Adiós triteza, adiós 6 (cantautor)
Si al menos hubieses querido ser cantante, yo te habría apoyado, pero lo de payaso fue rizar mucho el rizo, demasiado, no me extraña que tu padre no te quiera ni dirigir la palabra. Con esto se demuestra que hubo un momento en que mi madre dudó, con eso se demuestra que a mi madre lo de que su hijo fuese veterinario le daba más o menos igual, que ella también hubiese querido que yo fuese artista. Lo del portazo de mi padre entraba dentro de mis cálculos y por eso antes de sincerarme familiarmente sobre mi futuro, tumbé al San Pancracio de la estantería que había al lado de la puerta, sabiendo que con el retumbe de la pared, acabaría mal el pobre San Pancracio que había robado (como mandan los cánones) a Lola la dueña de la pensión de Lugo. Esa consideración con los santos nunca se me tuvo en cuenta en el balance con mis actitudes pendencieras, sin embargo, ya digo, yo salve varias veces a San Pancracio (con su monedita y su perejil) de hacer puenting desde la estantería al suelo por los portazos tras los berrinches de mi padre, pero claro estas cosas nadie me las valora.
De pequeño cantabas muy bien, y cada vez que veo a alguien tocando en la calle con una guitarra siempre le digo a tu hermana, mira, seguro que Nacho lo haría mucho mejor. Mi madre como siempre apoyándome y buscando lo mejor para mí. Quería que yo fuese cantautor, cantautor triste, de esos que no follan y que agobian a todos porque él no folla. Y hubo un tiempo en que yo lo intenté, pero me fui poco a poco amargando al darme cuenta de que mientras yo me dedicaba a cantar canciones tristes, canciones de amor y sobre todo de desamor, canciones que creía que le encantaban a las mujeres y que por tanto todas caerían en mis brazos, y me dirían cántame una canción al oído y cosas así, y por eso me esforzaba en aprender las letras, y los acordes,y el ritmo, pues mientras yo creía en todo eso, mis amigos se ponían las botas con las tías, sigue, sigue cantando, ahora cántanos Al alba, vale, vale, muy bien, pues ahora Las cuatro y diez, y yo dale que te pego a las canciones de tristezas, y al principio cerraba los ojos y ellos dale que te pego a meterle mano a las chicas, y ellas a cantar conmigo, y yo después ya abría los ojos porque intuía lo peor, y veía las manos de ellos (¡sinvergüenzas!) y diciéndome sigue, sigue cantando, no pares, y yo que me paraba porque no podía seguir viendo aquel espectáculo sin poder participar en él, y ellas ¿por qué no nos cantas ahora una de Silvio? y yo cagándome en Silvio y en toda la nueva trova cubana, y mis amigos rozando teta, y Ojala que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan para que no las puedas convertir en cristal, y ellos descojonándose de la risa, de mí, de mi guitarra, de mis canciones, de la madre que me parió, y ellas diciendo que tío más sensible, que buena voz, que bien toca la guitarra, y yo cagándome en ellos de arriba abajo, que ni cerveza podía beber, que ni besos me daban, que ni culo toqué. Así era la vida de un cantautor de provincias sin compromiso con ninguna causa política ni gaitas. Así era la vida que rápidamente abandoné para tristeza de mi madre y alivio de mis vecinos.
Y es que la afición a la música por vía materna y por eso en el fondo yo debía ser su obra, su creación. De pequeñito, mi madre y yo cantábamos a dúo canciones de Mocedades y de Sergio y Estíbaliz. Yo hacía de Estíbaliz. Con las canciones de Mocedades también participaba mi tío y aún hoy es el día que no comprendemos como no ganamos Eurovisión en el 73 con Eres tú. Que mal dormimos aquella noche.
De todas formas no entendía porque mi padre se había mosqueado tanto conmigo cuando él había sido el que me introdujo en el mundo de la guitarra, aunque las circunstancias fueron un poco extrañas. Y es que mi padre no cantaba canciones de Mocedades, él no le daba pillado el tono, así que se pasaba todo el día callado pero se transformaba en misa porque estaba convencido de que tenía mejor voz que D. Manuel, el cura de la parroquia, así que lo retaba públicamente en misa de sábado a las 8. Ocurría que D. Manuel, harto de los duelos a grito pelado con mi padre, iba cambiando el repertorio metiendo canciones nuevas del mundo de las misas, y ahí hay que reconocer que mi padre patinaba. Una cosa era cantar: resucitó, resucitó, resucitó, aleluya. Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó. Que para ser sinceros es bastante fácil de aprender y otra cosa era cantar con ritmo: yo tengo un gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma, alegría y gloria a Dios. Es como un río de agua viva, ¡VIVA!, río de agua viva, ¡VIVA!, río de agua viva … Tal frustración creaba en mi padre esas nuevas canciones, que con apenas catorce años me compró una guitarra y me metió en el coro de la iglesia (era sólo para niños y él no podía entrar) para que aprendiera aquellas canciones con las que D. Manuel lo ridiculizaba. Como con la guitarra yo era muy lento en el aprendizaje, y sólo me salía la de Resucitó, resucitó… y esa mi padre ya la bordaba, no me quedó otro remedio que robar un cancionero de la librería de D. Manuel para que mi padre supiese las letras de aquellas nuevas canciones. Al principio yo me quería confesar, pero claro, tendría que confesarme a la misma persona a la cual había robado, y eso aunque cristianamente está muy bien, personalmente es inaceptable, así que me acobardé como tantas veces, y decidí no decir nada en confesionario y rezar mucho por la noche. Tal era mi delito, y tan mal me sentía, que incluso de penitencia me propuse no masturbarme durante una semana. Y es que yo enseguida le cogí afición a hacer el amor con la persona que más quiero. Pero bueno, eso ya lo contaré un poquito más adelante, cuando se me caliente un poco más los dedos y las ideas, mientras seguiré gozando de tanta felicidad que ya no sé en donde guardar, pese a que Elena ya no me quiere ni saludar.
