Ardillas en tu colchón (y2)
Apartado de sus adentros, se vio a si mismo preguntándose si realmente merecía la pena todo el sufrimiento, todos las tristezas que ella le regaló, todas las noches en vela que su cuerpo aguantó, y entre susurros entrecortados por la rabia, no le quedó otro remedio que admitir que entre sus ojeras estabán las respuestas a sus preguntas. El cigarro vivía sus últimas caladas de vida en sus labios y entre las nubes surgió un pequeño rayo de sol que iluminó su sensación de vacío.
Lo habría dejado todo por ella, habría apostado por su piel y seguido a sus zapatos, pero a ella sólo se le ocurrió huir. ¿Tendría miedo? Él sabía la respuesta, pero lo más duro de esta vida es ser sincero con uno mismo, y en esos momentos un poco de maltrecha lástima no le venía mal a sus pensamientos ni a sus sentimientos. Tengo el derecho de mentirme, así como de sufrir, llorar o darme lástima. Está claro que no estaba enamorada de mí, la hice reír, pero nunca fui capaz de hacerla llorar. Se fue sin pestañear y sin un atisbo de duda, se fue diciéndole que no sabía lo que sentía, pero sabía que aquello no era amor. Me dejó en vacío, sientes miedo a lo desconocido y cuando lo encuentras de frente te das cuenta de su sin sentido en tu vida. Pablo siempre me decía que me cuidara de ella, que la veía fría, demasiado educada y con una clara tendencia a la manipulación, estaba convencido de que si se lo propusiese podría matar a un hombre con una simple aguja de coser sin inmutarse ni arrastrar la mínima mueca de condescendencia. Y cuando mirándola a la cara me acordaba de aquellas palabras de Pablo, me sonreía y de paso le apartaba el pelo que le caía encima de sus ojos y se lo enganchaba a su oreja izquierda. Que bien te sienta el amor. ¡Qué tonterías dices! Ojala no ten enganche ninguna idiota, ojala se enamoren de ti y no al revés porque eres carne de sufrimiento. Y yo mantenía la sonrisa en la cara, y las palabras de Pablo retumbaban y por dentro el estómago se convertía en un saco de témpanos de hielo que se clavaban en todas las direcciones. Quiero encontrar al hombre de mi vida, quiero que los dos nos enamoremos en igual volumen e intensidad. Yo quiero, yo quiero, que importa lo que quieras, las cosas no son como uno quiere, las cosas son como vienen, cuando te enamoras lo último que te preocupa es que sí esa persona está o no enamorado de ti, no te pones a medir ni cantidad, ni volumen, lo único que quieres es poseerla de por vida, amarla de por muerte. Por eso cuando me hablaba así, cuando me destrozaba el corazón entre sus brazos, los témpanos de hielo que crecían en mi interior, se afilaban y se me clavaban desde el pubis hasta el esternón. Pero como siempre, me callaba. No seas tonto, no apuntes a lo imposible, sé que me quieres, pero lo nuestro es imposible que funcione, yo no puedo luchar contra mis sentimientos. Anda dame un beso. Me sobran razones para quererte, le dije, pero a lo máximo que puedo aspirar es a recordar lo que nunca jamás sucedió, siempre viviré con la triste sensación de no poder jugar con ardillas en tu colchón.

O dijo
Me parece honesto, es honesto poder sentir con todas las de la ley y
amar lo justito que es el ahora y el después pero sabiendo que no va más allá.
Esa no posesión que no es lo normal en una mujer que no es falsa, es diferente.
16 Junio 2006 | 11:35 AM