Jazz en Santiago
En aquellas noches en las que yo me buscaba perdiéndome por las calles de Santiago, unos amigos recién conocidos me llevaron a un pub en donde un grupo de jóvenes estaba tocando en directo compases de los ritmos más clásicos del jazz. Les pedí, como no, que me dejasen cantar con ellos y aunque al principio pusieron mala cara, al final accedieron a mi petición de borracho trasnochado, más para que los dejase en paz que por el propio regocijo del momento musical en sí. Me inventé cuatro gorgoritos y cinco o seis compases sincopados fuera de tono, así que cuando acabaron la actuación y recogieron todo su equipaje, ni siquiera se despidieron de mí. De todas maneras recuerdo que hubo cuatro o cinco borrachos (evidentemente, entre ellos, los amigos que acababa de conocer) que aplaudieron con o sin ganas, sinceramente no lo recuerdo, y que uno de ellos vino hacia mí para saludarme y felicitarme por mi sobria (¿?) actuación. Fue la primera y única vez que en mi vida me ocurrió algo parecido.
A primera vista, el hombre filtraba un indudable talante izquierdoso y el aspecto de estar mas comprometido con la causa cultural que por las necesidades de comer, o eso por lo menos me pareció a mi cuando me percaté que su cinturón daba más de tres vueltas a su cintura. Resultó llamarse Asombrado, o mejor dicho, así era como firmaba sus obras: Asombrado Rodríguez, diseñador gráfico y dibujante de comics. Junto a él habitaba una mujer de edad comprometida y piernas absolutamente ejemplares, la cual no sólo no abrió la boca, si no que no abandonó, ni por un instante, una mueca entre que guapa que estoy esta noche y que asco me dais todos los borrachos de este antro, mezcla que por otra parte resultó absolutamente maravillosa y explosiva a mis ojos y a mis sentidos. Entre las mentiras que suele multiplicar el alcohol, Asombrado Rodríguez ( Asóm para los amigos y yo a esas alturas lo era de toda la vida), me dijo que pocas veces había escuchado a alguien expresarse delante de un micrófono como yo lo había hecho (sic). Nunca había escuchado tanto sentimiento en el fraseo, tanta alma en la melodía, tanta pasión en la interpretación y me pidió, por la vía alcóholica, que por favor le dedicase un autógrafo. Lejos de amueblar mi ego, me hundió un poco más en la miseria, es increíble las tonterías que hace decir el alcohol, ¡sabe dios las que dije yo durante toda mi vida!. De todas maneras, mientras ellos tomaban otra ronda más de cervezas, yo apuré unos cuantos gin-tonics que habilitaron una falsa soltura en mi atropellado hablar, y hablamos, vaya si hablamos, hablamos de casi todo, que se queda en nada o en casi nada cuando al día siguiente intentas recordarlo y la resaca te niega lo más evidente, pero de lo que es imposible olvidarse es de la cantidad de tiempo que estuvimos hablando del amor, del tan cacareado y manido amor.
Recuerdo que en un acto de pedantería borrachística por mi parte, me solté y me lancé al estrellato intentándolo definir sin escrúpulos, ni tapujos ni falsa timidez. El amor es el resultado de multiplicar la ilusión por la pasión y por el dolor. Cuando uno de ellos falta y su valor es cero, el resultado siempre será nulo.
Evidentemente estaba influido por una frase de ella cuando en un acto muy poco educado por su parte me dejó tirado diciéndome: "ya no me dueles".
Cuando acabé de disertar con todas las variantes posibles, Asóm me dijo: " y no te olvides del tiempo, compañero, no te olvides del tiempo".
Además de por los efectos sumatorios que el alcohol produce en mi retórica, recuerdo que en el camino de regreso hacia mi casa, todo daba vueltas en mi cabeza, mi cerebro se había transformado en una batidora que cortaba frases presentes con sueños pasados, imágenes palpables con nostalgias olvidadas, y encima de todo ello brillaba "el tiempo" que mi amigo Asombrado Rodríguez me había regalado y que ella y yo, tantas veces habíamos adorado y maldecido. El tiempo, el imborrable, el que pasó... y mis pasos, en un deambular galopante e inmantado, me llevaron por las calles de siempre, hasta llegar a los pasos que ambos habíamos andado y recorrido mil veces. Me quedé anclado y parado con los zapatos chorreando agua en el medio de la plaza del Obradoiro, mientras la maldecía y la odiaba, mientras le lloraba y le gritaba, mientras la besaba y amaba.
Aquel día descubrí el tormento de las lágrimas con lluvia, el explosivo fuego que produce su mezcla, aquel día probé por primera vez este amargo jarabe del dolor, porque cuanto más lloraba, más ganas tenía de llorar, y cuantas más ganas tenía de llorar más dolor sentía, y cuanto más dolor sentía más ganas de huir, de escaparme, de morir.
Sé que todo esto suena a otro de mis cuentos, otra historia adornada, otras licencias literarias con las que suelo mentir y adornar mi existencia, pero en algún sitio tenía que decir que ahora, cuando la pienso, la única imagen que me viene es esa maldita
plaza, y la lluvia de mis ojos empapando el viejo suelo empedrado.
Después te llamé, ¿recuerdas?, quería que me contaras tu historia, quería que me dijeses con pelos y señales como era tu nuevo novio, como lo conociste, como hiciste el amor con él la primera vez, y si en algún momento de besarle te habías acordado de mí. Quería apagar el resultado brutal de mi imaginación, quería quemar el campo libre y abonado por el cual mi deseo deambulaba sin frenos. Pensé que era mejor que el chico sin nombre pasase a ser Martín, el Martín pescador, que tuviese cara y sobre todo quería escuchar de ti que ante todo era una buena persona. Sabía que cada una de tus palabras iban a ser muy duras de escuchar, pero también las quería escuchar de una puta vez y enfrentarme con la realidad a la que mi nostalgia me negaba. Me estaban llegando los tiempos de abandonar los sueños aunque estos me hubiesen alimentado tantas horas de soledades y de pesares.
Por eso ahora, cuando todos mis sueños se han apagado y la realidad y su puta cordura ha vuelto a vencer, creo que debo apartarme de todos, separarme de cualquier imagen, frase o sentimiento que se acerque a ti, dejar de sentir las sensaciones del pasado y centrar todos mis esfuerzos en encontrarme a mí mismo para intentar conseguir que por lo menos la próxima vez no tarde tanto en abandonarme a mis sentimientos. No sé como haré este camino, si sólo o acompañado, pero la única realidad que ahora tengo es que mis sueños en forma de tu espíritu ya se han muerto, entre los dos los hemos matado.

n dijo
hermoso. hermosamente triste o tristemente hermoso. es lo mismo. yo lo llamo desencanto.
saludos
2 Febrero 2006 | 03:54