En medio de un Van Gogh ( y 2)
Natalie sabía que el día en que se me acabase el contrato me iría sin pestañear. Quizás fue por eso por lo que nunca me regaló nada, los objetos, me decía, tienen el extraño poder de traer sólo los recuerdos a golpes de patadas en el estómago, yo prefiero que sea la imaginación la que te regrese a mí en el difícil y mentiroso arte de la añoranza.
Un día te llevaré a casa de mi madre, hace las mejores tartas de chocolate del mundo, verás como te van a gustar. Ella no sabía que la que realmente hacía las mejores tartas de chocolate del mundo era mi abuela, pero en su sonrisa había algo de melancolía y sutil tristeza con la que no pude competir, por ello no fui capaz de negarle ni la invitación ni después la falsa aprobación y bendita devoción.
Su madre vivía en una casa a las afueras típicamente holandesa, con su jardín, su bicicleta aparcada en la puerta y su enanito al lado de la valla. Todo muy de postal. Todo muy europeo civilizado. Me recibió con unos coloretes como soles en las mejillas, y lo que es peor, con unas castañuelas en las manos. Son de un viaje que hicimos el padre de Natalie y yo a Barcelona hace ya algunos años. Si tú eres español, sabrás tocarlas. Creo que no hace falta que describa mi ridículo, y me imagino que tampoco hace falta decir que al final fue la madre de Natalie la que me dio lecciones de cómo coger el maldito instrumento que en mis manos parecían granadas de guerra. Es que a mí se me da mucho mejor la gaita gallega, mentí, porque estaba convencido de que no podría existir una gaita gallega en un armario de la campiña holandesa, pero cuando la madre de Natalie se levantó a toda prisa y se fue corriendo hacia la cocina me imaginé lo peor. La tarta se estaba quemando. Un alivio.
Natalie apenas habló. Mientras comíamos la tarta acompañada por un té que nunca me gustó, ella nos miraba como imaginando lo que nunca se iba a producir entre nosotros dos, y cuando yo la interrogaba con mis ojos y mi silencio en el medio del salón de su madre, ella me contestaba enseñándome los dientes igual que cuando se reía abrazada a mí, pero con la diferencia que esta vez se notaba que su sonrisa traía un regalo lleno de tristeza. Esa noche, de vuelta a mi apartamento, Natalie se quedó a dormir. Después de hacer el amor tierna y suavemente, se abrazó a mi estómago de una forma tan especial que me regurgito el sabor de la tarta de chocolate y un por un instante pensé que eran las castañuelas las que me sonaban en el estómago. Sin embargo fue una lágrima que cayó desde su mejilla hasta mi barriga la que me hizo comprender.
Supe que esa era la última noche que pasaríamos juntos, pero no me atreví a decir nada, el silencio es la contestación que siempre tenemos los cobardes a mano. A la mañana siguiente me desperté con su huella en mi colchón y una nota en blanco con su firma. No se atrevió a escribir nada o a lo mejor es que no tenía nada que escribir. No la llamé. No la busqué. Sabía que todo tenía su fin así que no hice nada para estropear los recuerdos que ella misma se encargó de alimentar con su huida.
Quince días después, mientras desembalaba mi equipaje en el apartamento de Santiago, una foto se me cayó de entre uno de los libros de español que utilicé para dar clase. La había tomado Natalie una noche en la que el alcohol y la pasión nos hizo prometernos amor eterno. Enseguida me di cuenta de su regalo, fue nuestro único objeto, el único recuerdo palpable de siete meses de caricias y cuadros flamencos, de tartas de chocolate y paseos por los canales de Amsterdam, de tulipanes en mi jarrón y bicicletas aparcadas en el portal de mi casa mientras nos jurábamos que nunca nos podríamos traicionar.

Nocturna dijo
Al menos las bicicletas hacían una buena pareja..compenetradas hasta en el color....Noc_
7 Julio 2006 | 01:40 PM