Al final le ganó. 3
Ahora por no querer no quiero ni saber de mí, a veces incluso me niego las ganas de mear porque no quiero estar sólo ni siquiera en el baño, y además cuando me pongo a mear, veo la suciedad de entre los azulejos y me acuerdo de ella, y de lo que diría si los viese, porque era algo que la ponía nerviosísima, si ella viese la mierda que tienen esos azulejos, cogería un estropajo y se pondría a limpiarlos sin cesar, ¡dios mío!, ya ve, se me va la cabeza, no soy capaz de centrarme, de olvidarme, de agarrarme a nada que me ilusione, y lo último que quiero es estar sólo porque entonces pienso y pienso y pienso y pienso… y todo me parece absurdo, este mundo, mi vida, la vida en general, y ya le digo que si no fuera por Laurita ahora mismo me daría igual vivir que morir, es más casi preferiría morir, ¡hala todo a tomar por culo!, si total al final voy a morir, me ahorro sufrimiento, pero usted no conoce sus ojos, usted no sabe como hablan, como sienten, como lloran, sus hijos ya son mayores y seguramente usted ya no pensará tanto en ellos como hago yo con Laurita, que en febrero hace cinco años, solamente cinco añitos, pero bueno ahora que lo pienso, aunque sus hijos sean mayores, usted los querrá como yo quiero a Laurita, así que sabe a lo que me estoy refiriendo. Esos ojos, esos preciosos ojos, iguales a los de su madre, ojos que hablan en silencio, que se te clavan en el corazón y no te dejan respirar. A veces, me pregunta por su madre y me quedo mirando en silencio para sus ojos y veo como enseguida se le empiezan a humedecer, y rápidamente da media vuelta y se va corriendo para su habitación y se encierra en ella y no me deja entrar. Dice que está jugando. Es increíble que con tan sólo cinco años reaccione igual que un adulto, y mire bien lo que le digo Sr. Raúl, yo no tengo ni puta idea cuando se empiezan a clavar los sentimientos en nuestro interior y tampoco sé si estos van creciendo con la edad, pero lo que le puedo asegurar es que Laurita tiene mil veces más pureza en sus emociones que yo en las mías.
Y después están los porqués, cada día cientos y cientos de veces, me asolan, me arrinconan, me hunden, y la única contestación que tengo son mis ojos enrojecidos y el rebrote continuo de lágrimas, y no puedo controlarme, y me pongo a llorar en cualquier esquina de la casa, me entra una congoja y se me agudiza este nudo en el estómago y la sensación de ahogo me vence, y es que cada una de los recuerdos de ella es un golpe al alma, mi vida sin ella es la verdad más absoluta en la que vivo: el vacío y la soledad. Y lloro más cuando siento caer mis propias lágrimas por mis mejilla, y me duelo y me caigo y sollozo y me vuelvo a caer y muerdo un pañuelo porque no quiero que Laurita me escuche, y me retuerzo por el suelo como los cerdos cuando los capan. No quiero ni contarle lo que ocurre cuando veo el dormitorio y veo que nuestra cama ya nunca será nuestra cama, o cuando entro en su armario y veo su ropa y pienso que ya nunca volverán a cubrir su cuerpo, o cuando cada uno de los objetos de la casa cobran vida y me empiezan a hablar. Ayer, y usted pensará que estoy loco, empecé a hablar con la mesa y las sillas del salón. No sólo yo con ellas, sino también ellas conmigo. Me decían que la echaban mucho de menos, que desde que ella no está todo es más triste, y que incluso me dijeron que ahora la casa ya no huele igual que antes. Menuda tontería le parecerá a usted, seguramente pensará que estoy como una regadera, eso de hablar con las mesas y las sillas, ¡ eso es de jamados mentales!, pero a usted es a la única persona que se lo puedo contar, y le puedo asegurar que eso de que los objetos de casa me hablan es verdad, yo no me lo invento, le digo que las cosas me hablan, y por si fuera poco no dicen tonterías, ¡ni mucho menos!, dicen verdades como puños, es más, muchas veces me dicen cosas que yo ni me habría dado cuenta, y lo mejor de todo es que las cosas que me van diciendo, aunque parezcan una tontería, me fuerzan a pensar y un ejemplo claro es el olor. La mesa y las sillas tienen toda la razón, la casa ya no huele como antes, ahora huele a tristeza, a humedad, a sordidez, a claustrofobia ¡y no me había dado cuenta hasta que me lo dijo la silla en donde ella se solía sentar!. No me juzgue, Sr.Raúl, no me juzgue que yo no estoy loco, simplemente que tal y como necesito comer, dormir o cagar también necesito hablar, y como no tengo a nadie que no sean usted, Dios ha querido que las cosas de mi casa me acompañen y ayuden a llevar este sufrimiento, y por eso les ha dado voz, aunque de hacer milagros bien pudo hacerlos con mi mujer y no con los muebles. ¿Me estará poniendo a prueba?. ¿Cómo después de todo aún puedo pensar que Dios existe?. La cantidad de noches que me pasé en vela rezándole, con la misma fe que me enseñaron mis padres, me prometí mil y una esperando un milagro que no llegó. Y en vez de maldecirlo, sigo aferrado a la idea de que si pasó sería por algo, aunque a decir verdad a veces dudo, y me pregunto por qué a ella, por que a mí, por qué a nosotros, y claro, me entran dudas, ¡como no me van a entrar dudas!, pero enseguida se me van, porque sigo pensando y creyendo en él, las cosas son como son y negarlas es un absurdo.

EsPeRaNzA dijo
Ignacio, me voy a preparar un café. Tengo todo el vello de punta. ¡Qué bien escribes! ¿Quién es este hombre que sufre tanto? Cuando me reponga, después del café, te releo. Muaksss.
7 Enero 2006 | 03:59 PM