Ojos eternos con matemáticas
Fueron días buscando, años quizás. No puedo hablar de error porque fueron errores y cuando la repetición es norma acaba convirtiéndose en vicio. La vanidad es un sentimiento muy peligroso y cuidar de ella y sobre todo frenarla se convierte a veces en un ejercicio prácticamente imposible, sobre todo a ciertas edades en las que el ego se mezcla fatal con los flujos hormonales. Esos años de vilipendio no fueron muchos, repito, pero fueron los suficientes como para que me quedaran marcados en algún pliegue de mi carácter, porque yo en aquellos días sólo vivía pensando en la oportunidad de agarrar unas piernas que me acompañaran a la cama más cercana. Como todo posible éxito venía siempre abonado de muchos fracasos pero estos en vez de retraerme, me alimentaban para seguir intentándolo con más fuerza y ganas, y a riesgo de parecer prepotente y arrogante, la realidad es que más temprano que tarde acababa triunfando en los brazos de más de una mujer. Tenía amigos que me jaleaban, que me animaban, que yo creía que me admiraban, y con el paso de los años y con la crudeza que dan los sentimientos analizados en frío, hoy creo que lo único que hicieron de mí fueron utilizarme para mejorar sus propias estadísticas, pero no los juzgo ni culpo, creo que en situaciones parecidas yo hubiese hecho lo mismo, pero bueno, ese ya es otro cantar.
Aunque parezca mentira, de todas aquellas noches no me quedan apenas un par de recuerdos y tres o cuatro teléfonos de unas mujeres que resultaron ser más amigas que amantes. Me enamoré pocas veces, estaba tan convencido de mí que no me permitía el lujo de poner sentimientos en todos aquellos revolcones con los que adorné mis primeros años universitarios. Eran días de sexo, vino y rosas (en realidad eran cervezas y gin-tonics, pero resulta menos poético y menos cinéfilo). Todo era fiesta y despreocupación hasta encontrar a Marisa que años más tarde me cambió la forma de mirar a una mujer.
Marisa y yo habíamos coincidido años atrás en unas clases particulares para aquellos que se nos quedaban atrasadas las matemáticas. Ella era buena en lengua y yo en hacer el imbécil. Nos encontrábamos los martes y jueves durante tres o cuatro meses y nunca osé decirle nada impertinente porque a la puerta de la academia siempre le esperaba un novio que tenía más espalda que una pantalla de cine. Marisa era alta, es alta, y tenía, y tiene, unos preciosos ojos negros que continuamente apuntan pero que nunca matan porque son ojos que perfilan el cuerpo de quien miran, ojos lascivos pero a la vez tiernos, ojos melancólicos y tímidos en presencia de los demás pero que encierran pasión en la intimidad más íntima. Tenía pero no tiene, un pelo largo y lacio que con el paso del tiempo se fue acortando y alborotando, y tengo que reconocer que a mí me gusta mucho más ahora que antes, y no sólo su pelo sino ella entera. Hablaba poco pero me miraba mucho. Cada vez que yo decía una tontería, ella medio reía, así que yo no paraba de decir tonterías (hay cosas que no cambian, o como dicen los sabios: nuestro carácter es nuestro destino) y ella no paraba de medio reír que para mí era un reír a escondidas, un reír prohibido, un reír insinuante, un reír tímido, un reír de permiso concedido o eso era lo que yo pensaba porque, repito, en aquellos años yo era así. No aproveché el tiempo con ella aunque la profesora sí que lo aprovecho conmigo y por eso aprobé las matemáticas con más pena que gloria pero aprobé y pasé de curso sin ninguna asignatura pendiente para el regocijo de mis padres e incomprensión mía. Me hubiese gustado volver a tener matemáticas en el curso siguiente y volver a suspenderla, evidente, para ver si así el destino académico jugase con nosotros y nos juntara otra vez, pero el diseño curricular no sabe de amores y menos de los platónicos y así que terminó el curso y ella desapareció de mi vida con las matemáticas.
Pasaron los años (mejor no decir cuantos porque ya empiezan a ser demasiados) hasta que una noche nos juntó una cena sin querer, ella con su marido y yo con mi mujer. A esa cena, ella no quería ir y yo sabía que no debía (tenía una aguda gripe intestinal), pero a los dos nos convencieron nuestras respectivas parejas y nunca se lo agradecimos lo suficiente ya que gracias a ellos nos encontramos después de muchos años en un salón abarrotado de gente de nuestra edad. Estaba muchísimo más guapa, no había metido ni un kilo de grasa en su anatomía pero la maternidad de dos hijos le habían dibujado en el rostro un punto de picardía que en la juventud no tenía. Como siempre, le dije un par de tonterías pero esta vez ella no medio sonrió, sino que esta vez me regaló una sonrisa de oreja a oreja. Estás muy guapo, ¿por qué no me llamas un día y tomamos un café?
Hubo café y también hubo un beso, nada más, pero reconozco que me hizo más ilusión que si acabáramos desnudos y sudorosos esperando el sol en la cama de cualquier hotel. ¿Me volverás a llama? No lo sé. No soy infiel por naturaleza simplemente me gustas. ¿Te apetece escaparte conmigo? ¿A donde? No sé, a donde nadie nos encuentre. ¿Y cuando te canses de mí? Regresamos. Eres incorregible. Y me volvió a sonreír.

cambio cuentos por globos dijo
Siempre me encanta leer tus historias. La leche¡¡ yo he debido de perder mi tiempo miserablemente. Jamás me abandone a la lujuria en mis años de carrera ni en los de instituto. En realidad yo soy de esas gilipollas que se enamoran hasta las cachas de un tío y no tienen ojos para nadie más. A mi me subyugaron tambien unos ojos negros y perversos pero yo solo tenía 16 años y me duró la gilipollez media vida. Sobra decir que jamás quiso nada conmigo. Total, para que irse con una que ya tenía más que en el bote. Años después también hubo besos pero nada más y cada uno seguimos nuestro camino. La última vez que le vi me cambié de acera porque me daba vergüenza que me viese más vieja y sin la misma cintura. Hay cosas que nunca cambian y yo sigo igual de imbecil. Besos
17 Febrero 2009 | 11:40 AM