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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

27 Diciembre 2007

Así empezó todo.3

Inés siempre fue una mujer muy atractiva. Yo la recordaba de la facultad, era un par de años mayor que yo. En mi curso había chicas muy guapas, mujeres a las que todos les pedíamos los apuntes aunque fuesen rematadamente malos, pero Inés siempre fue una de esas mujeres que sin ser excesivamente guapas, era imposible no girar la cabeza cuando te la cruzabas por los pasillos. Cuando coincidimos en la empresa ella no se acordaba de mí, pero eso era casi una norma en mi vida, yo siempre pasé de puntillas por delante de todos, nunca molesté, puro atrezzo.

Nuria, mi mujer, ya era mi novia en la facultad, y desde que la conocí sabía que ella sería mi mujer para toda la vida. Durante nuestra etapas de novios, siempre nos fuimos fieles, o por lo menos yo siempre le fui fiel a ella y estoy convencido de que ella nunca me mintió. No es que yo tuviese muchas oportunidades para demostrar mi fidelidad, pero también es cierto que pude dejarme llevar con alguna que otra compañera en horas altas de la noche universitaria, aunque al final, siempre había algo que me frenaba, siempre me aparecía Nuria recibiéndome en la estación de autobuses los viernes y despidiéndola yo a ella los domingos en la estación de trenes, y entonces me entraba una sensación de ternura tal que se me quitaban las ganas hasta de tomar la siguiente cerveza. Aquellos besos con una compañera en primero de carrera habían quedado como una mera anécdota para mí aunque un tema recurrente para ella cuando las cosas no pintaban muy bien entre los dos. De esos besos se enteró porque yo se lo dije, creí que así había que ser en la vida, sincero, y nunca me arrepentí tanto por no haber mentido, sin embargo, después, cuando mentí de verdad, cuando mentí con alevosía, cuando mentí con palabras mayúsculas, las cosas fueron mucho peor.

Inés llevaba un traje negro sobre una camisa blanca. Solía subirse en unos tacones bastante altos (poco tiempo después me reconoció que siempre tuvo complejo de bajita) que le elevaban el culo a límites masculinamente muy apetecibles. Le sobraban cinco kilos, o eso es lo que decía ella y por eso nunca se ponía ropas ajustadas. A mí me gustan más las mujeres con cinco kilos de más que con cinco kilos de menos, pero eso nunca se lo dije porque me parecía un poco soez y bastante fuera de lugar. A Inés le gustaba la ropa, sobre todo la ropa cara, eso se notaba por la forma como le sentaba y había gente en la oficina que juraban no haberla visto vestida dos veces igual. Exageraciones de mujeres. Tenía el pelo corto, demasiado corto para mi gusto aunque el día de la huida me di cuenta de que se lo había dejado demasiado largo. Como casi todas las mujeres que conocía, Inés también empezó poniéndose mechas caobas, unos reflejos, decía ella, para terminar con todo el pelo pelirrojo. Se decía en la oficina que ella tenía un buen sueldo, pero el que tenía dinero de verdad era su marido al que nunca tuve el gusto de conocer, y el cual entró en el ladrillo justo cuando había que entrar, y salió justo cuando había que salir. Un tipo listo pero del cual no pienso hablar nada más.

Mientras Inés seguía hablando sobre la fidelización de clientes, yo me aburría haciendo dibujitos en mi agenda, algo que llevo toda la vida haciendo porque no se me ocurre otra cosa mejor que hacer y porque desde lejos da la sensación de que estoy muy interesado en el tema cogiendo apuntes sin parar. Estaba tan ensimismado pensando en las tonterías que suelo pensar que tuvo que dirigirse a mí dos veces para que yo reaccionase. Manu, a ver, que te veo muy atento, ¿podías decirnos cual es tu opinión al respecto? Me cogió fuera de juego. Sentí como si me acabaran de pillar copiando en un examen. Se me heló la sangre. Tardé un par de segundos que fueron eternos en levantar la cabeza mientras me iba tirando hacia atrás en mi silla y llamándola zorra para mis adentros, zorra más que zorra, mientrasmis neuronas apuraban alguna respuesta digna que me sacara del apuro. Cabrona. Allí estaban todos, compañeros, jefes, equipo de marketing y técnicos, todo el mundo estaba esperando mi respuesta, y allí estaba yo, con una pregunta que no sabía a que se refería y con unas ganas enormes de gritarle a la cara lo que llevaba un rato pensando: zorra, más que zorra, mala compañera, pedazo cabrona. Levanté la mirada y entonces fue cuando ella me clavó la suya. Esa fue la mirada. Ese fue el principio de todo. Ahí se me heló la sangre. No sólo me parece muy buena idea, Inés, sino que creo que para nosotros, el equipo de ventas, este tema es de suma importancia y me gustaría que cuanto antes lo traspases a la calle porque estoy convencido de que será una ventaja competitiva que nos ayudará a conseguir los objetivos marcados por la empresa y adelantarnos una vez más a la competencia. Y con la misma inquina que ella me miraba, yo me quedé mirando para sus ojos, pero ya no salían de mis pensamientos insultos hacia su persona, en esos momentos mi corazón empezó a temblar y mil millones de hormigas comenzaron a andar por mi estómago. Nunca había sentido esa sensación, ni cuando conocía a Nuria, ni cuando hicimos por vez primera el amor. Estaba literalmente muerto.

Menos mal que uno tiene amigos para algo, menos mal que éstos son listos y espabilados, menos mal que Pablito empezó a aplaudir rabiosamente, menos mal que él enseguida se dio cuenta de que yo no había dicho absolutamente nada, que Inés me había pillado en las patatas y que la respuesta había sido tan ambigua que aplaudiendo rápidamente, todos los demás compañeros lo secundarían porque la mayoría sólo despiertan del letargo de las reuniones cuando les toca aplaudir. Así que Pablito empezó a aplaudir, y todos los compañeros de ventas empezaron a aplaudir, y todos los técnicos empezaron a aplaudir, y todos los de marketing empezaron a aplaudir, y todos los jefes empezaron a aplaudir, pero yo no moví ni un músculo de mi cara, yo seguía mirando para los ojos de Inés, y ella me aguantó la mirada, la misma mirada que me había clavado en la silla, la mirada con la que comenzó todo, la mirada maldita y asesina, la mirada tierna y sensual, la mirada que me despertó los sentidos, la mirada que sólo recordar me está haciendo temblar. Todo el mundo estaba aplaudiendo, todos excepto ella y yo, y no sé el tiempo que pudo durar aquella absurda situación, no sabría decir si fue mucho o poco, días más tarde ella me reconoció que le había pasado lo mismo y quizás por eso fue por lo que esbozó una ligera sonrisa de complicidad y dijo: muchas gracias, Manu, muchas gracias a todos. Y terminó la reunión y nos fuimos a cenar.

Tags: amor, desamor

servido por ignacio 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

cosiña mala

cosiña mala dijo

Ufff, parece que aun desarrollándose en otro ambiente, estás relatando un capítulo de mi vida... precioso...

27 Diciembre 2007 | 03:45 PM

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