El peso de la mierda y dos historias
Mi amigo Alfredo siempre me dice que la mierda tiene que caer por su propio peso, porque si te pones a hacer esfuerzos y empujar como un animal se te puede producir un prolapso rectal o algo mucho peor. La verdad es que nunca dice que puede ser peor que un prolapso rectal, pero lo afirma con tanta suficiencia que a mí me resulta imposible discutírselo.
Yo siempre fui muy mal alumno y un mediocre estudiante. Como alumno era pésimo me distraía absolutamente con todo. No sólo era una cuestión sexual, que también, aunque a decir verdad tanto en mi instituto como en la facultad nunca tuve unas compañeras de quitar el hipo y de robarte el pensamiento, pero ya se sabe que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo, así que me distraje soñando con casi todas.
Nunca tuve remedio. Las clases las comenzaba yo muy centrado, intentaba por todos los medios coger los apuntes mientras atendía a las explicaciones del profesor. Los primeros diez minutos atendía con solvencia y cogía las ideas con suficiencia, entendía todo lo que el profesor explicaba. Pero el problema venía a partir del fatídico minuto diez (empíricamente demostrado) cuando a mi pobre intelecto se le daba por escaparse de mi cabeza y vagar por cualquier derrotero que le distrajese de aquel tedioso encierro académico. Mientras empezaba a pensar en las musarañas, mis manos seguían escribiendo pero ahora ya no eran las ideas lo que plasmaban, ahora era simplemente todo lo que el profesor decía, y mis apuntes se convertían en un dictado sin pies ni cabeza estructural, sin ideas esquematizadas, sin ningún sentido, según mi profesor de Literatura, mis apuntes parecían una tripa de chorizo.
Después, cuando llegaba a casa y leía todo lo que acababa de escribir, me preguntaba quien había vivido aquello por mí, quien había escrito aquellas cosas tan raras, no me acordaba de absolutamente nada, ni siquiera en qué estuve pensando todo ese rato. Por eso y por mi más que conocida vagancia, dejaba de ir a clase a partir del mes de noviembre (más o menos), cuando descubría que los apuntes de mi compañero Fran eran infinitamente mejores que los míos. Aprobé alguna asignatura que todavía no conozco a los profesores.
Desde esos días se me sumió el intelecto en una pereza brutal y ya nunca más fui capaz de aguantar ninguna charla, clase o conferencia que me mantuviese sentado más de 45 minutos, es más, si soy sincero creo que a partir de los 20 minutos ya atiendo a menos del 50% de capacidad, y me muevo más en mi asiento que la compresa de una coja haciendo el camino de Santiago.
He de reconocer que todo esto se puede extrapolar a casi todo en mi vida, por ejemplo y sin ir más lejos, estos escritos. Cada vez que me siento a escribir, siempre pongo el reloj a contar. Cuando llevo media hora escrita, ya me duele la espalda, me aburre lo que escribo y remato el texto. Me doy de propina 15 minutos para corregir y aumentar algún fraseo, ni un minuto más, no creo que haya nadie en el mundo que pueda soportar más de una página escrita por mí, pero sobre todo, me aburre seguir escribiendo.
He de reconocer que más de una vez jugué con la vanidosa idea de escribir algo un poquito más largo, con más entidad, con más peso, pero al final siempre desisto porque me canso enseguida. Pensé en escribir todo los días un folio, pero era como si arrastrase una pesada carga en forma de hojas pasadas y al no ser capaz de ver la estructura en general, me aburría solemnemente la idea de sentarme a inventar historias. Lo intenté con una especie de road movie en donde el protagonista, escrito en primera persona, se acaba de separar de su mujer porque ella estaba harta de sus continuas infidelidades. Como él la quería, se sentía culpable pero no sabía porque la seguía engañando, y la única respuesta que se pudo dar fue que era infiel porque podía. Así que mi personaje, harto de si mismo, decide ir a buscar su esencia por medio de un viaje sin principio ni final, sin ruta preestablecida ni estancias programadas (¡oh, que original!), y ante las maravillas que suponía que se iba a encontrar, la realidad es que era más poderoso la idea de la aventura que la aventura en sí. De poco valía estar en NY, en Bangkok o en Singapur, en lo básico todos los seres humanos somos muy parecidos. El final sería triste, como no puede ser de otra manera, y el prota volvería muy arrepentido a su casa buscando el amor en su mujer, pero ella, harta de esperar a la persona a la que un día quiso, le daría con cajas destempladas y lo mandaría a paseo. Y me imagino que al final lo tiraría fumando un cigarro en algún lugar cercano a su casa mientras de sus ojos le caería una lagrimita…
Había otra historia que me aventuré en unos 50 folios de unos individuos que se encontraban en un aeropuerto un día a la semana para coleccionar despedidas de la gente: familiares, amorosas, de amistad… Un día, y debido a que uno de ellos se queda dormido media hora, surgen nuevos imprevistos y aparecen otras cosas que no eran habituales en su rutina y la vida de ellos cambian de sentido por culpa de ese pequeño retraso de media hora. Buscaba encajar en la vida, la idea de la casualidad y de cómo pequeños cambios nos pueden llevar a lo más impensable e imprevisible (el puto efecto mariposa que tanto me gusta). Pero como no podía ser de otra manera, me empecé a aburrir cuando llegó un momento en que casi ninguno de los protagonistas me caían bien, y me costaba encontrarles historias que valiese la pena contar.
En estos momentos llego al minuto 28, y me digo, ahora hay que ir terminando, y por lo tanto habrá que enlazar todo este enrevesado sistema de palabrería, y entonces me acuerdo de esas historias que siempre me quedan a medias, que no tenían continuidad y que nunca llegan a ningún puerto ya fuese por mi vagancia o porque, como decía mi amigo Alfredo, tienen que caer por su propio peso y no se deben forzar ni apretar por miedo a un prolapso cerebral o algo peor. Aunque nunca sé que puede ser peor.
Minuto 30. Punto final. Toca repaso.



elatomodemadera dijo
Escribir algo mas largo. esta idea planea sobre la cabeza de muchos de los que escriben. Es como cantar en la ducha, y agradecer los aplausos en plan live at Royal Albert Hall, zenquiu, zenquiu, . O jugar al futbol poniendose nombres de jugadores, Santillana, Arkonada. O ir en bici, haciendo el motorista, no solo haciendo brooon, brooon, sino con el gesto de acelerar el el manillar. Pero no todo es literatura extensiva, la literatura intensiva existe, y tambien la literatura de ideas sueltas, la literatura de lo irregular, de lo incoherente, de lo erratico, de lo aleatorio. Me hace gracia cuando salen esos escritores en la tele, con sus fichas, sus documentaciones, sus, manias de escritor. A mi siempre me gusto mas la idea romantica del tipo, que escribia cuando llegaba a casa algo calzado, no estos tios "me levanto a las 7 para escribir, pero soy un bohemio de la mañana". Sin forzar, que ya tenemos muchos betsellers. Nos hacen falta singles, cuentos, chistes, pero no mas bestsellers.
Un saludo
5 Julio 2007 | 10:59 AM