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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

10 Marzo 2006

Nostalgias y Juan 1

Para escribir sobre Juan necesitaría por lo menos una novela entera, dos extensos poemarios, tres o cuatro ensayos psicológicos y varios tratados sobre rarezas, extravagancias y peculiaridades, pero si algo conozco de mí, es mi inconstancia exacerbada y mi continua desidia, y ambas me tienen totalmente prohibido ese tipo de excesos, a lo más que me dejan es a hacer cuatro cartas mal firmadas, unas cuantas canciones mudas y unos tristes relatos que intento encadenar de la mejor manera posible pero en los cuales me atasco y siempre me da la sensación de que no hay manera humana que termine alguno de manera decorosa.
Quizás sea por la nostalgia de los tiempos de estudiante, o por la melancolía con la que los años pasados van dejando poso en nuestro interior, o quizás todo es más sencillo y simplemente por la amistad que me une con Juan, lo cierto es que ante una llamada suya con invitación para comer, hay que acudir raudo y veloz porque eso supone: risas garantizadas al recordar los tiempos de la pensión de Lola, discusiones altisonantes al hablar de política y sus continuos cambios de chaqueta y sobre todo mucha alegría por mi parte por poder contar con la amistad de alguien realmente noble.

Juan y yo nos conocimos el primer día que ambos llegamos a Lugo para estudiar la carrera. Los dos caímos en la misma pensión y por su carácter abierto, culto y salido sexual, se convirtió en una persona fundamental en mis inicios universitarios. Recuerdo aquel primer domingo de octubre de hace ya tantos años que es mejor no contarlos, cuando mis padres me dejaron en una triste pensión de las afueras de Lugo (¡cuanta esperanza tenía mi madre puesta en mi, cuantos sueños acumulados en aquellas sus lágrimas de despedida!), y como de repente todo se apagó en mi vida a la velocidad con la que la noche entró en aquella habitación. Dos libros de matemáticas, uno de física, los apuntes de COU de biología, un flexo que aún conservo hoy, un despertador digital que mi padre me regaló, una radio para dormir, unas zapatillas bien mulliditas para el frío, la vieja estufa eléctrica y la ropa que mi madre me dejó bien ordenada en el armario y en la cual bordó mi nombre para que nadie se confundiese al lavarla. Esas eran mis pertenencias. Recuerdo aquella tarde como una de las tardes más tristes y frías de mi vida. Hoy pienso que a lo mejor el que estaba triste y frío era yo y como soy tan llorón, contagié la mañana, la tarde, el día, la noche, y todo lo que se me pusiera alrededor, ¡quien sabe...! a lo mejor no todo está escrito, y todo se puede ver desde el otro lado.
Aquella primera tarde que salí del nido, me refugié en mi habitación pertrechado en mi tristeza. Me tiré encima de lo que iba a ser mi cama en los próximos años y me pasé bastante tiempo tocando las dos únicas canciones que sabía con la armónica, el único instrumento que pude colar en mi equipaje (los intentos de llevar la guitarra chocaron con las miradas y frases de desaprobación de mis padres: “¿a que vas, a tocar o a estudiar?”). Al rato, un pequeño toque en la puerta, la apertura sin apenas un segundo de espera (esa fue una constante en los 3 años que vivimos juntos) y en el medio de la nada apareció Juan con el bocadillo de jamón más grande que había visto yo en mi vida: hola rapaz, chámome Juan e son de Carral. A los cinco minutos apareció Fran de Allariz, y gracias a ellos fui conociendo la geografía gallega, situando en el mapa sus pueblos y relacionándolos con otros que me sonaban un poco más, y sobre todo en aquella pequeña, mísera y fría habitación, apareció mi primera gran frustración: ellos hablaban gallego y yo no.
Para ese año, Lola había sido capaz de reclutar a 17 estudiantes (15 chicos y 2 chicas) distribuidos de la siguiente forma: diez vivían en un piso que estaba justo encima del piso del catedrático de Anatomía (¡con dos cojones!) y 7 estábamos en la casa vieja, viviendo con ella y sus hijas gemelas Sonia y María. Entre el piso y la casa solamente nos separaba una ancha carretera sin tráfico. Me imagino que no hace falta decir que las dos chicas vivían en la vieja casa, junto a Lola, sus hijas y nosotros, 5 novatillos en período de salida de barba, y ellas estaban allí porque ninguna mujer en su sano juicio aguantaría las vilezas disfrazadas de improperios verbales, que en aquel piso de 10 estudiantes desfogados sexuales se podían llegar a dar.
Sonia y María, las hijas de Lola, tenían la misma edad que mi hermana, por eso a mí me resultó muy fácil llevarme bien con ellas desde el principio, claro que a ellas no les pegaba sopapos al grito de “sino te educan mamá y papá te educo yo” como hacía con mi hermana, pero por lo demás todo era igual que en casa, o sea, tuve que seguir aguantando los ritmos cansinos y aburridos de Hombres G. Además de sus hijas, Lola iba trayendo cada año de la aldea a un tío suyo más viejo que el anterior, los cuales se iban muriendo a razón de uno por año, empezando por su padre Benjamín, el cual después de afeitarse se echaba alcohol etílico de 96 grados y el día que le dejé mi masaje casi se enamora de mí; pasando por su hermano y cantarín Daniel, el cual estaba ciego y llevaba más de 20 años sin hablarse con Benjamín por un problema de tierras; continuando con su tía Dolores una especie de alma en pena que vagaba sin rumbo por los pasillos y suspiraba cada dos por tres, a cualquier hora del día y sobre todo de la noche (con el consiguiente acojone), unos profundos y sonoros “!aaaaaayyyyyyy, que me morro!” que te ponían los pelos de punta y los nervios a flor de piel; y por fín él último en llegar y también el último en morir: el tío Abel, un cura forofo del Real Madrid el cual me llamó a grito pelado “hijo de mala madre” el famoso día en el que el Milán le metió 5-0 y yo me puse a bailar en el medio de la cocina por que la alegría ya no me entraba en el pecho ( se entiende, de 17 en la pensión, sólo Clemente y yo éramos del Barça!).
Un par de semanas antes de morir Benjamín, y cuando ya estaba postrado en la cama y muy enfermo, los dos hermanos se empezaron a hablar y se reconciliaron como si nada hubiese sucedido entre ellos. Daniel se pasó los últimos días de su hermano, sentado en un taburete de madera al lado de su cama, lo cogía de la mano y le cantaba viejas canciones de juventud. Yo no sé si Benjamín lloraba o se reía, si estaba triste porque sabía que se moría o alegre porque había recuperado a su hermano, lo cierto es que todos los años de odio fraternal pasaron a mejor vida (o mejor dicho a peor vida!), y Daniel y Benjamín, me enseñaron que dos personas se pueden pasar horas y horas hablando de lo suyo, en un profundo y respetuoso silencio.
Esa fue la primera vez en mi vida en que yo sentí la necesidad de escribir, el impulso de querer dejar por escrito aquella estampa que estaba viviendo, el influjo sorprendente, traicionero y tirano de las letras en un papel. Yo sentí que estaba allí para poder escribir aquella relación, aquella historia de odio y reencuentro ante la muerte, aquella historia de dos hermanos separados por un trozo de tierra durante 20 años y unidos de la mano ante la muerte, pero como siempre ocurre, me miento prisas, me aburro al empezar y siempre me digo que a lo mejor mañana la empiezo a escribir...

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princesita

princesita dijo

pues ya lo has escrito...

10 Marzo 2006 | 12:36 PM

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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