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EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

8 Enero 2008

Negros y gitanos. Por Jose Luis Alvite

Con la victoria de Barak Obama en los "caucus" de Iowa solo se pueden sorprender quienes todavía creen a pies juntillas que ser negro en Estados Unidos tiene sobre ser cerdo la desventaja de que por culpa de Lincoln ya no se permite su reproducción en granjas. Si los resultados electorales tuviesen que reflejar la estructura étnica del estado, Obama tendría que haber obtenido como máximo el 3 por ciento del respaldo en los "caucus". Su notable victoria se produjo con un apoyo generalizado de la población blanca, que supone el 92 por ciento del total. Lo que significa que en Estados Unidos ya no es imprescindible triunfar en la NBA para conseguir admiración, respeto y prosperidad. Obama se sobrepone al teórico handicap de su raza como en su día se sobrepuso John F. Kennedy a la adversidad confesional de ser católico. Naturalmente, los habituales detractores de la democracia norteamericana se encargarán de advertirnos que Barak Obama no es un estigmatizado negro de los de antes, sino un afroamericano interesadamente descafeinado a medias por los capitalistas y por la CIA para darle al espectáculo electoral una agradable apariencia navideña antes de desenchufarlo para siempre del tópico voltaje del sueño americano. Esos mismos analistas seguirán ignorando las históricas dificultades que tuvieron y tienen entre nosotros los gitanos para prosperar al margen del tablao y de la copla. ¿Cuántos Giménez Gabarri hay en nuestro Congreso de los Diputados? ¿Cuántos Montoya Salazar se sientan en los claustros de nuestras universidades y cuantos lograron situarse en las concejalías de los ayuntamientos? ¿Sabe alguien de una gitana que haya conseguido sustituir la bata de cola por la toga judicial? Condoleeza Rice es el último y brillante eslabón de una genealogía de negros que empezaron arrastrándose con grilletes en las plantaciones de algodón y llevan ahora las riendas de la Secretaría de Estado en un país en el que hace solo cuarenta años, había estados en los que los de su raza no solo no podían estudiar en las escuelas de los blancos o subirse a sus autobuses, sino que incluso tenían prohibido compartir sus canciones, sus retretes y sus muertos. Habrá quien diga que la victoria del negro Obama es una simple anécdota rebosante de irónica cordialidad popular y que el implacable e infame mercado electoral se encargará de devolverlo a su debido tiempo al corral. A muchos les cuesta todavía aceptar que el nivel cultural del pueblo norteamericano no es en absoluto inferior al nuestro y echarán mano de los tópicos habituales para hacernos ver que los ciudadanos de Iowa no saben donde diablos queda Austria ni quien fue Diderot. Ocultarán de paso que con una población ligeramente superior a la de Galicia, Iowa saca cada mañana a los quioscos cerca de cuarenta diarios y que en sus bibliotecas hay más afluencia que en nuestras tascas, igual que nos ocultan que son norteamericanas 17 de las veinte mejores universidades del mundo y que es de los Estados Unidos de donde procede el setenta por ciento de los galardonados cada año con el Premio Nobel. No les interesa en absoluto reconocer que desde que los sioux desistieron de escribir con humo, los estadounidenses han sido los renovadores de la narrativa, los verdaderos creadores del lenguaje cinematográfico y pueden presumir de ser tal vez uno de los pocos países en los que el desempleo no se considera un verdadero trabajo. Supongo que entre los detractores de siempre estará la buena de Pilar Bardem, que detesta el cine norteamericano de una manera instintiva y fisiológica, casi menstrual, probablemente porque por sus cualidades y por su aspecto, en una película de Hollywood solo podría disputarle a Anthony Hopkins su próximo papel de galán maduro. Ella y los suyos tienen razón en eso de que los ciudadanos de Iowa no saben donde queda Austria, ni quien fue Diderot. Pero también la tendrían si su demagógica soberbia no les impidiese reconocer que es muy elevado el porcentaje de ciudadanos españoles que desconocen quien era Sinclair Lewis y no pocos los que tendrían serias dificultades para encontrar el río Arlanza punteando grosso modo el mapa de España con un guante de boxeo. Si prestásemos atención a la Televisión de Galicia, descubriríamos con espanto que todavía hay gallegos convencidos de que el Miño desemboca a duras penas en el Cantábrico y que en un concurso en el que a un espectador le pidieron que escogiese un número entre el uno y el diez, no se anduvo con rodeos para elegir... ¡el doce!. Y ahora que andamos a vueltas con el revisionismo de la memoria histórico y la demolición de los vergonzantes símbolos del pasado, no estaría de más recordar que en doscientos años largos de democracia ininterrumpida, los norteamericanos no han tenido el menor motivo para demoler una sola estatua.

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Como somos un país obsesionado con el supuesto valor moral de las estadísticas, tenemos la costumbre de reprocharle a las autoridades norteamericanas el elevado porcentaje de soldados negros que mueren luchando por su país. Suponemos que ello es así porque los negros sólo les parecen útiles para dejarse la piel en defensa de un sistema que en el fondo los desprecia. Procuramos ignorar que el Pentágono se nutre de soldados voluntarios y que no hay un solo militar negro, blanco o amarillo, que sea reclutado por la fuerza. En realidad, no es la sociedad blanca, sino la pobreza, lo que determina el elevado porcentaje de muchachos negros al servicio de las fuerzas armadas, como sucede en España, donde también es desproporcionado el número de soldados hispanoamericanos muertos últimamente en acciones de combate vistiendo el uniforme de nuestro Ejército. Ocurre algo parecido respecto de los índices de criminalidad, determinantes de que sea tan desproporcionada la presencia de negros entre la población penitenciaria norteamericana, sin olvidar que también entre nosotros aumenta de manera alarmante el porcentaje de rumanos y albaneses recluidos en nuestras prisiones, donde han llegado a superar al contingente gitano, tan habituado durante siglos al riesgo de acabar entre rejas. Ni los albaneses ni los negros acaban en la cárcel por culpa del supuesto odio de los blancos hacia los de su raza, sino como consecuencia de algún delito a cuya comisión se vieron muy probablemente arrastrados por una precariedad económica insoportable. No son injustas las leyes penales, como dicen los demagogos, sino las circunstancias sociales. Muchos negros norteamericanos se redimieron socialmente dedicándose al atletismo o al jazz, escapismo a lo que no somos ajenos en España, donde miles de gitanos evadieron la tentación del crimen refugiándose a tiempo en la chatarra, en el tarot o en el folclore. Ya casi nadie discute que el verdadero racismo no se ejerce objetándole el color de su piel a las personas, sino mirándoles los bolsillos. En las mismas circunstancias de hambre y ostracismo, no hay una sola raza que no genere odio, resquemor o delincuencia. Es cierto que la cultura reduce mucho el racismo, pero en su contención es aun más determinante el dinero. Tenemos la prueba en Sammy Davis Jr., que como había amasado una fortuna, se casó con una sueca tan rubia que incluso era visible con la luz apagada. Leemos a veces en la prensa la desdichada historia de "una mujer blanca salvajemente violada por un individuo de raza negra" y aunque reaccionamos con el dolor natural en un caso semejante y con la consabida indignación, nos cuesta mucho pararnos a pensar que la agresividad de aquel odioso sujeto no le venía inculcada en sus genes, sino en su desarraigo social, en su pobreza cultural o en su miseria económica. No hay que descartar que en una sociedad más justa, tal vez el circunstancial delincuente negro habría sido un reputado ginecólogo en vez de un temible violador. Aquí nos escandaliza mucho que en algunos barrios elegantes de los Estados Unidos se mire aun con desconfianza la presencia inusual de un hombre negro, pero algo parecido ocurre en España cuando en cualquier selecta urbanización exclusiva el vigilante de seguridad detecta a un gitano, a un marroquí o a un rumano, cuya inesperada presencia se considera automáticamente "merodeo". Si el rumano que "merodea" fuese rico, tuviese un buen traje y un lugar donde ducharse a diario, se haría una reputación, se llamaría Valerio Lazarov y se le tendría por un artista, que es lo que sucede en Estados Unidos con Bill Cossby, a quien muchos norteamericanos consideran el primer blanco de raza negra que triunfó en la televisión sin aperecer esposado. Sin salir de nuestro país, tenemos el ejemplo de "El Lute", un "quinqui" que aprovechó la cárcel para estudiar y salió convertido en un señor que es abogado, da conferencias y puede presumir de haber convertido el hambre en apetito, el "parné" en honorarios, y la prisión, en caché.
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El creciente peso porcentual de la población hispana en los Estados Unidos ha dado lugar en los últimos años a un cambio de dirección en el recelo de la población negra, que se enfrentaría ahora al temor de que sean los latinoamericanos quienes les disputen el irónico privilegio de ser la principal minoría maltratada. Los grandes ghettos hispanos de Miami, Nueva York y Los Angeles tienen ahora un mayor atractivo electoral y es impensable que prospere en las urnas un candidato blanco y anglosajón que no se haya molestado en tomar unas mínimas clases de español. Sólo hay que echarle un vistazo a los títulos de crédito de las series de televisión para comprender el espectacular avance demográfico de la población de habla hispana, cuya presencia en los repartos cinematográficos reproduce sin duda el impulso social que se deriva de su exuberante natalidad. No dominan el deporte, la universidad o las finanzas, pero resultan ruidosamente imparables en la sociología, en el mercadillo y en las maternidades, habiéndole arrebatado a los negros el amargo regusto de ser la minoría marginal determinante para convertirse en interlocutores de peso frente al tradicional poder de los blancos. Era bien distinto el panorama hace treinta o cuarenta años, cuando la población negra autóctona representaba el 24 por ciento de la población total de los Estados Unidos y los hispanos se limitaban a una simbólica representación casi folclórica en el peor cine de Hollywood. El ghetto negro contaba con soberbios predicadores y con políticos de gran talento e indudable fuerza moral, pero cayeron en una desunión táctica de la que sólo salieron cuando ya era demasiado tarde y los hispanos se habían adueñado lentamente de su privilegiada posición demográfica gracias a que si bien no disponían de grandes lideres de opinión, tuvieron a su favor un factor determinante: la placenta. Frente a la nueva composición del electorado, es probable que los blancos tomen por su propio interés la decisión de votar al negro Barak Obama aunque solo sea para rebajarle sus ínfulas a los hispanos, que son ahora el "enemigo" electoral a batir porque suponen costumbres nuevas, un idioma distinto, y sobre todo, porque no son nada partidarios de la ligadura de trompas. Es distinto entre nosotros. Aquí los gitanos tienen acreditado un mayor crecimiento vegetativo que los payos, pero apenas han modificado su reconocida desgana electoral, esa actitud tal vez congénita que les sirvió para desentenderse históricamente del servicio militar, de la escuela y de la política, hasta convertir su marginalidad casi en una sagrada tradición tribal. Hay quien sostiene que así como los negros de Harlem son una raza y los hispanos de Miami son un pueblo, los gitanos en realidad sólo son una extraña e interesante patología en la que el paciente reaccionase frente a la tentación del progreso con el recelo de quien teme que sus heridas puedan empeorar con la penicilina. Puede que se trate de una actitud admirable y heroica, pero no deja de ser sorprendente, y tal vez preocupante, que los gitanos españoles ni siquiera hayan reaccionado contra el hambre con el recurso de la emigración y que sólo se movilicen geográficamente arrastrados al camino por el fervor colectivo de una boda o para acampar delante del hospital en el que operen de apendicitis a uno de los suyos. Así resulta que los negros norteamericanos se agruparon para prosperar en la "Mottown" y en la NBA y los hispanos se unen aunque sólo sea para ganar puestos en el listín telefónico de Los Angeles, y en cambio, nuestros queridos gitanos sólo se juntan para abaratar el hambre, la vivienda y las fotos. Por eso no representan para nosotros ningún problema insoluble. Al fin y al cabo aquí todos sabemos que los gitanos son unos "negros" apáticos y complacientes que en muchos casos sólo aspiran a que la Policía no les perjudique por culpa de haberles echado una mano.

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