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La Coctelera

EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

Lo mejor del futuro suele ser la posibilidad de evocar el pasado. Jose Luis Alvite

3 Abril 2009

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28 Marzo 2009

Un vago sin nada que contar.

 

No tengo nada que contar, así que escribo sin ganas, sin pasión, sin necesidad de sentirlo, como un autómata, podría estar durmiendo mientras escribo esto y no se notaría ningún cambio, si tuviese un par de buenos amigos y sobre todo, si follase mucho más de lo que follo seguro que no perdería el tiempo escribiendo estas pijadas, me imagino que de esa manera nadie tendría problemas, con esto no estoy diciendo que cuando no escribo o bien estoy de copas con un amigo o bien follando como un desgraciado, ya quisiera yo, lo que ocurre es que mi vagancia me supera una y otra vez y me dejo ir día sí, día también hasta que los comentarios de Sarah, la dulce Sarah, y de mi amigo Emilio golpean mi conciencia y me obligan a sentarme delante de la puta pantallita en cuestión, pero ya digo, estoy sin ganas y sobre todo sin tema, y digo que podría decir que a mi abuela le acaban de poner un marcapasos con 93 años y ella está empeñada en que Dios se olvidó de ella y no sabe que pinta en este mundo, sólo doy molestias y gastos, estoy pensando que lo de tener un par de buenos amigos no lo dejé claro, digo lo de tener un par de amigos por el hecho de salir de vez en cuando para tomarme unas cañas sin que me pregunten por el trabajo o por mi vida, simplemente por el hecho de ver pasar la vida agarrada a la cintura de cualquier mujer que se te cruce con la mirada y de paso poder tener a ese amigo a golpe de un fraternal abrazo para lo que se necesite, que no es mucho pero es todo, en cambio lo de follar lo digo porque creo que si se follase más se cerrarían la mayoría de consultorios psicológicos de este país, argentinos incluidos, y ya que me pongo a escribir sin ganas y sin temas que contar, me limitaré a decir que antes de ayer me fui a la bodega de Emilio Rojo, un paisano digno de conocer que hace un ribeiro buenísimo y que él tiene los santos huevos de venderlo a más de 30 euros la botella en cualquier restaurante y pobre de ti que el antojo te pille  EEUU porque entonces la gracia te va a salir en 150 dólares, bueno que hace bien, que hace de puta madre y ya digo que estuve dando una vuelta por su tierra y me enseñó su bodega y  me dio a probar la cosecha que embotellará en mayo y ya de paso nos pusimos a hablar de literatura sobre un plato de pulpo que eso en el Carballiño son palabras mayores, aunque a mí lo que me gustó de verdad fue la empanada de chocos, es curioso, coincidíamos en casi todo, tanto en los gustos políticos como en el de la empanada, pero el culmen resultó cuando a los dos se nos embraveció el alma al hablar de nuestro querido y admirado Alvite, y me pidió uno de sus libros y yo creo que debería vencer mi timidez, llamar a D. Jose Luis y pedirle que le firme uno a Emilio, y ya de paso y como imaginar es barato, me imaginé  juntar a los dos un día con un plato de pulpo en el medio y unas cuentas botellas del ribeiro de Emilio para acompañar, y mientras pensaba en todo eso Emilio me hablaba de su viaje por Mejico, y entonces de repente me acordé que le debo un mail a Jaz, que se va a enfadar conmigo por ser tan inconstante, se va a enfadar tanto como Octavia que me recordó que me olvidé del cumpleaños de Elena de Troya, y también me acordé de que le debo una llamada a Antonio que ayer lo dejé a medias, y no sé porque tengo este tipo de conexiones cerebrales pero admito que me las encuentro frecuentemente en los lugares más inverosímiles, bueno, lo cierto es que Antonio me habló de lo mal que lo pasó en los últimos quince días por culpa de su fístula anal, y por eso, después de ver la muerte tan cerca he decidido vivir la vida hasta el límite, me dijo con dos o tres copas entre pecho y espalda a altas horas de la madrugada, la vida es efímera y ese monstruoso grano en el culo me hizo ver la verdadera naturaleza de la condición humana, y te puedo asegurar amigo Nacho, que no somos nada, no somos absolutamente nada y tengo que confesar que después de tener el culo en pompa para medio hospital universitario de Santiago, ya nada podrá ser igual que antes, ahora sólo me queda el disfrute carnal como la muestra más eficaz y definitiva de que la vida es sólo cuestión de sexo. No fui yo quien le interrumpió semejante argumento sino la repentina e inesperada aparición de una voz femenina al otro lado de la línea telefónica que me hizo sospechar que tendría compañía para esa noche. Entre tanto me puse a plantar unas plantas porque esta es la época y como no estaba contento conmigo mismo se me dio por trasplantar unos camelios que casi me rompen el espinazo pero al final han quedado bastante presentables. El pequeño tiene varicela. Si no escribo es por vagancia y sobre todo porque no tengo nada que contar. Bonita primavera.

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3 Marzo 2009

El espacio en blanco

 

Ni siquiera sé si con las verdades puedo y debo andar por la vida con la mirada alta y altiva de quien no le debe nada a nadie y no tiene nada que perder. Por el contrario, nunca sé si la mentira me sirve realmente para poder vivir sin ningún tipo de reserva que me puedan hacer perder el sueño - ¿vale todo con tal de no hacer daño a quien deberías querer?  en las noches en que la luz de la Luna entra por mi ventana y me caricaturiza sin compasión. Nunca sé si todas y cada una de las varias personalidades de las que forman parte de mi todo no tengan razón de vivir por separado y no debieran hacerlo, pero sobre todo nunca sé si debo persistir manteniéndolas en mi vida como quien alimenta un hijo de dos cabezas, cinco bocas e insaciable apetito. A veces pienso que seguramente serán estas letras las únicas que analizadas por un profesional podrán decir algo de mí, de lo que digo y de lo que no digo, de lo que hablo y de lo que callo, de lo que presumo y de lo que carezco, seguramente alguien tuvo razón cuando me dijo que yo escribía como un condenado a muerte en un diván, alguien que tuviese que hablar y hablar sin para porque en caso de hacerlo su vida terminaría. A lo mejor es por eso por lo que mis letras no tienen ningún hilo argumental, o como diría mi amada Elena, lo mejor de tu escritura es cuando no escribes y te pones a vomitar. Creo sinceramente -y a mi edad juro que no caigo en el pecado de la vanidad ni el de la falsa modestia, tan asquerosa y aburrida como el peor de los males- que nada de lo que escribo aguantaría el mínimo juicio crítico de alguien con más de dos dedos de frente como para leer estas payasadas, pero también me reconozco en la escritura, me veo muchas veces reflejado en lo que escribo, y por otra parte y como es lógico, soy el único que es capaz de ver cierto orden en el desorden que aplico en cada uno de estos párrafos, al fin y al cabo todo es como mi vida, desordenada hasta la extenuación pero con un camino en la espesura de la niebla que se vislumbra como elegido, un camino de vivir del que sólo me aparté las veces en los que pensé que amar era morir, y por eso, en la tristeza que provoca el ataque solitario de melancolía, a veces me dejo vencer por las pocas cosas que el pasado ha hecho de mí y me lanzo a un teclado con la misma desgana con la que mañana me levantaré esperando encontrar otras caras en el desayuno, pero no hay solución, no hay remedio, mañana, en concreto, tendré enfrente de mí a unos cuantos imbéciles con sus imbecilidades y a tres o cuatro amigos de los cuales dos lo están pasando bastante mal, todo lo comido por lo servido, ¿como me puedo seguir prostituyendo por un sueldo? Mejor dejemos este tema que me aburre y no quiero aburrir, me da un retortijón en el estómago sólo pensar que estos cenutrios mañana se podrán a hablar de crisis, de ventas y de esas múltiples chorradas que a mí ni me van ni me vienen, pero que por el bien de la salud de mi cuenta corriente no me quedará otro remedio que participar en sus tertulias diciendo alguna que otra frase para que crean que me interesa, que juzguen mi interés como compromiso empresarial y que me dejen en paz un par de años más para poder seguir pagando mis hipotecas puntualmente, pero está claro que no podré seguir engañándolos por más tiempo, cada día esto me quema más y sólo me agarro al clavo ardiendo del día a día disfrutando de un café en solitario cuando me place y poder comer con mis amigos en donde ellos quieran, aunque aquí puedo reconocer que todos los días, de vuelta a casa, cuando cojo el ascensor y marco el número 5, me veo en el espejo de la caja mágica que me evita andar por las escaleras y me veo y no me reconozco, imagínate que hoy ni siquiera me reconocerías tú, porque yo ya no soy nada de aquello que fui, mírame a los ojos y dime si hoy te hubieses enamorado de mí, imposible, atrás han quedado los días salvajes de amor desgarrado, de locura pasional, de frases rotas por las lágrimas, se han enterrado en el legado del pasado nuestros cuerpos sudorosos buscándonos en los rincones por donde nos solíamos encontrar, todo se ha muerto, todo esto es tan pasado que hoy  ni siquiera  me reconozco y llegado a este punto no es que no quiera saber nada de mi pasado, es que ahora soy tan distinto que ni siquiera tiemblo cuando te pienso, hoy ya no moriría por ti, hoy no me hubieses matado tantas veces como me morí en tus brazos, hoy no hubiese destinado mis energías a poder respirar un poquito del aire que acompañaba tu andar como hacía antaño y por eso para ti yo ya no soy yo, lo que queda del mí que tu recuerdas -porque yo sé que por mucho que digas, tú me recuerdas- es sólo la imagen triste, patética y pantomímica de aquel ser que un día te dijo que tarde o temprano me hablarás con la crudeza de quien se arma de odio por todo el amor que ha dado y me mandarías lejos de tu vida porque en ella lo único que hacía era molestar.

Tags: amor

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18 Febrero 2009

Mi frutera, su sonrisa y otras elecciones

 

Mi frutera es una señora feliz. Alta, guapa, morena y... feliz, o eso es lo que a mí me parece porque ella está siempre sonriendo. A lo mejor puede ser que ella no sea feliz del todo pero yo estoy convencido de que con esa sonrisa que luce todo el día, tiene que ser a lo menos, un bastante feliz del todo. Ayer, sin ir más lejos, mientras le compraba un poco de fruta -medio melón y media piña- no paró de sonreírme, sonrisa para aquí, sonrisa para allá, sonrisas en blanco y negro, sonrisas de colores.  Está claro que no me sonreía a mí como coquetería femenina (siempre sería bienvenida y más en estos días que vuelve a brillar el sol y las hormonas se sitúan en sus puestos fisiológicos), sino que me demostró que su sonrisa es su forma de ser detrás de un mostrador, es su escaparate ante los clientes, es sus buenos días, hola, qué tal está. Está cara. ¿La fruta? ¡Qué va! No, la fruta no, la sonrisa, digo que la sonrisa está cara. Ah, ja, ja, ja, sí, bueno, es mi carácter y creo que no cuesta nada.  Sin querer, y por esas cosas que tiene la memoria, me vino el recuerdo de las tiendas de mi barrio cuando era pequeño. Mi madre siempre me mandaba a comprar dos bolsas de leche y una barra de pan. Había varias tiendas y ella solía mandarme a una o a otra según estuviesen los precios porque, otra cosa no, pero en relación a los precios mi madre tiene una enciclopedia de las ofertas en la memoria. Una de las tiendas (que en aquellos tiempos algunos llamaban  ultramarinos y yo nunca entendí el porqué ya que allí no había ni ultras ni marinos) la regentaba Germán, ojo revuelto. El mote se lo había puesto, acertadamente, una tía mía, hermana de mi padre que siempre tuvo mucho tino para eso de los motes, y es que Germán ojo revuleto tenía un ojo de cristal que cuando te miraba daba la sensación de que se le movía y parecía como si le diese vueltas por la órbita ocular cual la Luna alrededor de la Tierra.  Mi padre siempre dijo que aquel ojo estaba mal colocado. Como bien se supone, un día este menda, con su indiscreción y torpeza habitual le dijo: señor ojo revuelto (yo siempre tan educado), me puede dar dos bolsas de leche y una barra de pan. Yo lo dije con toda la educación posible y sin ninguna mala intención pero no hace falta decir que a él no le debió hacer mucha gracia ya que a partir de ese día a mi madre no la volvió a ver con tan buenos ojos, mejor dicho, con tan buen ojo, porque ya dije que con el otro le resultaba muy difícil apuntar.

 

No reía Germán ojo revuelto, no reía casi nunca, pero se empeñaba en ser amable y confundía el ser servicial con el servilismo. Como sólo hablaba gallego y este idioma en Galicia siempre fue considerado de rango inferior al castellano por los propios gallegos parlantes, cuando Germán atendía el negocio y aparecía cualquier señora que él consideraba fina, se esforzaba en hablar castellano y lo único que conseguía era machacarlo vilmente y destrozarlo hasta la extenuación y eso daba pie a que en mi casa le hiciésemos la burla cuando decía cosas como: " señora Mercedes, le pongo unos jramitos de Gamón York" o  "mira que pigamita tan bonito tiene mi hijo Jraviel" por no hablar de cuando entraba en la tienda mi tía y mi tío y los recibía con falsa espontaneidad: "señora Bejoña y señor Guan, la parega más juapa del barrio". Así le lucía el pelo y así nos luce a los gallegos.

 

Ahora, aquí en Galicia, empieza a surgir cierta confrontación entre los defensores del castellano frente a los del gallego. No seré yo quien abone esa absurda competición, creo que todos tenemos el derecho de aprender las dos lenguas y expresarse en la que le venga en gana, aquí se convivió y se convive sin ningún problema y sólo los intereses políticos, partidistas y sectarios de uno y otro color, nutren esas diferencias que yo considero inexistentes porque vivo todos los días en la calle y sé lo que digo. Yo hablo sólo gallego pero sólo escribo en castellano, mi mujer habla sólo castellano pero no escribe porque no le gusta, mi hijo mayor sólo habla castellano pero en la escuela le enseñan sólo en gallego así que mezcla perfectamente los dos y el pequeño todavía no habla pero balbucea en los dos idiomas y no se le entiende en ninguno, está claro que tiene un futuro político en su sangre.

Hay sólo una radio gallega, un periódico en gallego (que nadie compra) y de los cincuenta canales de televisión que cualquier persona tiene en su casa, sólo uno es en gallego, así que no me creo yo que el castellano esté perseguido ni que el gallego esté impuesto. Hay una ley que aprobó el parlamento gallego que cuando mandaba la derecha era una ley justa y ahora que manda la izquierda (sobre todo la nacionalista) pasa a ser -la misma ley- sectaria para muchos grupos de la sociedad, en concreto los estamentos más conservadores. No defiendo a los unos ni a los otros, la mayor parte de los políticos me dan asco, la política sólo generó en mí desilusión y desencanto, y en las próximas elecciones del día 1, tengo que reconocer que estoy muy enfadado conmigo mismo porque no sé a quien votar, no hay nadie a quien yo le pueda depositar la más mínima de mis confianzas pero también reconozco que el absentismo no me lo puedo permitir por ser una forma como otra cualquiera de enjuiciar vilmente una democracia que nos costó muchos años conseguir.

 

Por eso he decidido que mañana le preguntaré a mi frutera como se llama y seguramente pondré su nombre en un papel y ese será mi voto. Yo sé que todos lo tomarán como nulo, pero en la misma papeleta les pondré con buena letra mis razones para elegirla a ella pues considero que su sonrisa en el Parlamento gallego daría un aire fresco, representaría una educación exquisita de la ciudadanía y ella campearía con su saber estar muy por encima de esta manada de políticos que bajo las palabras maniqueas de sus ideas intentan confundirnos para seguir en el poder otros cuatro años más.

Así que este será mi voto: a mi frutera, por su sonrisa.  

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14 Febrero 2009

Ojos eternos con matemáticas

 

Fueron días buscando, años quizás. No puedo hablar de error porque fueron errores y cuando la repetición es norma acaba convirtiéndose en vicio. La vanidad es un sentimiento muy peligroso y cuidar de ella y sobre todo frenarla se convierte a veces en un ejercicio prácticamente imposible, sobre todo a ciertas edades en las que el ego se mezcla fatal con los flujos hormonales. Esos años de vilipendio no fueron muchos, repito, pero fueron los suficientes como para que me quedaran marcados en algún pliegue de mi carácter, porque yo en aquellos días sólo vivía pensando en la oportunidad de agarrar unas piernas que me acompañaran a la cama más cercana. Como todo posible éxito venía siempre abonado de muchos fracasos pero estos en vez de retraerme, me alimentaban para seguir intentándolo con más fuerza y ganas, y a riesgo de parecer prepotente y arrogante, la realidad es que más temprano que tarde acababa triunfando en los brazos de más de una mujer. Tenía amigos que me jaleaban, que me animaban, que yo creía que me admiraban, y con el paso de los años y con la crudeza que dan los sentimientos analizados en frío, hoy creo que lo único que hicieron de mí fueron utilizarme para mejorar sus propias estadísticas, pero no los juzgo ni culpo, creo que en situaciones parecidas yo hubiese hecho lo mismo, pero bueno, ese ya es otro cantar.

Aunque parezca mentira, de todas aquellas noches no me quedan apenas un par de recuerdos y tres o cuatro teléfonos de unas mujeres que resultaron ser más amigas que amantes. Me enamoré pocas veces, estaba tan convencido de mí que no me permitía el lujo de poner sentimientos en todos aquellos revolcones con los que adorné mis primeros años universitarios. Eran días de sexo, vino y rosas (en realidad eran cervezas y gin-tonics, pero resulta menos poético y menos cinéfilo). Todo era fiesta y despreocupación hasta encontrar a Marisa que años más tarde me cambió la forma de mirar a una mujer.

 

Marisa y yo habíamos coincidido años atrás en unas clases particulares para aquellos que se nos quedaban atrasadas las matemáticas. Ella era buena en lengua y yo en hacer el imbécil. Nos encontrábamos los martes y jueves durante tres o cuatro meses y nunca osé decirle nada impertinente porque a la puerta de la academia siempre le esperaba un novio que tenía más espalda que una pantalla de cine. Marisa era alta, es alta, y tenía, y tiene, unos preciosos ojos negros que continuamente apuntan pero que nunca matan porque son ojos que perfilan el cuerpo de quien miran, ojos lascivos pero a la vez tiernos, ojos melancólicos y tímidos en presencia de los demás pero que encierran pasión en la intimidad más íntima. Tenía pero no tiene, un pelo largo y lacio que con el paso del tiempo se fue acortando y alborotando, y tengo que reconocer que a mí me gusta mucho más ahora que antes,  y no sólo su pelo sino ella entera. Hablaba poco pero me miraba mucho. Cada vez que yo decía una tontería, ella medio reía, así que yo no paraba de decir tonterías (hay cosas que no cambian, o como dicen los sabios: nuestro carácter es nuestro destino) y ella no paraba de medio reír que para mí era un reír a escondidas, un reír prohibido, un reír insinuante, un reír tímido, un reír de permiso concedido o eso era lo que yo pensaba porque, repito, en aquellos años yo era así. No aproveché el tiempo con ella aunque  la profesora sí que lo aprovecho conmigo y por eso aprobé las matemáticas con más pena que gloria pero aprobé y pasé de curso sin ninguna asignatura pendiente para el regocijo de mis padres e incomprensión mía. Me hubiese gustado volver a tener matemáticas en el curso siguiente y volver a suspenderla, evidente, para ver si así el destino académico jugase con nosotros y nos juntara otra vez,  pero el diseño curricular no sabe de amores y menos de los platónicos y así que terminó el curso y ella desapareció de mi vida con las matemáticas.

 

Pasaron los años (mejor no decir cuantos porque ya empiezan a ser demasiados) hasta que una noche nos juntó una cena sin querer, ella con su marido y yo con mi mujer. A esa cena, ella no quería ir y yo sabía que no debía (tenía una aguda gripe intestinal), pero a los dos nos convencieron nuestras respectivas parejas y nunca se lo agradecimos lo suficiente ya que gracias a ellos nos encontramos después de muchos años en un salón abarrotado de gente de nuestra edad. Estaba muchísimo más guapa, no había metido ni un kilo de grasa en su anatomía pero la maternidad de dos hijos le habían dibujado en el rostro un punto de picardía que en la juventud no tenía. Como siempre, le dije un par de tonterías pero esta vez ella no medio sonrió, sino que esta vez me regaló una sonrisa de oreja a oreja. Estás muy guapo, ¿por qué no me llamas un día y tomamos un café?

Hubo café y también hubo un beso, nada más, pero reconozco que me hizo más ilusión que si acabáramos desnudos y sudorosos esperando el sol en la cama de cualquier hotel. ¿Me volverás a llama? No lo sé. No soy infiel por naturaleza simplemente me gustas. ¿Te apetece escaparte conmigo? ¿A donde? No sé, a donde nadie nos encuentre. ¿Y cuando te canses de mí? Regresamos. Eres incorregible. Y me volvió a sonreír.

Tags: amor

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6 Febrero 2009

Un cuaderno en blanco

 

Empecé a sentirla al poco tiempo de haberla perdido, antes había sentido algo por ella, no lo niego, pero lo que nunca pude explicar fue el qué y el porqué. Cuando escribo lo hago con la intención de decir algo, pero al final al único punto a donde llego es al de la frustración por no saber decir lo que pretendía. No me sale lo que quiero, no me pagan nada por ello, nadie de los que me leen saben quien soy, o sea escribo porque quiero pero no sé por qué quiero. Eso se lo decía a ella cuando me preguntaba porque dedicaba tanto tiempo a emborronar cuadernos en blanco. Era una obsesión, compraba cuadernos en blanco que apilaba en la estantería de mis libros preferidos. Ahora tengo más cuadernos en blanco que libros. En algunos de esos cuadernos solamente  escribí una página, en otros llegué un poco más allá y alcancé hasta la mitad, pero lo cierto es que jamás pude terminar ninguno de ellos por pequeño que este fuese. Está claro que me aburre la constancia. Ella me regaló dos, uno rojo de tapas gruesas y otro negro que parecía una pequeña agenda de bolsillo. Siempre pensé que sus ojos fueron los más bellos que yo besé, aunque ella me atraía sobre todo por sus dientes y por la forma de besar mi boca. No me porté con ella lo bien que merecía, quizás debí ser de otra manera, pero en aquel momento no fui capaz de fingir, y preferí que todo terminara sin el mínimo ruido que es la forma más cobarde de decir verdades, y aunque nuestros caracteres eran lo suficientemente distintos como para acabar casi siempre enfrentados por un quítame allá esas pajas, lo cierto es que la quise mucho más de lo que fui capaz de demostrarle, mucho más de lo que creí.

 

Me levantaba temprano los fines de semana y la dejaba dormir hasta bien entrada la mañana. Yo me hacía una cafetera de café y me ponía con un bolígrafo y con cualquiera de mis cuadernos a escribir páginas y más páginas absurdas como esta historia que estoy contando. Lo hacía rápido y estropeaba hasta la extenuación, mi ininteligible caligrafía. De las pocas veces que se me dio por leer lo que escribí tengo que reconocer que las pasé canutas para comprender la mayor parte de los párrafos. Ella me leía a escondidas y lo hacía mucho mejor y más rápido que yo. Tenía en su descargo, la práctica cotidiana de corregir exámenes en el instituto desde hacía 10 años. No me gusta lo que escribes, pero lo leo hasta el final. Deberías ser un poquito menos espeso, menos pretencioso, menos triste, menos bohemio, menos pedante y no entiendo ese empeño que tienes en terminar mal todas las historias que cuentas. El paso de los años va haciendo de uno  (o eso espero) un ser un poco más racional y menos vehemente, más tranquilo, más sosegado y menos visceral pero cuando me dijo todo aquello me fastidió tanto que no pude callarme. Escribo por que me apetece y no para darte gusto. Eso fue lo más suave que le dije, y es que yo he utilizado el lenguaje muchas veces para hacer daño con él sin darme cuenta que la persona que tenía enfrente no merecía esos exabruptos que salían por mi boca con acalorada violencia. Ese mismo lenguaje que tanta gala hice de él y en el que también me refugié mil veces, no me sirvió la mayor parte de las ocasiones, para ser valiente e integro en mis apreciaciones o en mis observaciones y mucho menos en mis actos. Ya dije que suelo enterrarme en el silencio y no me gusta dar portazos de amarguras, pero creo que muchas veces la gente merece algo más que un silencio como respuesta, además si las palabras tienen varias interpretaciones, los silencios tienen muchas más, por eso creo que hay que tener siempre en consideración las formas de pensar de las personas que nos rodean. El día que se fue me echó en cara bastantes malas frases mías, y yo, que apenas reconocía aquellas afirmaciones, me sonrojé lo justo para que me dejara en paz. Nos amamos varias veces de prestado, con horas de caducidad y disfrutamos de aspectos del sexo que con nadie podré volver a repetir, eso sí, en la cama todas nuestras divergencias se convertían en perfectas compenetraciones. Dicen que una pareja no puede funcionar sino funcionan en la cama. Sin embargo yo he estado con mujeres que el único punto en común entre nosotros era el sexo y fuera de él chocábamos como dos trenes descarriados. No hay receta mágica, aunque existe la química. Los psicólogos nos clasifican en distintos grupos, y con cuatro o cinco modelos nos ponen colores como quien da las puntuaciones de Eurovisión. A mí me han dicho que soy un extrovertido con dominio del sentimiento y que siempre chocaré con introvertidos en donde domine el pensamiento. Chorradas. Cuando ella me dejó lo hizo sin el menor atisbo de sentimientos en sus palabras o en su mirada. Era como un ser gélido, como una estatua, como un maniquí con una grabadora. Sentí alivio. No tenía muchas ganas de estar compartiendo mi casa por más tiempo. Creí que con ella se iba un problema y no un amor. No fui para nada caballero y me dejé llevar por los instintos de la venganza sentimental. Si te vas cierra bien la puerta que no quiero levantarme del sillón. En su favor diré que ni siquiera pestañeó. Ese día terminé un cuaderno por primera vez y lo guardé tan bien que ahora no sé en donde está.  

Tags: amor

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30 Enero 2009

¿Te acuerdas?

Se puede amarte sin la sensación de desasosiego, de apego, de posesión, de penitencia, se puede amarte sin darse cuenta de cómo corre el tiempo por mis dedos, entrelazo miradas y caricias, el ambiente en la casa se puede cortar, hay dos cuadros con dos fotos nuestras encima de la máquina de coser que heredamos de tu madre, mi madre cosía todos los días 3 abrigos porque eran los que más dinero le dejaban y con las primeras 25 mil pesetas que cobró, compró una lámpara para el comedor, una lámpara horrible llena de cristalitos que a mi madre le parecía muy fina y a mí una horterada, además yo le daba vueltas a los cinturones de los abrigos con una aguja de calcetar y a mi hermana, que también quería ayudar, mi madre le daba un botón y una aguja y le decía, haciendo y deshaciendo va la niña aprendiendo, y mi hermana se ponía a coser cualquier retal, retal, retal, que palabra más rara, suena como a reto o a rato, rara, es una palabra rara, suena bien, pero es rara, retal, bueno, vale, ahora pienso en nosotros, somos raros, hay que reconocerlo, somos raros y también somos unos retales de la vida, somos unos trocitos de algo que fue y que ahora se pierde entre los recuerdos, casi todos bellos, los malos los olvidamos con tanta facilidad que creo que nunca existieron, recuerdo tus piernas, flacas, totalmente depiladas, apuntabas con la punta de tus dedos a mi pecho y te ponías las medias de rejilla hasta quedarte embutida en ellas, me provocabas con un estudiado desprecio, siempre abrías un botón más de la camisa y yo sonreía mientras hacía como si mirara para otro lado, apurabas el reloj y siempre llegábamos tarde, encima de la mesa de tu oficina dejé un ramo de flores, te lo digo por si acaso no sabes quien fue, llamé a la puerta y nadie me respondió, iba yo con un discurso preparado pero no me hizo falta porque no estabas y tu secretaria me dio vía libre, aún se acordaba de mí, entré, dejé las flores en la mesa y me fijé en las fotos que tenías en la estantería de la derecha de tu ordenador, me hubiese gustado estar allí aunque fuese de refilón, aunque me recortaras de tu lado, aunque me pintaras en un ojo un puñetazo, pero me di cuenta de que allí yo ya no pintaba nada, me senté en tu sillón para ponerme en tu lugar, en tu sitio, quería saber como te sientas para sentir, como se ve el mundo desde el otro lado de la mesa, me balancee lateralmente un par de veces y de repente me vino tu olor con la misma intensidad con la que me recibía al entrar en tu casa, y entonces un nudo se clavó en mi estómago y me invadieron unas ganas enormes de llorar y me levanté y me fui casi corriendo sin despedirme de tu amable secretaria, corrí por las escaleras y corrí por la calle hasta llegar al coche, me senté y cogí el volante con las dos manos y lo apreté muy fuerte, fuertísimo, y como un acto reflejo me empezaron a caer lágrimas, como fundas de guitarra, lágrimas llenas de ti, de recuerdos, de momentos vividos, no, mi amor, no soy capaz de olvidar, no soy capaz de decirme que ya no existes, no soy capaz de vivir sin la esperanza de volver a agarrarte por la cintura y bailar pegados al calor de la hoguera  ¿te acuerdas? Fly me to the moon…

Tags: amor, desamor

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28 Enero 2009

Bella Elena, ¿por qué quieres matar a Octavia?

 

Elena odia a Octavia porque esta dominaba a Elena, bueno, Elena odia a Octavia desde hace más o menos tres meses, cuatro, diría ella, porque para estas cosas ella es muy metódica, es como los fumadores que lo dejan y son capaces de decirte en cada segundo el tiempo que llevan sin darle una calada a lo que antes era su vida, pero quizás el ejemplo no me ha salido muy bien, y es que tengo que reconocer que yo no soy mucho de ejemplos, entre otras cosas evidentes (que no pienso citar) está claro que también soy muy malo en esto de los ejemplos, resúmenes con imágenes, diría más bien, lo cierto, y esto ya no es un ejemplo, es que Elena anda enfadada con Octavia y esta no puede aflorar sino es con el beneplácito de aquella, aunque a decir verdad conmigo hace poco hizo una excepción, un paréntesis, siempre lo hace, y es que me quiere casi tanto como yo la podría querer a ella si no fuera o fuese quien soy, porque yo no soy yo, evidentemente, si lo fuese otro gallo nos cantaría pero como no lo soy me quedo en un capítulo extraño de su novela, y así entré en el bar, como un personaje extraño de sus letras, y la vi con su faldita corta y su sonrisa de Octavia en la cara de Elena, y después entré en su coche y me besó como siempre hizo ella, a boca llena, pero yo no veía a Elena, yo no sentía a la bella sino que me dejaba hacer por Octavia y me dejaba seducir por ella, que también era Elena, está claro, pero sin el punto de sensatez que da aquella, lo cierto es que el día en que Elena se vistió de Elena de los pies a la cabeza, la Elena que quieren sus padres como diría ella, la Elena bella Elena como diría este que la venera, se prometió aparcar a Octavia, que digo aparcar, matar y enterrar a Octavia, porque empezaba a aburrirse de ella, está bien para pasar el rato, se decía ella muy seria, pero no para pasar el resto de mi vida atada a ella, y ahora, pensó, debo estar madurando, así que se puso muy seria delante del espejo y mirándose a los ojos dijo con la solemnidad que el acto requería (y ahí sí que era Elena la bella), aquí mando yo y se harán las cosas como me exigiría a mí si yo fuera ella, y eso le salió sin pensar, a bote pronto, como quien respira en una bodega que no sé que significa pero me gusta escribirlo, y más tarde me reconoció que pensó que eso lo debió leer en algún libro de autoayuda, eso seguro, me dijo, porque no hago otra cosa que leer ese tipo de libros, y es que desde que Elena está dejando a Octavia fuera de su vida se encuentra muy dominada por esos libros de autoayuda que compra, lee y asimila en un abrir y cerrar de tiempo, y tan atada está a ellos que ayer se compró "El manual de autoayuda para dejar los libros de autoayuda" y parece ser que lo devora como antes me devoraba a mí, a mordiscos y con la lengua avanzando por todos los lados, y es que Elena es la sensualidad hecha mujer y el sexo salvaje hecha Octavia, pero ella quiere ser la sensual hecha mujer y la mujer hecha como debe ser, y por eso quiere pagar la penitencia, y yo le digo que no, que no puede ser, que en el cuerpo de Elena vive Octavia y por eso que le guste o no, nació con ese cuerpo para ello, para pecar, y ella peca (lo sabe) pero en silencio (que es pecar, egoístamente) y eso no cuenta, dice ella, pero yo creo que penalizar debería penalizar en su cuenta, pero tengo que reconocer que a mí me excita solamente la idea de pensar en ella, pero en su concepción diaria ya no entra el amor sin amor o por lo menos sin los votos del amor, y por ahí intentó entra un novio que no es su novio pero que en el nacimiento del año le pidió amor al natural, como dos adolescentes sin control y ella, que ya era simplemente Elena a secas, le dio un beso de cariño como quien besa a un niño a la puerta del colegio y mientras lo despedía le dijo que las verdades se dicen a la cara cuando la ocasión pinta para ella, y fue así como le dijo que su amor no podía ser porque ella ya no era aquella, y por eso su posible novio se quedo en un intento, cruel intento, pero el chico no se amilanó (normal porque intuía a Octavia) y vio en su cuerpo la imaginación hecha sueños y se dijo, me voy detrás de Elena, mal hecho, digo yo,  porque lo que no sabía era que para lo que buscaba tendría que ir detrás de Octavia y no de Elena, y yo que lo sé desde el principio no se lo pienso decir a nadie que no sea yo, porque una cosa es que me cuente ella y otra muy distinta que yo empuje a ello, y por eso cuando nos vimos yo quería hablar con Elena para no ver a Octavia, pero ella a mí siempre me habla como Octavia y yo que lo sé (que quede claro) apenas le dejé hablar a ella, y le hablé y le hablé y le hablé (lo pongo sin comas porque sin comas le hablé) y no quería escuchar a la bella, porque yo también quiero dejar de ser Martín pero es verla a los ojos y tener ganas de ponerme a coser un calcetín, que no pinta nada en esta historia pero pienso yo que rima con Martín, calcetín, y es que a mí se me dan fatal los ejemplos y las rimas, y debe ser por eso que cuando cojo una rima no la suelto hasta que no encuentro otra mejor y como no la suelo encontrar la repito sin ton ni son, y con Martín me rima calcetín y punto, pero ya digo que delante de ella no dejo de ser Martín, y el otro que soy tiene que hablar hablar hablar (sin comas, para que quede claro) para que Martín no escuche y no salga de mí, porque si me pongo a escucharla la tendría que ver a los ojos, y eso supondría fijarme en sus labios, y eso supondría fijarme en sus tetas, y eso supondría imaginarla desnuda, y eso supondría abrazarla y convencerla, y ella, en el momento en que yo fuese Martín, aparcaría a Elena y ya tendríamos el lío montado y nuestro amor dispuesto, y es que nosotros llegados a ese momento, en la alcoba, nos ponemos y disponemos como un solo ser que fluye entre nosotros, y de repente yo soy Octavia y ella es Martín, y los dos somos un poco Romaña, pero eso ya es nuestro problema y como lo sabemos estamos esperando que lo mejor es igualar las premisas con la que juegan nuestros personajes, y por ello decidió que Elena va a tener un par de hijos para cedérselos a Octavia y así venir a mi encuentro y realizar un par de Romañas por hora y unas cuantas horas por noche, pero yo no quería llegar a escribir esto, yo sólo quiero que quede constancia que la bella Elena está peleada con Octavia pero que por mucho que se obligue, las dos son ella y si no me cree o no está de acuerdo sólo tiene que llamarme para quedar juntos y que yo lleve a Martín en el bolsillo y ella a Octavia en el alma y ahí dejaríamos bien claro que por mucho que nos empeñemos, ambos estamos atados a quien somos aunque podamos engañarnos un poco cuando al mirarnos al espejo nos digamos cosas como: que bien estamos ahora que nadie nos alimenta las penas, aunque después, en silencio, reconozcamos que se nos pone una triste mirada cuando añoramos los tiempos de las penas.

 

Tags: amor

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EL DIVÁN DE LO EFÍMERO

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Cuantos buenos recuerdos le debemos a la mala memoria. Alvite Parador

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