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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

29 Septiembre 2006

Semihistoria de un trapo de cocina y música en vinilo

Fue después de ensuciarme con la leche condensada. Busqué entre los trapos de la cocina alguno para poder secarme, y allí estaba él, viejo, descolorido, roto, con manchas de café por todas las partes, ennegrecido. Me quedé mirándolo y empecé a hacer memoria. ¿Cuándo había venido ese trapo para casa? Si la memoria no me falla, que no me falla, fue un regalo de mi madre cuando me casé. Debió venir con las sábanas, las toallas de Portugal y esa cubertería tan hortera del todo a cien. Nunca me había fijado en él, y sin embargo haciendo memoria me di cuenta de que la mayoría de las veces lo encontraba entre la mayoría de trapos nuevos y relucientes. En un golpe de imágenes vi que a lo largo de mi vida lo busqué, lo utilicé, lo rompí, limpié con él todas las manchas de café que siempre me caen cuando lo echo en la taza, y ahora me doy cuenta de que él siempre estaba ahí, en el lugar más oportuno para limpiar mis desaguisados.

Se me habían secado las escasas gotas de agua que tenía en los dedos, mientras miraba para él con cierto aire melancólico. Yo creo que me estaba hablando, el puto trapo me estaba diciendo, Nachiño, esto se acaba, ya no puedo más, hasta aquí he llegado. Mis hilos están todos deshilachados, mis colores no existen, mis remates están rotos. El agujero que me hizo el fuego de la cocina el día que hacías filloas rellenas de grelos, cada día tiene peor pinta y el que me hizo la lavadora cuando me enganché con la cremallera de tu pantalón vaquero va a acabar conmigo, me partió el corazón.
Nunca lo había doblado, como siempre hago con los otros trapos de cuadritos azules y blancos que tengo. Nunca lo había guardado en los cajones con los demás. Nunca lo había mimado, pero sin embargo siempre lo tuve a mi lado. Siempre era el primero que cogía. Secaba como nadie, nunca dejaba la pelusilla que tanto desprecio en los trapos nuevos. Se adaptaba a todas las superficies y valía tanto para la loza, como para el suelo. Ya sé que es un poco asqueroso que lo haga todo con el mismo paño, pero yo no le tengo la culpa de que él siempre estuviese a tiro de mata. Me entró una ligera tristeza en el alma, y le dije: “no, hombre no, tranquilo que aún nos queda mucha vida, muchas manchas de café que compartir”. Y me miró con pena a la vez que esbozaba una ligera sonrisa. Me mojé las manos otra vez y lo cogí para secarme, y tristemente me di cuenta de que era cierto, él ya no secaba como antes, se había saturado de humedad. Uno de mis dedos se metió por el agujero de la lavadora y sin apenas tensión lo resquebrajé un poco más. Se volvió a reír con dolor y con pena, como diciéndome, pero no te digo yo que a estas alturas ya no valgo para nada, es mejor que te desprendas de mí, que busques a otro que yo hasta aquí he llegado. Sincerándome conmigo mismo, le di la razón. Mi trapo estaba en período de jubilación pero me negué a darle la absolución, así que lo dejé caer en la mesa, como hice siempre (no quería que no pensase que me daba pena y que lo iba a tratar como un anciano) y me fui a la mejor tienda de decoración que hay en mi ciudad.

Hablé con la encargada que resultó ser una chica muy mona que hablaba muy raro, parecía que tenía un chicle en la boca. Le pregunté en donde estaban los colgadores de trapos, puesto que necesitaba uno muy bonito y sobre todo cómodo porque el que lo iba a utilizar no estaba para muchos andares. Ella me miró con una cara de escepticismo (!qué cojones, me miró con cara de asco!), y claro me volvió a preguntar que es lo que quería, que no le he entendido bien. Otra vez los malos entendidos, otra vez las trivialidades. Le repito que lo que quiero es un colgador bonito, en tono azul claro, pero sobre todo quiero un colgador cómodo ya que el trapo que lo va ocupar está muy viejo y necesita un lugar en donde descansar a gusto. Su cara denotaba incredulidad, pero como debía ser muy educada –me había dado cuenta de que no tenía ningún chicle en la boca, y que esa forma de hablar era la suya propia -, me acompañó a una salita en donde había una infinidad de complementos de cocina. Me enseñó varios modelos. De madera, de metal, de plástico e incluso había un par de ellos de cristal. Mencionaba de corrido toda una serie de adjetivos sinónimos de bonito, a saber: precioso, ideal, hermoso, lindo, fastuoso (lo juro, lo dijo), perfecto, bellísimo... pero nunca hablaba de la comodidad para el trapo en cuestión. La verdad es que yo tampoco quería insistir ya se sabe que la gente no solemos escuchar como debiésemos, simplemente preferimos hablar de lo que más nos interesa. Entre los de madera había uno que me gustó porque el gancho no era nada agresivo, más bien era romo en toda su extensión y suave al tacto. El color, aunque no era el que más me gustaba, le iba bastante bien a la cocina y sin más preámbulos lo cogí y le dije: este me gusta. Sí es muy bonito (mintió como una bellaca), y creo que estuvo a punto de decir que era cómodo, pero se paró, debió pensar una cosa es ser educada y otra muy distinta abonar la locura. Así que pagué el susodicho colgador, fui corriendo a casa y lo clavé en el mejor lugar de la cocina justo entre la nevera y la estantería de cristal. Ahora sólo le hacía falta su acompañante ideal: mi trapo preferido al que nunca había valorado. Lo instalé en su retiro muy tiernamente y me sonrió. Me dio las gracias, se ruborizó y mintió un no merezco este honor. Nada de gracias hombre, entre nosotros sobran ese tipo de palabras, es lo mínimo que podía hacer por ti.

Desde ese instante, preside mi cocina un viejo trapo descolorido y deshilachado con dos agujeros, uno de ellos producido por la lavadora y el otro por el fogón más grande de la cocina. Cuando tengo visitas a todo el mundo le extraña que él, precisamente él, esté en el mejor sitio de la cocina, pero nadie se atreve a preguntar el por qué de ese capricho, nadie pregunta lo evidente, a nadie le interesa lo distinto.
Desde aquel día miro las cosas viejas de otra manera, y tengo en los mejores sitios de casa, además de mi trapo favorito, una sartén totalmente ennegrecida en la estantería de cristal de la cocina , quiero que todo el mundo la observe y la pueda admirar. Ella fue una de mis mejores amigas en las tardes de estudio con bocadillos de salchichas en panes kilométricos. En el mueble de la sala, junto a un precioso juego de café de Sargadelos, está una jarra de cerveza de dudoso gusto que me habían regalado mis amigos el día que cumplí los 18 y a la cual siempre rendí pleitesía por ser de las pocas cosas que me acompañó en mis primeras borracheras compartidas y con la que siempre bebí en mi casa hasta que un día en que la tasa de alcohol superó los límites máximos exigidos por la estabilidad y el equilibrio, se me cayó al suelo quedando varios trozos inservibles, ante los cuales mi amigo el super lotite no pudo hacer otro milagro de los suyos.
En uno de los peldaños de una preciosa escalera de madera en donde habitan mis plantas, están unas viejas zapatillas de fútbol sala con las que marqué el gol en la final del instituto contra los de COU A, que eran dos años mayores que nosotros, pero a los que les ganamos después de una prorroga interesantísima que terminó con mi mencionado gol.
Y por último, dentro de mis objetos preferidos destaca por su significado y funcionalidad, mi viejo tocadiscos, regalo de mis padres el día que se dieron cuenta que a mí me gustaba más la música que a ellos. Heredé así uno de los tesoros más importantes de mi familia, compañero del alma de mi niñez junto a los discos de Palito Ortega, La Pandilla, Raphael, Albano y los Chiripitiflauticos – ni una risa que todavía los escucho y me sé todas las canciones de memoria -. Los altavoces son a la vez las tapas, y se cierra todo quedando una especie de caja de madera y sólo tiene dos botones, el del volumen y el del tono y además una pequeña palanquita con la que puedes cambiar la velocidad de las revoluciones: 33 para los grandes y 45 para los pequeños. Ahora tengo una cadena con innumerables botones y lucecitas de las cuales apenas tengo idea para que sirven, pero de cuyo interior sale una música a veces tan perfecta que suena mentira. Es entonces cuando echo de menos mi viejo tocadiscos, y es entonces cuando pongo uno de los discos de siempre, son su ritual de limpieza y deposito de aguja con sumo cuidado, y es entonces cuando empieza a sonar ese freír de huevos de fondo y en mi cara nace una sonrisa cargada de nostalgia y es entonces cuando corro hasta la cocina y cojo a mi trapo preferido de su gancho de madera y juntos bailamos muy agarrados en el salón.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jojojo

jojojo dijo

Chiripitiflauticos??? Arrea!!!...genial, y que bailais?

29 Septiembre 2006 | 08:00 PM

John Jairo

John Jairo dijo

NO compadre, lejos muy lejos de la maestria de un Chejov para escribir sobre n objeto inanimado... quiza sea tiempo de volver a la cocina

6 Octubre 2006 | 05:22 AM

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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