Una historia sin más (y IV)
Apareces con demasiada facilidad, difícil de alcanzar, infinito, ilimitado, dedicándome tu placer, y se me engorda el alma a la misma velocidad que yo empequeñezco hasta hacerme invisible, insignificante, tan poquita cosa... Todo son imágenes. No paran de sucederse, de agolparse. Se pisan las unas a las otras sin el menor respeto, se empujan hasta ahogarme. A mí homenaje, y digo mío porque es más mío que tuyo y así lo siento, una lubina apuñalada por un limón, el chup-chup de los níscalos del mercado y del olor de los tomates de mi nevera al aroma casi imperceptible del plátano rebozado en pan. A veces los olores menos poderosos son los que más impregnan. Creo que de ahora en adelante te recordaré siempre que se me cruce un plátano frito en mi camino. Pero los pensamientos vienen sin respeto, sin orden, sin concierto. A tu imagen de entre las sábanas, a las formas que dibuja tu cara en la almohada, se superpone un lunar, que en la imagen de verdad, de la realidad, paso y repaso con las yemas de mis dedos, como intentando borrarlo. A los buenos días le sigue la noche, haciéndome el amor hasta caer rendida sobre ti, dormida en el perfecto encaje de tu pecho, agarrándome muy fuerte a tu cintura, con el ir y venir de las luces de un fuego de chimenea que parece que nos acuna con su vaivén de sombras y luces. Ensalada de todo frente a la postal de la misma noche en que te conocí, y él chico con sombrero de ala ancha en la mirada, aquel que dijo lo haré por respeto a mí, me iré por respeto a ti, no te dejes enamorar que siempre soy muy peligroso, aquel chico que acercándose hacia mí en Botero con un ramito de margaritas salpicadas de jazmines se puso un delantal en mi portal. Entonces pasa que meto la llave en la cerradura, empujo con desgana la puerta con el hombro, giro la llave, o giro la llave y empujo con el hombro, no sé que va primero (no es de extrañar, en esta historia todo está cabeza a abajo), alzo la vista, buscando una pierna envuelta en delantal, buscando una sonrisa cómplice, un guiño a aquella postal que comenzaba sin ropa al otro lado del cristal, pero esta vez... no estás. Entro en casa, cierro la puerta con esa rutinaria tarea mía de acompañarla con la espalda, y en el silencio me suena como redoble de tambores, un murmullo, un sonido. Vuelvo a los ojos. Vuelvo a la vista. Descarto el resto. Vuelvo desde mi recuerdo a recuperar la imagen del agua amarillenta de un ramo de flores, de tu rostro enfundando en un sombrero de pana, de la ensalada tricolor con queso y sin piña, del balanceo de sombras en una pared de piedra, de la pequeña arruga en tu axila que te sube por el pecho y que desaparece cuando me abrazas, de las pequeñas pepitas bañadas en aceite y doradas en pan, de una bolsa con limones en el cajón de la nevera, de tus dedos agitados procurándonos placer, de la puerta semiabierta de una habitación de hotel. Vuelve el sonido. Vuelve el murmullo. Son ya las seis menos veinte en un reloj de mentira. Me pregunto que hago yo en este hotel. Procuro olvidarte siguiendo la ruta de un pájaro herido procuro alejarme de aquellos lugares en donde nos conocimos... Pero cuando llego aquí paro. No sigo. No quiero los recuerdos. Lucharé en contra de ellos. Todo se queda en silencio. Ahora no suena nada sólo el sonido de tu matrimonio. Mira tú por donde...hasta ayer yo era sorda, y ahora me doy cuenta de que para ti simplemente fui una historia sin más.

Cosiña mala. dijo
Todo es muy complicado, los sentimientos, las parejas de tres; nunca podrá escapar por muy lejos que se valla, mientras lo lleve en su cabeza, lo describes muy bien, incluso a veces casi me identifico.
26 Noviembre 2007 | 04:52 PM