas a Alvite. ¿Qué si la he olvidado?
Querido D. José Luís:
Aunque a usted le suene raro, tengo que reconocer que su no respuesta ha aumentado mi grado de seguridad para conmigo y por supuesto para con su
persona. He de confesarle que si me llega a soltar cuatro trivialidades en forma de contestación cortés y educada con el único fin de quedarse tranquilo con su conciencia, se produciría en mí una gran vacilación espiritual además de un inmenso desasosiego en lo individual y una profunda desilusión en lo personal, dicho en otras palabras me cagaría en usted!. Porque de haberlo hecho así, yo interpretaría que usted me querría
despachar, así sin más, ¡otro más que juega a ser elque nunca llegará a ser y me intenta utilizar para que active su vida; estos mediocres, con sus sueños y vicisitudes!.
Sin embargo usted escogió el camino más difícil(mire, justo por donde yo me suelo mover como pez en el agua), y ha preferido el camino del silencio;
escucharme otra vez más y empapar su corazón cual esponja con mis debilidades más conocidas ha sido otro signo de grandeza por su parte. Porque en los huecos de mi alma, usted con su silencio ha venido a decirme algo así como: eh, gafotas (por si no se acuerda, le diré que tengo gafas y una nariz bien visible que además de utilizarla para apoyar dichas gafas, se me suele llenar de mocos cada vez que me meto en una cama; estos detalles se los iré contando poco a poco para que así me vaya perfilando en su mente), aquí estoy, te leo, te siento (no te entiendo -dirá entre dientes-, pero eso es lo de menos -pensará- , todos tenemos muchas cosas que nadie entiende y muchas más que esconder para que nadie las intente entender -y se quedará contento por semejante frase tan bonita que se le acaba de ocurrir-), y como mi respeto hacia usted es tan grande, resguardo este secreto que tu compartes conmigo y a cambio yo te ofrezco mi hombro para llorar todas las veces que necesites.
La verdad es que es fantástico que usted sea tal y como yo me imaginé...y esto es la segunda vez que me pasa en mi vida. Y ya que estoy de confesiones, me lanzo sin contemplaciones a ellas y busco sin excusas su ya famoso hombro (aunque usted no me crea, hace tiempo yo llegué incluso a hablar con otro hombro, era un hombro bastante más atractivo que el suyo, para que negarlo, pero el muy ... se escondió en una esquina del calendario y decidió no volver a aparecer!), y de paso me gustaría hacerle una nueva confidencia en relación a estas misivas que le remito y que incluso puedo hacer general a casi todas las que envío. Seguramente a usted(definitivamente abandono el tuteo, no me sale, no me sale y no me sale) lo que le voy a decir le parecerá una solemne tontería.
Yo me imagino que para alguien que tiene el oficio de escribir cada día un par de columnas, mis desventuras con las letras les parecerá una inmensa soplapollez, pero que quiere que le cuente si esto es lo que realmente me pasa, y aún por encima la cosa se complica mucho más puesto que en mi ánimo no está ni por asomo negarle a mi espíritu ese tipo de sensaciones. Pero vayamos al grano. Lo que le quiero contar es que cada vez que termino de escribir cualquier carta que contenga el mínimo resquicio sentimental (o sea, todas aquellas que no rozan el trabajo!) me pasa algo muy extraño que no sé muy bien como definir pero que voy a intentar explicarle.
El fenómeno en sí podría denominarse: alteración interna de espíritu y sus coyunturas laterales. Dicha anomalía de la que le hablo, se produce justo en el momento en el que termino el texto en sí y tengo que darle definitivamente al botón de enviar. Aunque usted no me crea, a mí me nace un bichito en el estómago cuando se va acercando el texto a su momento final, y por si fuera poco, se va agudizando y empeorando mientras voy perfilando las últimas correcciones. Después se me forma lo que yo denomino, dicotomía radical: ansío la llegada del final pero a la vez tengo miedo que éste llegue (dicho sentimiento dual no sólo me ocurre cuando escribo sino que podíamos decir que es una constante en mi vida). La lucha es terrible, no se crea, y no es la primera vez que pliego velas y me digo: " no pienso enviar esta carta a nadie, esta se muere conmigo justo en donde nació", pero enseguida empieza el bichito a hacer su trabajo, a crecer a base de comerme las tripas y más temprano que tarde, me empuja hacia el teclado con violenta decisión, obligándome a que termine lo que empecé y forzándome a que se lo envíe a la persona a la que estaba dedicada. Al final no sólo le hago caso al asqueroso gusano (aunque le he ganado en muchas ocasiones), sino que incluso se lo agradezco porque aunque con dolor, se produce una liberación en mi interior similar al de una madre cuando acaba de parir (iba a poner otro ejemplo mucho más visual y entendible pero también mucho más escatológico, por eso creí más prudente dejarlo en este tierno y a la par
conciso argumento), pero aún así siempre hay algo en mí que se pregunta si realmente hice lo que debía hacer (y esta también es otra constante en mi
vida).
No se crea que este análisis no me lleva mi tiempo, yo apenas hago nada con intención de sacar provecho, soy un impulsivo sentimental, pero lejos de aferrarme a mis principios (aunque no lo crea,trabajo en ellos) potencia mis inseguridades, porque yo, D. José Luís, soy una persona (¿?) muy
insegura tanto en mi vida personal como en la de mis escritos (realmente se pueden separar ambas?), y no me creo bueno en casi nada (yo creo que en nada, pero conozco una persona que dice que soy muy bueno en algo que aquí no puedo contar, así que vamos a dejarlo en un "casi"), por eso tengo mucho miedo a plasmarme en letras y de paso quedarme a la intemperie de mis posibles lectores (que vergüenza me da este término!) y como es lógico recibir insolidarias respuestas por sus partes (pudendas incluidas) contra mi alma. A mí, D. José Luís, me cuesta mucho escribir y por eso no me gusta
que me lean y me juzguen sin más. Aunque usted no se lo crea (y seguro que no lo debería hacer, aunque solo sea por imprudencia temeraria) yo intento dejar en cada renglón un trocito de mí (sutil, lo reconozco, pero trocito al fin y al cabo), procuro ser yo en toda la extensión del texto, aunque para ello me tenga que esconder de mi y pintarme la cara ligeramente con los tópicos sociales que tanto mal han hecho en mi persona. Como le decía, todo ese proceso me cuesta un montón, me cuesta muchísimo, me cuesta tanto como darle a ese puto botón final que ordena y manda abandonar el dichoso texto de mi ordenador y aparecer en otro (el suyo incluido). Es cierto que esas
letras también se quedan en mi pantalla (es lo bueno y lo malo del ordenador, antes enviabas una carta y ya nunca la volvías a ver, ahora después de enviar un mail la puedes repasar las veces que quieras y a día de hoy, todavía no sé si es bueno o malo) pero también sé que en el momento en que aparecen en otra pantalla, mi texto deja de ser mío y pasa irremediablemente a ser de otros, es como cuando un hijo abandona la casa de sus padres, por mucho que se quiera negar la realidad, se sabe perfectamente
que nunca más va a volver a casa.
Por eso siempre que escribo una carta que lleva arañazos sentimentales (repito, todas excepto las de trabajo), me paso mucho más tiempo vacilando si la debo enviar o no que escribiéndola en sí, ¡ y eso que yo escribiendo no soy ningún Lope, que digamos!. Yo no sé usted, pero cada vez que escribo dos renglones me paso muchísimo tiempo leyéndolos y releyéndolos. Lo hago de adelante hacia atrás, de atrás hacia delante, enteros y a trocitos, con sus
comas y sin sus puntos. No quiero dejar ninguna posibilidad a que no se entienda algo que yo presupongo en mi mente, pero que sino lo escribo es
como si no existiese. Dudo. Dudo mucho, y por eso me gusta dejarlos en barbecho un par de días. Considero que los arañazos emotivos deben ser perpetuos y dignos de ser vividos, no vale de nada sentirlos
momentáneamente, no merece la pena escribir sobre lo que no perdura, por eso no te debe coger el teclado en un calentón del alma.
Si quieres escribir sobre tus pensamientos lo lógico, lo normal, es que al día siguiente pienses lo mismo, y al mes siguiente y a los años posteriores..., y si las verdades son realmente de alma, su validez será perpetua, eso son de las pocas cosas que no puedo dudar de mí. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando uno se pone a escribir cargado de sentimientos pasajeros?. Pues que va a ocurrir hombre, pues que el ánimo puede más que
las ideas y por ahí se escapan las posibilidades del sentir. Por ello a mí me gusta escribir sin calentones, dejar que repose, que fermente, y volver al texto para retocar las pocas ideas que ahi intenté pintar. Me gusta que durmamos por separado (el texto y yo, porque para otras cosas sigo creyendo que no hay nada mejor que dormir juntos, aunque se hayan cogido dos habitaciones distintas en el mismo hotel), y si después de todo esto conseguimos mantenernos en pie, es cuando empiezo a pensar que ambos tenemos futuro, y me tiro a corregir con dedicación final. Y es ahí, justo ahí, el momento más agudo del dichoso bicho en mi estómago.
Es cierto que no siempre se dan estas premisas tan enrevesadas, a veces todo se tuerce al principio y por eso mi papelera cada día está más llena, pero
también tengo que reconocer que otras veces, aunque sea muy de vez en cuando, todo funciona con absoluta normalidad: escribo lo que me dicta el
corazón, lo dejo en alijado unas horas y lo termino sin alimentar mi duda en el momento más oportuno. Cuando ya está listo para enviar (en teoría, ojo,
porque la verdad es que a mí nunca me parece que esté listo definitivamente), aún lo guardo un poquito más esperando que se olvide de mi el puto bichito. Esta opción es relativamente fácil de realizar: escribo, lo descanso, no me gusta y lo olvido, pero ese bichito tiene actuación de ida y vuelta, y así como me llena de nervios cuando estoy a punto de terminarlo, también me empuja a que lo envíe. Y por ello creo que es totalmente entendible que si al final me decido a desprenderme de esos mis textos (buenos, malos o regulares, pero son míos), ya sea por voluntad propia o del
puto bichito, lo lógico es que los abandone con pañuelo en mano enjugando litros y litros de lágrimas llenas de tristeza y de soledad (en cuestión de lágrimas ya hablé bastante en la primera misiva, aunque creo que todavía me quedan unas cuantas más por analizar, como por ejemplo las lágrimas de la soledad, las de la impotencia por la rabia acumulada, o las de las despedidas en aeropuertos, si bien estas últimas les tengo un poco de manía por haber sido las inspiradoras de mi fallida novela), porque se me va un trocito de alma, yo entiendo que a partir de ese momento dejan de pertenecerme y pasan directamente a la propiedad del receptor. Y aunque dicha propiedad dure lo que pueda durar una leída rápida y a destiempo, que quiere que le diga, a este menda, hoy por hoy le llega (y le llena) simplemente con la idea de pensar que mi persona puede producir una ligera pérdida de tiempo por su parte. El saberse leído por personas que quieres es una forma de llamar la atención como otra cualquiera, pero reconozco que me gusta sentirme espiritualmente vivo y afectivamente importante, y otra cosa no, pero en lo poco que me conozco creo que no miento si digo que soy un hombre construido a base de sensaciones (la mayoría de las veces agridulces, pero no cabe duda de que son sensaciones al fin y al cabo!). De todas formas no sé si es mi ánimo puntilloso o mis complejos más significativos y notorios (algún día le contaré todos los complejos que voy reconociendo y recaudando para mi persona), pero normalmente al día siguiente de enviar cualquier escrito me entra un arrepentimiento inconmensurable, y por ello lo vuelvo a buscar con verdadero ahínco (si fuese una carta de papel este sentimiento acabaría con unos cuantos insultos al clero y punto, pero por culpa de estos medios modernos por los cuales envías una carta y te quedas con ella, pues es muy fácil regresarlas y de paso dejar al corazón totalmente desguarecido ante tus propios insultos).
Cuando releo cualquier texto después de enviarlo (no antes, curioso, no?), es muy raro que en mí no se produzca una reacción a la contra. Yo, contrario a lo que pueda parecer, no me gusto, D. José Luis, no me gusto nada (o sea, además de inseguro, no me gusto nada y tengo gafas y la nariz grande, váyase usted haciendo la idea del sujeto en cuestión!), es más, sería capaz de estar puntualizando cada una de las pocas afirmaciones que escribo (pero después de enviarlas, ahí es en donde radica la jodienda!), y se produce un apreciable rubor paralelo a la cantidad de confesiones que soy capaz de expresar, y esa primera carta no ha sido una excepción. Admito que suelo caer en ese pecado con demasiada frecuencia y con notoria vehemencia.
No insista, D. José Luís, no insista, no me gusto y punto, porque en lo relativo a la literatura a igual que en la vida, lo que me pasa no es que sepa lo que quiero decir (o vivir) y no encuentre las palabras, el problema es que la mayoría de las veces no sé ni que decir (ni que sentir), y como consecuencia de ello, me pierdo en los alrededores de las ideas, no profundizo en ninguno de los conceptos que me gustaría, y por si esto fuese poco, salto de un tema a otro sin llegar a profundizar ni cerrar ninguno: digamos que básicamente, yo, nunca digo nada.
Me imagino que un escritor como usted sabe trucos por donde atacar un texto, sabe con que palabras se debe empezar para captar la atención del lector, como llenar de anécdotas graciosas el texto más aburrido o como sorprender con un final inimaginable al lector. Todo ello para que al final lo lleve a lo más alto de las vanidades: el reconocimiento exterior (aunque este sea tan efímero como la mirada de aquella mujer que se clavó un buen día cuando se cruzaron nuestros trenes). A lo mejor es por que en mi ánimo no existe ese pecado (debe ser el único que me falta) pero le puedo asegurar que a mí no me importa lo más mínimo la estructura y los devaneos del texto en sí, y acepto sin pestañear mis fallos en el leguaje, en la síntesis y sobre todo en la estructura. Me conformo con no lastimar sus oídos ni aburrir sus neuronas. Yo prefiero seguir con la insistencia que da la insolencia más despreocupada, y poder seguir escribiendo estos mis pensamientos de avatares amorosos, eso sí, aguardando con infinita paciencia que no termine con la suya.
Como usted ya sabe mi monotema, no hará falta que lo ponga en situación, déjeme por tanto seguir con los devaneos mentales que dan estas mis locuras
cada día más caducas. Hace unos días ella me preguntó si todavía la pensaba. Es extraño, yo ahora no me atrevo a preguntarle nada, absolutamente nada, tengo tanto miedo a aquellas respuestas que antaño quemaron mi estómago, que ahora prefiero deambular por la aburrida y triste conversación amistosa, esa que esta llena de contenidos vacíos en lo personal y tópicos en lo social. Y mire que hoy por hoy es muy raro no sorprenderme a mí mismo hablando conmigo y diciéndome, dios mío, en lo que nos hemos convertido, con lo que habíamos sido!. Pero lo entiendo, es condición humana, los tópicos son tan humanos como aquellos sentimientos que más duelen, esos que por doler hasta duele ponerles nombres, y no sólo por vivirlos con la intensidad de lo prohibido que eso es lo más fácil, sino porque nos han dicho que son malos y sólo las llamas perpetuas del infierno arrojarán un halo de esperanza clarificadora de bondades espirituales a nuestra alma. Pero hay diferencias, siempre hay diferencias, y está claro que hay otros tópicos que no son tan malos, es más, algunos se atreven a decir que incluso llegan a ser verdaderamente educados. ¡Qué gracia, que ironía!. Pero a lo que iba (no ve como salto de tema sin terminar ni profundizar ninguno!) ella me preguntó si todavía la pensaba. Al principio pensé para mis adentros (pensar para mis afueras sólo
lo hago cuando voy en el coche o cuando paseo por Santiago) que me lo preguntaba por un simple baño de su ego, sabía que le iba a responder afirmativamente, y por alguna extraña circunstancia querría agarrar al derecho que tiene todo el mundo de considerarse único, distinto y aunque sea socialmente incorrecto decirlo: mejor al resto (volvemos a la condición humana, esa que nadie conoce pero que todos mentamos). Sin embargo después creí que simplemente fue el fruto de un momento de bajón de su ánimo, un estertor del pasado por el que le entraron las dudas más lógicas y normales
que da la memoria más nostálgica. Pero cuando sin que yo se lo consultase nada (ya digo, a mi ahora me cuesta preguntar hasta el tan manido "que tal estás?") me dijo el porqué me lo había preguntado, las dudas me atravesaron el dolor: quería saber si lo nuestro había sido simplemente una historia más!. Ella, D. José Luís, ella, la productora de todo esto en lo que se han transformado mis instintos, únicamente quería saber que resultado estaba produciendo el paso del tiempo en mi recuerdo!. ¿Una más que se folló o alguien tan especial que ni el tiempo ni las circunstancias la podrán hacer olvidar?. ¿Una historia en el pasado o el pasado viviendo continuamente su historia?. No estuve muy brillante en la contestación, últimamente no sé que me pasa pero me veo muy perdido en lo más lógico y natural, porque seamos claro, lo justo sería enviarla a paseo. Después de todo, ese tipo de dudas detrás de lo vivido duelen más que los desprecios más personales, pero me quedé tan fuera de juego (una vez más, y van...) que preferí (y porque tampoco sé hacer otra cosa) agarrarme a la normalidad y a las contestaciones dentro del orden establecido. ¿Qué si la pienso? ¿Qué si la recuerdo? ¿Qué si me he olvidado de ella? (este tipo de preguntas son clarificadoras de una cuestión que venía de su parte, no deben computar como preguntas salidas de mí, repito, esas ahora ya no las practico). Ya me gustaría, hombre, ya me gustaría a mí no estar escribiendo estas líneas, ya le gustaría a mi memoria cerrar la puerta de entrada por la cual ella hace su aparición, ya le gustaría a mi piel no echarla de menos, ya le gustaría a mi alma negarla, ya le gustaría a mi corazón odiarla, ya le gustaría a mis pasos que dejase de acompañarme, ya le gustaría a mis ojos no enseñarle las cosas que me sorprenden día a día, ya le gustaría a mi periódico no leerlo con ella, ya le gustaría a mis canciones no cantárselas al oído, ya le gustaría a mis regalos no pensárselos continuamente, ya le gustaría a mi café tomarlo en solitario, ya le gustaría a mi amor aburrirla, odiarla, enterrarla, en fin, matarla. Pero no, no señor, no me sale nada de eso, y mire que yo me empeño y me ciño continuamente a aquellas sus contestaciones fuera de tono (y que decir de sus silencios provocadores!) y que en su momento interpreté como un ajuste de cuentas (tardío pero llegó, me decía a mi continuamente, aunque era lo último que esperaba, iluso de mi!), un toma de tu medicina, mira el caso que hago a tus rogativas, mira como toreo tus peticiones, tus súplicas,
tus lágrimas. Me aferro al pasado más doloroso para matar cualquier incipiente atisbo de ilusión por parte de mi conciencia. Es una pelea sin cuartel y a muerte, pero que además de cansarme soberanamente, me lastima en lo personal porque queriendo y sin querer producen un continuo recuerdo de su persona en mi, y lejos de aliviarme aflige más mi espíritu. ¡Y después de todo esto, después de llevarme a cuestionar mi vida hasta unos límites que
nunca creí que me atrevería, después de romper con todo y todos, todavía me pregunta si la pienso, todavía tiene la duda de si pasé su página en mi vida!
Una vez me dijo que a los seis meses el recuerdo deja de doler (lo dijo desde el pasado y con resentimiento, y aquella fue la primera espada que me atravesó la medula), que está matemática y científicamente probado que el dolor tiene un umbral de seis meses (me río yo de las ciencias!), por eso ahora estoy mucho más tranquilo, sabiendo esto simplemente debo ir echando mis cuentas hacia atrás. Me animo, me animo mucho, porque hoy sé que en un mes y veinticinco días se acabará todo, así que este será el tiempo que me falta para dejar de sentir lo que siento, mientras tanto me beberé este café
con estas dos campurrianas que me regaló la camarera de este nuevo bar que frecuento en mi Santiago del alma y seguiré quitando páginas a este mi calendario particular esperando que usted aguarde con cierto cariño mi próximo acercamiento a su persona.
Muy atentamente se despide su más sincero admirador.

Sofía dijo
¡Vaya! si que te has despachado a gusto.
Saludos
27 Noviembre 2005 | 08:48 PM