Caleidoscopio 6. Los dioses sueñan con figuras de colores
Me gusta ver a la gente reírse, me aburren los trascendentales y los que están enfadados con el mundo, y me aburren los que se quejan de las pocas oportunidades que da la vida, y los que no consiguen satisfacer sus necesidades con nada y los que dicen que sólo ellos hacen bien las cosas. Conozco a tanta gente triste que a veces rezo al dios que no creo para no encontrármelos continuamente, porque cada vez que estoy delante de uno de ellos raramente me contagian su tristeza sino odio por todo lo que representan y yo no quiero odiar a nadie ni siquiera a mis mayores enemigos que los tengo y varios. Como sigamos así la sonrisa va a ser un valor que cotice en bolsa, me decía a mí mismo mientras miraba para Cortés y en su brazo derecho apoyado en el hombro derecho de su mujer, y volvió el viejo Telefunken y me acordé que en el barrio el primer televisor que hubo fue el que compró Antonio el practicante, y por tanto me vino a la mente otra vez Tonecho y me vinieron sus palabras raras (no jugaba al Peletre sino a la Rayuela, era un tipo raro mi amigo Tonecho) sus frases sesudas, sus desvaríos, pero sobre todo me acordé de la muerte tan repentina que le tocó en suerte y me cagué en lo puta que es la vida. El alma a veces habla, o por lo menos a veces hablamos con el alma y de ahí nos salen frases distintas a las esperadas porque raramente esperamos algo de nosotros mismos. Ocurre que fallamos tantas veces que no admitimos ninguna presión externa. Fallamos a la gente que más nos quiere. Fallamos sin que nada cambie nuestra postura ni nuestra libertad. Yo fallé y pedí perdón pero al principio sólo era una palabra. Perdón. Dicha así hasta es fea. Después le fui dando contendido, se me fue llenando la boca con ella, pero la gracia no está en pedir perdón, eso lo hace cualquiera, la gracia está en aceptarlo desinteresadamente porque la persona que te lo da es de tu interés, de tu necesidad, y aceptando tu perdón te abraza hasta el límite de sus creencias aunque los dos sabéis que nunca más podrá volver a confiar en ti. El perdón no refuerza la confianza sino que la mitiga. Y tú lo sabes y lo admites. Fallamos con demasiada frecuencia y siempre lo hacemos a quien no debemos. Fallamos porque no queremos mostrar sentimientos, no queremos desnudarnos, no queremos mostrar la vulnerabilidad de nuestros actos y nos disfrazamos con la coraza dura e impermeable que da una realidad que no representa a nadie ni a nada. Y a todo eso le llamamos madurez. Supe que Tonecho estaba enfermo pero no tuve huevos a aparecer por el hospital para darle un abrazo, para que me comentase si la pirámide que su padre le había traído de Egipto le hablaba o simplemente se quería quedar conmigo (ahora me quedaré con esa duda el resto de mi vida); también quería preguntarle por la tienda de animales de su hermano y de cómo la iba la vida a Teriña y de paso también le preguntaría si conocía a Cortés y si a él le había arreglado alguna vez su Telefunken, y también me gustaría poder decirle que si ahora estoy escribiendo esta paparruchada es porque una parte muy importante de mí es mi infancia (a lo mejor es la única) y por lo tanto quien pobló mi infancia me hizo a mí tal y como soy, con defecto y con virtudes, con verdades y con mentiras, y como él es parte de mí aunque ni el ni yo lo sepamos, él (y otros tantos) le pertenecen por derecho a mi memoria ( y yo a otros, espero y creo) y por lo tanto nunca sé en donde ponerlos, pienso que le fallé a mucha gente, a demasiada, también pienso que fallé a Tonecho en vida y esto no deja de ser una respuesta a mi cobardía, todo es tan fácil de explicar como difícil de vivir, si visitase a Tonecho en su lecho de pre-muerte yo no hubiese escrito todo esto, no hubiese perdido el tiempo en intentar plasmar lo primero que me viene a la cabeza y nadie perdería su precioso tiempo en leer estas letras (y podrían hacer otras cosas que por culpa de estos renglones han aparcado en su quehacer diario) que no conducen a nada ni tienen certeza ni moraleja, ni tienen intención de ser algo y sólo pretenden salir de mí con el único animo de vaciar las falsas conexiones, esas que nos hacen ver a Cortés follándose a su mujer mientras un viejo Telefunken en blanco y negro emite la carta de ajuste y en el tocadiscos de mis padres suena la voz de Amaya cantando el Tómame o déjame, pero no me pidas que te crea más, cuando llegas tarde a casa no tienes porque inventar pues tu ropa huele a leña de otro hogar y Tonecho se reía cuando yo entonaba esos acordes en el patio trasero hacia donde desembocaban nuestras respectivas viviendas y después yo le preguntaba a mi madre que significaba aquella canción y mi madre, la pobre, me explicaba como podía la canción pero no me decía toda la verdad porque todavía yo era un niño y ella me callaba cantando otra canción y yo me reía, me reía mucho y por eso ahora me gusta cantar y que la gente se ría y debí ir al hospital a junto Tonecho para cantarle, para pedirle una sonrisa en su rostro escondido en la piel pegada a los huesos, debí decirle que ya entendí el significado del Tómame o déjame, y debí abrazarlo y decirle que entre los renglones torcidos de un idiota que aparca el coche en los lugares apartados de las carreteras para encender el portátil y ponerse a escribir sin que nadie le moleste, hay alguien que piensa en las cosas que un día no fue capaz de decir y que después se le fueron quemando el alma por no tener el coraje de enfrentarse a una realidad vestida con el pálido rostro de una enfermedad que empezó con un dolor en el pecho y acabó con un cáncer en estado terminal.




ppk08 dijo
CARACULO
9 Octubre 2008 | 09:10 PM