Barquito de papel (perdón por la nostalgia)
Tengo un pequeño barquito de papel encima de la mesa en donde escribo. Es un recuerdo de mi infancia. Me lo hizo mi padre con la mitad de una página del periódico local: “Diario de Pontevedra”. El color blanco del primitivo papel, ha tornado a un tono amarillento, casi marrón claro, fruto evidente del paso del tiempo, aunque no por ello ha perdido el encanto que dicho objeto tiene para mí. Realmente no sé como fue resistiendo el paso del tiempo en la familia, porque este tipo de objetos están predestinados a desaparecer en cualquier momento. Su escaso valor monetario les hacen ser las primeras víctimas en períodos de limpieza general. Seguramente el vivir muchos años olvidado en el medio de un libro que habitaba la vieja estantería del salón, lo ha protegido de las prácticas destructivas de limpieza de mi madre, aunque a decir verdad, gracias a ella sigo conservando otros objetos de entrañable valor sentimental que si por mí fuesen llevarían tiempo poblando las bolsas de escombros.Hay muchas cosas que el paso del tiempo las estropea, las caduca, las olvida, pero otras se van haciendo más entrañables, más auténticas, más importantes.
De lo que sí me acuerdo perfectamente es como mi barquito de papel volvió a mí. Era una suave mañana de sábado del mes de Marzo cuando estaba perdiendo el tiempo en chapar alguna asignatura de la carrera y sentí unas ganas enormes de abandonarlo todo. Estas ganas fueron surgiendo a lo largo de mi vida estudiantil varias veces y ahora vuelven a mí en la vida laboral. Al final siempre acabo en una vuelta a empezar, pero ¡dios!, que agonía me entra en esos momentos en los que el disfrute se cambia por la obligación. Hay instantes en los que se hacen lentos y en los que un simple minuto parece la eternidad concentrada. Nada te sale. Crees que te has vuelto estúpido de repente y te dan ganas de mandar todo a paseo. Recuerdo bien que estaba en uno de esos plácidos segundos cuando me levanté de repente de mi escritorio y me fui a la cocina a calentar el café que había hecho el día anterior. Lo preparé como siempre, con una cuchara de azúcar y un chorrito de leche fría, todo ello en vaso de cristal y lo tomé como acostumbro, dando vueltas por la casa como buscando algo que he perdido y que es imposible encontrar. De repente me paré delante de la vieja estantería del salón para ver los libros que la habitaban y mis dedos fueron recorriendo lenta y suavemente sus lomos. Allí estaban todos los volúmenes que mi infancia había devorado. La mayoría eran de ediciones baratas, papeles amarillos y portadas de cartón dobladas: Flecha Negra, Moby Dick, Quintin Duvark, El último mohicano, tres o cuatro Superhumor de Mortadelo y Filemón y en último lugar uno de mis preferidos: Los tres Mosqueteros. Lo cogí con cierta nostalgia y pasé mis manos dulcemente por su estampado. Había sido un regalo de mi primera comunión, aunque su lectura fue un poco posterior. Dejé el vaso con café en el segundo estante de la librería y me senté en un sillón a contemplar otra vez aquellas páginas. Releer otra vez las aventuras de los mosqueteros, me hizo volver a los lugares en donde solía disfrutar de aquella mi vida. Había un pequeño rincón en casa en donde estaba un viejo sillón que había sido de mi abuelo, el cual se lo había regalado a mis padres cuando se casaron y que con el paso del tiempo se fue arrinconando y casi nadie lo utilizaba. Yo creo que si mi madre no lo había dado a algún familiar o tirarlo directamente a la basura, era más porque temía las visitas de mi abuelo preguntando por el dichoso sillón, que por la propia utilidad del sillón en sí, pero eso me había servido a mí para ir poco a poco apoderándome de él y convertirlo en una de mis primeras posesiones terrenales. Me gustaba aquel sillón y sobre todo el rincón de la casa en donde estaba. Había llegado allí después de un periplo por varios sitios, y al final se le puso en donde menos molestaba. Eso produjo un pequeño lugar entre la pared y la librería en donde era muy difícil que te vieran desde la puerta del salón, y estaba lo suficientemente apartado de la habitación de mis padres como para no escuchar los lloros de mi hermana pequeña.
Aquel rincón fue cobrando vida a la vez que yo iba entrando en la adolescencia y de un golpe se instauró en mi mente cuando mis manos volvieron a coger el tomo de Los Tres Mosqueteros. Fui hojeando las páginas, fijándome en las pequeñas dobleces que ciertas hojas tenían en su esquina superior - prueba de mis pequeños descansos en su lectura -, y en las ilustraciones con las que empezaban cada capítulo, las cuales eran utilizadas por mi imaginación para introducirme en aquel mundo que el señor Dumas tan bien había descrito. Cuando ya estaba a punto de guardar el libro y dejar la añoranza a un lado, me fijé que había algo entre las hojas de los últimos capítulos, y mi sorpresa fue cuando apareció mi barquito de papel. No hizo falta darle vueltas a la cabeza para acordarme de él, apareció como una caricia del pasado deambulando por mi memoria. Me acordé perfectamente como había nacido. Mi padre me lo había hecho cuando yo tenía ocho años y estaba enfermo con varicela. Él siempre llegaba tarde a casa y yo no me dormía hasta recibir su beso. Aquel día, con un poco de fiebre y sobre todo con muchos granos por el cuerpo - ¡los cuales no podía rascar bajo amenaza de mi madre! -, mi padre había llegado a casa una hora antes de lo normal. Se había sentado en el borde de mi cama y mientras hablaba conmigo para darme mimos y más mimos, fue haciendo con una hoja del periódico que mi abuelo había dejado en la silla de la habitación, aquel barquito de papel. Con el paso de los años veo ese pequeño barco como mi fiel acompañante durante la varicela, durante dos gripes y sobre todo durante la interminable hepatitis. Me veo jugando con él mientras navegaba con mis dedos por el aire, y de mi voz salían los ruidos de sus motores. Debió ser el primer barco volador de la historia de la navegación.
Ahora está encima de mi escritorio. No guarda un lugar preferente, pero sí un lugar propio. Suele apoyarse en un pequeño cerdo que me regalaron el día que acabé la carrera, cuando creían que de mí saldría un veterinario de verdad. Y cada vez que lo veo, me pican un poco los granos de la varicela, me acuerdo de aquel libro de Los Tres Mosqueteros que en una mudanza desapareció y sobre todo me acuerdo de mi padre sentado en la cama, doblando cada esquina muy despacio, mientras me decía que enseguida me iba a curar.

Nocturna dijo
Creo que es como un tesoro para un pirata...(almacena tantos recuerdos en su interior ese barquito)...Noc_
27 Septiembre 2006 | 10:05 PM