Mi reboltoso pelo (y2)
Me imagino que es bastante fácil ponerse en mi situación y entender perfectamente que era muy lógico que mientras se iban acercando los exámenes finales y por tanto creciendo el estrés - tanto el propio como el generalizado, que a veces este último es bastante peor qu el primero por su vertiente contagiosa!-, yo iba aumentando el número de horas que me pasaba delante de los apuntes (ya digo que estudiar, estudiar, más bien poco), y por tanto el número de toqueteos a mi cabellera se acrecentaba a un ritmo verdaderamente endiablado y con elos, el número de visitas al baño con tijeras en mano. Eso, digáis lo que digáis, se llama tentar a la suerte.
Un caluroso día de junio de hace ya mucho años (!!joooooder, pero muchos, muchos!!), mientras preparaba el examen de Anatomía de primero, me dejaron un peine que tenía una pequeña cuchilla incorporada, "así mientras te peinabas, te vas cortando ligeramente el pelo". El invento, por sencillo y cómodo, me pareció de lo mejor que yo había visto en mi vida, y por ello me lancé sin paliativos a su uso en mi propio pelaje. El resultado fue una impresionante calva del tamaño de una naranja en el lateral derecho de mi cabeza.
Como excelente igualador que me creía ser, inventé e intenté, distintas formas con las cuales podía dar forma a mi más que amorfa cabeza y el resultado fue el lógico: me quedé totalmente calvo. Ojo, cuando digo totalmente calvo, digo totalmente calvo, o sea, sin un pelo al cual agarrarse o justificarse. En aquel momento yo era el único calvo que cuando alguien me decía que no tenía ni un pelo de tonto respondía que no, que yo no tenía uno, yo los tenía todos.
De aquella experiencia salió una bronca descomunal de mi madre, unas risas apagadas de mi padre (experto calvo por obligación!) y unas impresionantes caras de asombro por parte de mis compañeros (de sus comentarios mejor no decir nada!). Hay fotos de refugiados de Auszwich (me imagino que está mal escrito, pero ni por ir a buscarlo en google, al fin y al cabo se entiende lo que quiero decir y con eso a mí ya me basta) bastante más atractivos de lo que yo estaba en aquella época. Si vale de algo, decir que al menos el calvo aprobó Anatomía.
Pero ya digo que mi personalidad, tan falta de definición de por vida y tan siempre andante a su libre albedrío de por muerte, en aquellos duros momentos de críticas (¡para nada constructivas!) sobre mi aspecto en general y mi cabello en particular, decidió plantarse y luchar contra todos aquellos que unánimemente se rieron de mi penoso aspecto físico que aquella calva daba a mi conjunto (más que nada porque sabía perfectamente que la melena me sentaba espantosa), y por ello desde aquel día, decidí contestarle al mundo y a mis amigos en particular, con continuos recortes de pelo al menor atisbo de su rebeldía.
También es cierto, y duele no negarlo, que con el andar de los años uno se va haciendo más suave en las formas y menos trasgresor en el fondo. Menos votar al PP, creo que ya hice todo aquello que siempre dije que no haría en mi vida. Me cagué en aquellos que bebían vino y ahora voy de entendido enólogo. Me reí de aquellos que pagaban caros restaurantes en los que se le ponía muy poca comida en el plato y decían con cara de idiota cosas tan absurdas y ridículas como “sublime”, “fantástico”, “sorprendente”, y ahora me veo no sólo comiéndolo, sino hasta cocinándolo (y estoy pensando en comprar una vajilla con platos cuadrados, válgame dios, !qué ha hecho la sociedad conmigo!). Renegué de los hombres-corbata y más de una vez me disfracé con el mismo traje y esgrimí la misma excusa que todos: “me obligan en el trabajo”.
Quiera o no, está claro que me estoy haciendo mayor, y por eso ahora suelo visitar las peluquerías (siempre de mujeres, me tratan mil veces mejor y siempre rememoro aquella fenomenal película que me retiró de mis sueños de ser director de cine que se titulaba: “El marido de la peluquera”) con cierta asiduidad, pero también es cierto que lo primero que hago cuando llego a casa es ducharme y empezar a retocármelo, tijeretazo por aquí, tijeretazo por allá. Son esas pequeñas cosas con las que uno vuelve a su pasado y a sus orígenes, y tal y como voy evolucionando, me da la sensación de que son de lo poco que me hacen seguir sintiéndome yo.
Por eso cuando esta semana me volví a cortarme el pelo en una peluquería de señoras fantásticas, y mientras me lavaban la cabeza con acusada delicadeza, me puse a pensar que relación puede haber entre cortarme el pelo, escribir estas mis cuatro tonterías y soñar con una mano de mujer que me arrastre hacia el diván de un soñador mientras me repito que todo amor es efímero, que nada perdurará en el tiempo, ni lo bueno, ni lo malo, nada se salvará de la memoria, ni siquiera el sonido de su taconeo por el pasillo de mi casa, aquella noche en que ella prefirió no permitir que yo volviese a soñar y cerró la puerta muy despacito como no queriendo molestar… y la verdad es que no se la encontré.
“Y es que a veces, mi querido y admirado D. José Luis, uno se gana por derecho propio, rincones para el alma, espacios que pueden estar a la vista de todos, pero que solamente uno es capaz de cargarlos de sentimientos para vestirlos con todas las emociones que un buen día le tocaron vivir.”

Nocturna dijo
uff este pequeño rincón de tu alma...que está a la vista de todos...es tremendamente colectivo en ocasiones...Noc_
24 Abril 2006 | 02:45 PM