Amelia Andares ( y 2)
Amalia Andares, se levantó y enjugándose las incipientes lágrimas fue hacia la cocina. Abrió la despensa, buscó un vaso, lo lleno hasta la mitad del café que minutos antes había hecho, le añadió un chorrito de leche fría, dos cucharaditas de azúcar y se puso a tomarlo a sorbos largos y lentos, mientras miraba por la ventana a dos chicos que paseaban un perro por el parque que rodea el edificio, el mismo parque en donde años atrás, sus hijos fueron dejando la infancia. El cielo, como casi siempre, amenazaba lluvia.
-Abril aguas mil.
Cada vez que Amalia Andares tomaba un café a solas en la cocina, se acordaba de los anuncios de Nescafé; cada vez que veía un anuncio de Nescafé se acordaba de sus cafés a solas en la cocina. A veces hasta ella misma canturreaba la canción: na nanananana, nanananana ...pero aquella casi lluviosa mañana de abril, Amelia Andares sólo tenía un pensamiento, su hija Paula se marcharía de casa dentro de dos días, se marcharía para siempre, se iría a vivir con su novio, Arturo, buen chico, pero daba igual, el simple hecho de la última partida sin retorno la ponía triste.
-Sí Luís, te fuiste cuando más te necesitaba, cuando lo empezábamos a pasar bien. Apenas pudiste disfrutar ni de tus hijos ni del piso nuevo que nos habíamos comprado, ni de mí, ni yo de ti. 22 años. 22 años sola. Hoy me empieza a pesar la carga, Luís. Después de 22 años hoy estoy muy cansada. Sólo tengo ganas de llorar.
Posó el vaso del café en el fregadero que contenía dos platos y dos vasos de la cena de la noche anterior. Se dirigió al pequeño balcón que tenía al lado de la cocina en donde estaba la lavadora, un minúsculo pilón, el calentador del agua y un pequeño mueble que le había hecho un cuñado suyo muy mañoso, en donde guardaba sus zapatos y los de las niñas. De una pequeña repisa cogió una caja de cerillas, y después de dos intentos fallidos, encendió el calentador del agua. Dejó la caja de cerillas en el mismo lugar de donde antes las había cogido, tiró la cerilla usada en la bolsa de la basura que tenía debajo del fregadero y fue caminando despacio por el pasillo arrastrando las zapatillas hasta llegar al cuarto de baño. Abrió el grifo de la ducha y tiró el pijama en el bidé, la braga en el suelo y colgó la bata rosa en la percha de detrás de la puerta. Probó con la mano la temperatura del agua, le pareció muy caliente y la reguló un poquito mas fría. Se metió en la ducha, y cuando empezó a sentir los primeros chorros de agua caer por su cuerpo, empezó subitamente a llorar. Y lo hizo con fuerza, nada de pequeños lloriqueos. Eran lagrimas gordas, quejidos desquebrajados, roturas del alma. Entre los sollozos balbuceaba el nombre de su marido, Luís, muerto ahora hace 22 años en un tonto accidente de circulación, tan tonto como todos los accidentes de circulación. 22 años y Amelia Andares todavía no se había acostumbrado a vivir sin Luís, sin su compañía, sin su amor. Aquella casi lluviosa mañana de abril, cuando faltaba solamente una semana para que su hija la mayor, Paula, se casara con su novio, Arturo González-Rico un incipiente abogado de buena familia, Amelia Andares se quería morir. No podía más. El peso que aligeraban las sucesivas marchas de sus hijos, a ella se le iban acumulando a modo de recuerdos en su mente, y aquel lastre cada vez más grande, la hacía entrar en un mundo de depresiones, de continuos sollozos, sumado a posteriores respuestas de incomprensión por parte de sus hijas y de algún que otro abrazo sin mucha convicción de Javier, su hijo mayor, que hacía dos años que se había casado, pero que a ella aún le parece que fue ayer cuando cogía el bocadillo y se iba a jugar al parque. Aquella casi lluviosa mañana de Abril, toda la vida le daba vueltas. Su cabeza daba vueltas. Sus pensamientos le daban vueltas. Todo le giraba y le giraba sin parar. Toda su vida estaba resumida en sus tres hijos y dos ya estaban fuera. Ahora quedaba la pequeña, Asunción, Chon, que es así como a ella le gusta llamarle, pero que por cuestiones de trabajo, solamente venía por casa los fines de semana, y entre salidas nocturnas con su novio y mañanas ocupadas en dormir, apenas le quedaba tiempo para verla. Tampoco ella le pedía nada, pero echaba en falta un cariño más fuerte por parte de sus hijos, no lo quería decir, pero necesitaba algo más que el regalo del día de la madre, y la comida todos juntos el día de Navidad.

mj dijo
La soledad si no se aprende a vivir con ella, puede ser muy dolorosa..
saludos
11 Febrero 2006 | 08:56 PM