Desayuno con diamantes
Había una vez una encantadora muchacha que vivía con un gato anónimo. Nunca son pocas veces, siempre me apetece verla una y otra vez, sobre todo en esos días en los que no me apetece nada más que tirarme en el sillón viendo las horas pasar, y entonces me acerco a la ventana y miro por el hueco de las escaleras de incendios, y en esos momentos intento creer en dios, y me encantaría que ese dios me recoja los papeles sucios del suelo que siempre empiezo creyendo en sueños, y que después me llevara hacia ese sueño en forma de guitarra y voz de A. Hepburn arrastrando las sílabas con suave melancolía, y sería feliz si en esos momentos mi ciudad fuese Nueva York, una ciudad que la primera vez que la pisé ya sabía que había estado allí miles de veces, y por eso no paré de mirar hacia los lados para ir situando todos los lugares que ya conocía pero que mi mente desproporcionaba, y miré por cada hueco de escalera de cada edificio para ver si entre ellos encontraba a una muchacha con el pelo envuelto en una toalla cantando con una guirarra una triste canción de amistad, pero sólo sonaba mi imaginación y nunca nadie me dijo que el Río de la Luna era más ancho que una milla, ni tampoco perseguí, con mi amigo Huckleberry, el final de un arcoiris, porque de ese sueño aun nunca me dormí.



lucia3 dijo
hay sueños, amigo, de los que no se puede, no se debe despertar. Hay que dejarlos en el fondo de nuestro cerebro (corazón) para que sigan alimentando nuestras almas de niños
Si cierro los ojos, ahí está Audrey Hepburn, en el alfeizar de la ventana, cantando Moon River, y veo perfectamente la ventana por la que entraba y salía de la casa, y lla fiesta, las calles, los edificios, el gato......Yo no he ido a NY pero mis sueños están poblados de imágenes que no quiero desmitificar ni borrar, no hasta que deje de ser una niña, y eso creo que sólo pasará cuando me muera.
Un bonito relato y un gusto leerlo.
Un abrazo.
29 Abril 2008 | 08:29 AM