Dos veces, mil veces
Después de tres años la he vuelto a ver y me he dado cuenta de lo que perdí. Me fijé que su mirada, siempre tan encendida, hoy rezumaba un halo de tristeza por un encuentro tan inesperado como deseado. Ella también se fijó en mí, en mi forma de vestir (siempre la desaprobó), en mi incipiente alopecia, y esa forma tan mía de mirarla, -”nunca apartas los ojos de los míos”.
Días después me reconocería que en este encuentro casual, en el ya lejano mes de febrero, después de más de 3 años sin vernos, Manuel Bermudez Tajo, sin darse cuenta apenas, volvió a enamorar a la señora Nieves Béscara Rodríguez, como si fuesen otra vez los veinteañeros que jugaron al amor en las ya olvidadas playas de Marín, hacía ahora más o menos 6 años. Lo que yo no fui capaz de decirle, fue que ella no me había enamorado otra vez, ya que nunca había dejado de hacerlo, pero estas cosas siempre se me ocurren a destiempo. Es mi sino.
Seguramente es el entierro de un amigo, el lugar menos adecuado para un encuentro amoroso. Reconozco que de todas las situaciones que me imaginé este reencuentro, y fueron muchas, nunca se me había ocurrido esta. Pero al azar también le gusta jugar a los dados, y hoy pasados ya seis meses desde la muerte de Jaime, admito que en ese momento no pensé en mi amigo ni por un momento, y que desde que la vi entre el gentío, mi cabeza se apartó de la realidad y surgió egoístamente ella, como no lo podía hacer de otra forma. Ahora pienso que a Jaime, tampoco le haría mucha gracia que fuese justo en su entierro en donde volveríamos a vernos, al fin y al cabo él también tuvo algo que decir en esta historia.
De lo que vino después ya nada fue casual. Ni mi acercamiento a ella, ni su falsa sorpresa, ni nuestras palabras. Y volvió a aparecer el hechizo de sus ojos, la fuerza que emanaba su mirada, el increíble desasosiego que me producía sus pupilas, siempre tan enigmáticas, siempre tan atrayentes. Era aquel el momento que temía, el momento en que ella cogería la situación haciéndola suya, con una sola mirada, con la sonrisa de aquellos ojos, con su tristeza. La fuerza de Nieves radicaba en sus ojos, ella lo sabía y no hacía nada para disimularlo, al revés, potenciaba aquellos ojos maquillándolos con la misma energía que surgían de ellos. Las pestañas, siempre tan largas, se cargaban de rimel negro, quizás más espeso ahora que antaño, y sobre los párpados una sombra muy oscura, con ligeros toques en rojo, muy finos, casi imperceptibles, pero hacían que su mirada se convirtiese para mí en un arma de matar, en una perfecta telaraña en donde, como siempre, me quedé atrapado, y me volvieron a agarrar con la misma firmeza, con la misma suavidad. O ellos me atan, o a ellos me ato. Me hipnotizan, me matan. Era justo ese el momento que temía. Sabía que si volvía a ocurrir iba a estar totalmente a su merced, me vencería, me degradaría, me destruiría y sin embargo lo deseaba con todas mis fuerzas, mataría por aquella mirada. Ante aquella mirada yo dejaba de existir, no me acuerdo si respiro, sólo sé que me resulta imposible apartar mis ojos de los suyos. Soy de ella.
Sin embargo las circunstancias habían cambiado. Ya no éramos los jóvenes liberales y sin complejos que años atrás nos amamos. Ahora ella era una atractiva mujer, con empleo fijo en el Banco Santander, casada con Luís Guerra Torcuaz, abogado con miras altas, guapo, inteligente y la verdad, bastante gilipollas, del cual se enamoró en poco tiempo, -“no hasta morir de amor, pero lo suficiente para vivir con tranquilidad”-, y con dos hijos en edad colegial: el mayor Luís, (!qué bonito! igual que su padre); la pequeña Nievitas, como su madre.
- ¿Y tú?
Tampoco mi vida era muy distinta a la de ella. También me había casado, con una mujer que me quería mucho, con un hijo y medio, y con un trabajo totalmente inestable como corresponde a un individuo de tan alta alcurnia.
- Ya ves. Como siempre.
Sus manos mantenían la blancura que tanto recordaba, eran impolutas, parecían de cera. Tenía una alianza el dedo anular de la derecha, demasiada ancha para mi gusto, y una sortija, bastante fea en el dedo medio de la misma mano. No podía ver aquellas manos sin recordar como las había acariciado con mis labios, como las había besado hasta la extenuación, como las había paseado por cada pliegue de mi cuerpo, desde los pies hasta las orejas, y como las había soñado cada noche desde que la dejé.
- Me dijeron que te has casado - dijo.
- Lo mismo me dijeron de ti.
- No seas cínico.
Tiré a dar y se apartó. Me acordé de nuestro último encuentro, dos semanas antes de casarse. Pero de eso ya me arrepentí lo suficiente como para seguir sufriendo.
- ¿Estás bien? me preguntó.
- Como siempre.
- ¿Tan mal?
- Como siempre.
La conversación era mentira. En mis múltiples diálogos solitarios con ella, nunca había salido tan mal, siempre me surgía una frase original, siempre dominaba la situación. Pero ahora, en la realidad, siempre llegábamos a un punto en donde no nos atrevíamos a dar un paso para delante, y normalmente era yo el que lo hacía, pero para atrás.
De todas formas y un por un extraño casual, sus ojos me soltaron, un segundo, lo suficiente para que en un exceso de lucidez me atreviese a contestarle.
- O no tenemos nada que decirnos o no nos atrevemos a decir lo que pensamos.
- O quizás no sea este ni el momento ni el lugar. ¿Quieres quedar un día para tomar un café? Te llamo yo.
Sus palabras me sonaron como música celestial. Siempre fue ella la que daba los primeros pasos y era yo el que seguía hasta el final, para bien o para mal. En esta ocasión volvió a demostrarme que detrás de aquella estampa de mujer fría y calculadora, seguía la misma persona ardiente que yo conocí.
- Pues claro. El teléfono mío es el mismo, pero si no te acuerdas busca en la guía. ! Espero que de mi nombre no te hayas olvidado!
Se quedó callada. No hizo siquiera un gesto. Nos quedamos mirándonos una eternidad sin decirnos nada, con un cierto aire alegre pero a la vez con tristeza, y tuve que tragar saliva varias veces para que no saltasen de mis ojos las lágrimas que empezaban a formarse.
- El mismo. No cambias.
Se alejo de mí sin decirme nada. Ni siquiera un hasta luego. En ese día, el adiós estaba reservado para Jaime. Se dirigió despacio hacia el grupo que momentos antes había abandonado. Mi mirada la acompañó durante bastante tiempo, pero ella no me hizo ningún gesto, ningún guiño, nada. Dejé de existir. Poco a poco, y con esfuerzo, volví a la vida, a la realidad. Nunca pensé que aquel momento cambiaría tanto mi vida, que me destrozaría totalmente, pero a decir verdad, si me lo llegan a avisar con antelación, yo actuaría de la misma forma, porque de sus ojos sé perfectamente que nunca me podré escapar.

Nocturna dijo
Intenso, no se me ocurre nada mas...Noc_
8 Febrero 2006 | 01:07