En medio de un Van Gogh (1)
La culpa no fue de ella, la culpa no fue mía, aquella vez la culpa fue del amor, que no nos aguantó.
Yo había llegado a Amsterdam por medio de una beca que no resultó ser tal y la promesa de una buena remuneración como profesor de español que no me hizo dudar. De paso me escapaba de Santiago y de su atmósfera, que en aquellos momentos me estaba impregnando con demasiada melancolía para mi edad. Ella era una holandesa en bicicleta, guapa, rubia, alta, con más dientes de los que caben en una boca y los cuales brillaban a cada una de mis intenciones con su idioma que me resultó absolutamente imposible.
Al salir de clase, paseaba muy despacio en bicicleta por los canales y después y la iba a buscar a la agencia inmobiliaria en donde la conocí, una oficina tan estrecha que para entrar había que ponerse de medio lado y meter barriga. Ella me regalaba flores cada día que entraba por mi puerta. Gjuenos díasss. Gjuenos díasss, le contestaba. Creo que el amor no nos aguantó porque hablábamos poco del pasado y demasiado con los ojos buscando un futuro que sabíamos imposible. Tuve un novio que se quiso casar conmigo pero a mi me dio mucha pereza. Creo que siempre lo querré pero no me arrepiento. Cuando se fue me dijo que me arrepentiría toda mi vida. No supe nada más.
Yo compraba fruta en el mercado y la cargaba en mi vieja bicicleta roja que alquilé por diez mil pesetas al año y con la que conseguí tener los gemelos más duros y el culo más irritado de de toda mi vida. Ella siempre me invitaba a pasear después de hacer el amor. Hoy te voy a enseñar los canales de Amsterdan. ¿Todos? Tonto. Siempre me decía tonto. Mañana visitaremos el Riskjmuseum y te explicaré La ronda nocturna de Rembrant; a lo mejor prefieres visitar el museo Van Gogh, y yo me reía y me la imaginaba a ella comiendo patatas en el medio de aquel cuadro del loco del pelo rojo, y entonces veía Kird Douglas con Anthony Quin pelándose por las calles de Arlés, y entonces ella me preguntaba, ¿qué estás pensando? Y yo le sonreía y la besaba.
Quizás fue la etapa de mi vida en donde más a gusto me dejé ir por una mujer, yo en sus manos era como una hoja llevada por el río, me dejaba planificar mi vida tanto en la calle como en la cama. Si me consigues un piso barato y céntrico te invito a cenar. Me salió así, de sopetón, con mi escaso inglés pero con toda la espontaneidad del mundo, porque nada más verla en aquella oficina se me iluminó la cara. Pásate mañana por aquí, tendrás tu piso y el sábado a las siete yo te recojo en él. Y así me contestó ella o eso fue, más o menos, lo que yo le entendí. Se llamaba Natalie, que era un nombre muy francés para ser una chica muy holandesa, pero parece ser que su abuela era francesa y a su madre no se le ocurrió otra manera que homenajearla en el nombre de su hija. Paseábamos por las estrechas calles al lado de los canales y con las bicicletas de la mano como si fuesen nuestros hijos. Su bicicleta era muy graciosa. La había pintado como un tigre. Yo me quedaba mirando para ella, y veía su pelo rubio, fino, como transparente, jugando graciosamente con el aire, y se me notaba la ilusión en los ojos. Sus mejillas rosáceas, su tez siempre limpia, sus ojos tan azules como el mar azul, sus ganas de vivir en primera fila. Contagiaba paz y tranquilidad, y pasión y desenfreno. A partes iguales. Aquí vivió Ana Frank. Si lo llego a saber no me compro la guía en el aeropuerto de Madrid y te meto a ti en la mochila. Y ella me sonreía y me besaba.

Nocturna dijo
Quizás no seas cariñoso, pero lo pareces..
quizás no seas nostálgico pero lo aparentas...
quizás solo un soñador echando de menos sus alas...
repito solo...quizás...Noc_
6 Julio 2006 | 09:02 AM