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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

23 Marzo 2007

A Carlos Herrera por J.L. Alvite

Hoy pensaba en escribir todo lo que me está pasando por la cabeza desde que este mediodía me llamó Jose Luis Alvite, pero sinceramente no se me ocurre nada mejor que copiar y pegar su ultima columna. Está claro que cualquier suspiro suyo vale más que mis mil palabras.
Gracias D. Jose Luis, gracias por ser exactamente como yo siempre loimaginé.

A Carlos Herrera. Jose Luís Alvite

Una mañana de 1999 me telefoneó José María de Juana y me preguntó si tendría inconveniente en ser entrevistado para Radio Nacional de España por Carlos Herrera, de cuyo programa él era el redactor jefe. Acepté. A la mañana siguiente me acerqué en los restos de mi coche a los estudios de RNE de Compostela, me senté frente a la pecera del técnico, me puse unos cascos, prendí un cigarrillo para cada mano y esperé la voz de Herrera. Supongo que habría estado más nervioso si no fuese porque estaba francamente cansado y casi ciego de tres noches sin ir a cama. Herrera me dio tres o cuatro capotazos con esa magnífica voz en la que incluso la prosa de los carraspeos parece tertulia. Respondí como pude. Carlos me conocía de leerme en la última página de "Diario 16" pero a mi pluma nadie en su equipo le había oído jamás la voz. Al cabo de diez o doce minutos, Herrera dio por zanjado el tema y pasó como si tal cosa a otro asunto en la escaleta del programa. Yo me quité los cascos de las orejas, apagué las brasas del cenicero con los restos de un café que perforaba el vaso, salí a la calle y regresé a la ciudad medio dormido, aprovechando que mi coche se sabía la carretera como si la hubiesen trazado en el bastidor de la costura con el dibujo de sus ruedas. Al día siguiente recibí una llamada personal de Carlos Herrera. "Ya sé que eres un tipo sin vanidad, sin ambición y sin codicia, pero me pregunto, Alvite, si te importaría colaborar en mi programa". Y añadió una explicación técnica y al mismo tiempo emocional: "Tienes exactamente la voz que te suponíamos, profunda, varonil y cansada, con ese ritmo algo desganado que hace tan interesantes a los hombres derrotados, de modo que te ofrezco mi programa por si te apetece fracasar con éxito". Reconozco que, dentro de mi natural escepticismo, me quedé atónito. No me lo esperaba. Herrera dirigía un programa de radio con más de un millón y medio de oyentes y yo estaba acostumbrado a hablar por escrito en los periódicos para las tertulias de los tanatorios y para los chicos malos de cada casa. Sinceramente, no aspiraba a otra cosa. Tenía cubiertas las necesidades básicas y mis padres me habían educado para que el primer plato me causase acidez, y el segundo, remordimiento. ¿Sabes?, llevaba una vida bastante disparatada, pero en lo que podía recordar, ni mi mierda había cambiado jamás de color, ni mis sueños de pesadilla. Mi pobre coche estaba en las últimas, pero me tranquilizaba que el óxido de su chapa aun no me hubiese pasado al pulmón. Carlos seguía al otro lado del teléfono. "Bien,... tú dirás, hijo". Sinceramente, no recuerdo cual fue aquel día mi respuesta. Solo sé que veinticuatro horas mas tarde era una de las voces diarias de su programa. Y también recuerdo que cuando ETA quiso matarlo y se fue de año sabático a los Estados Unidos, me quedé en el programa con Julio César Iglesias, antes de que con el natural relevo veraniego tuviese que vérmelas con Ely del Valle, una chica bella, banal y pretenciosa que en la radio perdía todo lo que pierde una mujer de cuyo talento la gente que la conoce de la televisión solo recuerda con entusiasmo las elocuentes nalgas del escote. El año americano de Carlos Herrera se me hizo interminable en RNE. Carlos regresó para incorporarse a las tardes de Onda Cero y he de confesar que crucé los dedos con la esperanza de que se acordase de aquel tipo áspero y sentimental cuyo coche hacía cada mañana en sueños la carretera hasta Radio Nacional como si las curvas fuesen la mecedora de un muerto. Una tarde a finales de verano me telefoneó al periódico Fernando Onega, presidente de Onda Cero. "Estoy sentado en mi despacho frente a un tipo que amenaza con no irse si no habla ahora mismo contigo"...Y se puso Carlos Herrera, aquel tipo tan cordial, tan cariñoso, tan buen compañero. "Oye, hijo, que llevo un año esperando por ti, conque prepara algo, fúmate media docena de cigarrillos y vuelve a demostrarme que hay ocasiones en las que el jodido fracaso no es otra cosa que un éxito sin suerte"...Aquel día la voz de mi querido Carlos Herrera no me cambió el color de la mierda, pero me demostró que no es necesario compartir la cama para compartir los sueños. Y también me demostró, maldita sea, que en lo más hondo del pozo hay ocasiones en las que incluso en el agua estancada se reflejan como putas medallas las estrellas...

Sería un estúpido y un soberbio si no reconociese los apoyos que recibí en el Periodismo y que me fueron de gran ayuda para levantarme del suelo cuando mi relación con Carlos Herrera ni siquiera estaba en la bruma del horizonte. El primero, el apoyo de mi inolvidable colega José Luis Gómez, al que me unen treinta años de sana amistad sin deudas ni favores, desde que le conocí en las postrimerías de su adolescencia, cuando él empezó en esto y yo llevaba un lustro dando tumbos por las calles y escribiendo en aquel viejo y romántico "Correo Gallego" en el que compartimos luego la ilusión, el retrete y los castigos. Fue José Luis quien retiró del concesionario mi primer coche porque yo llevaba días sin dormir, y le devolví el gesto años más tarde llevándole al aeropuerto de Lavacolla bombones de su parte a una bellísima novia mejicana a cuya cita él no podía acudir. Creo que fue José Luis Gómez el único compañero que me vio alguna vez dándole la mano a mi hija y el único también que apostó por mí cuando años más tarde él era director de "La Voz de Galicia" y a mí los jodidos altibajos de la vida me habían puesto prematuramente a la cola del ocaso. Jamás utilicé nuestra amistad para salvar el maldito escollo. Él era el director y yo un puto contratado al que algunos pedantes sin talento llevaban dos años sacándole hipócritamente a patadas con las palmas de sus manos. A José Luis jamás le dije nada. Al viejo amigo sólo recurrí para pedir audiencia y despedirme de él en su despacho antes de coger otro rumbo, aunque fuese el rumbo amargo de renunciar a mis sueños y volver derrotado a casa. ¿Y sabes, muchacho, sabes qué hizo el viejo colega? Me despachó en quince minutos, fiándose a medias de su corazón, de su experiencia y de su olfato, me firmó un contrato nuevo y me envió como columnista a la última página de "Diario 16", en cuya edición ponía cada mañana sus ojos el bueno de Carlos Herrera. Y entonces pensé que a veces en la vida surgen momentos así, y que entonces aparece un tipo como José Luis Gómez, alguien capaz de forrarle las manos a los verdugos y conseguir que el golpe de la jodida coz tenga el inesperado y feliz resultado que tendría en culo de Charlie Chaplin una patada de Adolf Hitler estilizada para la ocasión por el analgésico zapatero de Fred Astaire. Ahora José Luis y yo nos vemos poco. El anda por la televisión y por los periódicos, y yo sigo aquí, muchacho, ya sabes, colega, por si algún día me necesitas, aunque sólo sea para que le lleve de tu parte una caja de bombones a cualquier mujer hermosa que haga transbordo en Lavacolla y pregunte por ti en tres idiomas. Pero así es el periodismo, amigo mío, un mundo rebosante de vanidad y de talento, de rencores y de lavativas, un universo ocasionalmente engañoso en el que a veces las cosas ocurren como en un estanque al que alguien le repusiese los cisnes a tiempo de que no pasen hambre las ratas. Carlos Herrera es, como José Luis Gómez, uno de esos tipos que disfrutan espantándole a los cisnes las ratas del estanque. Y gracias a gente como ellos podemos sobresalir los tipos como yo, que tal vez no seamos nada del otro mundo, sólo un puñado de periodistas ásperos y sentimentales cuya única aspiración es que no les cobren el agua estancada en la que todavía flotan. Otros no tuvieron la suerte que tuve yo y permanecen cautivos en el tenaz y odioso anonimato. Es ahí donde los recluyeron esos tipos sin alma y sin talento de los que yo sé que cuando mueran, personalmente sólo encontraré emocionantes las moscas verdes y azules que vomitan al comerse sus cadáveres. Suelen vestir de Armani y en los almuerzos huelen mejor que el postre y las orquídeas, pero son pura apariencia. Debajo de tanto resplandor solo aletea medio muerta la luz del hielo. ¿Sabes, amigo?, a los tipos de su clase les ocurre como a esos horribles lugares polvorientos en los que, si bien lo miras, lo único verdaderamente atractivo es el folleto...

Me inquieta la adolescente soberbia de esos jóvenes periodistas que desdeñan los cometidos más humildes de la redacción porque en su ánimo solo está el voraz objetivo de ser columnista y la ilusoria pretensión de que en cualquier banco su firma sea dinero. A uno de esos tipos tan pretenciosos le dije hace algún tiempo: "En el periodismo se considera natural empezar por todo lo bajo, amigo mío, porque en lo más alto sólo empiezan de manera natural los precipicios y los accidentes de aviación". A mi padre se lo había dicho su padre y mi padre me lo dijo a mi, que soy la tercera generación de una humilde y honrosa manera de ejercer el periodismo a sabiendas de que a veces lo que cuenta no es ser el árbol, amigo mío, sino la sombra, asimismo enterado de que en caso de incendio, las escaleras conviene subirlas siempre dos peldaños detrás del fuego. Cuando yo empecé en esto, en los periódicos de provincias apenas había columnistas y si alguien de la redacción se convertía en eso, era porque para patear las calles habían empezado a fallarle juntas la curiosidad y las piernas. Claro, eran otros tiempos. La primera noche que me presenté a trabajar en un periódico, el mozo de la rotativa me dio un botijo y me mandó a la calle a buscar agua. No se trataba ciertamente de un cometido histórico, pero no me importó que apagar la sed de los muchachos del taller fuese mi primer éxito en la profesión. Lo cierto es que sigo escribiendo con el mismo espíritu accesorio de aquella noche, como si todas y cada una de mis palabras las encontrase haciendo gotear su tinta por la espita de aquel botijo. Muchos de los vanidosos columnistas de ahora se malograron precisamente porque al alejarse emocionalmente de sus botijos, perdieron el contacto con la sencillez, con la frescura, es decir, con la vida. No sé si les ocurre lo mismo a mis colegas, pero a mí los directores de periódico me parecen más humanos, más afectuosos y más respetables cuando se quedan a medianoche en mangas de camisa. Carlos Herrera es un líder radiofónico por muchas razones que no necesito detallar, pero sobre todo, porque habla como si llevase media vida en mangas de camisa. ¿No inspiran acaso más confianza los jueces cuando al final de la vista se quitan la toga? ¿Y no resultan acaso menos ortopédicas las mujeres cuando al irse a cama le suprimen con el cepillo la laca al pelo? Muchas figuras del periodismo no son otra cosa que obstétricas y vanidosas pompas de ropa, tipos vulgares y corrientes que en un "souflé" sólo merecerían ser el aire. Carlos Herrera me inculcó desde el principio su humilde idea del éxito: "Que te escuchen por la radio casi dos millones de personas, amigo Alvite, no es nada comparado con que te escuche a solas tu conciencia". No hace mucho mantuve por teléfono una conversación con el maestro Tico Medina, uno de esos tipos nobles e increíbles que es como si llevasen la camisa por encima del traje. Al cabo de un rato de hacer recuento de su vida y de sus experiencias, me dijo algo así como que cincuenta años de profesión es lo que tarda un periodista decente en ser de nuevo un aprendiz. Coincidí un año con Tico en el programa de Carlos Herrera y cada vez que le escuchaba he de reconocer que me entraban ganas de plantarle fuego a mi columna. Carlos Herrera, Tico Medina.... ¡Leguineche!... ¡Dios Santo!, Manu Leguineche me confesó una noche en Compostela su pasión por el periodismo y los viajes, pero también me dijo que tarde o temprano todo se acaba, y que entonces, amigo mío, entonces el viejo reportero descubre que el Periodismo sólo ha sido una hermosísima disculpa para haber vuelto tan tarde a casa. Al bueno de Alfonso Ussía le conocí en Madrid con motivo de la presentación de "Historias del Savoy" y me sorprendió su magnífico aspecto casi de atleta. Ussía y yo estamos muy distanciados ideológicamente pero reconozco su talento y sobre todo, me admira su filosofía del periodismo y de la vida. Me dijo: "Conservo la misma talla desde muchos años, pero no se trata de velar por la salud, colega, sino de que en el periodismo no siempre se tiene la certeza de ganar el dinero que uno va a necesitar para cambiar de ropa". No dije nada, pero pensé, "¡Que buen sastre es la humildad!". A tipos como Manu, como Tico, como Alfonso, les debo lo bien que me sienta siempre el ejemplo de su descollante sencillez. A Carlos Herrera, ¡Oh, Dios!, a Carlos Herrera le debo además la suerte de que se haya atrevido a apostar por un columnista que sólo aspira a conservar en su pluma el tacto de aquel botijo y a luchar por la supervivencia sin vanidad y sin odio, en mangas de camisa, también sin furia, como pelean los tipos que le plantan cara al fracaso llevando los puños en las palmas de las manos...


A partir del próximo viernes volverá a la radio de Carlos Herrera

Tags: alvite

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Antonio

Antonio dijo

-"...le había oído jamás la voz"-. Menos mal que alguien utiliza el verbo "oír" porque la mayoría de los periodistas lo abvian, entregándose a un "escuchismo" incomprensible.

Envío nº 1
Un día como otros, MIRABA la pantalla de mi televisor y VEÍA las imágenes que en ella aparecían. ESCUCHÉ a las personas que hablaban y OÍ decir a un corresponsal, después de que estuvo unos segundos presionando con el dedo el auricular en el oído: ¡No ESCUCHO nada! Seguro que este señor se confundió de término, pues hacía auténticos esfuerzos para oír, es decir, escuchaba denodadamente.
He escrito estas dos parejas de verbos por la similitud de relación entre ellos. Esto es, que MIRAR es a VER como escuchar es a OÍR. O también: Miramos para ver como escuchamos para oír. Lo que importa, pues, es ver y oír. Mirar y escuchar no son más que intenciones, mientras que ver y oír expresan el resultado de percibir.
La primera pareja de estos verbos la usamos todos correctamente. El problema está en la segunda.
Se oyen en los medios frases como estas: “Se escucha decir…; “La explosión se escuchó en toda la ciudad”; “Casi todas las cosas que se escuchan…”; “…no quiero escuchar una palabra más…”; “…lo que acabamos de escuchar…”: “… se escucha el fuego israelí…”, tomando el verbo escuchar en el sentido de oír. No se escucha lo no previsto o lo no deseado.
Oír es percibir los sonidos en tanto que escuchar es prestar atención para oír. (Existen muchas más ocasiones para utilizar oír que escuchar, pues estamos constantemente percibiendo-oyendo- sonidos). No es incorrecto oír conversaciones ajenas (Acción involuntaria), pues los sonidos, entre ellos las palabras, impregnan el aire y el oído los capta, es decir, se oyen; pero si Vd. es sorprendido escuchándolas (Acción voluntaria, intencionada), va a ser tildado de cotilla.
No es lo mismo escuchar que oír. Siendo yo pequeño, mis maestros y profesores me enseñaron que entre los cinco sentidos del cuerpo humano está el oído que utilizamos para oír (no para escuchar).
¿Alguien no me cree? Pues lea a los siguientes prestigiosos escritores, de quienes apunto algunos ejemplos.

F. Garcia Lorca: “…los paisajes que he escuchado… sonidos dulces lo que se oye… se oye el manso ruido… “ .
Miguel Delibes: “Acababa de oír una voz humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo…”, en El camino.
Camilo J. Cela: “… se oía decir…”. “… escucha… de una manera rara… que parece más para no dormirse que para atender”, en La colmena.
Antonio Machado: “Siendo niño oí contar…” , en Poesías completas.
Juan R. Jiménez: “… creo que no nos oye ni nos ve” en Platero. “Mensajes de deleite y ternura escucho….”. “…oí… de madrugada…, un raudal…”, en Sonetos.
Y además un buen ejemplo del periodista José Aguilar: “… si se escuchara al profesorado, se oiría un prolongado clamor… “, en Grupo Joly.

¡Claro que hay más! Y si a ellos tampoco los cree, le queda el recurso de abrir la página de la RAE, Diccionario/Diccionario panhispánico de dudas. Y si éste tampoco le resulta fiable, puede acudir a la página cvc.cervantes.es /al habla_museos_horrores, del Instituto Cervantes.

La evolución en el lenguaje es deseable cuando conduce a dar mayor precisión, claridad y posibilidad de expresión. Pero la tendencia que comento va en dirección contraria, confunde los dos verbos y los deja sin posibilidad de matizar. Por otra parte, hay numerosas personas que sólo usan, el verbo escuchar, por lo que oír corre el riesgo de desaparecer.
En un intento por evitar esta pérdida, recurro a Vdes., como los profesionales más cualificados que son, para conseguirlo, y ello por las razones siguientes:

• La palabra escrita, leída en un periódico, una revista, un libro, etc., u oída en la radio, la TV, el cine, la cátedra, la escuela, etc., constituye un paradigma indiscutible.

• Ustedes, personas de formación superior, que escriben, hablan, opinan, informan, presentan, entrevistan, debaten, enseñan, traducen, doblan películas, etc., son, para el pueblo llano, el ejemplo a imitar.

Seguro de que el buen uso y riqueza de la lengua es preocupación de todos, especialmente de quienes la utilizan en público, me he atrevido a lanzarles un desesperado ¡SOCORRO! por oír. Si ustedes no se ponen a esta tarea, podremos empezar en breve a entonar un REQUIEM por el ya casi difunto referido verbo.
Espero que esta petición no caiga en saco roto y que merezca la atención de ustedes. Muchas gracias.

Atentamente

24 Enero 2008 | 02:30 PM

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