Dos bistecs con patatas
Pues el paseo de dos abuelotes paseando de la mano va a tener que esperar. Tampoco es que sea un episodio de los que podríamos denominar interesante, simplemente fue una fotografía móvil que vi ayer por la calle y me llamó la atención. Por la ternura, más que nada; por los sueños, mal que me pese. También va a tener que esperar mis últimos descubrimientos en el área de la fisiología, y es que esta semana descubrí que el olor penetrante y nauseabundo de mi orina, no era porque yo estuviese podrido por dentro, tal y como siempre sospeché, sino que la culpa la tienen unas putas moléculas aromáticas que tienen los espárragos en su composición y que provocan este desajuste pestilente en mi pis. Un alivio. Algo es algo. En lo que ya no pensaba gastar ni un segundo es en explicar como Pablo se ha vuelto a enamorar de una chica diez años más joven que él. Esta lo mata, esta me lo destroza vivo. Ha adelgazado seis kilos en un mes y medio, y todavía no han hablado de boda. Este se muere o lo que es peor, se quedará reducido a un charco mezcla de sudor y semen. Una vez más Pablo y sus amores de por vida, que esta vez sí, que esta vez va en serio, y van…
No quiero escribir sobre la vuelta al tabaco de Pepe después de 10 años sin echarse un cigarro al alma; ahora dice que le sabe mucho mejor la nicotina, que la mastica y paladea, es más, dice que incluso es capaz de decir si la nicotina es de cosecha, crianza o reserva. Cosas de Pepe que hoy no tienen cabida en estas letras.
La verdad es que de mí no tengo muchas más cosas que contar: mi rodilla me sigue doliendo, cada día tengo más claro que tengo algo roto, el menisco, un ligamento, el fémur entero, pero lo que no pienso hacer es ir a un médico, tengo miedo de que me diga que hay que amputar. Mi abuelo se sigue quejando hasta del aire que respira y en mi trabajo me aburro como siempre. Y ahí estaba yo, aburriéndome básicamente, aburriéndome como siempre, cuando me la crucé, y así me enteré de que han vuelto a operar de tórax a Sonia Chacón, quien si no.
No me puedo mentir, me sigo poniendo nerviosísimo cada vez que hablo con ella, cada vez que hablo de ella. No tanto como antes, es cierto, la veteranía es un grado, pero tengo que reconocer que sigo temblando desde las uñas de los pies hasta la epiglotis cuando nuestros pasos se cruzan aunque sea por un segundo. Ayer iba andando con su hija: María Idiotadelculo –por parte de padre- Chacón. Ella, la madre, sigue con su aire triste, melancólico, y sigue transmitiéndome esa falsa tranquilidad mitad sosiego mitad tensión. Está flaca, demasiado flaca, los ojos perdieron el brillo de antaño, parece como si se le hubiesen mentido más en las cuencas, aunque eso sí, siguen conservando la limpieza en la mirada y la altivez en las distancias cortas. Su pelo, a base de ponerle mechas para esconder las canas, se le está poniendo rubio, ¡ella que era el paradigma de las mujeres morenas se está quedando rubio! Extrañas elecciones de pérdida asegurada.
Sigue poseyendo la sonrisa más nostálgica que yo he besado, blanca en la línea de los dientes (extrañamente blanca con todo el tabaco que debe haberse metido en el cuerpo), y perfilada en la de los labios. Los dos besos de rigor fue un choque entre sus maxilares y mis mofletes. Tiene que engordar. Me contó que lleva un mes de baja, que la operaron otra vez de un neumotorax (hace 4 ó 5 años fue la primera vez) y que estuvo una semana ingresada en el Hospital con miedo a perder un pulmón. Hablamos de trabajo, de lo que la alta que está su hija, repasamos los dos o tres amigos que tenemos en común y que aquella tarde de diciembre hicieron perfectamente el papel de celestinos, y me fui rápido de su lado para no seguir temblando, recomendándole eso sí, que comiese pulpo con patatas y empanadas de todo tipo, que estaba muy flaca, demasiado flaca para sus huesos.
Ahora la pienso. Ahora me estremezco. Ahora me veo recordando cada uno de nuestros segundos tribales. Segundos mentiras. Segundos fuera. Ahora viene lo duro, ahora es cuando me doy pena y es que no puedo negar que mientras ella me hablaba de sus pulmones, yo apenas la escuchaba y la mente se me iba al pasado y por qué negarlo, también se me iba a un posible futuro que nunca tuvimos.
Es un placer saber que pase lo que pase en mi vida, ella siempre tendrá un sitio en mí. Así vino el día, así vino Sonia, entre su hija y mis miedos, entre sus operaciones y mis sueños. Ya está dicho, ya no hay más que poner en esta página, eso sí, al lado de mi despedida a sus ojos, por favor pónganle ustedes dos bistecs con patatas, que le hacen mucha falta.

Elena dijo
:..(
30 Junio 2006 | 12:38 PM