Publicidad:
La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

2 Marzo 2006

El día que dejé que me dejaras. Lágrimas con lluvia.

El día que dejé que me dejaras, blandí mi corazón contra las cuerdas de una prisión. Apagué la televisión y me tumbé a oscuras en el sillón. Tenía hambre, todo el día igual. Los silentes nervios me creaban ansiedad despertándome un apetito voraz. Aún tenía el bocadillo de salchichas a medio camino entre el intestino delgado y el grueso, pero lo que realmente me apetecía era un buen plato de lacón con grelos. Pensé en levantarme del sillón y repasar por quinta vez la nevera para ver si la teoría de la generación espontánea era verídica, pero sabía que todo iba a seguir igual, así que permanecí tirado e impasible en el sofá una vez más. A veces el mundo sigue andando con tanta tranquilidad que desespera, todo transcurre exactamente igual, a un ritmo cansino y repetitivo, con la misma parsimonia con la que crecen los cactus, como el andar de un caracol, todo funciona como si nada ocurriese de verdad, como si hoy no fuese distinto a ayer, pero para mí, en aquel momento todo fluía rápidamente, la catarsis de mi espíritu se mezclaba con el sin sabor de tu huida, o de tu partida, o de aquella forma tan poco sutil por mi parte de despedirme, impasible, con la guitarra, en silencio y a oscuras.
Mi madre me decía que siempre fui muy vago, que para levantarme de la cama tardaba dios y ayuda. Mis amigos me esperaban en la puerta de la casa y yo corría a ellos con un balón debajo del brazo. A veces la cartera pesaba tanto que no podía levantarla del suelo. Mi madre nunca me ponía un bocadillo para el recreo, así que yo jugaba y jugaba hasta que se mezclaba el sudor de mi cabeza con el polvo áspero y seco del improvisado campo de fútbol. ¿Por qué nunca pensamos en tener hijos? A ambos nos gustaban, pero nunca lo hablamos. Cada vez que venía a casa tu hermana con tu sobrino, nos quedábamos mirándolo con extrañeza y después nos cruzábamos una mirada llena de dudas e interrogaciones que aplastaban cualquier intento de diálogo. Quizás teníamos miedo al pensamiento del otro, a una posible duda; las capas de silencio con las que nos solemos cubrir atrapan la tristeza e inmovilizan la sinceridad.
Cada día que pasa en nuestras vidas solemos tener más miedo a desnudarnos delante de los que más nos conocen, igual no somos tal y como ellos creen. A veces guardamos la sinceridad detrás del derecho a la intimidad, y creamos mentiras protectoras con el único fin de no hacer daño a la persona amada, sin embargo lo único que conseguimos es agrandar el espacio que nos separa, y así se termina cenando en un restaurante sin decir ni palabra. ¿Te acuerdas aquella primera cena? El restaurante era de los caros. Me invitaste sin complejos y cenamos canelones con almejas en trufa francesa y lubina al vapor de hierbas aromáticas. A mi abuelo le gustaba mucho ir a pescar y a mí ir con él. Un año me sacó la licencia. Al río no vamos que es muy peligroso, mejor iremos al muelle de Marín. Papá cuida del niño, no te vaya a caer. Mamá, no te preocupes que yo sé nadar muy bien. Mi abuelo me dejaba sacar la miñoca del cesto, venía mezclada entre las algas y yo las buscaba y las engarzarba al anzuelo, después él, la lanzaba lo más lejos posible. La lubina que nos pusieron aquella noche estaba deliciosa, se deshacía en la boca y me sabía y olía a mar. Salsa de erizos y grelos confitados para acompañar. Menuda mezcla. Los profesores nos llamaban con una campanilla y nos poníamos todos en fila para volver a entrar en clase, si te salías de ella te caía una buena hostia. Yo subía a toda prisa, con el balón pegado a mi cuerpo, poniendo cara de bueno cuando la mirada inquisitiva de un profesor aparecía midiendo la distancia entre nosotros. Tú me mirabas con tus ojos de pestañas tobogán, con las manos entrelazadas y apoyabas el mentón sobre ellas. Y yo, mientras cenaba, hablaba y hablaba sin parar. De repente, sin motivo aparente, la sangre se me heló cuando vi tus ojos totalmente humedecidos. Estabas a punto de llorar. ¿Qué te pasa? Nunca, prométeme que nunca seremos una de esas parejas que cenan sin hablarse, que comen a toda prisa y se van; prométeme que tampoco hablaremos de trabajo, ni estaremos viendo la tele, y que el único silencio que exista sea el que aprovechemos para besarnos. Prométeme que antes de caer en esa maldita rutina, nos dejaremos. Mi abuelo ponía las dos cañas enganchadas en las piedras y me mandaba vigilar la punta. Fíjate bien, si ves que se mueven, es que han picado. Vale, abuelo, me fijo. Durante el primer minuto, al mínimo movimiento yo ya imaginaba que habíamos pescado un tiburón. Abuelo, se mueve, se mueve. Que no, hombre, eso es el viento, tiene que moverse mucho más. Después me aburría de tanta monótona vigilia y empezaba mi bombardeo de preguntas.
Abuelo ¿a ti quién te enseñó a pescar? Nadie, yo iba viendo como hacían los otros. ¿Y te gusta? Claro, si no fuese así no vendría a la pesca. ¿Siempre hacemos lo que nos gusta? No, no siempre hacemos lo que nos gusta, por desgracia muchas veces hacemos lo que algunos dicen que debemos hacer. ¿Por qué? Ah, pues no lo sé, pero lo que está claro es que lo hacemos todos. ¿Y tú? ¿Yo qué? ¿Tú también haces lo que no te gusta? Pues sí, tristemente sí. ¿Y te gusta? No siempre o mejor dicho, casi nunca. Abuelo, pues cuando yo sea mayor, haré siempre lo que me gusta. Creo que pican, fíjate bien. Nunca supe como lo hacía, pero en su caña siempre venían lubinas y en la mía anguilas. Un día compré anguilas e hice una empanada como hacía mi abuela. No te gustó. La dejaste toda y se la tuvimos que dar a los perros del vecino. Aquel día los perros maullaron.

El día me había vencido. Había jugado con mis sentidos, con mis recuerdos, con mis pasiones. ¿Qué podía hacer ahora? Estaba tirado en el sillón, tenía una mentirosa hambre y en la casa reinaba un profuso y espeso silencio. Todo era silencio. Angustioso silencio. Me voy a dar una vuelta, no aguanto más. Afuera seguía lloviendo, y la noche, prematura invitada del mes de noviembre, había entrado con tanta fuerza en la ciudad que la cubrió con una indecorosa tristeza invernal. No sabía que hora era, tampoco me importaba, sólo me apetecía salir a la calle y mojarme a la lluvia. Por fin me levanté del sofá y fui al armario a coger mi gabardina. Abróchate bien, no vayas a coger frío, y cuida de tu hermana que siempre la dejas abandonada por culpa del dichoso fútbol. Que sí, mamá que yo cuido de ella. Abrí el armario y mientras buscaba la gabardina, de repente apareció un halo misterioso que me envolvió y me sumió en un profundo éxtasis. Temblé. Sudé. La piel se me puso de gallina. Me faltaba aire, no podía respirar bien. Tu aroma, tu sempiterno aroma, salió del armario y empezó a acorralar todos mis sentidos despertando cada uno de mis miedos más íntimos. Te acaba de encontrar. Por fin apareciste. Estabas allí, entre mi ropa, con mi abrigo y mis camisas, con mis pantalones y mis zapatos. Te podía ver, estaba temblando. Angustiado fui hacia el salón, y miré hacia los lados, confundido, aturdido, agarrándome la cabeza intentando razonar mientras negaba la evidencia. No puede ser. Pero también te encontré allí, entre los cojines del sillón, entre los archivos de mi trabajo, entre mis libros, entre los cuadros, entre mis discos. Entré en la cocina, y sentada en un taburete, estabas entre las tarteras, entre sartenes, entre vasos, entre platos; y en el baño, entre mis colonias, entre mi desodorante, entre las toallas; y en la ducha entre el agua cayéndote por la espalda e invitándome a entrar. Corrí hacia el dormitorio, poseído, enloquecido, y casi me muero al descubrir que también estabas allí, entre las sábanas, entre las mantas, entre mi ropa interior, dentro de mí, estabas dentro de mí. Lo comprendí. De repente lo comprendí todo. Até la gabardina fuertemente a mi cintura y salí a la calle. Corrí como un poseso en tu búsqueda, pero no sabía hacía donde debía correr, no sabía en donde podías estar. Pregunté a Gema si habías estado tomando café, llamé al piso de Luisa y Benigno por si te habías dejado caer por su casa, pasé por el restaurante de Arturo !en algún sitio tenías que haber comido! Busqué entre los bares que frecuentábamos, corriendo de un lado hacia el otro como un desequilibrado, como un demente. Nadie te había visto, nadie sabía nada de ti. Entonces pensé en tus padres, claro, esta claro, está en casa de sus padres, pero no me atreví a ir, así que les llamé por teléfono, pero nadie descolgó. ¿Y en casa de tu hermana? ¿Estarías en casa de tu hermana? Aurelio, por favor, dime que esta ahí. Cálmate, hombre, cálmate. Sí, sí estoy calmado, pero dime, ¿está ahí? No, no está, ya se ha ido ¿Cómo que se ha ido? ¿a dónde se ha ido? No lo sé, no nos lo dijo, solamente dijo que se quería marchar una temporada, creo que hablaba en serio. Mierda, pero dime, dio alguna pista, os dijo a donde pensaba ir. No, no dijo nada. Me estás mintiendo. No, no te estoy mintiendo, te estoy diciendo la verdad. Me estás mintiendo, eres un cabrón, no me lo quieres decir, ¿por qué me lo quieres ocultar? Mírate al espejo, y pregúntate de verdad quien es el cabrón, no cargues ahora tus culpas sobre los que no tenemos nada que ver.

Una solitaria calle. La lluvia me había empapado de arriba a bajo. No tenía fuerzas, aún me temblaban las piernas. La noche lo cubría todo, había vaciado la ciudad y sólamente había dejado, en el medio de la calle, un macetero con una pequeña palmera. Me senté en él. Todo se mezclaba. Todo había terminado. De mi pelo caían gotas que iban acompañando a mis lágrimas por mi cara. Así descubrí el sabor envenenado de las lágrimas del desamor mezcladas con la lluvia de noviembre. Nunca más te volvería a sentir, nunca más.
El día que dejé que me dejaras entendí lo que significaba la palabra eternidad.

servido por ignacio 9 comentarios compártelo

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Andrés

Andrés dijo

Tan bello como triste. Felicidades

2 Marzo 2006 | 09:12 AM

princesita

princesita dijo

"El día que dejé de me dejaras", a lo mejor fue lo mejor para los 2. Tuvimos una historia de amor con comienzo y final, ya no se podía estirar más. Mejor acabar ya. Por lo menos tenemos recuerdos, la seguridad de que podemos amar y la certeza de que debemos mejorar.
Un abrazo

2 Marzo 2006 | 01:47 PM

Nocturna

Nocturna dijo

La tristeza se mezcla siempre con lo que se tiene, pero nunca a sido tuyo...porque en el fondo somos los únicos dueños de nosotros mismos, nunca de nadie...Noc_

2 Marzo 2006 | 05:11 PM

trasto

trasto dijo

Otra vez que me he hechado a llorar. Ya te vale!!
Presiento que os quieres. Lo siento, no acabo de entender el por qué de todo esto..........

15 Abril 2006 | 03:26 PM

cecy

cecy dijo

solo me encontre leyendote y me gusto
q este bien

9 Septiembre 2006 | 03:54 PM

noit

noit dijo

es triste.pero mejor dejar que te dejen que no forzar una mentira basada en ilusiones del pasado.

26 Marzo 2008 | 11:36 AM

manuel (sevilla) España

manuel (sevilla) España dijo

Yo, también tengo un dolor, y perdurará hasta que uno de los muera.

31 Marzo 2008 | 01:32 PM

danielita

danielita dijo

me gusta muchisimo
casi lloro por lo k ponia felicidades

9 Noviembre 2008 | 10:37 AM

naximo carpintero

naximo carpintero dijo

me gusta no hay nada parecido aesto

11 Noviembre 2008 | 09:30 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de ignacio

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

pontevedra, España
ver perfil »
contacto »
Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

Enlaces

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera