Tu cuerpo, mi reloj y los Reyes magos (y 2)
Pero ahora estábamos en nosotros, estábamos en aquel justo momento en que tú esperabas a que yo me lanzara a tu cuerpo desatando cada uno de los instintos que ambos nos guardábamos, cuando de repente y como impulsado por un ente extraño y misterioso, me paré y busqué rápidamente la correa de mi reloj para sacármelo. Entonces tú, sorprendida por aquel acelerado y brusco movimiento, me preguntaste, ¿qué te pasa?, como sintiendo miedo de que al ver la hora que era me acordase de hacer alguna llamada inoportuna. Nada - te respondí-, que me quiero quitar el reloj para no lastimarte cuando te acaricio. Y fue en ese momento, ni antes ni después, justo en ese preciso instante, cuando aparecieron tus ojos, y el mismo sillón que nos recogió por vez primera, me los incrustaste en el fondo de mi alma. Crecieron, crecieron tanto que parecía la boca de un tiburón hambriento que me quería tragar para disfrutar la digestión conmigo en sus entrañas. Los impactaste en mi retina, los grabaste en mi memoria, se los regalaste a mis sentimientos de por vida.
Recuerdo que no dijiste nada, como casi siempre que tienes muchas cosas que decir, sólo dejaste que tus sentimientos afloraran por tu mirada y que me doblasen el corazón en trizas, que como bien se sabe, no solamente es complicado sino que prácticamente imposible. Y entonces todo cambió y fui yo el que se quedó sorprendido, porque no esperaba que un acto tan simple, pudiese producir en ti esa mezcla de sensaciones. En aquel momento yo fui el gran sorprendido porque acto seguido tu cerraste los ojos, y mientras buscaste mi boca como excusa y te acurrucaste en la intersección de mi hombro con mi cuello, a escasos centímetros de tu propiedad más particular, de tu finca más gozosa, yo me quedé mirando la chimenea sin entender absolutamente nada.
Fue más tarde, en la mirada retrospectiva del viaje de vuelta en el avión, en un acto que hasta ese momento había sido innato e involuntario, cuando me volví a quitar el reloj y de repente, como un reflujo de chorizo en el aliento, volvieron a aparecer tus ojos y por vez primera en mi vida, lo entendí todo, a mi manera, claro, como siempre, pero lo entendí.
Desde aquel día, que yo dudo que tu te acuerdes porque hay muchos momentos que uno vive como especiales y no se da cuenta que para los demás no dejan de ser algo más, desde aquel día, repito, cada vez que me quito el reloj en cualquier lugar que me encuentre, me asaltan tus ojos y se me oprime el corazón. Ya puede ser por la mañana cuando me dirijo a la ducha, o cuando estoy en el vestuario de la piscina, o simplemente cuando me apetece quitarlo para andar por el mundo sin hora, que más o menos es lo mismo que disfrutar sin contemplación y sin complicación de la propia existencia, lo cierto es que yo desde aquel día abandoné un acto totalmente mecánico -quitarse un reloj, ya me dirás tú!- para convertirlo en una de las realidades más placentera de mi vida.
Hay más, hay bastantes más, hay muchos más momentos que se procesan en la memoria de manera totalmente distinta a quien los vive. Hay frases que se quedan en nuestra superficie aunque tu interlocutor te las diga a grito pelado (en muchos casos hasta se escribe a gritos y ni así!) y pasan por delante de tus narices sin que las llegues a entender.
Otras veces lo que ocurre es justo lo contrario, y pequeños comentarios que te dicen sin ninguna intención, los asumimos como algo muy importante en nuestras vidas, y con la predisposición que tenemos a escuchar más las ofensas que los halagos, los potenciamos a límites que rozan lo absurdo, parece como si en el fondo nos gustase sufrir, parece como si durante nuestras vidas nos educamos para escuchar y procesar solamente lo malo.
Seguro que tu ahora mismo tú te sorprenderás si te dijese que una vez haciéndote la comida, en el instante en que me disponía a echar aceite en la sartén, se me calló una gota de aceite en el pantalón vaquero, y que para mi alegría no salió en ninguno de los lavados que a posteriori dicho pantalón recibió.
Ahora, cada vez que veo esa mancha en la parte inferior de la pernera derecha de dicho pantalón, me vienes tú con todas tus posesiones, tus caderas, tus ojos, tus besos, tus olores..., y me pongo a viajar sin la menor pretensión que el roce de los sueños en mi realidad. Con el tiempo he llegado a descubrir que esta forma de viajar es tan atractiva como otra cualquiera y sobre todo barata ( aunque Sampedro en boca de Bardem diría:
"para viajar sin dinero, marinero").
Pero no son todas cosas buenas, como te decía antes, sino que a veces también hay comentarios digamos ligeramente torcidos, comentarios que seguro no se dicen con la misma mala intención con la que se reciben, y después se quedan en las profundidades de nuestro ser, y a la mínima de cambio afloran con la misma mala hostia con la que uno los recibió por vez primera. De ese tipo de comentarios, nació un odio visceral a unos zapatos marrones, de los denominados náuticos, de los cuales tú te reíste de mí por los feos que eran, y desde aquel día les cogí tal manía que ahora los tengo jubilados en una esquina del zapatero.
Bueno, y después están otros cientos de comentarios y momentos vividos que cada uno de nosotros guarda a su manera, sin pretender con ello influir en el otro en ninguno de los sentidos (realmente se puede?), y sin embargo los dos sabemos que no harán otra cosa que aflorar y aparecer a lo largo de nuestras vidas por mucho que nos empeñemos en esconderlos, pero también sabemos que por intimidad y sobre todo por buen gusto, nos los callaremos.
Ahora, permíteme que me vuelva a poner el reloj, que ya son horas de irse a trabajar.
Un beso.

lu dijo
si, al fin y al cabo, son estas pequeñas cosas las que nos hacen sentir.
Precioso! un beso
5 Enero 2006 | 12:11 PM