ESE ANESTESICO DOLOR. Por Jose Luis Alvite. El regreso
Estos días de ausencia por culpa de un problema de salud me han servido para darle un repaso a mi biografía y comprender que en la vida de un hombre llega un momento en el que daría lo que fuese por haber sido más afectuoso, más cordial y menos solitario, también por haber llevado la existencia honorable y tranquila de un hombre menos marginal y más sociable, seguramente porque en la soledad de un servicio de urgencias incluso el tipo más hosco se da cuenta de lo inútil que fue vivir de una manera esteparia, evasiva y trepidante, por muy interesante que le hubiese parecido sobrevivir al límite de sus fuerzas, en el rocío del fuego, conforme a la temeraria idea de que una existencia es más apasionante cuando se afronta sin otro aliciente que el desesperado objetivo de avanzar hacia el cementerio con dos bares de ventaja sobre la muerte. Recordé, ¡Dios Santo!, la amarga confesión de una mujer a la que había amado: "Ya no creo en ti. He perdido la fe en lo nuestro. Cada vez que alrededor de ti se levanta una nube, deja al descubierto la bruma, y cuando se disipa la bruma, ¿sabes?, cuando se disipa la bruma, cariño, sé que lo más sólido que puedo esperar de ti es un banco de niebla. Ya no tengo fe en lo nuestro. Escucho tus planes para mañana y no siento emoción alguna. Y eso ocurre..., ¡joder!,... eso ocurre porque cometí el error de enamorarme de un hombre errático e inacabado que encuentra apasionante el estúpido esfuerzo de haber dejado para ayer el futuro". Encajé su decisión sin darle demasiada importancia, casi con la pasiva entereza con la que encaja el mármol el escoplo del escultor, persuadido de que sólo se vuelven inútil dolor los golpes triviales y superfluos que no se convierten en simple biografía. A mi cuerpo le sonreía la vida y me parecía que el cementerio sólo era el sitio en el que paría la muerte sus polluelos. Podía sobreponerme al fracaso con una mujer llorando quince segundos de inquilinato en el hombro de cualquier otra mujer despoblada que tuviese la caída de ojos del barman. Estaba acostumbrado a vivir con el cuerpo entre dos tallas, el corazón entre dos mujeres, un pie en el sepulcro, y el otro, maldita sea, en el calzado apócrifo del enterrador. Me creía capaz de hacer tres ramos de flores con una rosa, una abeja y media docena de cactus. Ninguna mujer cumplía mis expectativas, ni se parecía remotamente a la literaria chica de mis sueños. Tendido boca arriba en el servicio de urgencias del hospital, recordé mi vieja ilusión por partirle el corazón a una singular mujer del cine y que ella aceptase el descalabro de lo nuestro con una de esas frases que engrandecen la incalificable sordidez de la pasión más baja: "Te echaré de menos, aunque me hayas engañado tanto. Me habría gustado ser la mujer que acude a tus citas conmigo... ¿Sabes, cielo?, en el fondo, siendo como eres, creo que me decepcionaría que no me hubieses defraudado"... Habría sido una ruptura inteligente, un hermoso fracaso mitigado por la elegante resignación de una de esas mujeres de mundo que tienen de la vida una visión instintiva y a la vez heroica, dispuesta a compartir el despilfarro emocional de un tipo áspero y sentimental que sobrevive en el caos sin inmutarse, igual que una bacteria en una infección, como un soldado ciego que avanzase sobre los campos humeantes poseído por esa extraña mezcla de ginebra, temeridad y cinismo que vuelve anestésico el dolor...
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Aunque me duela reconocerlo, tengo claro que durante muchos años empleé en destruir mi vida el dinero que otros, tan tristes pero más sensatos, se gastaron en cambiar más a menudo de coche. Podría decirse, sin embargo, que me divertí de lo lindo, aunque no recuerde haber sido razonablemente feliz. Tuve la suerte de que mi cuerpo fuese capaz de funcionar ajeno a mi conciencia, de modo que hubo momentos de mi vida en los que no conocí otro techo moral que no fuese una falsa alarma atribuible al cansancio, aunque en aquella vorágine de fulgurantes sensaciones no creo haber afrontado un solo esfuerzo cuyo inefable placer me produjese verdadera fatiga. Sudé mucho durante aquellos viscerales años de amoralidad e inconsciencia, pero fue una pasiva sudoración casi sin esfuerzo, como si se tratase del recreativo sudor de un retórico atleta sedentario. No era por completo ajeno a la realidad, pero sabía que cualquier actitud responsable ante la vida habría resultado sin duda más aburrida que cualquier postura en cama. Que lo mío se tratase de una aparente pérdida de tiempo me preocupaba poco porque estaba en esa etapa rebosante de vitalidad en la que un hombre prefiere malgastar sus energías en cualquier mediocre placer antes que invertirlas en escribir una mala novela. Otros colegas de mi generación se retiraban a sus casas a estructurar su obra pensando en la eventualidad de conseguir un lugar en la Historia mientras yo me dejaba invadir por la serena pereza a la que conduce la certeza vital de que la posteridad es una cosa que, como los ahorros y como la fe, suele sobrevenir inexorablemente asociada, a veces, a la vejez, y casi siempre, a la muerte. Me decía a mí mismo: "Tarde o temprano seré sensato, pero me cuidaré mucho de que eso sólo ocurra cuando la salud me impida ser temerario". No quería conocer la vida por haberla leído en alguna parte. Pensaba que el espíritu de un hombre se enriquece de manera más expresiva a medida que su experiencia va minando su resistencia física, hasta alcanzar el máximo esplendor al borde de la muerte, en ese instante solemne, terminal e inenarrable en el que el moribundo comprende con elegante resignación que la muerte no es otra cosa que un tenaz exceso de la paciencia. Hay muchas maneras de afrontar la vida y todas ellas pueden ser igual de nobles, con independencia de que a unos los avise de sus errores su conciencia y otros, más insensatos, se enteren sólo cuando les fallan la liquidez, las erecciones o el hígado. Lo que cuenta es la actitud mental frente a los síntomas del fracaso y la capacidad de cada uno para resolver sus luchas interiores. Un condenado a muerte puede hundirse abrumado por la inminencia de su ejecución y por la insensibilidad del gobernador para el perdón, pero también hay una clase de hombre que lo que espera de la vida no es la piedad del indulto, sino la surrealista extravagancia de que para prolongar in extremis su amarga existencia de reo, el gobernador haya decido alargar cinco metros el corredor de la muerte. A diferencia de otros colegas de mi generación, he dedicado a mi destrucción los esfuerzos que tendría que haber empleado en mi obra. También aprovecharon el tiempo para ganar premios y para hacer amigos. He sido muy descuidado para esas cosas y no hay en mi biografía un solo detalle en el que lo más interesante no sean las contraindicaciones. Sinceramente, no es algo que me preocupe mucho. He empleado en mis sueños el mismo esfuerzo que para mantenerme despierto. Puede que mi mala vida no me haya sido de gran utilidad para ganarme a pulso el derecho a la posteridad, pero, ¡qué diablos!, empecé en esto con la intuitiva sospecha de que al cabo de muchos años, echado boca arriba en una cama de hospital, llegaría a la conclusión de haber llevado una existencia extravagante y algo inútil, en cualquier caso una vida destruida a la medida de mis posibilidades, y que podría culminarla con la agradable sensación de que tantos años de periodismo me servirían al menos para conseguir un descuento en la esquela. Reconozco haber hecho pocos esfuerzos en la vida. Pero eso importa poco cuando un hombre afronta su existencia como una carrera en la que sólo valiese la pena empezar a correr en la meta, a sabiendas de que para entonces en la tribuna vacía solo le aplaudirá sinceramente la muerte...
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Aunque parezca una simple frivolidad, lo cierto es que durante treinta años mis conversaciones de madrugada con el barman fueron lo más cerca que estuve de hablar con Dios. Cada vez que salía a la calle desde cualquier tugurio, mi gran preocupación no era dar con el paradero de mi alma, sino acertar con el sitio en el que hubiese aparcado el coche. Ya sé que resulta un pensamiento algo cruel, pero lo cierto es que cuando iba a casa de una mujer, mi mayor inquietud moral era no vomitarle en cama. He conocido de madrugada a gente muy distinta, pero la mayoría de las chicas con las que tuve algo íntimo habrían soportado que empobreciese su reputación pero habrían encontrado inadmisible que manchase sus sábanas. Yo creo que eso ocurría porque a ciertas horas y en determinadas circunstancias resulta más cómodo recomponer la reputación que poner en marcha la lavadora. Vivimos demasiado rápido para fijarnos en las consecuencias morales de nuestros actos y eso significa que en cierto modo las lavanderías hayan desbancado a los confesionarios y la higiene se haya impuesto a la reflexión. Como yo los he vivido, me consta que hay sórdidos momentos de obscena relajación en los que una buena ducha es moralmente más útil que cualquier penitencia. Cuando un hombre de provecho se relaciona íntimamente con una mujer de su mismo estilo, se pregunta qué emociones o que pensamientos se pueden intercambiar, pero si uno lleva una vida con pocos miramientos y casi sin jabón, se conforma con intuir qué clase de enfermedades se po- drían contagiar. Hay una evidente correlación entre la temeridad de la aventura y el riego del fracaso que sin embargo no desalienta al trasnochador e incluso puede que le sirva de aliciente, tanto como le sirve de acicate al tahúr la aleatoria y turbadora tentación del póquer. Como yo lo veía, evitar el riesgo del placer sólo era una extraña valentía muy parecida a la involuntaria proeza de un idiota que saliese de caza armado con un megáfono. Nunca entendí que un hombre tuviese que arrepentirse del placer, convertido por la religión en un pecado y por la sicología clínica en un remoto problema fetal, con lo cual el hombre acobardado por su conciencia se vería en el horrible dilema de alejarse de Dios con el riesgo de tropezarse inevitablemente con Freud. Cuando un lleva muchos años en el lodo social aprende que en lo que se fijan las mujeres no es en tu alma, amigo mío, sino en el tufo de los indiscretos calcetines con los que hayas amordazado los pies. No sé si hay estudios al respecto, pero yo creo que no es su personalidad, sino su olor corporal, lo que en la memoria de una mujer hace más perdurable el recuerdo de un hombre. He escrito muchas notas para muchas mujeres y creo haber tenido algunos aciertos con mis textos, pero tengo la firme convicción de que en general la mayoría de esas mujeres no me van a recordar por mis sutiles textos literarios, sino por mi penetrante olor a caza. Algo parecido siento yo al evocarlas a ellas. Puede que no sea muy justo, ni muy glamoroso, pero cada vez que escribo el nombre de alguna vieja amiga, no puedo evitar le sensación de haber presentido en el pescado azul de mi letra el expresivo maullido de un gato. Ahora atravieso un bache y el cuerpo me impide muchas de las placenteras bajezas que soportaría sin vacilaciones mi conciencia. Pero tampoco eso importa mucho. Digamos que la salud me ha obligado a tomarme un respiro mientras pongo en orden mis fracasos, mi hernia y mis notas. Después anochecerá como anochecía antes. Y entonces, muchacho, entonces me daré el capricho de un evocador viaje a los viejos e infernales lugares de entonces, aquellos sitios en los que maullaban como gatos las bisagras de los retretes y las fulanas iban y venían encaramadas en puntillas sobre la carambola de sus pisadas, taconeando sobre el terrazo cono una reata de calaveras, mientras con la lluvia goteaba en la puerta del antro, como un agradable pésame de flúor, como un anestésico dolor, la lava cenital e incandescente de la publicidad...

cosiña mala dijo
Es fantástico este hombre, que manera más extraordinaria de expresar los sentimientos, me encanta.
5 Enero 2008 | 05:32 PM