Un portazo en las entrañas
Nunca pude encontrarle el mínimo defecto. Nunca me hubiese imaginado que existiese alguien con la mirada tan tersa y tan dura que acompañase a los ojos más suaves y tiernos que yo pude acariciar jamás. Apareció para matarme, para ser camino indicador de final de perpetua encrucijada. Sin buscarlo, me iluminó una etapa de mi vida en la que yo me creía el perfecto triunfador, el típico joven con éxito que le daba igual lo que bebiese, fumase o comiese a lo largo del día: al final de la noche yo siempre me llevaba para cama a la más guapa del local.
Fueron años tendenciosamente lucrativos, años de amistad facilmente exaltadora, de batallitas alcohólicas en garitos de mala muerte, de engreimiento cruel y sin principios éticos que llevarse para el epílogo de mi biografía, y por si esto fuera poco, fueron años de fructuoso crecimiento en mi cuenta corriente. Ganaba más dinero del que podía gastar, y gastaba más de lo que mi cuerpo podía asimilar. Ella me lo advirtió. Serás un mierda toda tu puta vida. Después pegó un portazo y se marchó. Yo di media vuelta y seguí durmiendo, porque en aquellos años tenía poco tiempo para hacerlo y aprovechaba cualquier segundo que quedase libre en dormir y en follar. Cuando desperté no podía jurar si ella había estado allí o simplemente soñé su huida. No sabía que parte era verdad y que parte resaca. Miré por los rincones en donde nos solíamos amar y no pude encontrar ningún síntoma de nuestra presencia amatoria, pero había algo flotando en el ambiente que me confirmaba su presencia: su aroma impregnaba toda mi habitación. Me puse la corbata que me regaló mi hermana y me fui a trabajar.
Me gustaba mucho aquella mujer. Cada vez que venía a mi casa, me traía una flor y antes de darme un beso la ponía en algún jarrón. Me gustaban muchísimos sus dientes, dos incisivos superiores hábilmente montados en sus finales, y dos colmillos pequeños pero impolutamente blancos que resplandecían más que las vírgenes de Murillo. Su piel era mantequilla derretida al paso de mis dedos y sus labios dominaban todos los artes del besar: es fácil, con el labio superior apunto y con el inferior me arrastro por los tuyos, la lengua siempre termina en ti.
La vanidad me había atrapado, cegado y vilipendiado. Mucha gente me decía todo lo rabiosamente bueno que era en el trabajo, la rapidez con la cual tomaba siempre la mejor de las decisiones, la persuasión ante los problemas y por si fuera poco, lo asombrosamente atractivo que resultaba a la vista de las mujeres, y yo, que siempre me tuve en alta estima y consideración, repetía para mi interior esos comentarios y los multiplicaba por mil al mínimo instante que mi vida me dejase disfrutar de mi petulante soledad. Todo me salía bien. Si jugaba a dos números en la lotería, ganaba el primer premio en los dos. Una noche me besaron dos amigas íntimas aprovechando cada una de ellas las visitas al baño de la otra. Me reía mucho y jugaba con fuego, y lo mejor es que nunca me quemaba. Al final no me acosté con ninguna porque no quisieron venir las dos. Ella se presentó sin avisar, sin hacer ruido. Llamó a la misma puerta que después maltrató. Me presentó un seguro de no sé qué, y me lo envolvió con los ojos. Le hubiese comprado cien. Estaba a punto de hacer un café, te invito y de paso te doy mis datos y el número de la cartilla del banco. No fue ahí. Tampoco al día siguiente cuando la vi con unas amigas tomando una cerveza en el mismo sitio que yo solía beber más de tres. La busqué con la mirada pero se apartó sin disimulo. Me gustaba pero no enloquecía, había tantas mujeres en mi vida, que me costaba decidir. Siempre amaba con el cuerpo y apartaba el corazón por si alguien osaba arañarlo. Polla con patas. A la semana siguiente fue ella la que me pagó el primer café de la mañana y a partir de ahí ya nunca le pude decir que no. Sé que me equivoco, eres todo lo que yo odio, representas todo lo que no me gusta de un hombre, desde la prepotencia hasta la chulería, desde la altivez hasta el egoísmo, pero hay algo de ti que me atrae y sé que me voy a hacer daño, lo que ocurre es que hoy no tengo ganas de negarme las ganas.
Fueron días incompletos y noches largas. Días de ajetreo laboral y noches de locuras amatorias. Hacíamos el amor mil veces por minuto y nos deshacíamos en amor a cada beso que me transportaba a sus brazos. Déjame vivir entre tus caderas, déjame que conduzca por tu piel, mátame sin que yo me de cuenta de que un día te pude vivir, no me niegues nunca el recuerdo. Y mientras le decía esto, ella me miraba con ternura, pero a la vez me miraba con pena y entonces apartando bruscamente mi rostro del suyo, se tumbaba de medio lado en la cama y me susurraba que me quería y que por eso tarde o temprano me tendría que dejar. Creo que un día la vi llorar.
El día que dio el portazo no sentí nada distinto a la liberación que me provocaban la ruptura de las cadenas cuando estas asfixian el aire que un día te trabajaste para respirar. Sé que nunca volví a marcar su número de teléfono, pero sé que aquel portazo blandió mi corazón y algo en mi interior volcó sin vuelta atrás. Semanas más tarde me di cuenta que aquel día empecé a pensar que no estaba de más dedicarse a cambiar. Sus ojos me habían indicado el camino, añoraría su piel el resto de mi vida, y su voz ya nunca me explicaría los misterios que esconde un beso cuando se da a matar. Necesité que ella golpease la puerta en mis entrañas para despertar. La putada es que nunca más la he vuelto a amar.

Elena dijo
Cómo te encanta ir de hombre fatal... Buenísimo. Vienes con fuerza renovada.
Muá.
13 Junio 2006 | 01:14 PM