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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

16 Octubre 2008

Caleidoscopio 7. Los dioses sueñan con figuras de colores

 

Tonecho vivía en un primer piso que realmente era un bajo y por eso por la ventana de la sala que daba al patio vecinal se podía entrar y salir como si fuese una puerta más. Ocurría lo mismo con la casa de Santi y la casa de Rafa. En la ventana que daba a la cocina de la casa de Santi, mi hermana se sentaba a espera de que  la hermana mediana de Santi, Sara, acabara de freír patatas y le diese alguna. Un día comió un plato entero y a mi madre le dio mucha vergüenza, cualquiera que la viese podría llegar a pensar que nosotros no teníamos ni para patatas. Antes se pensaba así, se pensaba por los demás y no sólo por uno mismo y cuanto más pobre era uno, más orgullo tenía. Pobre pero honrados, decía mi abuela. Mi barrio era un lugar en donde todos se ayudaban pero en donde todos se medían, rutinariamente. A veces la señora Carmen, ponía unas sábanas nuevas a secar en la roldada que daba para el patio y entonces mi abuela iba al armario prohibido y sacaba del ajuar sin estrenar, un juego de sábanas compradas en Portugal y las clareaba en la hierba de aquel patio comunal para que todo el mundo viese que nuestras sábanas eran más nuevas que las de los demás. Para que el blanco fuese tan blanco que pareciese azul, mi abuela le echaba azulete que venía en unas botellas azules con letras blancas y que mi madre me mandaba ir a comprar a la tienda del señor Julio. En la tienda del señor Julio yo mataba moscas con una goma elástica y después le sacaba las cabezas y las apretaba en la doblez de una hoja para que la sangre me hiciese dibujitos. Era un animal.

A la casa de Rafa no nos acercábamos porque tenían un perro negro con muy malas pulgas (en los dos sentidos) y además sus padres eran muy problemáticos dentro de lo problemático que era el barrio. A los padres de Rafa les llamaban Los Navajas y no era precisamente porque descendiesen de una tribu india, sino porque tenían por costumbre ajustar sus diferencias en medio de la calle con una navaja en mano. El padre de Rafa, Pepe, trabajaba de conserje en un banco y tenía un traje azul con botones dorados. Su coche era un Simca 1000 de color amarillo chillón y fue el primer coche que yo conocí con navegador incorporado al sistema de conducción. Pepe el navajas, acumulaba en su hígado unas cuantas cosechas de los peores vinos y llegaba como por arte de magia a la puerta de su casa antes de caer de bruces con la frente en el claxón; además de despertar a sus hijos, hacía lo propio con todo el barrio pero al ser costumbre pronto dejó de alarmar al vecindario. Sorprende la novedad y no el hecho en sí. Rafa era el penúltimo de sus hijos y era con el que jugaba yo. Se murió de SIDA hace ya bastantes años. Sus dos hermanas son putas de porte bajo y sus hermanos mayores, que siempre iban embarcados al bacalao y secaban el lote que le correspondían  en el patio comunal, eran los encargados de sacar a su padre del coche aquellos días en los que su navegador lo depositaba en el arcén de nuestras casas y lo arrastraban con verguenza hasta tirarlo en cama, mientras su mujer, Maruja, se iba cagando en su estampa, o eso al menos era lo que siempre decía mi abuelo, y mientras tanto yo callaba y hacía como si no me enterase porque esas cosas eran de mayores y sólo el regreso a la infancia por medio de las letras me recuerdan hechos que creí tener olvidados o por lo menos debí hacerlos. Sin embargo a veces sabemos cosas que se nos olvidan de la noche para la mañana. El cerebro es mucho más inteligente que el propietario y si hace algo que no entendemos es porque  él sabe que debe hacerlo. Es como la comida, uno debería comer cuando tiene hambre y no cuando un reloj marque una hora determinada. Si olvidamos cosas es porque no las necesitamos para vivir y el cerebro se encarga de  que no ocupe espacio innecesario. La nostalgia siempre es optimista, los malos momentos se recuerdan en el estómago, son como un nudo de lombrices que se te agolpa en el píloro sin ninguna intención de aliviarse, sin embargo los momentos de disfrute siempre aparecen revoloteando por nuestra memoria y no cuesta nada acercarse a ellos. Pero hay cosas que se olvidan y no vuelven nunca por mucho que nos empeñemos. Hay tanto vivido que fue superfluo que el cerebro decide borrarlos sin dejar la mínima huella. Por eso el protagonista de la historia que no pienso escribir, en el fondo estaba contento porque podía olvidarse de muchas cosas que le pesaban para sentirse libre y sin embargo podía vivir sin poner en riesgo su vida. A veces no somos quienes deberíamos ser o quienes realmente somos  por el peso que algo o alguien nos dejó en algún lugar de nuestro interior. Pero el protagonista de mi historia pensaba que su problema era que muchas cosas que él creía totalmente olvidadas reflotaban a la superficie con una nitidez inusitada. Era como si los recuerdos que el cerebro iba olvidando ejercieran de tapón a otros anteriores que pensaba que estaban perdidos, como si los recuerdos se apilaran como libros y al quitar los últimos aparecieran impolutos los más antiguos y sin venir a cuento, afloraban en su plenitud.

Lo que nunca me contó fue como lo hizo pero lo cierto es que consiguió meter tres pequeños espejos rectangulares en un bote de pastillas de Lizipaina al cual le había hecho previamente un pequeño agujerito en el fondo. En el otro extremo puso unos cristales de colores y los encerró en papel transparente. Me lo dio con tanta ilusión que esa es la primera cara que viene a mi memoria siempre que pienso en mi padre.

servido por ignacio 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

sarah

sarah dijo

ay mi padre, mi padre...como era eso que le hacias a las moscas?
ah, si, les dabas un gomazo y luego le aplastabas la cabeza contra un folio y hacias dibujitos con su sangre...me gusta, me gusta...

17 Octubre 2008 | 03:32 PM

Busco el Equilibrio

Busco el Equilibrio dijo

Recuerdo que mi abuelita también compraba sábanas en Portugal. Se cruzaba la frontera porque el algodón era mas resistente y porque no decirlo, se ahorraban unas cuantas pesetas..Brillante...como siempre!!

23 Octubre 2008 | 02:49 PM

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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