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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

4 Abril 2006

Mil millones de gracias

Hola Mª Angeles:
Hace tiempo que quería escribirte, y ya sea por haches o por bes, siempre me surgía algo que ocupaba mi tiempo, algo que mentía urgencia, algo que casi nunca revestía real importancia, pero que en el trajín de esta vida que nos inventamos, al final le dedico más tiempo o le doy más prioridad de la que realmente merecen. Yo creo que nunca nos damos cuenta de la cantidad de tiempo que estas tonterías ocupan nuestras vidas, de la cantidad de agobios que nos entran por esta absurda manera que tenemos de entender el trabajo o de tratar las prioridades. Al final ocurre que lo único que apartamos es lo más importante, lo que realmente alimenta el espíritu, lo que solemos tener más cerca o más claro, y siempre acabamos abusando de la paciencia de los que nos quieren.
Nos paramos a pensar más bien poco en todo lo que abraza nuestra existencia, parece como si hiciese falta que la vida te tenga que poner a prueba, que te lleve justo hasta el borde de un precipicio, para que a partir de ahí empieces a valorar las pequeñas cosas que te rodean, y sobre todo para que aprecies en su justa medida a las personas que realmente te quieren y que llegado el momento, nunca dudarán en ayudarte. Cada día tengo más claro que en la vida sólo somos lo que nos quieren, no hay más. Decía K. Hepburn que la vida es una historia que siempre acaba mal, porque al final siempre morimos. Es cierto, aunque decirlo así suena cruel y catastrofista, por eso sabiéndolo, no nos queda otro remedio que responder disfrutando el día a día, viviendo cada día para gozarlo. No hace falta estar sintiendo cada segundo a tu corazón palpitando en el pecho, no hace falta notar el paso de tu sangre por cada centímetro de tus venas, no hace falta ser aire que entra en tus pulmones para cargar de oxígeno cada una de tus células, no hace falta llegar a tanto para darse cuenta de lo que es la vida. No creo que haga falta estar dando continuas gracias al dios de la vida por su benevolencia para contigo: la verdadera grandeza de la vida es intentar vivir cada segundo como si fuese el último. ¡Qué tópico, qué verdad!
Sabes de nuestra historia familiar, bueno, perdón por utilizar el plural, prefiero decir la verdad tal y como es: sabes la historia de mi hermana. Los demás sufrimos, es cierto, pero no debemos olvidar que fue ella la que tuvo el accidente, la que estuvo en coma más de un mes, la que tuvo que aprender a andar y a hablar, la que nadie daba un duro por su vida, la que su novio la dejó cuando creía en la recuperación de su vida y de su amor, la que del trabajo la echaron cuando empezó la crisis de las telecomunicaciones, y la que hoy suspendió las oposiciones en las que llevaba más de quince meses dedicándose en cuerpo y alma. Por si fuera poco, este mes se le acaba el paro, y quieras o no quieras, es inevitable hacer un juicio rápido y pensar en lo que se puede transformar una vida simplemente en un segundo, aquel fatídico segundo en la que decidió ir a ver un eclipse de sol a Lille. Pero los segundos se pueden ver de mil maneras, y el único segundo real es este que estamos viviendo ahora, en este justo y preciso momento, el segundo en el que yo te estoy escribiendo, y el segundo en el que tú me estás leyendo. El pasado ya no existe, ni para lo bueno, ni para lo malo (el cerebro es muy inteligente, y normalmente esconde los dolores y aflora las alegrías), y el futuro aún está por llegar, nadie sabe lo que nos va a deparar la vida a la vuelta de esta página o al final de este renglón. Nos acostumbramos tanto a las costumbres, que todo lo que salga de ellas nos parece un hecho extraordinario, olvidándonos (porque lo damos por supuesto) que lo realmente extraordinario es vivir este segundo con absoluta normalidad. Y después (quizás debería decir antes) están los sentimientos, esos impulsos cargados de emoción que nos suelen avergonzar cuando los exteriorizamos sin rubor y los demás nos miran con estupefacción. Es increíble, con lo que al ser humano le gusta marcar diferencias con respecto a los animales, que cerca nos ponemos de ellos cuando no tenemos el valor de decir un simple te quiero a la persona que más aprecias. Yo siempre me echo en cara que tengo que pasar más tiempo con mis padres y con mis abuelos, porque no me gustaría que el día que me falten me dé cuenta de la cantidad de prisas que tuve y que me hicieron no parar el coche diez minutos para compartir un café o simplemente darles un beso.
Por eso esta carta que te escribo hoy ( y ojalá que no sea la última) nace con la sensación agria del primer suspenso que mi hermana tuvo en su vida, justo en el momento que más lo necesitaba (como siempre pasa), pero a la vez estos malos momentos se transforman en emoción cuando sin querer (o queriendo, que más da!) uno se sienta (como me acabo de sentar yo) en el asiento de un aeropuerto esperando su vuelo y se pone a pensar en los acontecimientos de estos últimos años, en los avatares que una simple decisión puede llevar a mucha gente, en la cantidad de ilusiones perdidas, en las penas multiplicándose en el silencio de las noches eternas, en las llamadas cobardes y angustiosas a la justicia divina, en la cruda y dura realidad como único acto palpable de nuestra vida, y siempre que me dominan los recuerdos tristes, los pensamientos más amargos, me vienen aquellos tiempos del verano del 99 y todo lo que pasó a posteriori, que evidentemente no te voy a repetir, porque tú y siempre tú, lo sabes mejor que nadie, y porque tú y siempre tú, surges en mi recuerdo como una luz que iluminó mi vida en los peores momentos que me tocó vivir. Cuando ya todo parecía negro, cuando el túnel no parecía tener final, tu apareciste con una fuerza inusitada con la que nos fuiste contagiando (primero a mi, después a mis padres, y por último y como colofón final a mi hermana cuando se empezó a despertar de aquel mal sueño), tú surgiste de la nada para cargarnos de emociones y para darnos todo lo que se puede dar que no es más que el cariño y la comprensión a una familia totalmente desesperada que necesitaba más una caricia que mil millones de pesetas. Yo no creo en dios, pero te puedo asegurar que estoy convencido de que algo debió iluminar a tus padres cuando tu naciste porque acertaron plenamente con tu nombre. Hoy debería estar muy triste, porque te tengo que confesar que no me resulta nada fácil animar a mi hermana en estos momentos, incluso creo que hay instantes en los que el llorar hasta la extenuación no es malo, que uno debe (y suele querer) estar a solas consigo mismo, y que dar ánimos están muy bien pero a veces el corazón se vuelve sordo a las palabras. De todas formas, si algo me enseñó el accidente de mi hermana fue a relativizar todos y cada uno de los acontecimientos que rodean mi vida. Ante cualquier avatar que me toca vivir, pienso que lo duro de verdad es estar en el borde del acantilado, en ese lugar en donde una simple brisa te puede empujar al abismo final. Cuando tú, o cualquiera de las personas por las que estarías dispuesto a dar tu vida, se encuentra ahí, nada de lo que ocurre a posteriori tiene la más mínima importancia.
Pero esta no es una carta de lloriqueos varios, ni de sensaciones agridulces, ni de tiempos pretéritos, ni de falsos ánimos. Esta es simplemente una carta escrita con una única intención: me gustaría que sepas que desde esta esquina del mapa en donde se retuerce la tierra con el mar, hay una persona (hay más de una, tu lo sabes, pero hoy me apetece hablar solamente en singular y por mi boca) que no solamente te recuerda mucho, sino que te manda muchos apoyos mudos en la lucha que te ha tocado vivir (mi cobardía es tan grande que nunca me atreví a llamarte), pero sobre todo quería que supieras que mientras yo esté vivo, y mientras mis hijos y los hijos de mis hijos tengan memoria, te puedo asegurar que tú nombre y tu recuerdo se mantendrá vivo en nuestra familia. Espero que me perdones mi silencio de este tiempo, espero que esta carta te haga sentirte feliz contigo mismo (a mi me reconfortaría que así fuese y con ese ánimo la he escrito), y espero que tal y como se tuercen las cosas en la vida, un día cualquiera, tarde o temprano (mejor temprano que tarde, la verdad!) también se enderecen definitivamente.
Mientras tanto, nos toca esperar, pero yo prefiero hacerlo sabiendo que tú estás ahí.
Un fuerte abrazo.
n.

servido por ignacio 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Nocturna

Nocturna dijo

Tiempo de silencio
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5 Abril 2006 | 12:08 AM

Inés

Inés dijo

Las tragedias, aunque no lo creas, son universales. Como el único fin es la muerte, todos, de una manera u otra, acabamos perdiendo a alguien en el camino. Enfermedades, accidentes, desamores... Dime, ¿conoces a alguien que no haya sufrido en alguna ocasión?
Espero que antes de publicar esto le preguntaras a tu hermana si le importaba que todo el te lee se enterara de sus historias. Si pretendías que fuera una carta personal, ¿por qué aquí?

5 Abril 2006 | 06:30 PM

princesita

princesita dijo

Dios aprieta pero no ahoga. Mucho ánimo. Y a seguir luchando, que es lo que toca.

11 Abril 2006 | 11:39 AM

trasto

trasto dijo

La vida es injusta, por eso a veces parece que se ensaña con alguien que no se lo merece. te doy toda la fuerza para animar a tu hermana.
Por mi parte, decirte, que tú puedes hacerla más justa, diciendo 'te quiero' a las personas a las que quieres y no respondiendo con silencio. La cobardía solo hace que perdamos oportunidades de que las personas a las que queremos por la razón que sea, pasen por la vida sin saberlo. También es cierto, que todos cometemos esos errores.
Un enorme abrazo de alguien que te admira

14 Abril 2006 | 10:52 PM

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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