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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

24 Diciembre 2007

Así empezó todo

En el 119 de MacDougal St, cerca de Washinton Square, en pleno Greenwich Village, hay una pequeña cafetería llamada Caffe Reggio, a la cual yo llegué por una fotografía de Al Pacino leyendo un libro en su pequeña terraza en la época de El Padrino II que como todo el mundo sabe es la única película que es mejor la segunda parte que la primera. Parece ser que ahí se rodaron algunas escenas de esa memorable película y quizás fue por eso por lo que entré como en los templos, con cierto miedo y dominado por el ambiente que me rodeaba. Como siempre que me veo fuera de sitio, busqué inmediatamente un lugar para apartarme del medio, mi timidez siempre vence a mi curiosidad, y encontré una pequeña silla al lado de una ventana pintada de verde que me pareció perfecta. En aquellos años yo sólo viajaba con una libreta pequeña en donde siempre pretendía escribir lo que al final nunca escribía, y por ello todas mis libretas (libretitas, más bien) empiezan con grandes sueños y terminan prácticamente con todas las páginas en blanco. Al sentarme, dejé la dichosa libretita encima de la mesa, y antes de ponerme a mirar hacia los lados para situarme, para ubicarme, para darme cuenta en donde estaba, vino una chica mexicana de piel trigueña que, en perfecto español y después de una ligera sonrisa aliviadora por mi parte, me sirvió el capuchino especial de la casa. Al fondo, sobre una pared pintada de naranja y encima de un viejo mueble, me contemplaba una vieja máquina de café plateada con casi cien años en sus espaldas. Resultó ser la hija de Dominic Parisi, un italiano con alma newyorkina o un newyorkino con alma italiana, que un día cambió una barbería por esta cafetería y cien años después había llegado yo, o mejor dicho, un trozo de mí, porque el resto lo había perdido entre dos camas, yo sólo era un trozo de mi viajando medio mundo para caerme en una cafetería de la que me había enamorado por una fotografía de Al Pacino y por unos sueños de cine.

Al Caffe Regio llegué desde lejos, desde muy lejos y desde días muy largos, muy pesados y muy plomizos. Días insufribles, días en donde todo me daba absolutamente igual y de los cuales yo no era capaz ni siquiera de escapar de ellos ni de todo lo que me rodeaba. Lo de fugarme a N.Y. fue como un verso perdido en un sueño, sólo que esta vez ni siquiera se me dio por pensar. Entré en Internet, vi un billete barato, cogí tres o cuatro mudas y dos camisas, y huí, porque no me fui: yo huí como quien huye de si mismo, ensimismado. Madrid me había matado, me había primero regalado un amor, y después me dio dos desamores crueles con ellos mismos y merecedores de la mayor de las desesperanzas para conmigo. Así llegué al Caffe Regio, un viejo sueño de una época en donde yo soñaba con soñar y NY significaba la viva estampa de la libertad, era la ciudad perfecta, cada una de sus calles tenía una significación especial, cada uno de sus emblemáticos edificios los había visto decenas de veces en todas las películas que me habían hecho más llevadera mi aburrida vida universitaria, cada calle era un sueño.

La gran manzana me recibió de mañana y con frío, y con lluvia, y con nieve, parecía como si no hubiese dejado Madrid aunque en NY el frío era mucho más frío, y la lluvia mucho más fría, y la nieve existía no sólo en postales . Todo estaba como lo había soñado. Navidades en NY, luces rojas, nieve blanca, frío y pista de patinaje en el Rockefeller Center. Busqué un buen hotel barato y no lo encontré, así que seguí buscando un hotel mediano y no muy caro, y tampoco lo encontré, y entonces harto de andar buscando hoteles decentes busqué uno malo pero que fuera barato, y para mi sorpresa fui imposible encontrarlo, así que al final caí en una especie de pensión de mala muerte en pleno Soho y que por unos 50 dólares al día me dejaban pasar unas cuantas horas por la noche. Lo de las sábanas blancas y limpias era una absoluta entelequia, pero en esos momentos a mí me daba todo absolutamente igual. Quería pasear, quería no pensar. Craso error. No hay cosa que obligue más que la propia negación de la evidencia.


Nada más dejar el hotel me dirigí al G.Village, no sabía hacia donde, pero sabía que tenía que ir allí. Por el medio, gente, mucha gente, gente muy alta, muy guapa, muy fea, muy abrigada, muy simpáticos (sí yo veía a la gente de NY simpática, a lo mejor era por el día en sí, no lo sé, pero todos me parecían simpáticos), muy negros, muy blancos, muy gordos, muy solos, muy con prisas, muy cansados, muy de película. Todo era como lo soñado. Llegué al Greenwich y pregunté por el Caffe Regio. Desde lejos me sorprendió lo escondido que estaba, nada hacía presagiar toda la historia que había allí dentro, mis sueños sin sentido habían nacido en ese espacio, espacio pequeño, espacio colorido, espacio sin más, y ahora llegaba un trozo de yo a sus puertas.

Dejé la libretita en la mesa y eché dos de azúcar al capuchino. Dentro hacía calor. La gente hablaba, pero yo no entendía nada. Estaba en un sitio soñado, era la tarde de la Nochebuena del año 2005 y allí estaba yo, sólo, metido dentro de mi sueño, y triste, muy triste, sin entender nada ni a nadie, sin pensar en nadie ni en nada, por primera vez en mi vida me vi sólo, sin preocuparle a nadie sin que nadie me preocupara. Acababa de tirar por la borda una vida de 40 años, una vida predestinada desde que había nacido, una vida que sólo me había dado satisfacciones, pero que se torció desde aquella maldita mirada. Pensaba en mí, pensaba en lo que me vendría a partir de ahora. Pensaba en el dolor que había dejado en España. Pensaba en el no dolor que yo tenía en ese momento. Nada me hacía sentir. Nada me hacía creer. Me perdí por la ventana y encontré la libretita en la mesa. La cogí y me puse a escribir sin parar, como nunca lo había hecho, como nunca pensé que podría hacerlo. Nochebuena del 2005. NY. Caffe Regio. Allí empezó todo. Allí terminó.

Tags: desamor, amor

servido por ignacio 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

cosiña mala

cosiña mala dijo

Valió la pena esta espera. Cuando una mala mirada me haga sentir así de mal, te imitaré, si como dices allí se puede sentir el no dolor y Nacho, si aun siguieras por esos lugares, el capuchino corre de mi cuenta.

25 Diciembre 2007 | 01:35 PM

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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