Amor con multas. Por Jose Luis Alvite
Estar de paso en la vida de las personas me produjo siempre la misma sensación que estar de paso en una ciudad de la que puedas salir a tiempo de no censarte en ella. Debo a esa permanente sensación de tránsito mi desarraigada manera de entender la vida. Siempre me pareció interesante la posibilidad de meter la cereza en la boca en una ciudad y escupir el hueso en la ciudad siguiente. Un tipo me dijo de madrugada en un garito que la emoción de la vida en pareja se esfuma tan pronto por culpa de la rutina aciertas a oscuras con el baño. Los seres humanos se emparejan arrastrados a ello por la necesidad de compartir un sueño, pero transcurrido algún tiempo, muchos se dan cuenta de que, por hermoso que sea, no hay un solo sueño que sobreviva sin cambiarle de vez en cuando la cama. Nos educaron para resistir los inconvenientes de la vida en familia y aprendemos a llamarle responsabilidad a lo que no es más que simple y dolorosa resignación. Somos el único animal que supedita los instintos a la reflexión, lo cual nos hace más razonables, pero también más cobardes. Cuando somos jóvenes soportamos una mala relación de pareja para no contrariar a nuestros padres, y al hacernos mayores, nos resignamos para no dañar a nuestros hijos. ¿Consiste en eso el amor?. No lo creo. Uno suele enamorarse de una mujer inexistente cuyos rasgos suele atribuir aleatoriamente a cualquier chica que se cruce en su vida, lo que convierte el amor en un fenómeno casi literario. Sacrificarse por algo que pertenece a nuestra imaginación carece de sentido. Es mejor desistir de una historia antes de que la realidad desbarate lo que esperabas de ella. Muchas películas se recuerdan con más agrado si tuviste al acierto de largarte del cine antes de que aquella historia tan apasionante las echase a perder su última secuencia. Desgraciadamente, el paso del tiempo merma nuestras expectativas y nos vuelve reacios a cualquier cambio, unas veces por temor al fracaso, otras, maldita sea, porque a cierta edad, incluso el hombre más díscolo e independiente necesita saber de quien serán las manos que cierren por última vez sus ojos. Hay personas que necesitan sentirse rodeadas de afecto social y temen no tener a su lado en la agonía a alguien que le sostenga la cabeza y le cambie el orinal antes de que se le llene de ratas la alfombra. En esas circunstancias, el amor se confunde a menudo con la enfermería, tal vez porque ese es su verdadero sentido, el sentido asistencial, la capacidad que tienen algunas personas para recoger en la vejez el vómito de la boca de la que en la juventud sorbieron alguna vez los besos. ¿Cuánto queda entonces de amor y cuánto hay de compasión? ¿No será que le llamamos amor a la simple abnegación? ¿Y si al final de la pasión fuese eso, y no otra cosa, el amor? ¿Y si la prolongada vida en pareja realmente sólo sirve de entrenamiento para vencer el asco? La pregunté una noche a una fulana en un burdel qué era para ella el amor. Y me dijo: "El amor es una hermosa sensación que dura el tiempo que un hombre y una mujer tardan en darse cuenta de que lo que tenían entre las piernas ya no se parece nada a lo que tienen en la cabeza". Así de explícita, así de cruel. Después pagué y me acosté con ella. No esperábamos grandes cosas el uno del otro. Estuve enamorado de ella durante media hora. Olvidé su nombre. No importa. Es natural. A fin de cuentas, de algunas mujeres recuerdo vagamente el precio, igual que de algunas ciudades recuerdo apenas las multas.

Sofía dijo
Una buena y realista reflexión sobre el amor? conyugal. La vida con mi enfermero bastantes veces es absurda. Tenemos poca empatía para detectarnos las urgencias, de la mente, las del cuerpo casi siempre son claras. Probablemente éstas últimas son las que nos mantienen unidos, aparte los hijos.
Estoy otra vez por aquí, no sé por cuánto tiempo, quería saludarte.
Un beso
31 Enero 2008 | 11:06 PM