Caleidoscopio 3. Los dioses sueñan con figuras de colores
Tampoco estaba preparado el hombre de la historia que no pienso escribir para olvidar de repente todo lo que le hacia daño y quedarse simplemente con lo bueno, no estaba preparado porque nadie en este mundo está preparado para que le ocurran ciertas cosas por mucho que uno haya vivido o imaginado todo lo que se pueda llegar a imaginar, es imposible pensar que el final de tu camino empieza el día que te sientas en las escaleras que acceden a un cine y en ese preciso instante se desprende una loseta desde el quinto piso y te rompa la crisma en dos. Eso nadie lo supone y sin embargo fue lo que le ocurrió a un amigo mío una tarde de febrero después de la primera sesión, la de las 5:15, porque antes en los cines de mi ciudad sólo había 3 sesiones y cuando Radio Pontevedra anunciaba la cartelera, el horario era una retahíla repetida sin cesar: hoy en el Cine Malvar, El coloso en llamas, con Steve Mc Queen y Paul Newman, en sesiones de: 5:15, 7:45 y 10:30. Y era siempre así: 5:15, 7:45 y 10:30. Si por un casual ponían Lo que el viento se llevó (y lo que el culo aguantó, decía mi padre a modo de copla graciosilla haciendo referencia a la duración de la película y a la incomodidad de aquellas butacas del cine Malvar) la cosa cambiaba y casi siempre suprimían la segunda sesión. Igualmente ocurría si ponían Ben Hur. Y aquí quería yo llegar, porque yo, de pequeño, quería ser Ben Hur (creo que todavía quiero serlo) yo quería (y quiero, repito) estar en esa carrera de cuadrigas, remando en galeras al son de los tambores y visitando a mi hermana y a mi madre en el valle de los leprosos (lo siento por ellas pero mi fama tiene un coste y ahí es en donde ellas lo van a pagar). Cada vez que emiten Ben Hur en una de los cientos de cadenas que habitan en mi televisor y si por un casual zapeando llego a ella, me da igual en que punto se encuentre la película porque lo que es seguro es que la veré hasta el final, sin embargo la que nunca veo hasta el final es Espartaco porque no me gusta ver a los gladiadores crucificados por los caminos mientras la bella, dulce y eternamente sensual Jean Simmons miraba a los ojitos de Kirk Douglas (el padre de Maikel Daglas) y se juraban amor eterno. No hay derecho que una película termine así, la vida de un esclavo no debe terminar empalado a una estaca. También me acuerdo de Tony Curtis bañando a Sir Laurence Olivier en una escena borrada por la censura porque ambos insinuaban que les gustaba comer ostras y caracoles o por lo menos así se sugería el pedante sir al imberbe Tony Curtis un actor que pasará a la historia por haber hecho Espartaco, Con faldas a lo loco y las tetas de su hija, que siempre fueron espectaculares como las de Sonia, aquella novia del protagonista de mi historia. Me gusta tanto Espartaco que me niego a ver el final, me queda muy mal cuerpo, me siento fatal y he llegado a pasar dos noches enteras sin dormir. Los esclavos también tienen derecho (quizás más) a un futuro feliz, y debía ser por eso por lo que pensé durante mucho tiempo ponerle de nombre Judá al primer hijo que tuviese, eso era lo que yo decía, en honor a Judá Ben Hur, pero está claro que hay muchas cosas en la vida que no se pueden prever por muchos escenarios que uno se imagine, al final todo resulta más sencillo y a la vez más enrevesado, así que mi hijo se llama Felipe, pero no porque yo quiera sino porque hay cosas en la vida que es imposible predecir, repito. Después de dejar a su novia por vía del olvido perpetuo en alguna zona de su cerebro, el protagonista de esta mi historia que nunca escribiré, se sintió aliviado porque ya no necesitó volver a acordarse de su rostro para poder vivir sin ella, por olvidarse se olvidó de todos los rincones de su exrelación que es como mandan los cánones que hay que olvidar para olvidar de verdad y que deje de doler. Meses más tarde cuando ya pensaba que todo había sido un desliz neuronal pasajero con final feliz para con su soliloquio, se sentó en la mesa de oficina de su puesto de funcionario, y al encender el ordenador no fue capaz de escribir su contraseña. Lo intento una, dos y cuando falló la tercera, le pidió ayuda a un compañero para que llamaran a mantenimiento, el ordenador se había bloqueado. Mientras esperaba al técnico en cuestión, le apareció en la pantalla apagada la imagen de una playa tropical con música de ukelele en manos de Israel Kamakawiwo. La imagen era de Punta Cana la música del Mago de Oz. Reconoció aquella playa porque había ido con Ana a disfrutarla un frío mes de diciembre en España y caluroso en el caribe. Sabe bien descansar, pero sabe mejor cuando piensas que mientras tú tienes el culo al sol, tus amigos las están pasando putas con la lluvia y el frío. Somos tan sencillos, somos tan comparativamente felices que damos asco. Debería vivir moviéndome a la velocidad del verano para vivir siempre con calor, podría decir el protagonista del relato que no escribiré, y así terminaría ese capítulo si no fuera porque de las aguas tropicales surgía una y otra vez Sonia con tetas de Jamie Lee Curtis (que en cuestión de tetas seguramente quien más aportó a su genética fue su madre Janet Leigt) en el cuerpo de Ursula Andrés con caracola de mar y minúsculo bikini, y él mismo no era él mismo sino alguien parecido a Sean Connery en fardahuevos negro y andar de pantera, y el maestro no aparece si el alumno no está preparado me dijo Tonecho y eso también lo decía el protagonista de la historia que no voy a escribir, y el técnico seguía sin aparecer en el despacho y como sin querer pero queriendo el protagonista de mi historia en un arrebato de ira, arrancaría el ordenador de la mesa y lo tiraría por la ventana con el único acompañamiento de las miradas asombradas de sus compañeros que durante al menos quince segundos despertarían de su letargo. Después se despediría con un sonoro portazo y no volvería a pisar aquella oficina (porque se habría olvidado de ella) en la que desembocó su vida dos años y medio después de una oposición preparada concienzudamente. La historia estaba a punto de empezar.



lucía3 dijo
Aquí estoy fiel a tu cita, dispuesta a empezar a leer el relato que no ibas a escribir pero que al final parece que sí, y a revivir contigo todos esos recuerdos que se te han venido a la mente de los cines de barrio y de esas películas que tanto nos marcaron.
Hasta la próxima entrega.
Un abrazo.
1 Octubre 2008 | 02:35 PM