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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

24 Abril 2006

Mi reboltoso pelo 1

A mí, mi pelo, no me gusta, me cae mal. Le tengo bastante manía, vaya. Reconozco mi animadversión a mis propios cabellos desde el día que me di cuenta que más que pelos son elementos pilosos que nacen, crecen y se reproducen con la misma anarquía que definen a su dueño. También debo decir que nunca he conseguido dejarme crecer el pelo no más de cinco centímetros, y no ha sido por falta de ganas, que las he tenido y muchas, sino debido a que a mí la experiencia me ha llevado a la conclusión de que es absolutamente imposible dominar mi jolgoriosa y descontroloda pelambrera.
En mi etapa juvenil más respondona, intenté en vano adornar mi cabeza con una larga y lacia melena que aportara a mi personalidad un cierto toque bohemio con el único fin de atraer al máximo número de mujeres (¿qué esperábais?). Me imaginaba yo francamente bien, con mi melena al viento en busca de las más intrépidas aventuras (¿acaso, para un tipo como yo, ligar a una mujer no es la más difícil de las aventuras?) cual Miguel de la Cuadra Salcedo en busca de algún dios azteca mas allá de los mares del Sur. Pero la cruda realidad, una vez más, depositó en mis anhelos un fuerte desdén al comprobar que mi pelo iba creciendo en mi cabeza cual espuma cervecera, o sea, siempre hacia arriba y sin que la gravedad actuase en él ni siquiera un poquito: parecía que tenía por pelo uno de esos algodones de azúcar que tantas veces le pedí a mis padres que me compraran en las fiestas de La Peregrina. De mi asombro por la fabricación de dicha golosina y de los comentarios que llevo recogiendo a lo largo de mi vida con relación a ella, mejor lo dejamos para otro capítulo, porque creo que de ese tema sería capaz de estar escribiendo hojas y más hojas sin decir nada, o sea, tal y como acostumbro.
Como siempre que no me sale algo por la derecha, cargo pilas y dejo que mi espíritu se sume en una fuerte apuesta personal por la izquierda, y como parecía claro que el pelo largo no tenía cabida en mi estética, a mí no me quedó otro remedio que apostar por su antagónico estilo, por eso desde un día que es mejor no nombrar, decidí que tendría el pelo muy corto por lo menos durante lo que me restaba de vida (de la del más allá, ya veremos!).
Esta continua tendencia a cambiar de caballo en mitad de la carrera ante el fracaso de la primera elección, me sirvió durante toda mi vida para ir ganando una no merecida fama de cobarde, de vago por excelencia (¡como si creyesen que para mí esto es un insulto!), de chaquetero, de persona falta de convicciones, bueno y un sin fin más de adjetivos que por la salud de mi propio bien y de mis oídos no pienso reproducir, pero de los que puedo decir sin el menor atisbo de duda, que nunca mejoraron mi vida en ninguno de sus aspectos, aunque eso sí, me sirvieron para no darme tantos golpes como mi flojo tesón se merece.
Mi enemistad con mi propio pelo, fue cogiendo solera cuando empecé mis estudios universitarios. En mis innumerables horas de asentamientos delante de los apuntes (¡qué no horas de estudios!), mis manos buscaban cualquier atisbo de rebeldía pilosa para empezar primero a acariciarlo, después a estirarlo y acto seguido a retorcerlo, para finalizar cortándomelo sin paliativos con la primera tijera que cayese en mis manos que solían ser unas de punta roma que venían en un estuche muy bonito y muy completo que me regalaron cuando hice la primera comunión. Como diría mi abuelo: ¡ ya llovió! La única parte positiva de todo aquello es que al tener el pelo tan ondulado y voluminoso, era muy difícil apreciar las trasquiladas que yo le fui dando a mi cabeza en su conjunto, y cuando a veces por un casual se me va la mano (bueno, estooo, ejem, casi nunca…), siempre lo acabo solucionando con mi fiel salvadora y borradora de desaguisados, mi amiga la gomina.
Muy poco se ha estudiado sobre el auto-corte de pelo y su acción sobre la voluntad, pero yo estoy convencido y reto a quien me lo niegue, que dicho vicio (reconozco que es un vicio, y después diré el porqué) tiene también algo de ganancia de auto-confianza, porque vamos a ver, ¿que le pude dar más confianza a uno, que el no depender de nadie para presentarse al mundo? No niego que la mayoría de las veces la insensatez suele ir paralela con el exceso de confianza y como consecuencia se te va acrecentando un cierto toque de irresponsabilidad adornado con la destreza y valentía que a un peluquero aficionado como yo se le presume, y al final por mucho que insistes (que insistes, vaya si insistes!), el espejo nunca es capaz de devolverte una imagen tan espantosa como la que todo el mundo te augura que ocurrirá antes de que agarres unas tijeras, de ahí que lo acabes realizando escondido y en solitario, y por eso digo que es un vicio, porque se disfruta en solitario!!!

servido por ignacio 1 comentario compártelo

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Nocturna

Nocturna dijo

Y si probaras con un buen peluquero-a? igual la auto estima subía algún punto (no afirmo, que conste!)te permito que te digas de todo y mas! pero aburrido? ni se te ocurra!(ala! ya pegue la primera bulla del día, me voy a por otro-a)...besos...Noc_

24 Abril 2006 | 01:46 PM

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