Pájaros como ratas. Por Jose Luis Alvite.
No deja de ser asombrosa la facilidad de los españoles para substraerse al imperio de la ley a partir de cierta hora de la noche. Normas cuyo cumplimiento se vigila escrupulosamente por el día, se convierten en simples anécdotas al caer la noche, que es cuando quedan en suspenso muchas de nuestras leyes cívicas más severas. Nadie duda de que le multarían si no recogiese con una bolsita las cagadas diurnas de su perro, pero la infracción quedará impune si se ha hecho tarde y quien caga en la calle a la luz de la luna no es el perro, sino su dueño. Se te acercará el policía y te recriminará si tocas con insistencia el claxon de tu coche a las tres de la tarde, pero no habrá un solo agente que te reproche los insistentes bocinazos a las tres de la madrugada. Los impuestos que los probos ciudadanos pagan de día, sirven a menudo para costear los desperfectos que los juerguistas causan por la moche, que es cuando resultan arrasadas las flores de los jardines, las cabinas telefónicas y los parques infantiles, donde los niños acabarán jugando protegidos de las infecciones con trajes de neopreno. En Compostela se persigue de manera implacable a quienes aparcan en zonas prohibidas, aunque no estorben la circulación, pero nadie te reprochará de madrugada que hayas estacionado tu automóvil encima de la acera o sobre los flamantes tulipanes en cualquier jardín. En una ciudad con tantos bares resulta pintoresco que el mayor consumo de alcohol tenga lugar en plena calle, a veces ocasionando incluso la interrupción del tráfico rodado y obligando a los automovilistas que van de de retirada a dejar sus vehículos fuera del garaje. Si un ciudadano telefonea a la Policía Local porque el ruido no le deja dormir, es muy probable que reciba una contestación tan amable como inútil, entre otras razones, porque los agentes no están seguros de salir ilesos de cualquier intervención para reponer el orden. Las hordas del botellón no causan tantas bajas como las que podría ocasionar una guerra, pero no estoy seguro de que no armen tanto ruido. Por culpa de semejante alboroto, Santiago de Compostela se ha convertido en una extraña e insomne ciudad en la que la gente que trabaja se levanta por la mañana .. ¡a las dos de la madrugada!. Es tal el ruido ambiental, que puede llegar a tener uno la sensación de que los sitios más tranquilos de la ciudad se encuentran irónicamente en el interior de algunas viejas discotecas a punto de quebrar. El espectáculo matutino después de una de las frecuentes noches de movida suele ser desolador y en algunas calles el servicio de limpieza recoge mas mierda por metro cuadrado que cuando las atravesaba hace cuarenta años el ganado camino del coto ferial de Santa Susana. Hay quien piensa que muchos de los jóvenes participantes en al masivo alboroto pasan en la calle mas tiempo que en sus pisos, de modo que las aceras, los jardines y los portales les son más familiares y más útiles que el retrete de casa. Viví durante quince años en una concurrida calle del Ensanche compostelano y puedo asegurar que por culpa de no poder dormir con tanto ruido, el pijama se convirtió para mí en algo tan simbólico como el esmoquin. Como era difícil conciliar el sueño, en casa nos dábamos los buenos días a las tres de la madrugada. Los vecinos menos resistentes a los devastadores efectos del insomnio tomaban en algunos casos la inteligente decisión de sacar el coche del garaje e irse a dormir en él a las afueras. Algunos probaron suerte duplicando el grosor de sus ventanas pero se dieron cuenta de que los resultados no les compensaban del gasto. El intento de insonorizar el piso resultaba en algunas calles de Compostela tan absurdo como que los bosnios se hubiesen defendido de los estruendosos bombardeos de Sarajevo con el ridículo recurso de la doble ventana. Puede que parezca increíble, pero todavía me pregunto como pudo ser que aquella madrugada del 97 algunos de los vómitos más díscolos y saltarines de la calle hubiesen trepado como si tal cosa por la fachada hasta la altura de un segundo piso sin haber utilizado el ascensor. Es fácil suponen que en circunstancias semejantes, Compostela presenta muchas mañanas el sórdido aspecto de una ciudad que hubiese sido arrasada de madrugada desde el aire por toneladas de excrementos lanzados a discreción por los bombarderos de la Fuerza Aérea. No se puede comparar el escarmiento con las bajas habidas en diciembre del 41 en el ataque japonés a Pearl Harbor, pero quienes hayan vivido en Compostela saben que a cambio de haberse vertido menos sangre que en aquel raid, la ciudad de Santiago despierta a manudo casi con el mismo olor que causarían los cadáveres de los alborotadores al descomponerse. Cerca de donde yo viví había una panadería. Al amanecer volaban hasta delante de la tahona las palomas y los gorriones de la Plaza de Vigo. Había tanta mierda alrededor de las callejeras migas del pan, que estoy convencido de que muchos de aquellos pájaros se volvieron ratas. Harto de no poder dormir, hace algunos años me marché de la ciudad. Ahora soy uno de esos miles de compostelanos del exilio que tienen de su ciudad natal la idea de que fue un sitio hermoso, ilustrado y tranquilo en cuyas calles parecía imposible que la orina sustituyese algún día a la lluvia.

cosiña mala dijo
Un pelín exagerado este Alvite, pero en el fondo hay que darle la razón, sí que es ruidosa y algo dejada de la mano de Diós en cuanto a autoridad nocturna, esta nuestra bella ciudad.
10 Enero 2008 | 05:46 PM