ALVITE y su opinión sobre los políticos
Cada vez que alguien me pregunta por las razones de mi evidente inapetencia política, contesto que se trata de una actitud puramente profiláctica para no añadir a mis sufrimientos diarios una amargura innecesaria. Salvo contadas excepciones, los políticos son una clase profesional que me interesa poco. Me alejo de ellos como de los toros, aunque tengan sobre éstos la relativa ventaja de que no embisten. A veces me pregunto cómo puede ser que nuestros representantes digan tantas tonterías sin dar positivo en el control de alcoholemia dos días más tarde. Es cierto que la democracia es un magnífico sistema teórico de representación política pero no me cabe duda de que todo iría mejor si además de tener la mayoría, nuestros gobernantes tuviesen también la razón. Un italiano amigo mío me dijo en una ocasión que en su país la inestabilidad política es una cosa muy buena porque los primeros ministros caen siempre a tiempo de que no se les ocurra asfaltar Venecia. He oído en alguna parte que los parlamentarios gallegos se proponen subirse un diez por ciento sus retribuciones y que el asunto se va a zanjar sin discrepancia alguna, de modo que ahora nuestra pobreza nos va a salir considerablemente más cara y sus señorías van a cobrar por abrir la boca en el Parlamento una sustanciosa cantidad de dinero con la que podríamos ahorrarnos muchos sinsabores si la empleásemos en rellenar con cemento la mitad de los escaños. No conozco con exactitud los emolumentos de sus señorías, pero juraría que por lo que cobra cualquiera de esos tipos, podríamos permitirnos contratar a Montserrat Caballé para los turnos de réplica y cerrar los debates de investidura con el Orfeón Donostiarra. Sostienen algunos que un aumento de sueldo es fundamental para que acepten a un puesto en el Parlamento los mejores cerebros políticos de la comunidad y que de paso evitaríamos correr el riesgo de su indolencia o el peligro de que sucumban a tentaciones inconfesables. Quiere decirse, amigo mío, que para evitar que les sobornen los agentes inmobiliarios o el crimen organizado, lo mejor es que les sobornemos de nuestros propios bolsillos. O sea, ese diez por ciento significa que a nuestros políticos tenemos que comprarlos nosotros para que no se vendan a otros. Que nadie se asuste por los conceptos, pero lo cierto es que ni siquiera el crimen organizado se ajusta sus nóminas con tanta unanimidad. Por desgracia para el pobre contribuyente, muchos de nuestros políticos se han convertido en las piezas más caras de sus coches oficiales. Previa advertencia de que fue el mejor alcalde de Santiago, lo cierto es que Xerardo Estévez dejó también para la posteridad un buen puñado de proyectos que jamás se llevaron a cabo a pesar de que se gastó dinero en ellos. Sin ir más lejos, el famoso "puerto de telecomunicaciones" del Monte Pedroso. Se contrató para la operación al afamado arquitecto Norman Foster, que hizo una magnífica maqueta y unos bocetos por los que cobró cerca de noventa millones de pesetas. La obra cayó pronto en el olvido y el dibujante Foster metió en las fauces de su cuenta corriente una cantidad de dinero con la que el señor Estévez podría haber pagado el primer plazo para la compra de Las Meninas de Velázquez. Fue como si nos hubiesen insultado por teléfono a cobro revertido.
Me indigna muy particularmente la impunidad con la que la conselleira Anxela Bugallo argumenta que las voluminosas dimensiones de la Cidade da Cultura no tienen sentido en una ciudad con la escasa entidad demográfica de Santiago de Compostela. Por suerte para nosotros, la señora Bugallo no había nacido cuando a alguien se le ocurrió construir la enorme catedral de Santiago en un poblado en el que la gente abultaba menos que el ganado. Personajes así no consiguen sino confirmar mi aversión a una clase política a la que el Poder solo le sirve para demostrarnos lo bien que estaban bordando pancartas en la oposición. Y lo terrible es que cobren tanto dinero por hacernos en el Parlamento lo que un amante nos haría gratis en la cama. Tantas sucesivas oleadas de mediocres han tenido la desfachatez de convertir la ilusionante democracia en un crimen que tienen sobre el atraco a mano armada la hiriente ventaja de que prescribe cada cuatro años. Por eso llevo tanto tiempo vuelto de espaldas hacia los vanidosos mediocres que nos gobiernan, volcado en ese ácido submundo de tipos solitarios, pesimistas y elegantes que jamás le dispararían a una señora sin quitarse antes el sombrero...

simplewoman dijo
Los políticos, básicamente, son aburridos, pero por eso no hay que pegarle un tiro a nadie.
Me encanta como escribes, me estoy instalando en esta hospedaje, y cuando tenga mi blog, te enlazaré.
Me gustaría escribir como tú.
PD.- Tienes razón, hay cinturas perfectas.
13 Enero 2006 | 03:40 PM