El día que dejé que me dejaras. Historias de Philadelphia
El día que dejé que me dejaras me preparé un bocadillo de salchichas para merendar. Se agolpaban los recuerdos en mi memoria a ritmo de martillazos. Para beber un café con leche condensada y sacarina. La miserable melancolía con su constante tiranía me recordó que la peor de las nostalgias era recordar lo que nunca habíamos vivido. Aparté la guitarra y me tiré en el sillón. Afuera seguía lloviendo. La Hepburn rompía los palos de golf con un gesto de rabia delante de la cara perpleja de Cary Grant, y él, enfadado, le ponía la mano en la cara y la empujaba hacia atrás. Espero que hoy no lo denuncien por malos tratos con carácter retroactivo. Nos gustaba esa película y a mí me gustaba mucho la Hepburn porque tenía una belleza repleta de esperanzas, tenía un encanto tan provocador que cada vez que la veo me produce la sensación de que en cualquier momento puede aparecer por mi puerta y pedirme fuego; ella es de ese tipo de mujeres que emanaba la extraña sensación de que todavía no es tarde para enamorarse de ti. Katherine Hepburn siempre se parece a la vecina de enfrente que se acaba de mudar, a la nueva compañera de trabajo en la que sueñas todos los días o la hija que ayuda al frutero de la esquina. Como no tenía queso en lonchas, le puse queso de untar al bocadillo. A ti te gustaba más Cary Grant que James Stewart, porque era un falso patoso, y a James Stewart siempre lo veías sentado en la silla de La ventana indiscreta atado a unos prismáticos; que guapa estaba Grace Nelly, parecía de mentira, parecía de cristal. Cary Grant daba la sensación de que siempre se iba a caer, que podía incluso chocar con todos los muebles a la vez, pero después iba sorteando cada uno de los obstáculos con la elegancia de un gentleman inglés y la gracia de un bailarín de ballet. Un día iremos a Philadelphia, me decías envuelta en la manta del sillón y con la cabeza apoyada en mis piernas, buscaremos esa casa o una parecida y acabaremos casándonos en su jardín. ¿Te quieres casar conmigo? Y yo, callado, mientras miraba los finos labios de la Hepburn, te acariciaba el pelo y me acordaba de la obsesión que tenía mi madre con mi pelo y los piojos. Si yo me rascaba la cabeza lo más mínimo, ella aparecía como un águila depredadora en busca del insecto chupador. En ese momento me di cuenta que el queso de untar del bocadillo es de la marca Philadelphia, mira tú, como la película. Mi madre rastreaba centímetro a centímetro alrededor de mi cabeza como los indios de las películas de vaqueros. Mamáááááá, que no tengo piojos. ¡Que me dejes ver, que no me fío! Tú ponías tu cabeza encima de mis piernas y yo te acariciaba la cara muy suavemente, entonces a ti se te iban cerrando los ojitos a la vez que se dibujaba una pequeña sonrisa mientras te ibas quedando dormida en mi regazo. Yo me quedaba mirando para ti, y ese era el momento más dulce de nuestra relación, el momento en que me daba cuenta de lo feliz que era contigo, de lo mucho que te quería. En ese instante me decía a mi mismo que podría morir por ti. Yo a ti nunca te lo dije, pero una vez mientras te acariciaba, lloré de felicidad y dos de mis lágrimas fueron a caer justo en tu pelo. Creo que en ese momento te dije que te quería.
Mi madre había comprado un peine de hueso con millones y millones de púas a ambos lados, y aprovechaba el mínimo instante que me viera distraído, para peinarme con fuerza y sin pausa en busca del piojo perdido. No se frenaba ante nada, no se andaba con remilgos o miramientos a mis continuas muestras de dolor. No te acerques a los niños, y no te pegues a sus cabezas, seguro que más de uno tiene la cabeza infectada de piojos. Ayyyy, jo mamá, que me duele la cabeza, no me peines tan fuerte. Estate quieto, ¿quieres qué te corten el pelo al cero?, déjate de tonterías y venga vamos a lavar la cabeza otra vez con el ZZ que estoy viendo brillar las liendres. ¿Qué són las liendres? Los huevos de los piojos. ¡Qué asco! ¿y yo tengo liendres? Seguro. Seguro que Katherine Hepburn nunca tuvo ni piojos ni liendres. Bebía la pelirroja con James Stewart a la luz de la Luna. Yo bebía el café con el bocadillo de salchichas y el queso de untar Philadelphia. El periodista pobre y la alegre chica rica. De repente se cruzan las miradas y se quedan enganchados a los ojos y se besan. Me gusta mucho la Hepburn, me gusta como fuma. Tú fumabas como ella, con la elegancia natural de quien nació con un cigarrillo en la mano. Lo primero que hacías cuando abrías un paquete nuevo de tabaco, era sacar un cigarrillo, darle la vuelta, y volver a meterlo en su sitio. Ese era el último que te fumabas. Nunca te pregunté por qué lo hacías. Tampoco me lo dirías. Yo no sé ni coger un cigarro en la mano, lo cojo con asco, como si oliese mal, como las bolsas de la basura. De pequeño cuando mis amigos empezaron a fumar yo prefería comerme bocadillos sin parar, ahí cogí la afición por los bocadillos de salchichas y una incipiente barriga que no paró de crecer en mi vida. Es increíble lo que la piel da de si. Fue lo primero que supe cocinar, salchichas fritas. Venían en botes de cristal que mi madre aprovechaba para no sé qué, pero que te echaba una bronca de mil pares como se te ocurriese tirarlo a la basura. En mi casa nunca faltó de nada, pero tampoco sobró. Todo se aprovechaba. Mi madre era capaz de hacer croquetas con los restos de las uñas de los pies. Aún no se había inventado el plástico, o por lo menos aún no había aparecido en mi casa, y yo no recuerdo verlo anunciado en la Telefunken de mis abuelos, por lo tanto para mí eso no existía, así que las salchichas siempre en botes de cristal. Katherine Hepburn sucumbe de nuevo al amor de su ex marido. Ruth Hussey, la periodista, respira aliviada cuando comprueba que la rica heredera deja en paz al chico del que ella está totalmente enamorada. Cada oveja con su pareja. Veíamos muchas películas. Siempre de las antiguas porque eran las que a mí más me gustaban. Cuando te quedabas dormida respirabas profundamente, respirabas paz, y yo siempre me quedaba mirándote. Mi padre comía las salchichas crudas como si fuesen espárragos y entonces mi madre le reñía y yo me reía mucho, y él decía que ya venían cocidas que no había problemas y me guiñaba un ojo. Aprendí a encender la cocina, echar un poquito de aceite y dorar las salchichas un día que tenía hambre y mi madre no estaba en casa. No me acuerdo los años que tenía, pero de lo que sí me acuerdo es que tenía hambre. Se aprende mucho cuando se tiene hambre, sobre todo se aprende a buscar comida. Con los sentimientos es distinto, los sueles tener cuando te faltan con quien compartirlos y nunca aprendes a encontrarlos cuando realmente los necesitas. ¿Te acuerdas de las cenas que te preparaba con huevos fritos, arroz blanco y dos salchichas? Es curioso, me estoy comiéndome un bocadillo de salchichas, la Hepburn se está casando en una casa en donde todo desborda lujo, y a mí no se me ocurre otra cosa que acordarme de ti cuando le echabas la salsa de tomate encima del arroz, cortabas las salchichas en trocitos, lo mezclabas todo con los huevos fritos y después de comerlo te tumbabas en el sillón acurrucándote en mi regazo mientras veíamos otra película y justo antes de quedarte dormida me preguntabas: ¿te quieres casar conmigo?. Y yo te acariciaba el pelo. Y tú sonreías.

Nocturna dijo
Nunca le diste respuesta a su pregunta?
a Katterin Hepburn siempre le decia "SI"
Cary Grant..quizas debiste imitarlo
solo quizas...Noc_
27 Enero 2006 | 01:35 PM