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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

30 Marzo 2006

Luisa tenía razón

Me empiezo a aburrir. No tengo nada que contar, ni un pequeño recuerdo, ni una mala caricia, ni un destello de sobrada inteligencia que pueda ser digno de escribir. Ando bastante perdido, entre lo justo y lo correcto. María me dice que lo que tengo que hacer es escribir algo con principio y final, algo que no sea siempre mis pajas mentales y mis deambulares nocturnos, algo con sustancia, con su narrador, su ciudad imaginada, su trama pasional e histórica... algo serio. Deberías ponerte a desmenuzar psicológicamente personaje por personaje, sentimiento por sentimiento y mirada por mirada. Escribe algo que se pueda leer. Pero Elena me dice todo lo contrario, que debo vomitar, que cuando uno se sienta con el ordenador en las manos con una intención de querer decir algo, lo que debe hacer es vomitar y vomitar hasta rellenar todas las páginas del mundo con lo primero que le sale a la mente, ese sobrante del cerebro que flota en la superficie de las sensaciones más profundas. Vomitar, ese es el camino, lo demás es mentira. Toño sin embargo prefiere decirme la verdad, que no le gusta lo que escribo, y que lejos de caerle mal por mi más que pretenciosa vanidad, le encanta comer y hablar conmigo de cualquier tema peregrino, podemos hablar de todo menos de lo que escribo, claro, porque a él, simplemente no le gusta. Alfredo en cambio dice que odia leer, y que le da pereza sólo el primero de mis párrafos, así que pide dos cervezas, un pincho de tortilla y en paz. En fin, que no puedo contentar a todos, pero he de reconocer que en el fondo de mí me gustaría hacerlo.
Conocí a Luisa una noche de estudiante de hace ahora unos cuantos años, que no viene a cuento calcular. La verdad es que podía hacerlo, pero me da mucha pereza y sobre todo me da miedo sólo con pensarlo. Ella no estudiaba lo mismo que yo, y a mi, en aquella época, me gustaba más objetar del ejercito, de la facultad y de la sociedad en antros llenos de humo de porros y música de blues, que sentarme a empollar el siguiente parcial de patología a la sombra de un flexo de bombilla azul. Ella no vino a mi con una copa en la mano, en aquellos años el dinero era escaso y un corto de cerveza –que era como se empezaba- era un lujo dedicado al autoconsumo. Tampoco dejó caer sus párpados desde el otro lado de la barra, ni me sugirió su habitación como un lugar cercano al paraíso. Simplemente me besó en la puerta de un pub a altas horas de la madrugada, sin mayor preámbulo que sus brazos agarrados a mi cuello y su pecho empotrado en el mío. Me acuerdo más de sus caderas, escuetas, ligeras, huesudas, que de su voz, y aún hoy no sé como acabamos en su cama.
Ella poseía la escueta belleza de un lunar a contrapelo cercano a la comisura labial, y yo había comprado una entrada para perderme por la cascada de rizos que su pelo dibujaba por la espalda. Le besé la espalda mil veces, setenta veces mil. A veces, siento la extraña sensación de haber vivido una situación que siempre termina mal, y sin embargo, en un alarde de estupidez por mi parte y prueba de mi más que meritorio primer puesto en el reino de los estúpidos, en vez de agotar el cupo en los vericuetos de la prudencia, repito mil millones de veces la misma y penosa actuación de acercamiento para ver si esta vez, y de una vez por todas, su piel esconde la suave ternura de una gota de mercurio deslizándose por una sábana de raso.
Mantequilla con pan de desayuno. Me llevó a la cama un trozo de pan con mantequilla mientras ella mordía otra. No hay ni zumo, ni café, lo siento, si quieres bajamos al bar de abajo, o si prefieres te puedo traer un vaso de agua. Me reí, y me tapé la cara con la almohada, ¿qué diría Audrey Hepburn si aquella noche la tratara así? He de confesarte que no sé por qué te traje a mi piso, no sé ni por qué te besé. Bueno, a mí me ha gustado mucho. Me miró a los ojos y me clavó un silencio. Sé que nunca te voy a planchar las camisas, sé que nunca haremos planes para un fin de semana, sé que nunca nos reiremos con nuestros hijos ni los llevaremos juntos al colegio, pero ayer por la noche, mientras te desnudaba, me entró una sensación extraña de haber sentido esa situación, y la verdad tuve miedo de poder soñar con disfrutarla. Deja vu. No, no hablo de un deja vu, hablo de un sueño encerrado en la parte más sobrante de mi cerebro, el lugar en donde viven mis emociones. Dejé de reír y me senté en la cama. Me comí la tostada de pan con mantequilla que resultó ser Tulipán, y me quedé mirando hacia la pared sin poder decir nada. Quizás sería bueno ir abajo a tomar un café, creo que aún tengo algunas monedas. Quizás es mejor que te marches, ya sé que no te gusto, así que no quiero que tú me gustes a mí, y lo que no voy a hacer es pasarme las noches pensando en como podrías enamorarte de mí.

En la calle ya no hacía frío. Los primeros rayos de sol de la primavera ya empezaban a calentar. Pasé por delante del bar al que no fuimos a desayunar y miré desde la puerta si había algún periódico libre, pero la barra estaba totalmente ocupada, y a mi no me gusta sentarme en una mesa. Decidí andar hacia mi piso, con la esperanza que aún quedase algo de café en la nevera, o las lentejas con acelgas que Quique había hecho el día anterior. Aún no eran las nueve de la mañana. Durante el camino me crucé a muchos niños que se iban a la escuela y a un par de señores con bastón camino hacia no sé donde. Una señora con prisas me preguntó la hora y un motorista despistado estuvo a punto de atropellarme cuando crucé la calle por un paso de peatones. Una furgoneta repartiendo pan y donuts (estuve a punto de robarle uno) y un señor de la limpieza barriendo las calles, me hicieron pensar que quizás no todo está inventado. A mi lado pasó un autobús verde repleto de niños que me saludaron entre risas y jolgorios. Les saludé. Por allí anduve yo, entre el gentío y con los ojos abiertos en las orejas, por allí anduve yo con esa sensación extraña que te entra cuando te das cuenta de que no todo en este mundo habita a medio camino entre la cartera, el estómago y la polla.

Llegué a casa con un propósito de enmienda en el alma y con unas ganas enormes de ponerme a estudiar, pero como siempre no me duró más de un par de horas. Siempre me aburrí. Me levanté de la silla y fui hacia la nevera. Las lentejas con acelgas del día anterior me dieron nauseas, así que me hice un café. En el deambular por el piso, me acerqué a la ventana y me quedé mirando hacia fuera como los niños corrían desde la puerta del colegio hasta la entrada de un autobús verde, y como después, al pasar por delante de un señor con cara de despistado que resultó no ser yo, le echaban la lengua entre risas y jolgorios.
Me acordé de Luisa, me acordé de como me despidió de su cama, me acordé de sus palabras, ...nunca llevaremos a nuestros hijos al colegio... y entonces me tumbé en cama y me puse a dormir.

servido por ignacio 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

MONILLO

MONILLO dijo

Pues por favor, no te aburras porque ya sabes que en otro lugar del mundo una Fanta desaparece para volver en forma de centollo gigante...

Los que beben Fanta te lo agradecerán :-)

30 Marzo 2006 | 12:42 PM

Inés

Inés dijo

Es increíble... Primero te quejas de que no sabes ni qué ni cómo escribir, ni siquiera de si quieres hacerlo. Y después nos vomitas una historia como esa, ¿acaso crees que eres el único que ha sufrido alguna decepción? ¿el único al que le aburría estudiar?
No eres distinto a los demás, tus sentimientos también los he vivido yo, y no me importó aburrime ni perder, porque, al fin y al cabo, nunca se pierde, se aprende de todo.
No escuches a nadie.

30 Marzo 2006 | 08:16 PM

Sofía

Sofía dijo

Pues sí, huele a fétido vómito con vapores de
Tulipán y a dolor de los pecados disfrutados, no olvides cumplir tu penitencia.

Es broma, me ha gustado. Digo estas ordinarieces porque te intuyo algo "masoca", no sé si ya te lo he dicho en alguna ocasión

30 Marzo 2006 | 11:11 PM

Nocturna

Nocturna dijo

Pues yo solo veo a alguien que recuerda una historia, sin pena ni gloria, no todos los recuerdos tienen huella (guiño)... pero si todos forman parte de nuestra vida...Noc_

31 Marzo 2006 | 12:31 AM

Inés

Inés dijo

Noc, todos los recuerdos tienen huella sino no serían recuerdos, simplemente no existirían...

5 Abril 2006 | 06:20 PM

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