Un debate con bolígrafo y los ojos de Carmen (yIII)
No me fío yo de estos señores, como tampoco me fío de los que no estaban allí. En el fondo creo que no sé lo que es un político ni tengo ganas de definirlo ni tengo ganas de preguntarme casi nada con respecto a sus vidas. Kiko me dio un bolígrafo pero antes me contó que anda últimamente un poco infeliz. No consigo entender donde metí todos estos años que me sobran, te juro Nacho que no sé en donde cojones los metí. Tengo una hija en poco tiempo se me irá de las manos, una mujer guapa a rabiar con la que hace tiempo que no echo un buen polvo, y a mi padre le quedan dos meses de vida en el mejor de los casos y él sigue haciendo planes para el verano, así que, como comprenderás, no ando pasando mis mejores momentos. También pensé en Kiko mientras iba para Benavente, y pensé en su mujer que es guapa a rabiar, y pensé en su hija que será un bellezón y en lo que Kiko decía que le iba a decir al primer novio que lo viera con ella: capullo, como toques a mi hija te mato. Escribí: todo lo que escribo es falso porque no sé expresar con palabras la mayoría de las cosas que siento. La realidad al pasar al papel se debe quedar en alguna parte de mi cerebro. Esto último no lo escribí, esto sólo lo pensé. Me quedó muy cursi, muy soso, nada genial, lo reconozco, pero el trozo de periódico ya no me daba para más y las musas en época electoral se cotizan caras.
Rajoy empezó enfadándose y Zapatero a lo suyo. Me imaginaba a la Espe sentada en una silla y aplaudiendo rabiosamente cada vez que su Mariano le daba caña al mono. Aguanta Presidente, pensaría Pepiño, aguanta que este sólo lleva fuegos de artificio. Carmen un día me dijo que no quería volverme a ver, que me estaba empezando a amar tanto que tenía miedo que toda su vida se le fuera por la borda. No tengo la mejor de las vidas, sé que existen otras mil veces mejores, tú me haces disfrutar hasta límites que pensé que no existían, pero si hoy me voy contigo, creo que al cabo de poco tiempo echaré de menos los ronquidos de mi marido y mi pelo apoyado en su hombro los domingos por la tarde delante del televisor.
Rajoy empieza a decir que sueña con que una niña recién nacida en España tenga un futuro muy bonito y me da pena escucharle decir esas tonterías: la cantidad de horas que debió estudiar el pobre para sacar las oposiciones de registrador de la propiedad, y al final acabar en televisión española contando estas cursiladas. Zapatero es más de cine, acabó con un buenas noches y buena suerte, pero él no era Edward Murrow ni su discurso podría llegar a acabar con la vida política de un mísero senador de Wisconsi.
Rajoy ganó para los suyos. Zapatero ganó para los otros. Al final todos ganamos. Kiko me dio un bolígrafo y no sabía que yo iba a escribir apuntes en el borde de un periódico, ni que de aquellos apuntes podrían llegar estas tonterías. Carmen me dio un beso de despedida que cada vez que lo recuerdo todavía me huele a fresa. Hoy es sábado, mañana me voy a Estambul, hoy entierran a la mujer de Jose y mañana durante el vuelo, intentaré pensar en aquel día en el que Jose me invitó a su casa de Nava y nos bebimos una caja de sidra con una guitarra y seguro que también me acordaré de aquella mano de su mujer apoyada en el hombro de Jose mientras encendía el último cigarro que yo le vi fumar en vida.
