Cartas a Alvite. Soltando lastre o carta de amor escondida
A su depresión mi desgana, a su silencio mis adentros, a sus pensamientos mi más sentido pésame.
Mi querido y añorado D. José Luís:
Así es como he querido empezar esta carta y así es como la empecé, y la verdad es que tampoco me ha sido tan difícil que es como de antemano siempre supongo que me va a resultar y para serle sincero, es como constantemente ocurre en mi vida, porque yo, mi querido D. Jose Luís, soy de los que se frena continuamente antes de ni siquiera haberlo intentado, a mí me cansa hasta la intención.
Y así lo he querido hacer porque así me salió, de golpe y de dentro, mientras subía en el ascensor de este hotel. Lo hice sin pensar, de sopetón, como quien no quiere la cosa, y ahora que ya estoy dentro de ella, me doy cuenta que si la empecé debió ser porque de esta manera ya tengo un principio que llevarme a la boca, un principio que es lo que al fin y al cabo me cuesta más, y claro, aprovechando que estoy aquí y que el Pisuerga no pasa por Zaragoza, pues me dejo llevar hasta el final de este espacio en blanco que de primeras siempre me acojona y al cual respeto hasta límites -se lo puedo jurar!-insospechados y desesperantes. Pero en estos momentos toca el medio, toca la paja de la carta, toca el meollo de la cuestión, y la única manera que se me ocurre para seguir llenando espacios en blanco es coger carrerilla y reconocer a tumba abierta y a los cuatro vientos, que para mi espíritu, emprendedor de tristezas, no es nada fácil quedarse huérfano de sus suspiros, de sus frases comprometedoras de placidez sentimental, de sus caricias despotricadoras de vómitos inguinales o de sus apariciones en el periódico como guiño a la oscuridad en la que habita el que suscribe.
Es cierto, no lo niego, que lo sigo echando de menos cada día (eso de que cada día te echo más de menos me parece una falsa y absurda frase y sobre todo una solemne tontería), que cada mañana cada vez que pido un café y enciendo el teléfono lo sigo buscando incesantemente por las páginas de El Faro, y aunque no me crea, me sigue sobrecogiendo una terrible congoja mezclada con una angustiosa pena que, con agudeza firme e incesante, no para de ejercer sobre mis miserias todas sus pretensiones, esas que me abocan al recuerdo del pasado en su expresión más placentera y cruel, ese pasado tan cargado de amarguras cuando descubre su cada vez más frecuente ausencia.
De todas formas tampoco me puedo quejar con lo que la vida me ha deparado con respecto a usted: lo he leído casi tanto como el que más, lo he escuchado a rodillas juntitas y pegadas al suelo, le he escrito en noches de insomnio, maldecido en kilómetros de soledad, querido al roce de su voz, vilipendiado por falta de escrúpulos existenciales, odiado porque nunca lo dejaré de querer, soñado (sobre todo soñado y no le pongo más rúbricas), mentido para poder protegerle, llorado a ritmos incesantes, y sobre todo, lo que he podido hacer por encima de todo ( y de todos, que cojones!) fue rozar sus palmas de las manos con mis mejillas, y a eso tampoco le pongo rúbrica.
Es por eso por lo que mi tristeza no puede ser completa ni mis lágrimas eternas, ya que su paso por mí, aunque sea tan efímero como las flores de los cerezos, como las lágrimas de los niños, como el primer beso de los enamorados, es (me niego el pasado, me niego el pasado, me niego el pasado) tan fuerte e intenso que no me pienso desprender de él por lo que me resta de mal vivir. Para otros quedan los suspiros y los lamentos y esas ataduras con los que juega la memoria por lo que pudo haber sido y no fue.
Mentiría si le dijese que hoy me he arrastrado hasta aquí con el único pensamiento de loar su profesionalidad, sus escritos, sus letras, su forma de ver e interpretar la realidad que nos rodea, ya sabe que mi fe por usted es fuerte (hasta en los momentos peores no fui capaz de negarlo y eso que lo intenté con todas mis fuerzas, que en aquellos momentos eran más bien pocas) pero mis continuos sentimientos y pensamientos hacia usted, pagan con creces mis ausencias más continuadas y significativas. No es así la suya (su ausencia, entiéndame), puesto que cada vez que aparece su foto al lado de sus letras, a mi se me hace más patente y evidente que su vuelta es mentira, y que si sigue surgiendo es porque tiene miedo a perder definitivamente un contacto con el que un día, su vida empezó a sentirse bien consigo misma aunque por el camino le diese un mal vivir y peor morir. Usted -y esta es una sensación que yo tengo-, sigue publicando porque este fue el único camino (tortuoso pero ilusionante) que le dejó aquellas horas en las que no solamente fue capaz de despegar, sino incluso llegó a volar. Pero ya le digo que hoy mi acercamiento no es para hablarle de usted, porque me imagino que estará harto de las mismas cantinelas de siempre, hoy mi acercamiento es simplemente una necesidad de soltar lastre, una forma como otra cualquiera de insultar a grito pelado con el mayor de mis desprecios al ser que no he podido llegar a ser, hoy simplemente quiero decirle que en el retorcimiento interno con el que se suelo acompañar el alma en lugares buscados por su soledad, escribir es lo que más me cuesta, a veces parezco una primeriza en parto (sin epidural, entiéndame!) y por si esto fuese poco, veo que todo lo que rodea a esta mi eterna huida del mundo no sentimental, me aburre cada día más.
Así que apriétese usted los machos y déjeme explayarme por mis incesantes y perpetuos males, que hoy hace un día precioso para llorar. Esta mañana mientras depositaba mis primeros desechos del día en el inodoro y leía una pequeña biografía de Borges (“Borges para principiantes”, si es lo que yo le digo a usted, que mi formación cultural avanza a un ritmo endiablado, lástima que me pilló con la edad un poco avanzada que si no...!), me he dado cuenta de varias realidades que me da hasta miedo recordar.
En primer lugar he llegado a la conclusión que no sé que cojones espero de esta vida. Sí, sí ya sé lo que me va a decir, que en eso estamos todos, pero como comprenderá a mí de poco me vale o como diría mi madre: mal de muchos consuelo de tontos. Hoy me he preguntado a mi mismo y muy seriamente a qué aspiro, qué es lo que busco, por qué sigo pensando en el mañana, qué ansío con desesperada ilusión, qué es lo que realmente me gustaría conseguir para poder estar a gusto conmigo mismo, en una palabra (bueno, en unas cuantas palabras ) ¿qué es lo que me mueve para seguir viviendo? Después, como usted podrá comprender, paré en seco todos estos malos pensamientos, ya que fueron tantas las respuesta vacías que me di miedo diciéndome a mi mismo que la única realidad es que no sirvo para nada, que mi paso por el planeta Tierra es totalmente superfluo, que mi patológica y patética falta de ambición me condenarán al mayor de los ostracismos conocidos, y que todo esto, lo quiera o no, desemboca en una clara y concisa solución, y es que la falta de mi en este mundo se puede definir con otra de las máximas favoritas de mi madre: menos bulto, más claridad.
!Oh, no ! no piense que me voy a suicidar o algo parecido, como mucho me cortaré el pelo delante del cristal del cuarto de baño hasta límites insospechados, porque si le soy sincero, tengo que reconocer que tengo tanta apatía por mi futuro como ganas para seguir viviendo en el presente, aunque solamente sea para cerciorarme con el paso de los años, que no me equivoqué en los juicios que hice de mi mismo tal día como hoy.
Después, mientras venía conduciendo me he dicho si no sería el vacío que quedó en mi interior en el momento de depositar mis excrementos, conjugado por los aforismos tan intelectuales y llenos de falsa vanidad con los que la biografía de Borges obsequió a mi intelecto, lo que provocó esta amalgama de preguntas adolescentes de imposible respuesta. A lo mejor lo de los excrementos tienen poco que ver, y sí en cambio el tal Borges, porque a riesgo de caerle ignorante, le diré algo al oído ahora que no nos escucha nadie: ese señor me gusta más bien poco.
Es cierto que la mayoría de la intelectualidad lo considera el no va más de la escritura contemporánea, uno de los mejores escritores del mundo que ni siquiera ha necesitado escribir una novela, pero es que para mí son tantos los agujeros de su personalidad para con la percepción del ser que este menda tiene ( y ya sé que yo siempre digo que hay que separar la obra de la persona, excepto claro está cuando los quiero atacar, entonces todo vale), que no puedo no más que saltarme a la torera sus absolutamente infumables e ilegibles cuentos fantásticos, sus pesadas cargas de soberbia, sus ejercicios despreciativos de todo lo popular, su áurea de intelectual engreído, sus continuos devaneos con la tristeza por imperativo maternal. Por otra parte, a mi me gusta escribir sin tener que darle ningún tipo de consideración a mis lecturas, no me gusta para nada estar mentando continuamente mis gustos ya sean literarios, musicales o sexuales. Allá cada uno lo que lee o lo que escucha (o con quien se pajea!), por mí como si se quiere negar desde Shakespeare hasta Cervantes, desde Mozart a Van Morrison (toma mezcla!), desde Ava Gadner hasta Jena Jameson (repito, toma mezcla!). Reconozco que hubo momentos en que he tenido pretensiones pedagógicas con el fin de demostrar mis propias limitaciones pero hoy por hoy, ese tipo de complejos los tengo más que olvidados (aunque tengo otros, no lo niego), por eso no creo que haga falta estar hablando continuamente de autores raros y extraños que no conocen nadie, o citar de carrerilla los mismos escritores endiosados de siempre, esos seres que se les suele regalar adjetivos grandilocuentes y epítetos repetitivos, esos gurús que siempre son nombrados por los más intelectuales de la zona y que a mí en su mayoría me aburren soberanamente. Además, me pregunto, ¿qué es lo que les mueve para estar escribiendo continuas alabanzas de los Faulkner, Proust, Borges o Joyce? ¿Es que tienen que demostrar a todo el mundo que ellos están por encima del bien y del mal, que sus gustos son por una parte esencial de su propia esencia y existencia, y que aquellos que no los siguen deben ser considerados fuera de los elegidos? ¿o es qué simplemente tienen miedo a decir lo que piensan? (ojo, después está los provocadores ignorantes, esos que niegan todo sin proponer nada y que dan rienda suelta a cada una de sus necedades con el único fin de auto vanagloriarse con sus propia falsa inteligencia, esos mi querido D. José Luís, suelen ser bastantes peores). A mí me sigue pareciendo patético los chascarrillos de los intelectuales, las continuas disputas falsamente educadas en donde compiten para ver quien tiene el gusto más uniforme o más vanguardista, más culto o más enrevesado, todo vale excepto lo que ellos llaman vulgar, popular, o cualquier cosa que guste a cualquier mayoría (a su juicio, siempre equivocada, por supuesto, pero después se quejarán de que no la gente no lee sus libros!). Esta people llega a despreciar a autores en el mismo momento que alcanzan el éxito, el mismo que desprecian pero, evidentemente, ellos merecen. Todo vale con tal de diferenciarme y no, no pienso hablar de los nacionalismos de este país. A mí, que me gusta tanto leer como escribir, odio casi tanto lo que leo como lo que escribo. Odio lo que leo si lo considero bueno, porque no entiendo como algo tan bueno no se me había ocurrido a mí, y odio lo que no me gusta por el simple hecho de haberme hecho perder el tiempo, ¡con la cantidad de masturbaciones que me hubiese podido hacer yo en todo ese tiempo y lo bien aprovechadas que estarían! Odio lo que escribo por dos motivos fundamentales: uno, porque no avanzo con el papel y el bolígrafo con un mínimo de claridad (¡ya me gustaría escribir calidad en vez de claridad!), y dos, porque me da la sensación que a donde quiero llegar ya es tarde, siempre tarde, que es la evidencia más palpable de mi vida. De hecho si le estoy escribiendo a usted y soltando toda esta retahíla de estupideces es porque simple y llanamente han nacido gracias a usted y a su bien conocida paciencia como lector receptor de mis escritos, y es por amor hacia usted por lo que yo me obligo a rematar mis escritos aunque sea solamente una carta (esta en concreto), porque en sus desapariciones de mi vida, todo se queda a la mitad, todo son relatos que empiezo a escribir a ritmo frenético hasta la aparición del dolor de espalda, y luego los dejo con la sana intención de proseguir en otro momento que después siempre tarda mucho en llegar, y cuando lo hace, siempre caigo en los mismos vicios, en los mismos errores, en la misma secuencia: repaso, rescribo, releo, me enredo, repaso, rescribo, releo y me vuelvo a enredar hasta casi llegar a conocer de memoria los primeros folios y por consiguiente abandonar a la buena de dios los restantes párrafos. De los finales, por inexistentes, mejor no hablar.
Tengo claro que esta carta está acabando, lo que no tengo nada claro es porqué la empecé, será que el lunes pasado, mientras veía un programa en televisión me entraron varias veces arcadas al ver como unos señores tertulianos se reían entre ellos de chistes sin gracia que se lanzaban de un lado para otro a base de citas y pedanterías. Y no le quiero contar cuando empastan la voz, y se ponen a regalarse citas y poesías de los unos hacia los otros y de sus caras salen rictus empalagosos soberbios y orgullosos por poseer una vida con tanta cultura, una vida llena de vida interior, una vida ganada a la batalla de la ignorancia y que en su rezume, dejaban caer pequeñas gotas de magisterio genial de compromiso solidario. Y yo me preguntaba con repetitiva inquina (je, je, je) ¿por qué cojones tengo que aguantar yo a estos con el sueño que tengo?
Perdóneme la ignorancia, D. José Luis, pero es que hoy no sé que me pasa.
Un abrazo.
Un alma en pena.

Nocturna dijo
Bastante dura es la vida, para que seas tan duro contigo mismo, afloja tus deslealtades...porque ni nadie es tan bueno y tu eres tan malo..solo eres, vives y sobrevives..mas o menos como todos..navegamos entre la cultura y la incultura, pero eso, no tiene mayor importancia...Noc_
Pd: Un placer leerte!
27 Febrero 2006 | 04:01 PM