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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

30 Octubre 2009

Dos incisivos superiores

 

A veces uno se encuentra en la terrible situación de vivir momentos repetidos con la misma angustia y tristeza que la primera vez, con las mismas tesituras que cuando sintió en el bautizo sentimental de lo que los cursis llamamos amor. Uno cree que aprende a educar los sentidos, a controlar las emociones, a sentirse por encima de ciertas situaciones que hace tiempo me hubiesen puesto muy nervioso pero que hoy pensaba superadas por repetidas y por años de experiencia,  sin embargo un mínimo roce de realidad me pone rápidamente en mi sitio para recordarme que no soy otra cosa que un animal de costumbres repetitivo y aburrido, un animal que por mucho que se busque, no se da encontrado. Está claro que en mi oráculo de Delfos, yo no me doy conocido.

 

Ella siempre tuvo los ojos más chispeantes que uno pueda ver en esta vida, cejas que no terminaban nunca, mirada de gata en celo en las noches en que los dos huíamos para encontrarnos y nos buscábamos y nos encontrábamos y agarrábamos la vida por los huevos, pero sobre todo ella tenía dos incisivos superiores que se montaban en su línea media y que yo me empeñaba una y otra vez (y con notable fracaso), en separarlos con mis labios y mi lengua.  Nunca nos dijimos un te quiero porque no tenía sitio, no cabía entre nosotros dos, sin embargo llegamos a sentir experiencias que iban más allá de la propia situación, situaciones que iban más allá de la propia lógica, y lógicas tan sencillas como no decirnos la verdad a la cara o callarnos para no mentir.

 Sin querer uno se distancia hasta de lo que le parece perfecto, sin saber muy bien el porqué los días pasan pero muchas personas van quedando atrás en tu currículo sin que lo merezcan, y así fue como los escuetos mensajes del móvil fueron el único destello de luz en un futuro que poco a poco lo fuimos apagando hasta que hoy se apagó del todo.

 

Hace un par de años a ella le llegó la maternidad y fue así como nuestros encuentros pasaron de ser de una cama a una cafetería, de un revolver de pasiones a una suave caricia en la mejilla,  de tórridas miradas cargadas de pasión a sonrisas medio forzadas, de mi lengua y mis labios intentando separar sus dientes  a un beso delicado y sutil como el de dos amigos,  pero aún en los momentos más tediosos, aún en los momentos más descargados de emociones, aun en los momentos en donde manteníamos la calma con el café de por medio, había algo dentro de nosotros que sabía que si el otro se arrancase, podría surgir la mayor de las tormentas amorosas, la sempiterna latencia de la pasión.

No puedo decir que no nos volvimos a acostar, ni tampoco que resultó mal la experiencia, pero lo cierto es que esa última vez ambos notamos como si un hielo del tamaño de un muro gigante se entrelazara entre nuestras antiguas pasiones. Rendimos en la cama como habíamos hecho siempre pero ambos sentimos que en aquellos forzados abrazos algo nos estaba arrastrando hacia el abismo del olvido, ambos supimos que aquel encuentro sabía a despedida.

 

No me dolió que no me cogiera el teléfono, ni que no contestara a mis mensajes de felicitación por el día de su cumpleaños (nunca me olvidaba porque era el mismo día que el de mi padre), ni siquiera me importó mucho cuando hoy me llamó para decirme (ante mis insistencias), entre risas nerviosas y entrecortadas, que se encontraba perfectamente pero que simplemente no le apetecía saber de mí, bueno, esto último no llegó a decírmelo, hay cosas en la vida que no se le debe decir ni al peor de los enemigos, se llama educación, pero lo cierto es que no le dejé hablar ni yo tampoco hablé mucho (por una vez en mi vida), llámame cuando te apetezca, creo que le dije, vale, creo que me contestó. Sin embargo reconozco que lo que realmente me dolió fue la propia circunstancia vivida, el choque brutal de realidad, la sensación de haber despertado de un sueño que quizás duró demasiado tiempo pero que no por ello resultó muy plácido y pasional, me dolió el propio dolor que sentí cuando colgué el teléfono y empecé a sentir como se me escapaban dos lágrimas sin ningún tipo de suspense ni de control, dos lágrimas que en su rodar llegaron a mis labios y a mi lengua y me recordaron que por mucho que me pese, que por muchas vidas que vuelva a vivir, jamás podré separar con mis besos, aquellos sus dos incisivos superiores.  

Tags: amor

servido por ignacio 1 comentario compártelo

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mery

mery dijo

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10 Noviembre 2009 | 06:34 PM

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