Un cuaderno en blanco
Empecé a sentirla al poco tiempo de haberla perdido, antes había sentido algo por ella, no lo niego, pero lo que nunca pude explicar fue el qué y el porqué. Cuando escribo lo hago con la intención de decir algo, pero al final al único punto a donde llego es al de la frustración por no saber decir lo que pretendía. No me sale lo que quiero, no me pagan nada por ello, nadie de los que me leen saben quien soy, o sea escribo porque quiero pero no sé por qué quiero. Eso se lo decía a ella cuando me preguntaba porque dedicaba tanto tiempo a emborronar cuadernos en blanco. Era una obsesión, compraba cuadernos en blanco que apilaba en la estantería de mis libros preferidos. Ahora tengo más cuadernos en blanco que libros. En algunos de esos cuadernos solamente escribí una página, en otros llegué un poco más allá y alcancé hasta la mitad, pero lo cierto es que jamás pude terminar ninguno de ellos por pequeño que este fuese. Está claro que me aburre la constancia. Ella me regaló dos, uno rojo de tapas gruesas y otro negro que parecía una pequeña agenda de bolsillo. Siempre pensé que sus ojos fueron los más bellos que yo besé, aunque ella me atraía sobre todo por sus dientes y por la forma de besar mi boca. No me porté con ella lo bien que merecía, quizás debí ser de otra manera, pero en aquel momento no fui capaz de fingir, y preferí que todo terminara sin el mínimo ruido que es la forma más cobarde de decir verdades, y aunque nuestros caracteres eran lo suficientemente distintos como para acabar casi siempre enfrentados por un quítame allá esas pajas, lo cierto es que la quise mucho más de lo que fui capaz de demostrarle, mucho más de lo que creí.
Me levantaba temprano los fines de semana y la dejaba dormir hasta bien entrada la mañana. Yo me hacía una cafetera de café y me ponía con un bolígrafo y con cualquiera de mis cuadernos a escribir páginas y más páginas absurdas como esta historia que estoy contando. Lo hacía rápido y estropeaba hasta la extenuación, mi ininteligible caligrafía. De las pocas veces que se me dio por leer lo que escribí tengo que reconocer que las pasé canutas para comprender la mayor parte de los párrafos. Ella me leía a escondidas y lo hacía mucho mejor y más rápido que yo. Tenía en su descargo, la práctica cotidiana de corregir exámenes en el instituto desde hacía 10 años. No me gusta lo que escribes, pero lo leo hasta el final. Deberías ser un poquito menos espeso, menos pretencioso, menos triste, menos bohemio, menos pedante y no entiendo ese empeño que tienes en terminar mal todas las historias que cuentas. El paso de los años va haciendo de uno (o eso espero) un ser un poco más racional y menos vehemente, más tranquilo, más sosegado y menos visceral pero cuando me dijo todo aquello me fastidió tanto que no pude callarme. Escribo por que me apetece y no para darte gusto. Eso fue lo más suave que le dije, y es que yo he utilizado el lenguaje muchas veces para hacer daño con él sin darme cuenta que la persona que tenía enfrente no merecía esos exabruptos que salían por mi boca con acalorada violencia. Ese mismo lenguaje que tanta gala hice de él y en el que también me refugié mil veces, no me sirvió la mayor parte de las ocasiones, para ser valiente e integro en mis apreciaciones o en mis observaciones y mucho menos en mis actos. Ya dije que suelo enterrarme en el silencio y no me gusta dar portazos de amarguras, pero creo que muchas veces la gente merece algo más que un silencio como respuesta, además si las palabras tienen varias interpretaciones, los silencios tienen muchas más, por eso creo que hay que tener siempre en consideración las formas de pensar de las personas que nos rodean. El día que se fue me echó en cara bastantes malas frases mías, y yo, que apenas reconocía aquellas afirmaciones, me sonrojé lo justo para que me dejara en paz. Nos amamos varias veces de prestado, con horas de caducidad y disfrutamos de aspectos del sexo que con nadie podré volver a repetir, eso sí, en la cama todas nuestras divergencias se convertían en perfectas compenetraciones. Dicen que una pareja no puede funcionar sino funcionan en la cama. Sin embargo yo he estado con mujeres que el único punto en común entre nosotros era el sexo y fuera de él chocábamos como dos trenes descarriados. No hay receta mágica, aunque existe la química. Los psicólogos nos clasifican en distintos grupos, y con cuatro o cinco modelos nos ponen colores como quien da las puntuaciones de Eurovisión. A mí me han dicho que soy un extrovertido con dominio del sentimiento y que siempre chocaré con introvertidos en donde domine el pensamiento. Chorradas. Cuando ella me dejó lo hizo sin el menor atisbo de sentimientos en sus palabras o en su mirada. Era como un ser gélido, como una estatua, como un maniquí con una grabadora. Sentí alivio. No tenía muchas ganas de estar compartiendo mi casa por más tiempo. Creí que con ella se iba un problema y no un amor. No fui para nada caballero y me dejé llevar por los instintos de la venganza sentimental. Si te vas cierra bien la puerta que no quiero levantarme del sillón. En su favor diré que ni siquiera pestañeó. Ese día terminé un cuaderno por primera vez y lo guardé tan bien que ahora no sé en donde está.



Busco el Equilibrio dijo
Hay tantos cuadernos que no terminan de escribirse, tantas historias incompletas, tantos desencuentros...
P.D: Creo que hemos compartido destino..Fijate en las fotos que colgaste!!
13 Febrero 2009 | 11:35 AM